Señorita: Perdóneme por comenzar de esta manera tan seca, pero no sabía cómo tratar a una santa que ya está sumergida en el océano de la divinidad, identificada totalmente con Jesucristo crucificado, pero feliz, como meditaba usted en vida. Y ya que soy un misionero de la Congregación que fundó san Vicente de Paúl, me ha parecido lo mejor empezar como él la trataba a usted en sus cartas.
Y ahora al grano. Le escribo para decirle que intervenga ante María para que ella interceda ante su Hijo en favor de las Hijas de la Caridad, porque -meditaba usted- es imposible que Dios le niegue nada. Más, cuando la Compañía pretende dedicarse nada más que a los pobres desprovistos de todo, a los que su Bondad tiene por miembros y que son atendidos dignamente por sus hijas. ¿Recuerda? Son frases que usted escribía y meditaba cuando en la tierra estaba al frente de la Compañía.
Por eso lo primero que le pido es que aumenten las vocaciones a la Compañía. Me explico, lo que le pido es que interceda ante la Virgen María, llena del Espíritu Santo, para que Éste consuma los impedimentos que impiden a las acciones divinas mover los corazones de sus hijas para que sean auténticas y las chicas mediten que vale la pena seguirlas; para que las Hermanas presenten directamente su misión a las chicas como una vocación que ha dado sentido a su vida y vale la pena vivirla. Pero también para que el Espíritu Divino ilumine a las jóvenes para que en los acontecimientos de la vida y en las situaciones sociales diversas la respuesta que den sea la de entregarse a Dios para servir a los pobres corporal y espiritualmente.
No es por nada, pero por si acaso, le recuerdo cuánto sufría usted, cuando el Señor Vicente la puso al frente de la Compañía, y de una comunidad le pedían refuerzos porque ya no podían más de trabajo y usted tenía que responder: ¡Que no tengo ninguna Hermana libre! O cuando tal Señora o Ayuntamiento o de tal sitio le pedían que fundase allí una comunidad y usted le escribía al Señor Vicente que no tenía Hermanas y alguna que quedaba en casa aún no estaba formada para hacerse cargo de una nueva fundación. Tal es así que un día le escribió usted a Sor Margarita Chétif -por cierto, será su sucesora- que haga pastoral vocacional: ¿No encuentra usted, pues, muchachas que tengan ganas de darse, en la Compañía, al servicio de Nuestro Señor en la persona de los Pobres? Ya sabe usted que las tenemos de más lejos que ahí.
Imagínese, entonces, el movimiento de bolillos que tienen que hacer hoy día las Visitadoras para confeccionar los encajes modernos: Hermanas mayores, enfermas, el número disminuyendo y las chicas no entran, porque viven en una sociedad increyente, con muchas comodidades y un protagonismo de primera línea.
Bueno, paso a la segunda petición. Ya sabe usted que la Compañía acaba de tener una Asamblea General y ha sacado un Documento Inter-Asambleas con conclusiones maravillosas. Una de ellas me ha impactado fuertemente: «Vivir de manera renovada nuestro enraizamiento en Jesucristo manantial y modelo de toda caridad» (Reglas comunes, I, 1). Yo creo que lo que ha querido decir la Asamblea no es nada más que aquello en que tanto les insistían a las Hermanas el Señor Vicente y usted misma: que se vaciaran de ellas mismas y se revistieran del Espíritu de Jesucristo. Pues bien, esto mismo es lo que yo le pido a usted: que le pida a la Virgen Milagrosa que interceda ante su Hijo para que todas las Hijas de la Caridad se revistan de su Espíritu de compasión. Llame a su hija Sor Catalina Labouré que conoce muy bien a la Milagrosa, dígale que le dé una Medalla y las dos juntas, ante la Virgen. Si María se sonríe al verlas, todo concedido. Y si no se sonríe…, pero como junto a Dios todo es alegría y nada de caras serias, pues ya está concedido.
Se lo agradezco de verdad, Señorita. Seguramente usted se preguntará: Pero ¿quién es éste que se atreve a escribirme y encima pidiéndome? Mire, soy un misionero paúl, un miembro de la Congregación por la que usted pidió un día a la Santísima Virgen que alcanzase de Dios la gracia de que en esa Congregación no hubiera absolutamente nada que proceda de invención humana, y si algo de ello hubiere habido en el pasado, que ella lo destruyese todo por sus plegarias, para que Dios se dignase dirigirla enteramente por su Santo Espíritu como obra verdaderamente suya. He estado, por oficio, 14 años ayudando a las Hermanas en lo mismo que usted le encargó a los Padres Lamberto, Berthe, Dehorgny, Fournier, y a tantos otros, y quisiera seguir ayudándolas en lo que pueda, porque mi vocación de misionero se la debo, después de a Dios, en parte a ellas.
Y me despido como el Señor Vicente se despedía de usted: soy su muy humilde servidor
Benito Martínez







