Quiere ser esta sucinta semblanza del P. Enrich, un homenaje póstumo a su bondad. Los que hemos pasado los años infantiles alentados por sus consejos y aliviados por sus cariños, nunca podremos olvidar la figura paternal y acogedora de quien disipó las dudas y tor-mentas de nuestros primeros años conscientes. Y hago la afirmación en plural, porque me consta que muchos de los compañeros de entonces le han tenido y continuarán venerándole como consejero sabio y habilísimo que, en múltiples ocasiones, hizo renacer la paz y alegría perdidas en sus almas tristes, y en más de uno afirmó su perseverancia en la vocación. Nuestra amada Provincia débele por ello gratitud. Que desde el cielo acepte estas páginas, que tienen el único mérito de ir henchidas de respeto y reconocimiento, y quiera, en el gozo del Señor, continuar su obra paternal.
Nacimiento y primeros años.
Nació el P. Vicente Enrich Grau en la histórica ciudad de Lérida, el 22 de abril de 1894. Tuvo por escenario su infancia un hogar sencillo y piadoso de una de las callejas estrechas, abiertas en la falda de la colina que ostenta en su cima la nunca bastante ponderada catedral vieja, hoy abandonada y ruinosa, vigilada constantemente por el airoso campanario, índice de celestiales exaltaciones.
Que su familia era reciamente cristiana lo prueba el que tres hijos se hayan consagrado a Dios: dos en la Orden Franciscana y nuestro Vicente en la Congregación. Vive aún su ancianita madre, que ha tenido que pasar por el doloroso trance del fallecimiento de su querido Vicente, paliado tan sólo por su resignación cristiana y por el consuelo de tenerle muy cerca de sí en sus últimos momentos.
Vocación.
¿Qué motivo u ocasión le movió a entrar en la Congregación? Fue una Hija de la Caridad, Sor Hipólita Azcárate, cuya larga permanencia en la ciudad del Segre ha dejado profunda huella, la que encaminó a Vicente a la Escuela Apostólica de Bellpuig. A esta buena Hija de San Vicente debió su vocación. Pues, pasada una temporada, una traidora enfermedad en los ojos movió a los superiores, muy a su pesar, a mandarlo despedido a su familia. Habiendo mejorado de su dolencia, la bondadosa Sor Hipólita no paró hasta ver de nuevo admitido al niño. Vale a decir que fue también el tesón del joven Enrich que contribuyó a esta victoria. Entregóse desde entonces a su vocación con tal entereza, que ni la más pequeña crisis la empañó en adelante.
Pasados con piedad y aplicación sus primeros estudios, vistió la santa sotana el 22 de julio de 1912, en Palma de Mallorca. El 1.» de octubre de 1914, junto con otros cinco compañeros del mismo curso, llegó a la Casa de Barcelona para dar comienzo a los estudios superiores. Sin duda por razón del servicio militar no pudo pronunciar, a su debido tiempo, los Santos Votos. Por fin vióse libre de tal obligación. En «Germanor» del año 1915 hay una lacónica noticia que dice: «19 de juny. Els GG. Enrich y Turmo són excluits del servei al Rei». El 27 de septiembre siguiente se consagró definitivamente a Dios mediante los Santos Votos, en la Casa de Barcelona.
Estudiantado.
Cedo gustosísimo la pluma al Rdo. P. Ricardo Lacorte, compañero de estudios del P. Enrich, quien va a trazarnos, y a las mil maravillas, un bosquejo exacto del biografiado en esta época de su juventud. Sólo me queda el deber de agradecer a nuestro actual Superior de Bellpuig el esmero y prontitud con que contestó a mi carta petitoria. Dice el P. Lacorte :
«I. — Cuando se contempla la belleza de un jardín, no se lijan las miradas en las pocas o muchas hierbas que espontáneamente brotan contra la voluntad del jardinero, sino en aquellas flores que por sus colores llamativos o por ser de nuestra predilección cautivan nuestras facultades estéticas.
Al contemplar la vida estudiantil de nuestro llorado P. Enrich, aureolada por la áurea luz de la amistad y envuelta en la mágica neblina de los años, me fijaré solamente en su humildad y dulce compañerismo y en su amor a la vocación y sólida piedad.
No son éstas todas las flores del jardín de su vida de estudiante; pero yo me fijo en ellas para deshojarlas y esparcirlas, como recuerdo, entre los lectores de nuestros «Anales», para que participen, siquiera por unos instantes, de su belleza y de su aroma y bendigan por ello al Autor de todo bien.
II. ¿Podía nuestro hermano Enrich tener pretensiones? Sin duda. Tenía un talento sobresaliente. Tenía un gusto estético, en todas las bellas artes, equilibrado y fino. Tenía un fondo moral riquísimo. Tenía un ingenio chispeante y personal que hacía las delicias de todos. Tenía una ciencia práctica de todas las cosas, un «savoir faire» poco común. Tenía un carácter dulce y atractivo. Hasta su físico era gracioso por lo pequeño, bien proporcionado y fino de líneas. Únicamente su precaria salud no estaba a la altura de tan envidiables cuali-dades, y fue ella la que malogró la sazón y belleza de los frutos que de las mismas todos esperábamos.
¿Tenía, pues, motivos para sentir pretensiones? Sin duda, sobre todo cuando observamos que las pretensiones suelen estar en razón inversa de las cualidades. Con todo, ¿quién con-vivió con él y notó la más mínima pretensión? El hablaba «ex abundantia cordis», jamás para catequizar o imponer su criterio. Trabajaba buenamente, sin matarse, cierto, pero sin exigir ni esperar siquiera retribución de ninguna clase, a no ser la del Justo Juez. Consideraba un «aprobado» como nota justa y un «Benemeritus» como el ideal por el que suspiraba. Por eso, cuando hacíamos comentarios sobre las calificaciones, decía de sí que se sentía orgulloso de pertenecer a la «Benemérita» (téngase en cuenta que nuestros estudiantes asistían por aquel entonces a las clases del Seminario Conciliar de Barcelona). No se quejaba de las humillaciones ni de su salud; todo lo soportaba con paciencia y dulzura. Cuanto más, su poca salud era la explicación constante de sus flaquezas: «No tengo salud, ¿no veis que no tengo salud?»
Nunca le noté la más mínima ambición por los cargos honoríficos, ni por el deseo de sobreponerse o al menos de sobresalir. Cuando le nombraron Superior de Rialp, el pobrecito no sabía salir de su asombro.
Durante el estudiantado fue él el obrero más constante, entusiasta y abnegado de la redacción y edición de «Germanor», y jamás se le notó deseo de ser Presidente de la Junta, o se quejó por no haber sido elegido, aunque las elecciones, siendo anuales, encumbraran a cualquiera de sus hermanos. Si alguna vez criticaba, era con el laudable y exclusivo deseo de corregir o mejorar lo que, a su parecer, no iba del todo conforme, y aun entonces lo hacía sin acrimonia, sin insistir, sin enfado. Otra muletilla graciosa y habitual en él, que demuestra su humildad, era responder invariablemente a los que le preguntaban si sabía esto o aquello: «Un poco». Diríase que siempre desconfiaba de sí mismo.
Cuando aceptaba un trabajito en las veladas, redacción de «Germanor», etc., etc., ponía todo su ser y saber; pero no podía evitar el ser algo tardo en la ejecución. Entonces bri-llaba toda su humildad y esparcía todo su’ perfume, pues tenía que aguantar muchas quejas, apremios y aun frases fuertes. Entonces callaba, dulcemente resignado, daba humildemente alguna explicación, prometía más diligencia… y procuraba luchar con su salud y energías, siempre deficientes: «Bueno, ya lo haré; o ¿no ve usted que no tengo salud?» Por fin ejecutaba su trabajito, esmerado, atildado, como todo lo suyo, quedando en paz sin enhorabuenas y sin quejarse de las indirectas o directas recibidas. Entre estos trabajitos descuellan las portadas y viñetas de «Germanor», que son una prueba de lo que voy afirmando, pues son las mejores de nuestra antigua revista de familia.
Si se había de copiar música — y entonces se copiaba mucha —, el hermano Enrich era el primero y más esmerado copista. Si se había de dibujar un programa de velada, si se había de componer un reloj, si se había de instalar un «Belén», con movimiento y todo, si se había de hacer alguna reparación en la línea de la electricidad, timbres, conmutadores, etcétera, siempre se acudía a la pericia y buena voluntad del hermano Enrich. Si alguien se sentía indispuesto, el hermano Enrich sabía y daba un remedio casero, pero eficaz. Según I, sólo «sabía un poco»; pero en realidad era el que daba cumplidamente solución a todo. Fue siempre el barbero abnegado de todos, y por cierto que arreglaba el cabello como pudiera hacerlo un profesional.
Su aposento estaba atiborrado de pequeñas minucias bellamente desordenadas. Alguna vez tenía que oír a este respecto alguna frase ingeniosa, pero picante. Nuestro hermano Enrich celebraba la gracia con una dulce sonrisa y se contentaba con replicar: «Sí, pero cuando ustedes necesitan algo, todos vienen aquí». Así era en efecto. Si alguien necesitaba clavos, cartones, cuerdas, alambres, tornillos, agujas, etc., etc., no tenía sino que acudir al hermano Enrich, quien, con su habitual calma y cariño, se sentía feliz, en proveer a todos de cuanto deseaban. Por esto nunca tuvo enemigos ni contrincantes. Por todo esto le queríamos todos y le profesábamos una confianza y cariño verdaderamente fraternales.
Dios nos haga la gracia de estar animados del espíritu del buen hermano Enrich, sintiendo siempre modestamente de nosotros mismos y haciendo que toda nuestra satisfacción esté
en hacer felices a los demás.
El amor a su vocación y a la piedad fué también muy notable en el hermano Enrich. Recuerdo que cuando entramos en la Escuela Apostólica de Bellpuig éramos los más peque-ños. El no gozaba de salud. Su constitución raquítica y su vista le impedían estudiar. Fué enviado a su casa. No sé cómo se las arregló; pero al cabo de un año ya teníamos otra vez entre nosotros al pequeño y avispado Enrich. Yo le vi días y días oculto en la enfermería, por no poder sufrir la luz del sol. Yo le vi durante años enteros con sus gafas negras, sufriendo horriblemente de la vista. Yo le vi toda la vida pasándose casi. sin comer. Yo le vi caerse de sueño y cansancio encima del libro.
Cualquiera otro hubiera renunciado a su vocación. El, no. Yo no sé cuándo estudiaba, pero el caso es que nunca tuvo un «suspenso». Toda su carrera fue un verdadero martirio; pero con la gracia de Dios llegó a la meta airosamente. Cuando se enteraba de alguna defección, quedaba asombrado y nunca se pudo explicar cómo podía abandonarse una vocación tan bella por nada de este mundo. Con los tentados y disgustados tenía el don de alegrarlos, consolarlos y animarlos. Muchos que lean estas líneas sabrán que digo verdad. El amaba, pues, la vocación más que todas las cosas de este mundo, más que su propio bienestar, más que su propia vida, y amaba también y sentía vivo interés por todo aquello que va unido a la vocación: los ministerios, los misioneros, las casas y sobre todo nuestra probada Provincia de Barcelona. Desde el señor Visitador hasta el último apostólico, todos podían contar con su afecto y con sus servicios, por molestos y frecuentes que ellos fuesen.
Este acendrado amor a la vocación, junto con su piedad, daban a su persona un porte suavemente grave, que atraía la confianza y veneración de todos. En los contratiempos siempre tenía una frase que elevara el alma a Dios. En toda ocasión, alegre o triste, el hermano Enrich se mostraba alegre o triste; pero con moderación, sin extremos, sin ruido. Diríase que el «medium virtutis» o la «sofrosine» de los griegos, era en él connatural. ¡Qué difícil es tener el corazón fijo donde están las verdaderas alegrías cuando nos vemos zarandeados por el vaivén de los sucesos terrenales! «Ut inter mundanas varieta-tes, ibi fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia! «. Esto es privilegio de las almas santas y profundamente piadosas, y lo fue de nuestro hermano Enrich.
Es de notar que, a pesar de las deficiencias de salud, nunca gozó de privilegio alguno durante su Escuela Apostólica, Noviciado y Estudiantado. Siguió siempre y en todo a la Co-munidad, y en las medicinas fue muy parco. Extraordinarios en la comida y bebida, nunca los tuvo ni deseó.
Tenía madre que vivía en Lérida y varios hermanos, algunos de ellos religiosos. Nunca hablaba de ellos, ni sé que fuera jamás a verlos expresamente.
En fin, sería nunca acabar si fuera observando los detalles de la hermosura del alma del hermano Enrich. Desde el día que cantó su primera misa hasta el día que murió, muchas co-sas podría señalar para edificación de todos; pero se me han pedido impresiones sobre su juventud, y lo he hecho, no como él se merece, sino como he podido, llevado solamente del cariño a uno de los mejores amigos de mi infancia y juventud.»
Sacerdote.
El 13 de junio de 1920 recibió en su ciudad natal, el Orden del Subdiaconado. Quedóse un mes en la Casa de Bellpuig, descansando, hasta que un telegrama urgente del P. Valeri, a la sazón Vicevisitador, por estar el P. Corachas de visita en América, lo llamó a Barcelona. Volvió de nuevo a Lérida para recibir el Diaconado el día 18 de septiembre. Y en la misma ciudad vio colmadas sus más caras ilusiones, con la recepción del Presbiterado, el 17 de octubre. Unos días después (24-X-1920) cantó su primera Misa. Agradecido a su virtuosa bienhechora, Sor Hipólita, quiso que disfrutara ella de las primicias de su sacerdocio. El P. Queralt, glorioso mártir de nuestra guerra, predicó uno de sus más floridos y ardientes sermones, en tal solemnidad.
Figueras.
Terminada felizmente la carrera, fue destinado a la Casa de Figueras, donde se ocupó con celo en la instrucción de los jóvenes que asistían a la Escuela Nocturna. Cuidó de los niños de la Escuela Dominical, entonces existente en aquella Casa, y del servicio de la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados.
Bellpuig.
En el verano de 1923 pasó a la Escuela Apostólica de Bellpuig. Recuerdo perfectamente el día de su llegada, puesto que va enlazada con un acontecimiento, de bien poca monta, por cierto, de mi vida de chaval. Permítaseme este recuerdo personal. Como estábamos en vacaciones, nos ocupábamos en blanquear algunas de las habitaciones que más lo necesitaban. Quiso la mala suerte que pusiera en falso un pie y cayera del andamio. Fracturéme, de resultas, una muñeca. Tendido en una cama, precisamente en el mismo aposento que más tarde ocuparía el P. Enrich, vino a visitarme el recién llegado. Y no contento con dirigirme palabras de consuelo, comenzó a actuar ya como enfermero.
Esto fue siempre el buen P. Enrich: un diligente enfermero de almas y cuerpos. Poseía para ello un verdadero don. No podía sufrir los rostros tristes y como intuyendo la causa de los pesares, llamaba a su aposento a los afligidos, diciéndoles palabras llenas de suavidad y tan apropiados y confortantes razZonamientos, que apaciguaba al más desesperado. Salir del aposento del P. Enrich era salir con la sonrisa en los labios y el corazón sosegado.
No es raro que se ganara la confianza de todos. Los apostólicos no tenían para él secretos. Decir que era un padre es poco; es más exacto afirmar que hacía los oficios de madre.
De aquí que fuese el paño de lágrimas de los recién entrados, que sentían añoranza de sus familiares.
Sus clases eran tan atractivas, que se juzgaban dichosos quienes lo tenían por profesor. ¿Quién no recuerda aquellas horas dedicadas a la Historia Universal, que pasaban volando? Su benignidad le hacía un hábil pedagogo. No era amante de castigos. Ni los necesitaba. Prevenir más que curar, exhortar más que reprender, era su táctica y su éxito. Un buen discípulo de San Juan Bosco. Prueba de esta fascinación que ejercía sobre los niños es que, al bajar al patio en tiempo de recreo, se veía al instante rodeado de grandes y pequeños. Y él, con su suavidad proverbial, entre toma y toma de rapé, aprovechaba toda ocasión para infiltrar las virtudes de un buen apostólico. Recuerdo que en una ocasión, uno de ellos sintióse tan sencillo que con infantil inocencia le dijo: «P. Enrich, cuando sea yo como usted, ya estaré seguro de haberme salvado». Soltó él una solemne carcajada mientras daba un buen estirón a los mofletes del atrevido.
Predicó un año los ejercicios espirituales a los apostólicos. Gustábale poner el salón en una total oscuridad, con la sola luz mortecina de unas velas ante el crucifijo. Y con tal viveza, al par que suma sencillez, habló de las verdades eternas, que las lágrimas no cesaban de caer de nuestros ojos. Han sido para mí, y creo que para otros muchos, los ejercicios más me-morables de mi vida.
He aludido antes a sus dotes de enfermero. Todas las alabanzas en este sentido serán pocas. ¿Cuántas horas se pasó en la enfermería junto a los pacientes, entreteniéndolos, animán-dolos siempre? Son ciertamente incontables. Muchísimas veces él era quien preparaba, en la cocina, la tisana o la leche, y se le veía pasar con la taza en la mano, por el claustro, subir la escalera de caracol, y entregarla al enfermito con uno de sus gloriosos requiebros. Sólo Dios sabe la amargura que experimentó aquel día tétrico de mayo de 1925 en que Tomás Isáiz, el simpático aragonesito, abalanzándose por la baranda de la escalera principal, fue a parar al último rellano, rompiéndose el cráneo. Durante las veinte horas que precedieron a su muerte, ni un momento movióse de su lado, y ¡qué no hizo, y qué no probó para retenerle la vida! Nadie podrá tampoco contar sus abnegaciones en aquellos días aciagos de febrero de 1934, en que el buen hermano Marí acabó en una locura, pródiga en sustos y peripecias tristísimas. Fue siempre nuestro P. Enrich el buen samaritano, activo y compasivo, que pasaba gusto en derramar sobre los enfermos el aceite balsámico de su amor y el vino generoso de sus gracias. El, de natural endeble y enfermizo, hubiera querido regalar salud y vigor a todos.
Rialp.
En 1928 cambió el llano de Urgel por las alturas de Rialp. Fue allá con el cargo de Superior, permutando el destino con el también llorado P. Puig. Si se consultan las crónicas aparecidas en «Germanor», de nuestra casa de Rialp, se verá que le tocó vivir la época de oro y de más actividad de nuestra residencia del Pallars. Más de trescientos seglares practicaron allí los Ejercicios Espirituales. Era cuando Cataluña entera vibraba de entusiasmo por la gran Obra. Dejó allí un recuerdo imperecedero el P. Francisco Pons que pronto se elevó a la categoría de consumado director de Ejercicios. ¡Qué tristeza se siente al hacer mención de misioneros tan eminentes y que pertenecen al grupo de los que fueron! Diéronse también con regularidad tandas para los reverendos señores sacerdotes. Enamorado el P. Enrich de una obra tan nuestra, no perdonó esfuerzo alguno para procurar todo el confort posible y servido esmerado. Muchos de los curas de aquellas regiones pirenaicas no han podido menos de reconocer los favores y acogida benévola y trato exquisito recibidos de aquella comunidad que encabezaba nuestro biografiado.
Dedicóse también, según sus posibilidades, a la predicación y a la ayuda de los señores sacerdotes en sus trabajos parroquiales. Con razón han lamentado el cierre de nuestra Casa montañesa.
El año 30, centenario de las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa, quiso celebrar tan magno acontecimiento con unas fiestas extraordinarias que difícilmente tendrán repetición en el humilde pueblo. No es de extrañar, dado el acendrado amor que siempre manifestó el P. Enrich a la Virgen, y de una manera especial bajo la advocación de la Medalla Milagrosa.
He aquí cómo recuerda su paso por Rialp el P. Pablo Cortés, que fué uno de sus súbditos:
«Si tuviera que resumir el superiorato del P. Enrich en Rialp en pocas palabras, diría que fue un verdadero padre para los de dentro y los de fuera.
Pruebas al canto: cuando servidor llegaba a Casa, después de mis predicaciones lejanas, verbigracia, del llano de Urgel, él se adelantaba en anunciarme el descanso para el día siguiente, sin aguardar a que se lo pidiera. Era, además, humilde: «tanquam unus ex illis», haciendo así llevadero el yugo de la obediencia a sus súbditos.
Para los de fuera era también el padre de todos. Todo el pueblo de Rialp sabía que el P. Enrich les acogería benignamente, tratando de aliviar sus cuitas y dificultades. Y, en efecto, siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo: unas veces con un buen consejo, otras prestándoles un servicio caritativo. Recuerdo que en cierta ocasión se prestó a dibujar un croquis para la instalación de un motor en una fábrica, haciéndolo con tanto esmero y buena voluntad que, según testimonio de un entendido, aquel diseño hubiera merecido la aprobación de un ingeniero, caso de someterlo a su examen».
Bellpuig (2.» vez).
A principios del año 34 volvía a Bellpuig, dedicándose con todo cariño y abnegación a lo que creo fue su misión favorita: la instrucción y formación de los apostólicos.
Allí encontróle la revolución del año 36, teniendo que huir, después de ayudar a poner en salvo a los niños, al pueblo cercano de Vilanova de Bellpuig. No creyéndose lo suficientemente seguro, consiguió llegar a Lérida, escondiéndose en su casa natal. Sólo por un verdadero favor del cielo vióse libre de una muerte segura. Una de las bombas de aviación cayó en el barrio que habitaba. La misma casa que le albergaba se desplomó en parte; de entre los escombros y polvoreda salió él ileso y salvo. Según afirmó luego en una repetición de oración de los Ejercicios, atribuía esta gracia a las benditas almas del Pur-gatorio, de quienes siempre fue devoto y a las que se encomendaba en toda clase de peligros. Obligado a salir de Lérida, refugiose en una casa de campo, donde abundaron las priva, iones y sobre todo el frío. Pudo, en compensación, salir a tomar el sol después de quince meses de obligado encierro. El día de Pascua del año 38, agradecido a la Santísima Virgen, celebró en el Pilar de Zaragoza su primera misa, después de tantos días aciagos de catacumba. En «Suplemento de Germanor» (núm. 3, pág. 12, año 1938), hay una carta firmada por el P. Enrich y fechada en Zaragoza, donde da cuenta de sus angustias, durante nuestra Guerra de Liberación. Su humildad le hacía decir: «Veintiún meses entre los rojos ya son bastantes para que usted pueda comprender (va dirigida la carta al señor Visitador) los sufrimientos y privaciones a que me he visto obligado; pero todo lo doy por bien empleado, si Dios los acepta en remisión de mis pecados y para provecho de las almas de tantos pobres extraviados». Mientras esperó la hora de la liberación total de la nación, albergóse en una «masía» de Altorricón, donde hacía las veces de instructor de los pequeños de la casa.
Figueras (segunda vez).
Desde nuestro bendito refugio de Palma de Mallorca, poco supimos de las andanzas del P. Enrich, y grande fue el gozo cuando se tuvo noticias de que entre los que habían salido salvos de años tan difíciles se encontraba él. Y aumentó la alegría cuando pudimos abrazarle de nuevo y ver que estaba más robusto y sano que nunca, al menos en apariencia. Una vez que se reorganizó nuestra vida de comunidad en la Península, se le destinó a la Casa de Figueras, hasta que en el verano (lel año 43 fué a aumentar la comunidad de La Bordeta (Lérida).
Lérida (La Bordeta).
Es esta fundación reciente y dedicada por completo a la vida parroquial. Comenzó por las parroquias de La Bordeta
Albatárrech, servidas por el P. Coll Mateo. Siguieron después las de Montoliu y Sudanell, a las que destinaron al P. Martín Matas, y dada la penuria de sacerdotes en la Diócesis de Lérida, y el fiel desempeño de los mencionados misioneros, suplicó el Excmo. Sr. Obispo otro Padre para Alcoletge y Vilanova de la Barca. Atendiendo a tal ruego, el señor Visitador envió al P. Enrich.
Y he aquí que el buen Padre, de natural sosegado y que nunca tuvo fama de mucha actividad, en sus últimos años demostró un dinamismo extraordinario. El campo en que le tocó trabajar era ciertamente ingrato. No es exageración afirmar que el hueso más duro de roer para los curas leridanos son estos pueblos de la ribera del Segre, entre Balaguer y la capital de provincia. Y de lo más glacial en religión, Alcoletge y Vilanova de la Barca, cercanos a la ciudad, con muchos de sus vicios y apenas ninguna de sus ventajas espirituales. Y si de muchos años a esta parte adolecieron de máxima despreocupación religiosa, aumentó ésta después de la guerra. Vilanova quedó sin templo, y el de Alcoletge da una sensación de tal abandono, que hace perder el ánimo más optimista. El Padre Enrich con tal entusiasmo tomóse su cargo parroquial, que bien puede decirse que echó toda la carne al asador. El año pasado invitóme a predicar en la fiesta de las primeras comuniones. Y quedé admirado al ver su espíritu de sacrificio y abnegada entrega al cuidado de sus feligreses. Me parecía un imposible que fuera capaz de tantas caminatas como tenía que hacer, él que fue siempre un entusiasta de la vida sedentaria.
En Vilanova de la Barca había un batallón de trabajadores, ocupados en la reconstrucción del pueblo, completamente arruinado durante la guerra. Una de sus más acariciadas ilusiones era ver terminada la iglesia. ¡Cuántos sudores le costó una obra que vio comenzada nada más! A propósito de ello sucedióle un hecho que muestra su rectitud de carácter, al par que su espíritu condescendiente. En visita de inspección fue al pueblo el señor Moreno Torres, Director general de Regiones Devastadas. Aprovechó para urgir la construcción del templo. Contestóle el señor Moreno Torres que lo tendría concluído para Navidad del 1944. Replicó el P. Enrich con una sonrisa escéptica, que comprendió muy bien el señor Director, quien arguyó: «Yo se lo aseguro, Padre, con la condición de que, Martín Matas, y dada la penuria de sacerdotes en la Diócesis de Lérida, y el fiel desempeño de los mencionados misioneros, suplicó el Excmo. Sr. Obispo otro Padre para Alcoletge y Vilanova de la Barca. Atendiendo a tal ruego, el señor Visitador envió al P. Enrich.
Y he aquí que el buen Padre, de natural sosegado y que nunca tuvo fama de mucha actividad, en sus últimos años demostró un dinamismo extraordinario. El campo en que le tocó trabajar era ciertamente ingrato. No es exageración afirmar que el hueso más duro de roer para los curas leridanos son estos pueblos de la ribera del Segre, entre Balaguer y la capital de provincia. Y de lo más glacial en religión, Alcoletge y Vilanova de la Barca, cercanos a la ciudad, con muchos de sus vicios y apenas ninguna de sus ventajas espirituales. Y si de muchos años a esta parte adolecieron de máxima despreocupación religiosa, aumentó ésta después de la guerra. Vilanova quedó sin templo, y el de Alcoletge da una sensación de tal abandono, que hace perder el ánimo más optimista. El Padre Enrich con tal entusiasmo tomóse su cargo parroquial, que bien puede decirse que echó toda la carne al asador. El año pasado invitóme a predicar en la fiesta de las primeras comuniones. Y quedé admirado al ver su espíritu de sacrificio y abnegada entrega al cuidado de sus feligreses. Me parecía un imposible que fuera capaz de tantas caminatas como tenía que hacer, él que fue siempre un entusiasta de la vida sedentaria.
En Vilanova de la Barca había un batallón de trabajadores, ocupados en la reconstrucción del pueblo, completamente arruinado durante la guerra. Una de sus más acariciadas ilusiones era ver terminada la iglesia. ¡Cuántos sudores le costó una obra que vio comenzada nada más! A propósito de ello sucedióle un hecho que muestra su rectitud de carácter, al par que su espíritu condescendiente. En visita de inspección fue al pueblo el señor Moreno Torres, Director general de Regiones Devastadas. Aprovechó para urgir la construcción del templo. Contestóle el señor Moreno Torres que lo tendría concluido para Navidad del 1944. Replicó el P. Enrich con una sonrisa escéptica, que comprendió muy bien el señor Director, quien arguyó: «Yo se lo aseguro, Padre, con la condición de que, tres meses antes de finalizar el año, me dé cuenta del estado de las obras». Al llegar este tiempo continuaban echados los fundamentos, sin haber adelantado apenas nada las obras. Podía haber mandado un informe; no lo hizo por no comprometer a ingenieros y capataces y temeroso también de las represalias que pudiesen éstos tomar.
«El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas.» Puede el texto aplicarse muy bien al P. Enrich. Lejos de desalentarse por un trabajo que tantos sudores le proporcionaba, para re-coger más malezas que grano, próximo a morir, pedía al P. Visitador, que fue adrede a Lérida a visitarle, que no abandonara el cuidado de uno de los pueblos más reacios, caso de verse él obligado a dejarlos.
Últimos meses y muerte.
Quebrantóse su ya endeble salud. Pocos meses antes de su muerte le vi en La Bordeta fatigado. Aumentó aquel pesimismo en él ya habitual, quebrado tan sólo por alguna de sus gracias, dichas de aquella manera tan salerosa que tenía.
No puedo callar, antes de terminar, que tenía un alma eminentemente franciscana, por su amor a los animalitos. Fue siempre dado a la cría de canarios. Y con ellos dialogaba y cantaba. Cuidaba mejor que una ama casera de las aves de corral. Jugaba con el gato, hacía caricias al perro, pasaba horas del atardecer sentado en el huerto y echando algo de comer a los patitos. A todos parecía saludarles con el nombre de hermanos.
Puede reconocerse, por todo lo apuntado, que tenía una tendencia marcada hacia lo débil, lo indefenso, lo enfermo y delicado.
Nadie más indicado que el que fue su último Superior para ampliar estas notas de cuando la preciosa vida del P. Enrich iba a paso seguro hacia su ocaso. Escribe el P. Coll Mateo:
«Aunque con su habitual calma, debida sin duda a la enfermedad del corazón que, sin darse cuenta, le aquejaba desde mucho tiempo, trabajaba con afán por sus parroquias. Gran parte del tiempo que permanecía en la residencia de Lérida lo dedicaba a ordenar los libros parroquiales que la pasada revolución marxista y el abandono tenían en des-orden.
Era devotísimo del Santo Rosario, que rezaba aunque fuera a altas horas de la noche.
Suave de carácter, sin embargo, cuando se trataba de defender los derechos de Dios y de la Iglesia lo hacía con tesón y energía, y sin perder por eso su dignidad ni su habitual calma; como cuando el alcalde de una de sus parroquias, que poco se preocupaba de atender a las necesidades del pueblo, malgastando los fondos del Ayunta-miento en cosas «non sanctas», sacó a relucir en una conversación su autoridad, simbolizada en la vara de alcalde, el P. Enrich le dijo, recalcándolo bien : «No sabe usted, señor alcalde, que esta vara de que habla haría mejor servicio si se la aplicaran a sus costillas».
A pesar de su carácter quejumbroso, era paciente dé verdad cuando las circunstancias lo requerían. Una de sus aficiones favoritas era la cría y cuidado de canarios; sin embargo, cuando comprendió que eran un pequeño estorbo para atender debidamente a sus parroquias, se deshizo de ellos y los olvidó en absoluto.
A pesar de comprender su gravedad en los últimos días de su vida, no perdió la serenidad, y hablaba de su muerte próxima casi en son de broma. ¡Cuántas veces no repitió a los que lo visitábamos: «De aquí… al cementerio», sin inmutarse!».
A fines del año pasado llegó su salud a un estado que inspiraba serios temores. El mencionado P. Coll, en carta de 4 de diciembre, decía al P. Comellas:
«Le escribo con algo de urgencia. Es el caso que el P. Enrich se nos ha puesto tan enfermo del corazón oye nos hemos visto precisados a llevarlo al hospital de la Cruz Roja, donde, según prescripción médica, deberá permanecer en absoluto reposo por lo menos una semana, para así poder comprobar el curso y gravedad de la enfermedad. Qué será de él? Yo no soy pesimista, pero le considero fuera de combate para largo tiempo, especialmente mientras duren los fríos invernales. Según examen médico con rayos X, se le nota un corazón dilatadísimo y que difícilmente puede volver a su estado normal. Tiene la cara hinchada y de un color blancoamarillo; las piernas hinchadas también, incapaz de caminar cincuenta pasos sin tener que pararse dos o tres veces. En una palabra, imposibilitado para ejercer el ministerio parroquial.»
Bien atendido por nuestras solícitas hermanas, mejoró algo y renacieron las esperanzas de curación. El optimismo fue, desgraciadamente, momentáneo. Bastó un nuevo acceso de su dolencia, para llevárselo al sepulcro.
El día de Reyes del año actual pidió su traslado al Hospital Provincial, magnífico y moderno, donde el sol y los jardines harían menos sensible el trabajoso paso de las horas. Las Hijas de la Caridad recibieron, gozosas, el tesoro de que con pena se desprendían las de la clínica, pero al día siguiente viéronse privadas de él por la muerte rapaz.
En carta al señor Visitador, daba Sor María Izaguirre, Superiora de dicho Hospital Provincial de Lérida, estos detalles:
«Aunque supongo a usted enterado de las circunstancias de la muerte del P. Enrich, con todo me complazco en exponerle lo siguiente: Desde su ingreso en el Hospital hasta su fallecimiento transcurrieron dieciocho horas, que pasó muy mal, con la constante fatiga del corazón. A pesar de aplicársele algunos tónicos cardíacos, no respondió al tratamiento ni en lo más mínimo. Todo y que se extremó la discreción entre los que le rodeaban, el enfermo se dio cuenta de su gravedad, diciéndonos: «Esto se termina por momentos. Que venga el capellán pronto y que me administre los Santos Sacramentos.» A pesar del interés que se tomó dicho señor en su asistencia, dada su edad y estar delicadísimo, pasaron algunos minutos antes no llegó con el santo Viático, que ya no pudo recibir el moribundo. Sólo se le administró la Santa Unción y se le aplicó la Indulgencia Plenaria. Acto seguido, las hermanas le rezamos la recomendación del alma. Cuando notó que se aproximaba la muerte, se despidió de la Comunidad y de su familia con la misma naturalidad que si fuese a coger el tren, diciendo: «Hermanas, hasta el Cielo. Yo ya terminé mi misión en este mundo. Que trabajen ahora los jóvenes.»
El P. Coll, a su vez, en una sentida reseña repite más o menos estos mismos detalles de la muerte del P. Enrich, caído en el campo de operaciones con las armas en la mano, y la termina con lo que a continuación copio:
«Por ser domingo, ninguno de los Padres estábamos en La Bordeta. Quien recibió la noticia telefónica de su muerte fue el hermano Batlle, quien me la comunicó en seguida que llegué de Albatárrech. Lo recomendé inmediatamente a las oraciones de los fieles, que en aquel momento estaban aguardando para oír la Santa Misa, la que apliqué en sufragio de su alma. Después de la última Misa que celebré en el Cementerio con la misma intención, empecé a dar los primeros pasos para organizar los funerales y el entierro. El cadáver fue depositado en el recibidor de las Hermanas del Hospital, vestido con los ornamentos sagrados, siendo velado todo el tiempo por pequeños grupos de Hermanas, enfermeras y personas amigas.
El funeral se efectuó en la capilla del mismo Hospital, precedido por seis misas rezadas que celebraron los Padres llegados de Bellpuig, de Espluga y los de Casa. Al funeral asistió, además de un buen número de Hermanas de todas las Casas de Lérida, varios representantes de las Comunidades Religiosas de varones de la ciudad. El número de sacer-dotes en el acto del sepelio era de quince. Asistieron, además, los Ayuntamientos de los pueblos de Alcoletge y Vilanova y buen número de vecinos de ambos pueblos. Por no hallar ningún nicho vendible, tuvimos que alquilar uno, que es el número 124 del Departamento de San Cristóbal. Visité al señor Obispo para comunicarle la triste noticia, que le apenó mucho.»
Acaeció la muerte del P. Enrich el 7 de enero. Voló a Dios para ofrecerle el oro de su bondad, el incienso de su piedad y la mirra de los sacrificios con que durante treinta y tres años adornó la corona de su vocación misionera.
En la misma ciudad que le viví nacer para la vida y para el sacerdocio reposan sus restos. Fue su vida como esas aguas mansas, apacibles y feraces del río Segre. A Dios, el gran Océa-no de la paz, dirigió los anhelos e ilusiones de su vida entera.
¿Que tuvo defectos bien visibles? No hay por qué negarlo: parecía no tener noción de la puntualidad, fue algo terco en sostener su opinión, aunque nunca hiriente; era de natural quisquilloso… ¿Para qué hurgar en estas deficiencias? La caridad, en la que fue eminente y ejemplar, cubre todas las imperfecciones. Más vale echar un velo de indulgencia sobre las naturales manchas de quien tan indulgente fue para con todos.
Hizo el bien y lo enseñó a hacer. Y éstos son los grandes en el Reino de los Cielos. Quienes nos formamos de su espíritu, no podremos mencionarlo sin abrir los labios para rezar una reconocida oración por su eterno descanso. Y no sabremos repetir su nombre sin adornarlo con el calificativo de «¡Bondadoso Padre Enrich! «, que es, al fin y al cabo, el resumen glo-rioso de su paso por el mundo.
MIGUEL. PIQUER y GENE, C. M. Barcelona, 20 de junio de 1945.







