El P. Marcelino Boyero falleció al amanecer del día 1 de mayo, fiesta de San José Obrero. Aunque ya lo esperábamos, nos produjo una fuerte impresión.
Nació el 17 de octubre de 1926 en Navales (Salamanca). Esta zona de Alba de Tormes ha sido muy rica en vocaciones a la Congregación de los Padres Paúles y a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Ahí tenemos el ejemplo de Macotera que ha sido un semillero de vocaciones. Las Misiones populares en las diócesis de Salamanca, Ávila, Burgos, Pamplona. Teruel, etc., atrajeron muchas vocaciones. Tal es el caso del P. Marcelino que ingresó en la Apostólica de Tardajos en el otoño de 1939, ya iniciado el curso, después de unas Misiones en su pueblo que dirigió el P. Manasés Carballo.
Los cinco años de estancia en la Apostólica nos hicieron ver que se trataba de un seminarista muy inteligente. En todas las asignaturas sacaba la nota de sobresaliente. En mi álbum de fotos conservo una jugando a la pelota los dos, mano a mano, y cuando la hemos visto últimamente, hemos recordado aquellos años con cierta nostalgia y emoción, pero dando gracias a Dios por los años que nos ha concedido vivir. Los catorce años de formación sacerdotal realizados en nuestros Seminarios los aprobó con alta calificación.
Fue ordenado sacerdote el 9 de septiembre de 1951 en la Basílica de La Milagrosa de Madrid por Mons. Lissón, C.M., arzobispo dimisionario de Lima (Perú).
A lo largo de su vida se dedicó primordialmente a la formación de los nuestros en la Apostólica de Murguía (Álava), durante tres años, y 30 en el Seminario de Hortaleza, que hoy es un barrio de Madrid. Poseía el título de Licenciado por el Angélico de Roma. Ha sido formador de cientos de jóvenes aspirantes a Misioneros Paúles, que hoy le recuerdan con cariño y gratitud.
Después de este Ministerio de la Enseñanza estuvo destinado 12 años en la parroquia de San Miguel de Miramar (Málaga), que recordó siempre con mucho cariño. Ha dejado como recuerdo dos diarios de sus viajes a Tierra Santa (1992), desde Málaga, y más tarde a Filipinas (1994), con el P. Teodoro Barquín, para grabar un disco con Salmos del P. Alcácer.
El P. Marcelino fue siempre un alumno aventajado del P. José María Alcácer y ha dedicado los últimos años de su vida a investigar y a seleccionar las obras del Maestro Alcácer. «Es una pena que obras tan buenas mueran en el Archivo. Mucho tiempo y mucho trabajo me ha llevado pasar al ordenador la Obra musical del P. Alcácer», nos decía él mismo. En la hora de su muerte ya tenía terminados cuatro tomos. Falta todavía alguno más que esperamos se pueda llevar a cabo para su publicación, según nos manifiesta el director de la Editorial La Milagrosa.
En contra de lo que parecía, era muy sentimental y últimamente lloraba con facilidad. Tenía una conciencia muy delicada y pedía perdón cuando creía que había podido molestar o escandalizar a alguien. Este gesto de pedir perdón lo ha hecho en el Hospital de La Milagrosa con el personal de la primera planta por sus incorrecciones durante su estancia. En la vida de comunidad somos testigos de las veces que ha pedido perdón en privado y en público. Recibió con pleno conocimiento los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos. La Misa funeral tuvo lugar en la Basílica, concelebrada por 25 sacerdotes y presidida por el P. Miguel Ángel Renes, Superior de la Comunidad. Quiero terminar con unas palabras de San Vicente: «Los Misioneros santos, sabios y humildes son el mejor tesoro de la Compañía».
José Luis Cortázar, C.M.







