Querido Juan, tu excepcional bondad, piedad, compañerismo, espíritu de sacrificio, donación total a favor de tus morenos de Sangrelaya y mizquitos de Patuca, tu aceptación a pasar los últimos ocho años de tu vida en una silla de ruedas sin perder tu peculiar sonrisa… los últimos momentos de tu existencia cuando sólo hacia menos de una semana que habías participado a la celebración anticipada de tus bodas de oro sacerdotales…, bien merecen un recuerdo muy especial en esta publicación provincial que trata de ir recordando las actividades apostólicas más o menos relevantes de la historia de la Provincia de Barcelona en la que tu mismo has dejado unas huellas imborrables de las virtudes propias de los hijos de San Vicente de Paúl: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo: apostólico y de santidad personal.
Lástima que no hayas encontrado, Juan, un mejor biógrafo, uno que haya vivido más de cerca tu gran labor apostólica. Aunque, afortunadamente, mis seis agradables años de convivencia contigo en el Estudiantado, la breve constancia de tus años en la Congregación hasta 1970 que dejaste escritos en Anales y sobretodo tus hazañas misioneras relatadas sobre todo por uno de tus compañeros de curso y que te dedicó una emotiva homilía en la misa de Resurrección, y el recuerdo de tus últimos 10 años en la «Residencia Betania» me ayudarán a dar un perfil que pueda ofrecer a los que no han tenido la suerte de haberte conocido personalmente.
Copio los detalles que dejaste escritos hasta el año 1970 a petición del P. José Barceló: «Nací en San Juan, el 23 de 1937, en la isla de Mallorca. Mi escuela apostólica fue en la Misión de Palma durante seis años. El noviciado, la filosofía y la teología las llevé a cabo en la población de L’Espluga de Francolí, centro de estudios mayores durante muchos años, para nuestra Provincia. La fecha de mi Vocación es el 7 de septiembre de 1945. La ordenación sacerdotal también en Espulga el 15 de marzo de 1953. Llegué a Honduras con usted y el Padre Sans el 15 de abril de 1953, un poco triste, como usted sabe, vía Madrid-Habana-San Pedro Sula-Tegucigalpa.
Destinos: Profesor en el Seminario de Tegucigalpa de abril a septiembre. Luego a Sangrelaya cuidando morenos como vicario coadjutor de 1953 a 1956. En febrero de este año llegaba a Patuca en espera del P. Cayetano Figueroa, que llegó un mes más tarde en marzo. De esta fecha hasta abril de 1969 fui ayudante como misionero del querido «Padre Tano». Predicamos el Evangelio, levantamos iglesias, asistimos a muchos enfermos, etcétera.
El 30 de abril de 1969 llegaba a Barcelona para recuperar mi salud. El 22 de noviembre de 1970 regresaba a Honduras, vía Nueva York, llegando a San Pedro Sula el 29 con Monseñor Brufau, de regreso del Sínodo Episcopal en Roma.
El 10 de diciembre era nombrado encargado de la estación misional de Patuca. Nuestro lema es PAN y CATECISMO. Eso es todo».
Eso es todo lo que el P. Juan nos cuenta. Como indica el mismo P. Barceló «estos pocos datos autobiográficos son demasiado escuetos para la humilde y sacrificada persona del P. Juan Company.» Para poder seguir las andanzas del P. Company no me queda más remedio que seguir copiando los párrafos más interesantes de las crónicas de los miembros de la Provincia en Honduras del P. Barceló publicados en Anales. Vo1.26, N° 122, 1974. En una de sus primeras cartas escribía, desde su primer destino en Sangrelaya a un amigo de España: «Ahí me tienes metido entre los morenos que tienen un aspecto algo desagradable pero con un corazón leal y muy atentos con el Padre». Y en agosto del mismo año añadía: «Mientras el Padre Carré dirige la construcción de la nueva casa de Sangrelaya, yo recorro estos poblados, predicando, bautizando, fatigándome…»
Luego era bautizado con la temible malaria que tan dolorosas huellas deja en el cuerpo humano. Decía: «Este mes de agosto ha sido para mí el mes de las fuertes calenturas» Anales, 1954)
En abril de 1966 el Padre Francisco Suñer, buen conocedor de la Mosquitia, escribía: «Sabemos que el Padre Company hizo sus ensayos apostólicos en Sangrelaya. Los niños del morenal de Cocalito fueron los primeros que aprendieron su nombre. Su inquietud misionera le llevó varias veces a los morenales de Cusuna, Tocamacho, Batalla, Plaplaya… Sus continuos viajes fluviales le hicieron cobrar una absoluta confianza en el «cayuco» y aún le adiestraron en el manejo del «canalete». Llegó a familiarizarse con las aguas de los ríos Sangrelaya, Klaura, Sico, Paulaya y Negro, y con las lagunas de Calderas, Placios, Black Rivera, Bacalar y Graspis».
Su celo le lleva más allá. No ignora que su destino es Patuca; y un buen día del mes de julio de 1954 emprende solito el viaje hacia aquel zambal para inspeccionar su futuro campo de operaciones; cruza las lagunas de Ibans y Brus, y desde Tusi emprende una penosa caminata de más de 30 Kms. Por la soleada y tórrida playa hasta llegar a Patuca. Queda con los zambos ocho días completos: son ocho días de fiesta en el zambal por la presencia del «Fadiri» que éste aprovecha para prestarles sus servicios religiosos, regresando rebosante de satisfacción a su «noviciado» de Sangrelaya. Su destino definitivo a Patuca fue en 1956. Ya en su puesto de vanguardia pone en acción su celo. Sería difícil precisar la extensión territorial que ha de beneficiarse de su ministerio sagrado. Me contento con anotar que se trata de una extensión de varios miles de kilómetros cuadrados. El núcleo principal de sus catequizados se agrupa a lo largo del río Patuca, siempre tierra adentro, y en las inmediaciones de la laguna de Caratasca y de la frontera nicaragüense. Las distancias son enormes; los viajes resultan largos y penosos.
Señalemos que el P. Company es extremadamente parco en el hablar de sí mismo. A fuerza de tirarle de la lengua nos va explicando generalidades de esa región que evangeliza. Con disimulo hemos sondeado el espíritu de nuestro joven misionero para descubrir cómo se proyecta su acción ministerial. He llegad a la conclusión de que el P. Company, habituado al sacrificio, no da la menor importancia a todo ello y lo mira como la cosa más natural del mundo, e incluso considera una rareza que alguien pueda sentir curiosidad o interés por su vida misionera…
Y la labor del Padre Juan es dura de verdad, muy dura; es labor de apóstol auténtica. Visita más de 30 aldeas, algunas de ellas a varias decenas de kilómetros de distancia, muy separadas unas de otras. Son poblados que, cuanto más tierra adentro están, más acusan la falta de civilización. Es una heroicidad remontar el río tantas cuantas veces sale a visitar los zambales, pues el río es la única vía de comunicación. Su único medio de comunicación es un incómodo «cayuco» o un «pipante» de hechura primitiva, un tronco de árbol ahuecado que recuerda la época colombina. La fuerza motriz son sus músculos; es cierto que tiene instalado un motor, pero cuando éste está en condiciones de servicio no hay gasolina, y cuando la haz, no hay motor…
La labor misionera del P. Company es una Vida de aventuras. Cuando se cae de cansancio, porque sus brazos no responden ya a su voluntad, suelta el «canalete», franquea la orilla y mientras el río sigue su interminable curso, se toma un reconfortante descanso a la sombra de un frondoso árbol y refresca su reseca garganta con el agua de un coco… Y luego sigue río arriba hasta que al anochecer, llega a su Aldea sumida en el silencio, perdida en el corazón de la selva.
De mañanita los moradores del zambal se van reuniendo en su capilla, o bajo un árbol frondoso y fresco, el Padre les habla de Dios, de Jesucristo, de la Virgen, les enseña y reza con ellos en su propio idioma el «AISA ba minara» (señal de la cruz), el «Yawon AISA» (Padre nuestro)„ el «Yang Godra kassak lukisna» (Creo en Dios Padre)… La luz del sol es la única que alumbra aquellos parajes rodeados de selvas vírgenes; cuando ella desaparece se disponen a acostarse… No importa que la cama sea de arena o el puro suelo, o un fardo de madera seca, una simple estera o una manta… ¡No! ¡Esto no importa! Su cuerpo está agotado, y allí se deja caer para descansar y soñar con los ángeles del cielo… Y así día tras día, año tras año, pues cada visita a un morenal, como dice sonriendo el P. Juan, supone un mes de aventuras… El relato del P. Barceló termina con estas palabras «¿Quién dijo que ya ha pasado la era de los apóstoles?»
A este cronista no le queda más remedio que asombrarse hasta donde llegó el celo realmente heroico de uno de los «auténticos» misioneros que la Provincia contó entre sus miembros. Contó con él hasta que al cabo de más de cuarenta años de esfuerzos agotadores el Visitador se vio precisado a regresarle a Barcelona el año 1996, con su salud ya quebrantada.
Después de cerca de unos meses destinado a Figueres para reponerse, tuvo que ser ingresado en la «Residencia Betania», para que tuviera el cuidado siempre esmerado y cordial de nuestras Hermanas, el día 1 de febrero de 1997. A pesar de todos los cuidados el buen P. Juan Company siguió perdiendo sus facultades mentales teniendo las Hermanas de cerrarle el acceso a ciertos lugares peligrosos. Hay que hacer resaltar que el P. Juan siempre fue dócil a las restricciones que las Hermanas tuvieron que acudir para su seguridad física. También sus fuerzas físicas se iban deteriorando teniendo que servirse primero de un bastón, después de un andador y más tarde llegó el momento en que no quedó más remedio que ponerle en una silla de ruedas. También se le fue yendo la facilidad para expresarse verbalmente, lo que suplía con su mirada expresiva y su consentimiento con la inclinación de la cabeza. Generalmente reconocía a los que le visitaban por primera vez y no había visto desde hacía mucho tiempo. Su alegría la manifestaba con sus conmovedoras lágrimas…, pero también a veces sus reacciones las manifestaba con sus tan características risotadas….
Además de los esmeros de las Hijas de la Caridad el P. Company necesitó las atenciones de un enfermero, encontrando en el Sr. Antonio a un enfermero cariñoso y solícito que le atendía en todas sus necesidades, tomándose solamente los domingos para descansar. Pero no le faltaron al P. Juan las atenciones de otras personas, como fueron, además de nuestras abnegadas Hermanas de la Residencia, las visitas de los Padres de la Casa de Barcelona, especialmente de los dos Visitadores, Miguel García y José Vicente, del Superior y otros Padres y Estudiantes de la Comunidad, como también del Sr. Ramón Carbonell, los domingos por la tarde, y de una manera todavía más asidua de los esposos Moyá.
La crónica del DIA DE LA PROVINCIA, lo rebautizé este año con el nombre de DÍA DE LA CORDIALIDAD, precisamente por la presencia del Padre Company, quien fue homenajeado el día 27 de enero, junto con dos de sus compañeros de curso, para celebrar anticipadamente, sus Bodas de Oro sacerdotales… anticipadamente, porque sin duda que las celebrará más celestialmente el día 15 de marzo ya en la Casa del Padre.
Precisamente fue pocos días después de aquella celebración provincial que el P. Juan empezó a sentirse muy mal como a las 9 de la noche y las Hermanas lo ingresaron a la Clínica de la Sgda. Familia, donde no pudieron atenderle debidamente de sus dolores y fue trasladado urgentísimamente a la Clínica San José donde después de recibir la Unción sacramental, falleció poco después debido a insuficiencia respiratoria, el día 1 de febrero. Exactamente seis años después de haber ingresado en la Residencia Betania de Vallvidrera, el P. Juan Company entregaba tan santamente como había vivido, su alma al Padre.
La Eucaristía de Resurrección se celebró el lunes día 3 por la mañana siendo presidida por su sobrino Mn. Joan Barceló, venido urgentemente de Mallorca. Debido a la ausencia obligada del P. Visitador, el P. José Barceló, su compañero de curso y buen conocedor de su vida misionera nos ofreció a los 10 sacerdotes concelebrantes, a las Hermanas de la Residencia, además de la Visitadora, Sor Ma Cruz Arbeloa, alguna de sus asistentes y otras HH.C., el matrimonio Moyá, el Sr. Carbonell, su atento enfermero Manolo y a los residentes, una conmovida y conmovedora homilía, exaltando las virtudes y la vida altamente sacrificada de nuestro apreciado por todos los que conocieron P. Juan Company Bauzá. Su alma ya se encontraba en la presencia de su Creador a quien tan bien supo amarle y servirle como buen hijo de San Vicente de Paúl. Qué descanse en la Paz del Señor!







