Era de Guardia, cerca de Barbastro, y nació el 18 de abril de 1811. Fue admitido en la casa de Madrid el 17 de julio de 1828. Enviado, en enero de 1830, a Barcelona, para estudiar la Filosofía, hizo allí los votos el día de S. Vicente del mismo año. Continuó allá hasta julio de 1835, en que figura ya como sacerdote. Pasó más tarde a Francia y estuvo en Montolieu. En el verano de 1845 le encontramos ayudando al P. Juan Costa en Lérida y allí continuaba en abril de 1847, atendiendo a la dirección espiritual de las tres casas de Hijas de la Caridad, existentes por entonces en dicha población.
Más adelante, en 1852, residía habitualmente en Sangüesa. Cerciorado de que la restauración de la Congregación se hacía en debida forma y conforme al espíritu de las Reglas, vino a Madrid el 11 de noviembre de 1852. Al restablecerse la casa de Badajoz, fue nombrado Superior de la misma. Poco después, en septiembre de 1860, volvió a Madrid, de cuya Comunidad fue asistente. En 1866 le enviaron de Superior a la casa de Arenas de San Pedro, donde permaneció hasta que fueron expulsados de allí los Misioneros. Se trasladó entonces al norte y, por disposición del Visitador, se hospedó en el Hospital de Haro, falleciendo allí el 11 de agosto de 1870. «Recibió con gran piedad los sacramentos, dice el P. Inocencio Gómez, y tuvo una muerte edificante. Las personas piadosas de la población sintieron mucho su muerte y dieron muestras del aprecio que le tenían, asistiendo a sus funerales, que se celebraron con solemnidad, en la capilla del mismo establecimiento, por el señor Cura párroco y demás sacerdotes de la villa». La Superiora del Hospital fue quien pidió al P. Maller uno o dos Misioneros, comprometiéndose ella a mirar por su subsistencia, para que se ocuparan en el bien de las almas. El P. Serrato se dió de tal manera al trabajo, que su confesionario era concurridísimo y era el sacerdote más querido y popular de la población, siendo luego bendecida por largos años su memoria. Se ocupó también de las Conferencias de señoras con gran fruto para ellas y provecho para los pobres. Sin duda estaba animado del espíritu de Dios, que obraba en él; porque de suyo era de cortos alcances.







