P. Francisco Amaya

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela · Year of first publication: 1996 · Source: Notas biográficas.
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Biografias PaúlesAcerca de este ilustre Misionero publicamos en el libro Centenario de los PP. Paúles en Madrid, págs. 455-497, una hermosa biografía, debida a la elegante y sugestiva pluma del P. José Herrera. Recomendamos su lectura a los que quieran conocer el temperamento de apóstol del P. Amaya. Hijo de padres piadosos y acomodados, nació en Torre de Miguel Sesmero (Badajoz) el 23 de diciembre de 1812. Se formó bajo la dirección de un tío suyo, canónigo de la colegiata de Talavera de la Reina. Allí estudió hasta la Filosofía inclusive. «A la edad de diez y nueve años, empezó a sentir en su alma algo que la hacia gravitar hacia la Congregación de la Misión. Con frecuencia había visto en Badajoz a santos y doctos misioneros, que habían despertado en él deseos de más subida perfección». Empezó su noviciado en la casa de Madrid el 29 de noviembre de 1832. «Era Director del Seminario interno el P. José Antonio Borja, que por muchos años fue para los seminaristas como un ejemplo vivo y literal de todas las Reglas. Acos-tumbrado el novel seminarista a ser servido por criados, a usanza de las casas ricas, tuvo que llamar en su ayuda a su piedad y a su prudencia para vencer las repugnancias de la naturaleza, para plegarse a los usos y leyes de la vida de comunidad y para aceptar y cumplir ciertos oficios en apariencia bajos y humillantes a los ojos del mundo». Hizo los votos el 30 de noviembre de 1834.

Siendo ya subdiácono, salió de Madrid el 6 de abril de 1835, yendo con otros compañeros suyos a terminar los estudios en Montelieu y París, donde fue ordenado de presbítero en las témporas de septiembre de 1837. Le destinaron entonces a la misión de Siria. Arribó felizmente a Beyrut y de allí se encaminó a Damasco, donde le recibió con los brazos abiertos el Visitador, P. Poussou.

«Bajo su dirección, dice el P. Herrera, empezó con ardor el P. Amaya el estudio de la lengua árabe, ocupación árida y aburrida, que le llenó de enojo y desaliento, hasta el punto de que su vocación podía quedar seriamente comprometida. Mas a proporción que arreciaban los combates y la tristeza invadía su alma, a ejemplo de Jesús en el monte de las Olivas, prolongaba sus plegarias, multiplicaba sus visitas al Santísimo Sacramento y redoblaba su fe y su piedad en el Santo Sacrificio de la Misa, con lo que, según él mismo contaba años más tarde, llegó a triunfar de este terrible asalto del demonio. Después de haber tomado y abandonado en distintas ocasiones sus libros árabes, empezó a ver claro, el enojo desaparecía y se allanaban las dificultades. A los seis meses ya hablaba algo, y empezó su ministerio por explicar el Catecismo en las escuelas fundadas en Damasco por el P. Poussou.

Ni tardó mucho el P. Amaya en revelarse, porque como el Visitador P. Poussou llamara momentáneamente a Trípoli de Siria al P. Tustet, las escuelas y la Casa de Damasco quedaron confiadas a su gobierno; desplegó entonces su prudencia, vigilancia y firmeza, logrando con esto renovar el personal docente, con mucha oportunidad, cosa que no había podido conseguir su antecesor con ser ello muy necesario.

El P. Barozi, achacoso y enfermo, hubo de abandonar a Trípoli, población de mucha humedad, y habiendo vuelto el P. Tustet a Damasco, el señor Visitador tuvo que echar mano del P. Amaya para dirigir aquella Casa.

El 1 de diciembre de 1838 llegaba a su nueva residencia, que no tardó en ser testigo de los primeros resplandores del talento, del celo y de la virtud que con el tiempo le habían de ceñir con la aureola radiante de una estima universal. A pesar de su edad, relativamente joven, pues sólo contaba veintiséis años, brillaba ya en su persona toda la gravedad de la edad madura, y en su rectitud campeaba una sabiduría de muchos alcances, que suplía a la falta de experiencia. Por lo que, no bien llegado, a pesar de lo defectuoso del lenguaje, se vio rodeado del amor y aprecio de los católicos, deseosos de oir la divina palabra.

Preparóse con esmero, resuelto a predicar todos los ejercicios cuaresmales, empezando el miércoles de Ceniza con el sermón de la muerte, que fue el primero que predicó en árabe. Siguiéronse los demás sobre los principales misterios de la Religión, con mucho provecho y contentamiento de los fieles, pero a costa de muy grandes fatigas y trabajos de su parte. Empleaba todos los ratos libres en aprender las expresiones más exactas y convenientes a la palabra de Dios, en cuya tarea le ayudaba con interés digno de loa su profesor de Arabe, que era un joven estudiante de Derecho, y que con el tiempo llegó a ser sacerdote y Obispo maronita de la diócesis de Baalbek. Dios colmó sus trabajos con preciosos frutos de santificación.

Después de las fiestas de Pascua trasladóse a Eden, residencia veraniega de los Misioneros de Trípoli, no con el propósito de descansar, sino de trabajar en la salvación de las almas, empleando todo este verano de 1839 en confesar, predicar y enseñar el Catecismo a aquellos sencillos habitantes de la montaña, que supieron aprovecharse de los sudores del celoso Misionero.

Por este tiempo volvía de Francia el P. Poussou, y a su paso por Trípoli dejó en compañía del P. Amaya a un joven y piadoso Misionero que por largos años había de ser su compañero de armas y fatigas. Era el P. Reygasse. Se vieron por vez primera en Eden, el 29 de junio, fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Nunca se quebró entre ellos el suave y dulce lazo de la caridad fraterna. Ambos tenían las mismas miras sobrenaturales, las mismas ideas y el mismo celo por la salvación de las almas.»

En medio de privaciones sin cuento consagráronse con ardor a las misiones. Dieron en la primavera de 1840 una en Becharré, que duró seis semanas. El tono suave e insinuante del P. Amaya penetraba los corazones y las gentes decían: «Nos sentimos movidos por las verdades que nos predica, y ante su presencia quedamos penetrados del mismo respeto que si Nuestro Señor nos hablara.»

«Después de Becharré tenían intención de misionar aquellos parajes que le circundaban; pero sus proyectos misioneros fueron cortados por la revolución de los montañeses del Líbano contra el Emir Bechir, que los gobernaba, y contra el Gobierno egipcio, de donde a la sazón dependían. Las revoluciones siempre son dolorosas, sobre todo en los países mal organizados, pues sacudido el yugo de unos tiranos, vienen otros peores.

Ante aquellos ánimos exaltados dejó brillar el P. Amaya la sabiduría de sus consejos, que siempre fueron bien acogidos a causa de la confianza y el respeto que a todos inspiraba. Ni se contentaba con sólo consejos. Bajo las apariencias de una salud achacosa y muy quebrantada ocultaba el valor y la energía de un hombre robusto, y varias veces puso su tranquilidad y su vida al servicio de los pobres maronitas.»

Una vez que volvió la paz, continuó sus trabajos apostólicos, empezando por el país de Akar, al norte de Trípoli.

Fué nombrado luego Superior del colegio de Antura y Viceprefecto Apostólico de Siria. Con fecha 28 de enero de 1844 escribe al P. Etienne, contándole sus correrías apostólicas, sus ejercicios al clero en Trípoli y sus misiones en el Líbano, (Anuales, t. X, p. 110). «El Colegio de Antura le debe, en gran parte, la casa de campo de Reyfun y el ala del edificio adosada a la colina de los Pinos, que es la parte más sólida de la casa». Las considerables economías allí logradas por él sirvieron luego para remediar muchas miserias y echar los fundamentos de la casa de Beyrut. A esta población tuvo que trasladarse con la Comunidad, alquilando una casa, cuando la guerra de los drusos.

Vuelto a Antura, donde todo era desolación y miseria, se mostró digno Hijo de San Vicente, socorriendo a innumerables pobres que perecían de hambre. Reanudó al mismo tiempo sus tareas apostólicas, llevando los consuelos de la Religión a los moradores de aquel castigado país.

Sostuvo luchas tremendas contra el error, sobre todo en Alepo, y se defendió valientemente de las calumnias con que pretendían hacer estériles sus trabajos.

Establecidas en Beyrut las Hijas de la Caridad el año de 1847, pensaron los Superiores en fundar también allí una casa de Misioneros, enviando con este fin, a principios de 1851, al P. Amaya, quien trabajó con su celo y actividad características por espacio de diez años, de modo particular en la sólida formación religiosa de las jóvenes de la Escuela Normal, «de donde salían las maestras para las clases externas de la ciudad y de los lugares circunvecinos».

«Hacia el mes de julio de 1860 tuvieron lugar las horribles carnicerías de los cristianos en Damasco y otros puntos de Siria y del Monte Líbano, y hasta en las mismas, puertas de Beyrut. El P. Amaya, traspasado el corazón a vista de tantas desgracias, pero lleno de valor en medio de tantos peligros, no abandonó su puesto, a pesar de los serios temores que inspiraba una situación poco tranquiliza- dora, y recibió con los brazos abiertos a los Misioneros e Hijas de la Caridad escapados, por singular providencia, de la matanza de Damasco.»

Francia interviene, y con tal motivo se multiplicó el celo del P. Amaya con los heridos y enfermos, sin olvidar a los muchos europeos que acudieron a Beyrut. Dirigió la cons-trucción de un amplio orfanato, donde las Hijas de la Caridad recogieron a los huérfanos, cuyos padres habían perecido en las matanzas.

En 1861 se determinó abrir de nuevo la casa de Alepo, siendo nombrado otra vez Superior de la misma el P. Amaya. A pesar de su salud endeble y continuos achaques, no perdonó fatigas para santificar al clero y a los fieles. Terminó santamente sus días el 7 de mayo de 1869. Aparte de otros muchos méritos, le cabe la gloria de haber educado y forjado el carácter de José Karan, el héroe del Líbano.

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