Fernando Nualart. Segundo Visitador (1781-1788) (II)

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Autor: Benito Paradela, C.M. · Año publicación original: 1901 · Fuente: Los Visitadores de la C.M..
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CAPITULO II

Segundo Visitador de la provincia de España. Visita de las casas y algunas de las Orde­nanzas que dejó.—Estado de la provincia y desarrollo de los ministerios mientras fue visitador el P. Nualart. (1781-1788).

El 18 de abril de 1781 fue nombrado visi­tador de la provincia de España el P. Fer­nando Nualart. Del 25 de junio al 16 de julio de aquel año pasó visita en la casa de Bar­celona. «No podemos dejar de manifestaros —dice al principio de las Ordenanzas que dejó— la edificación y júbilo interior que he­mos experimentado al ver una muy suficien­te exacta observancia, una grande puntuali­dad en todos los actos comunes, y, sobre todo, los buenos sentimientos que en vues­tras comunicaciones nos habéis con entera confianza declarado; todo lo ,que nos anima a dejaros las presentes ordenanzas que servi­rán, no tanto para remediar desórdenes, que hubiese habido en lo pasado, cuanto de preservativo para que no sucedan en lo futuro, como y para más facilitar y confirmaros en los sentimientos de caridad, piedad y celo que todos tenéis de la gloria de Dios, del bien de las almas y de la observancia de nuestras Re­glas…

«Sed, pues, en primer lugar pacientes y benignos en sufrir los genios y faltas de los otros. Huid las críticas, censuras y el ser fá­ciles en juzgar siniestramente las acciones de los otros; antes, cuanto podáis, interpretad­las a la mejor parte, excusando a lo menos la intención si no podéis enteramente excusar la acción. Evitad la hinchazón, las ambicion­cillas, la envidia y, sobre todo, no os mani­festéis jamás irritados contra alguno de vues­tros hermanos o compañeros, y esto aunque hubieseis recibido algún sinsabor de los ta­les… Huid con mucha especialidad las mur­muraciones, así activas como pasivas, evitan­do por esto los coloquios clandestinos, las amistades particulares, y en los paseos asun­tos tocantes a las faltas de los otros compa­ñeros, y más de cosas de gobierno y defectos de superiores: quien murmura de éstos, mur­mura del mismo Dios, como le dijo el Señor a Moisés, y lo hiere en lo más delicado de sus ojos, dice el profeta Zacarías. Manifestar las enfermedades y flaquezas a quien no las pue­de curar, es regularmente inútil y ocioso; descubrirlas a los médicos y cirujanos es cosa loable y provechosa; así también hablar de los defectos y faltas de los otros y de los su­periores a los compañeros que no las pueden remediar, es no sólo inútil y ocioso, más aún regularmente muy nocivo; descubrirlas a los superiores que son los médicos espirituales y que las pueden remediar, esto sí que es ca­ridad cristiana, bien que para ser tal convie­ne que no les mueva alguna pasión, que no se exageren los defectos, y que se descubran sin mudar o callar algunas circunstancias, especialmente aquellas que pueden disminuir los tales defectos y que comparezcan no con tan feos colores. Por esto sería muy mucho de desear que antes de descubrirlas a los su­periores o escribirles, examinasen bien y de­lante de Dios, qué cosa les mueve; que pen­sasen si en la hora de la muerte estarán gustosos de haberlo hecho; que lo encomendasen mucho a Dios antes de hacerlo, y jamás determinarse a esto cuando todavía la pasión está exaltada».

Después de la caridad mutua, les reco­mienda el celo de la salvación de las almas que es el distintivo de un verdadero Misio­nero. «Por tanto, encarecidamente os roga­mos que en casa os habilitéis siempre más y más con el estudio para el buen desempeño de todas nuestras funciones; que os manifes­téis siempre prontos y dispuestos para ejer­citarlas cuando la obediencia os lo insinuare, sin excusarnos con pretextos de falta de sa­lud o de talentos, y, mucho menos porque los compañeros no son de vuestro genio: cosa que desedificaría no poco en hombres que ha­cen profesión de mortificar las pasiones y de practicar la virtud. Y por cuanto el buen éxito de las misiones y el fruto principal de ellas depende más del buen ejemplo y de la exacta observancia del reglamenta, por esto. tendréis presente siempre el spectaculum facti sumus mundo et angelis et hominibus del Apóstol, y os haréis gran escrúpulo de faltar aún en la menor cosa que prescribe dicho reglamento, sin interpretarlo a capri­cho, y más según la genial inclinación, que, según el espíritu de nuestro Santo». Les ex­horta a ser muy sumisos al director: a no «admitir jamás mujeres solas en casa y mu­cho menos en aposento alguno, lo que sería de grande desedificación y aun de escándalo» para «ser muy circunspectos para no hablar fácilmente entre sí de las cosas oídas en las confesiones; no interrogar en el confesona­rio, singularmente a las mujeres, de cosas inútiles y que no son necesarias, y menos de qué villa o lugar son, y asimismo no tocar- públicamente los defectos de los párrocos, confesores, religiosos y demás eclesiásti­cos»; y, por último, a vivir entre sí muy uni­dos y uniformes, de modo que si hay algún disgusto o sinsabor nadie lo pueda conocer; por el grande mal que de ello resultaría.

«Siendo también esta casa —prosigue el P. Nualart— una casi continua Misión, por el gran número de ejercitantes que de un cabo del año al otro concurren a ella, singu­larmente por carnaval, cuaresma y pascua y de quienes se saca tanto fruto espiritual, resulta tanta edificación al público y es de no poco crédito para esta casa: por tanto, os exhortamos a que os animéis todos a traba­jar gustosos y a superar las incomodidades que consigo traen, ofreciéndoos prontos para dirigirlos». Como entra toda suerte de ex­ternos, para evitar desórdenes y conformar­se con la casa matriz de París y otras del ex­tranjero, da facultad a todos indistintamente para que, cuando salgan del aposento, «pue­dan llevar consigo la llave; mas no sacarla en modo alguno cuando estén dentro», ni de día ni de noche; «de todo lo que podrán avi­sar también a los ordenandos y ejercitantes. Y por cuanto nuestra Regla dice que la puer­ta se pueda siempre abrir por la parte de afuera, por esto el Superior, asistente y al­gún otro de los oficiales tendrán llaves co­munes que abran todas las puertas, y a los cuales recurrirán los Hermanos cuando sea necesario entrar en alguno de los aposentos cerrados».

Dice luego a los estudiantes que «procuren hermanar la piedad con la ciencia; por­que aquella sola os formaría, cuando más, hombres de bien; pero no Misioneros ni hombres apostólicos; y la ciencia sin piedad, sería ciencia de demonio, que únicamente os henchiría de soberbia: scientia inflat; pero unida con la piedad será ciencia edifi­cativa… Por esto, procurad conservar siem­pre aquel fervor y buenas máximas que en el seminario aprendisteis: no tachen de escrú­pulos las pequeñas transgresiones de las Re­glas y de nuestras santas y nobles costum­bres; tenedlas siempre en suma veneración. No os disipéis con los externos, antes huid de ellos cuanto os sea posible; ni aun con pretexto de hacer bien a sus almas seáis fá­ciles en entreteneros con ellos, y mucho me­nos ofreceros a tomar los empeños para sus cosas. Huid de concursos, aun de iglesias, en ocasiones que os puede mover más el espíri­tu de curiosidad que de devoción. No hagan consistir el ser hombres animosos en hablar con libertad y desembarazo, ni en hacer poco caso de cosas menudas, ni menos en mostrar un exterior poco recogido: esto más bien os acreditaría de haberse extinguido en vosotros el espíritu». Obrad «con una santa libertad, como hijos de Dios, más por amor que por temor». Les anima a defender y de­cir en todas las cosas la verdad, a no acos­tumbrarse a adular y fingir, y, por último, a habilitarse para hacer bien y con desemba­razo las funciones del Instituto.

Dirige también palabras de aliento a los novicios, excitándolos a dar gracias a Dios por el beneficio inestimable de la vocación, y a revestirse del espíritu de Cristo y de la Congregación. Exhorta, en fin, a los Herma­nos coadjutores a santificarse con el trabajo y a tener mucho cuidado de las cosas mate­riales. «Procurad no menos ser atentísimos —añade— en la policía y limpieza que tanto en otros tiempos, se admiraba en esta casa, y que era de no poca edificación a los exter­nos; ayudaos recíprocamente en vuestros oficios…; trataos con palabras respetuosas y jamás con términos vulgares, y mucho me­nos punzantes o mortificativos, y reine entre vosotros una perfecta y santa cordialidad que os haga agradables a Dios y a los hombres».

Después de la casa de Barcelona, visitó el P. Nualart, a fines de agosto, la de Barbas­tro, y de paso visitaría también las de Guiso­na y Reus; Pero se han perdido las ordenanzas que dejó. El 4 de noviembre del mismo año de 1781 abrió la visita en la casa de Pal­ma de Mallorca, concluyéndola el 16 de di­cho mes. «Con no poca edificación y satis­facción nuestra, dice, nos congratulamos de vuestra regularidad, abstracción del mundo y buenos sentimientos que nos habéis comunicado. Mas para empeñaros a la mayor observancia, al buen orden en todas las cosas y a vivir siempre con una santa unión, hemos juzgado conveniente prescribiros las siguien­tes cosas que, bien observadas, os servirán, no sólo de preservativo para no aflojar en vuestro fervor y observancia, sino que tam­bién os adelantarán en la virtud y en el buen nombre que, gracias a Dios, tenéis ya conse­guido».

Les recomienda hacer mucho caso de co­sas pequeñas, y no permitir que se introduz­ca algún abuso o relajación en la Comuni­dad; porque después «es muy difícil y casi imposible el remediarlo; que por esto decía muy bien el venerable e ilustrísimo Palafox que es más fácil fundar muchas religiones, que el reformar perfectamente una sola… Haceos, pues, grande remordimiento de cual­quier habitual transgresión que pueda dar a los otros mal ejemplo, y estad muy atentos a que no se introduzca por vuestra causa ningún abuso. Pensad que en la otra vida es­tán, tal vez, padeciendo algunos Misioneros que quizá en esta tenían por naderías estas cosas, y allá se les ha hecho cargo como de cosas graves. Sed por esto siempre muy ejemplares, observantes y exactos, hasta en las cosas más mínimas, tanto en casa como en Misión». Exhórtales asimismo al buen orden en todas las cosas, a prestarse fácil­mente a confesar «a cualquiera que venga cuando están en casa; que más estimará el Señor media hora o poco más que podréis estar «con estos penitentes extraordinarios, que, muchas horas de estudio, y aun de ora­ción por vuestro gusto». Encarece la nece­sidad suma de evitar todo cuanto pueda he­rir la caridad. Les da, por fin, muy saluda­bles advertencias acerca del modo de portar­se en las Misiones que con tanto fruto y pro­vecho daban en la isla.

Excepto la de Barcelona, de la que era al mismo tiempo Superior, visitó el P. Nualart nuevamente las casas de la Congregación es­pañolas en 1783 y 1785. Después, a causa sin duda de la enfermedad que le aquejaba, no consta que las volviera a visitar. En la última que hizo a la casa de Mallorca dejó, entre otros, estos avisos: «No se falte a la regla de mezclar con el vino buena porción de agua, sin ‘interpretarla y practicarla caprichosa­mente contra el sentir común de los obser­vantes. Que se recen las horas menores en comunidad, en cuanto sea posible, evitando voluntarios pretextos para dispensarse de ellas. Por último, para precaver muchos in­convenientes y malas consecuencias, con uná­nime acuerdo del consejo provincial, absolu­tamente prohibimos el que ninguno pueda comprar, ni aceptar de externos, rosarios, medallas; libros, ni otras cosas para dar en las misiones; y del mismo modo prohibimos encargarse de dar o distribuir bienes inciertos que puedan componerse con Bulas de composición, sino es que sea para entregarlos al párroco o algún confesor para que los distribuya a los pobres de donde se hace la misión o para aplicarlos al bien de aquella iglesia.

Por las cartas circulares de los Superiores Generales se ve que los Misioneros españoles, en los siete años que el P. Nualart estuvo al frente de la provincia, conservaron la honrosa reputación que de hombres apostólicos habían conquistado y desempeñaron con honor y provecho de los fieles los ministerios de su Instituto.

Fijándonos en la casa de Barcelona que servía de pauta a las demás, vemos que el P. Nualart dio mucha importancia a las misiones, como lo muestra el hecho de que ordinariamente salían de ella todos los años dos secciones o grupos de misioneros que recorrían los pueblos del Principado, cosechando en todas partes copiosos frutos de salvación.

Respecto de los ejercicios espirituales baste decir que sin contar los ordenandos de la diócesis y demás limítrofes, cuyo número solía oscilar entre 250 y 300 anualmente, los seglares de todos los estados y condiciones que en 1783 practicaron los ejercicios espirituales en la casa de Barcelona, fueron 1.177. De ellos, 352 los hicieron en particular, y los restantes en las 15 tandas que se dieron du­rante el año, cuatro de ellas, como de cos­tumbre, en el ‘mes de marzo y tres en el de abril. Por tanto, eran unos 1.500, y al­gunos años más, los varones que anualmen­te templaban su espíritu y se disponían para los combates de la vida con la santa práctica de los ejercicios espirituales en la casa de la Misión.

Acompañado de los PP. Gomis, Superior de Reus, y Rafael Pi, asistió el P. Nualart a la decimoquinta Asamblea General de la Con­gregación, celebrada en París del 1 al 9 de julio de 1786. Hablando de ella asegura el P. Jacquier: «Que fue para él de mucho con­suelo ver a los diputados de las siete provin­cias francesas y a los de las provincias de Roma, ‘Génova, Polonia y España, proceder en las deliberaciones con la mayor paz y con­cordia, dándose mutuas pruebas de una amis­tad verdaderamente fraternal, cual conviene entre hijos de una misma familia, venidos a la misma casa paterna y entre los que no debe haber más que un solo corazón y una sola alma». Y en la circular de enero del año siguiente añade: «Durante la Asamblea tuvimos el consuelo de conferenciar con los señores visitadores y diputados de Italia, España y Polonia, que nos hablaron muy ven­tajosamente del modo cómo se ejercen nues­tros ministerios en aquellos reinos».

Los representantes de España, atendiendo sin duda a los muchos que iban a practicar los ejercicios y a confesarse en las casas de la Misión, deseaban que la Asamblea decla­rara permitido, a los sacerdotes, aún durante los ejercicios anuales de la Comunidad, oír confesiones. Respondió aquélla que no era lí­cito, a no ser en caso de necesidad o utilidad grande, y obtenida licencia, por lo menos tá­cita, del Superior.

Poco después de la Asamblea, el 20 de agosto del citado año, para quitar algunas faltas que se iban introduciendo, escribió el P. General una circular en latín a las casas de España. «No sin gran dolor de nuestro co­razón —dice— hemos oído que de algún tiem­po a esta parte van introduciéndose algunos abusos en vuestra provincia, la más obser­vante y predilecta nuestra por su antigua observancia; de lo que nos hemos quejado al vi­sitador, por no haberlos contenido. Mas como sean muy pocos, particularmente de los jóvenes, los que favorecen tales abusos, bastará para extirparlos saber que nos desagradan, sin tomar por ahora otra providencia, sino rogar al Visitador y al Superior que vigilen con cuidado y apliquen los reme­dios más eficaces para arrancarlos de raíz».

Las faltas que condena el P. General, son entre otras: recibir de los penitentes restituciones de dueños inciertos para distribuir­las a su arbitrio, sin conocimiento del Supe­rior; dar relicarios y otras dádivas a mujeres y muchachas, tanto en casa como en misión; alargar las funciones más de lo que permiten los reglamentos; excusarse sin motivo razo­nable de ir a misiones; recurrir a otros mé­dicos fuera de los de casa, sin licencia del Superior, para, conseguir más fácilmente, lo que desean; pasear con frecuencia por la ciu­dad, hacer visitas, recibir y enviar cartas sin conocimiento del Superior; aconsejar a los ejercitantes que no den a la casa todo lo que tienen en voluntad, sino sólo lo acostumbra­do y lo demás darlo en limosna por sugestión del director; y, por último, tener en poco nuestros votos y como muy fáciles de dis­pensar.

No era sólo en España donde las ideas y costumbres de la época hacían mella en la disciplina: sobre abusos mucho más trascen­dentales que se introducían en otras provin­cias, tuvo que llamar aquel mismo año la atención el P. General, por encargo de la Asamblea. Por lo demás, aquí sus paternales avisos fueron muy bien recibidos y mer­ced a la vigilancia del Visitador y Superiores se cortaron de raíz los abusos, patrocinados por muy pocos, y continuó en vigor la anti­gua observancia que distinguía a la provincia.

Habiendo fallecido el 6 de noviembre de 1787 el P. Jacquier, durante cuyo generala­to fueron encomendadas a los Paúles las mi­siones que antes tenían en China y Levante los PP. Jesuitas, celebróse en la primavera del año siguiente Asamblea General y fue elegido para sucederle el P. Cayla. De Espa­ña asistieron los PP. Nualart, Sobíes y Gomis. El primero, según parece por motivos de sa­lud, cesó pronto en el cargo de Visitador y Superior de la casa de Barcelona y le envia­ron de Superior a Mallorca.

Siendo él Visitador y siguiendo quizá su mandato, tradujo y publicó en 1786 el P. Ciamín el Compendio de la vida y virtudes de San Vicente de Paúl, escrito por Collet, uno de los mejores biógrafos del fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad. Fue impreso en Mallorca por Sal­vador Savall. Este Compendio, muy superior a las vidas del Santo publicadas anteriormen­te en castellano, proporcionó a los españoles una idea más cabal de San Vicente de Paúl.

 

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