Hagamos el elogio de los hombres ilustres, de nuestros antepasados por generaciones. Gloria en abundancia dispensó el Señor, desde los siglos ha mostrado su grandeza. Con estas palabras comienza el capítulo 44 del libro del Eclesiástico, para a continuación señalar algunas profesiones en las que destacaron: en el ejercicio del poder real, en la enseñanza, sabiduría y consejos, en la música, en la poesía, en la honradez y la virtud…
Este pasaje me ha venido a la mente al fallecer el P. Antonio Prol Pumar el pasado día 21 en la ciudad de Ourense, a los noventa y ocho años de edad. Una larga y provechosa vida de sacerdote y misionero Paúl. Vida que se fue debilitando progresivamente en los últimos años. Porque también de él, de su honradez y virtud, de su sabiduría y consejos, de su ministerio sacerdotal y vicenciano se debe hacer elogio.
Miembro de una numerosa familia de hermanos y hermanas en Almoite, Baños de Molgas, donde nació el 3 de abril de 1912. De la tierra de Paúles como Serafín García, Hno. Manuel Pato, P. Andrés Pato, Hno. Ramón Quiroga, entre otros.
Conocí y conviví con el Padre Prol durante seis años en la ciudad de Puebla de los Angeles, México, en la década de los sesenta. Es probable que su estancia en la Provincia de México arrancara de unos diez años antes, procedente de Arica y Chiclayo, Provincia de Perú.
Era un hombre y un sacerdote de vida totalmente regular y de principios rígidos. Se decía que a su Comunidad enviaban a los Padres jóvenes para hacer «el segundo noviciado», razón por la cual no solían permanecer períodos prolongados. Le costaba entender que se pudiera ir al cine, o ir a un partido de fútbol, o quedarse en la TV después de las diez de la noche, hora en que matemáticamente se despedía para retirarse a la habitación. También fue necesario el paso del tiempo para que los seglares pudieran entrar en casa y más sentarse a la mesa para comer…
Fue un buen hombre y un buen sacerdote, íntegro, incapaz de hacer una mala jugada, trabajador incansable, entregado con puntualidad a los trabajos pastorales, celebraciones eucarísticas, confesiones, atención a las Damas de la Caridad (las atendíamos semanalmente en varias parroquias de la ciudad). Eran los tiempos del fervor de los Primeros Viernes: empezábamos las confesiones desde el martes en varios colegios, en Chipilo (pueblo de ascendencia italiana) y largas horas el jueves y viernes en la parroquia. Con todo, no era motivo para tener descanso por la mañana ni alterar en nada el orden del día. Poco a poco la comprensión y el cambio se fueron imponiendo…
Muchos podemos decir que de él aprendimos, además de sus cualidades humanas y virtudes vicencianas y sacerdotales, la dedicación al trabajo, la entrega a ministerios diversos, el orden y la puntualidad en las gestiones económicas y administrativas, los modos educados en el trato a las personas.
Le gustaba la construcción de casas e iglesias, amén del mundo de la economía y las finanzas, que compartía con su hermano Manuel, el famoso cura de Allariz, Ourense. El mayor testimonio es la grandiosa iglesia en la ciudad de Puebla, con enormes vidrieras, altísimas torres y capacidad para unas setecientas personas sentadas. Se debió inaugurar por los años 1966-1967.
Después de los años «gloriosos» en Puebla, estuvo dedicado a los ministerios en la parroquia de la Milagrosa, México, D. F., otros seis años en León, Guanajuato y finalmente en Reynosa, ciudad fronteriza con los Estados Unidos. Quiso y valoró enormemente a México y a su gente. Por eso, no pidió regresar a España mientras se consideró útil y con capacidad para «trabajar», como él decía.
Fue por el año 1990 o 1991 cuando volvió a la Provincia de Salamanca. Acostumbrado a la ciudad y a la muchedumbre, no se encontró a gusto en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros y fue destinado a la Comunidad de Ourense, donde vivió rodeado del afecto y las atenciones de los compañeros hasta el final.
Que disfrute de la paz y la vida de Dios y que interceda para que su lugar lo ocupe otro.
Con afecto y gratitud, P. Manuel Freire, c. m.







