OZANAM: UN SABIO ENTRE LOS POBRES (XI)

Mitxel OlabuénagaFederico Ozanam, FundadoresLeave a Comment

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XI.- ALREDEDOR DE MARÍA (1845-1847)

El Consejo general de la Sociedad de San Vicente de Paúl, previsto en la refundición de los reglamentos de 1839, no se constituyó en realidad hasta enero de 1841. Bailly había sido nombrado presidente general, pero se había con­fiado a Ozanam la redacción del informe, enviado a conti­nuación a todas las conferencias.

Con el mes de abril de 1844, en mala situación finan­ciera y abrumado por toda clase de obligaciones, Bailly decide retirarse de la presidencia y su deseo más ardiente es que Ozanam ocupe su lugar. Federico se encuentra en ese momento agobiado de trabajo y tiene que ocuparse además del nombramiento de su suegro en París, motivos superiores que le impiden aceptar y a los que se puede añadir ese miedo instintivo a los honores. Se confía a Foissett:

No podríais creer, sin perjuicio del amor propio, cuánto pre­fiero la sombra de alguien que esté delante de mí; soldado de segunda fila, es necesario que la primera línea me proteja para sentirme seguro.

Ozanam, a instancias de Bailly, aceptará no obstante el puesto de vicepresidente general vacante por la partida del vizconde Villeneuve Bargemont. Bailly nombrará un segun­do vicepresidente en la persona de Léon Cornudet. Le Prévost será quien proponga el nombre de Luis Gossin para presidente general. Este entrará en funciones el 25 de julio de 1844 y ocupará el puesto hasta 1848.

Ozanam piensa hace tiempo en la aprobación por Roma de la existencia de la Sociedad y sobre todo en que se le con­cedan indulgencias. Desde 1838 se lo recuerda en cartas a Bailly. Los pasos en este sentido llegan a buen término: el 10 de enero de 1845, la Sociedad de San Vicente de Paúl obtie­ne por un breve de Gregorio XVI la consagración oficial de Roma y el beneficio de las indulgencias tan deseadas.

La joven generación católica de nuestros contemporá­neos concede escasa importancia a la doctrina de las indul­gencias; pero no es menos cierto que tenía mucho peso en el siglo pasado. Toda cofradía o sociedad respetable trataba de obtener este privilegio, válido aún en nuestros días, y que, subyacente a la oración, a la penitencia y al mérito personal, reduce la pena expiatoria temporal debida por el pecado.

La noticia del reconocimiento es recibida con entusias­mo por Federico y todos los miembros de la Sociedad, que suman ya más de mil en todo el mundo.

Otra buena nueva viene a alegrar el embarazo de Amelia, confinada por los médicos a la tumbona. El 11 de febrero, el rector Soulacroix es nombrado jefe de la división ter­cera (contabilidad general y contencioso) en el ministerio de Instrucción Pública.

En el mes de abril, la familia Soulacroix se muda a París, a la calle Vaugirard, a dos pasos de los Ozanam. Amelia se siente revivir de satisfacción.

En carta a Jean-Jacques Ampére que viaja por Egipto, Ozanam traza el balance de este invierno de 1845. Ha publi­cado una segunda edición del libro sobre Dante (el primer volumen se ha traducido al alemán y al italiano, y ha visto cuatro ediciones italianas); ha escrito una nota sobre Fauriel aparecida en le Correspondant; tiene el esquema de un libro titulado: Les Germains avant le christianisme, y sigue redac­tando los Annales de la Propagación de la fe. Esto nos lleva a hablar de la correspondencia de Ozanam.

No hay nada tan conmovedor como estas cartas escritas muchas veces a la carrera —se sabe cómo emplea el tiempo Federico—, pero dictadas por la amistad y sobre todo por el ansia de prestar servicio. Se trata en primer lugar de cartas dirigidas a sus amigos de infancia y a sus padres, a sus con­socios vicencianos en provincias, luego a Amelia, a quien escribirá sin falta siempre que se encuentre lejos.

Siguen luego las cartas a sus hermanos, a sus suegros, a su cuñado Teófilo, joven enfermo condenado a la silla de ruedas, a quien también mandará libros para distraerlo.

Se relacionará así mismo con Dominique Meynis, alma de la Propagación de la fe en Lyon, con sus primos, sus primas, y con toda una pléyade de gente importante desde los ministros Cousin, Villemain, de Salvandi, hasta los personajes más ilustres: Lacordaire, Lamartine, Mon-talembert, Jean-Jacques Ampére en Francia, Léon Boré y Dollinger en Alemania, Tommaseo y el príncipe Caetani en Italia.

La caligrafía de Ozanam es fina y apretada, un tanto irregular. Las florituras de las «d» reflejan el estilo florido de Federico, estilo que ganará en sencillez con los años.

Ozanam pretende no componer con facilidad; sus borradores llenos de tachones nos lo permiten creer, pero todas sus cartas, sus lecciones, sus artículos dan testimonio de una lógica luminosa y un vocabulario refinado. «Trabaja como un benedictino», decía Ampére. El uso frecuente y siempre juicioso de las citas en latín demuestra hasta qué punto dominaba esta lengua. Estas cartas constituyen por sí solas un verdadero itinerario de adelanto espiritual que comienza en las puertas de la duda para abrirse a una fe viva y terminar en la claridad de la certeza.

Pero volvamos a la vida diaria, en la calle Garanciére. Al principio del octavo mes de embarazo, el médico autori­za a Amelia a levantarse y dar un paseo por el jardín de Luxembourg. Ozanam, encantado por este permiso, acom­paña a su joven mujer y redobla sus cuidados y atenciones. Es entonces cuando pide a Lallier que sea el padrino de su hijo; la madrina ya se sabe que será la Sra. Soulacroix. Se adivina que Lallier acepta este honor al momento.

Federico ruega sin cesar, suplica al cielo que se incline y bendiga este nacimiento tan esperado y previsto para los primeros días de agosto.

Por fin, la noche del 23 al 24 de julio, hacia las dos de la mañana, Amelia comienza a sentir dolores. ¿No se trata verdaderamente de los primeros síntomas? No se atreve a despertar a Federico, tendido en el catre de al lado.

Hacia las tres, Ozanam se despierta también; a la luz de la lámpara, se da cuenta del rostro crispado de Amelia y salta de la cama. Durante los breves momentos que la deja el ritmo acelerado de sus sufrimientos, Amelia sonríe y tran­quiliza a su marido; de rodillas a su lado,  Federico no logra  ocultar su nerviosismo. Se viste de prisa, avisa a Guigui, a Mariana, y se precipita a donde Carlos, en el quinto piso. Cuando todos rodean a la futura mamá, Ozanam abraza a su joven mujer, baja la escalera, corre a avisar al médico y, al volver, trae a la Sra. Soulacroix. El doctor Gouraud llega hacia las cuatro. Después de una hora de dolores intensos y de esfuerzos continuos, Amelia da a luz una niña. Federico no se ha marchado del pie de la cama, oye el primer llanto de su hija, y su corazón se siente transportado de gozo.

Amelia, cansada, con el cabello suelto y pegado al ros­tro por el sudor, no aparta los ojos de su hija, este pequeño personaje todavía desfigurado por el viaje interior.

Guigui, que cuenta ya su cuarta generación de Ozanam, procede con sus manos todavía ágiles a la limpieza del bebé mientras el médico y Carlos acaban el parto.

Una vez instalada la joven mamá, la vieja criada vuel­ve y coloca delicadamente al recién nacido en el hueco del brazo de Amelia. Esta pequeña cosa rosa que trata ya de chuparse los dedos, esta carita redonda de nariz aplastada, de ojos como almendritas, es María, es el regalo del cielo. Amelia levanta los ojos hacia Federico, arrodillado cerca de la cama: «Es nuestra, dice, mira qué bonita es, tómala en los brazos». Y el papá con gesto prudente pero algo torpe, levan­ta al bebé bajo la mirada enternecida del médico, presenta oficialmente a su hija a la abuela, a Carlos, a Guigui, a Mariana. Cada uno hace exclamaciones y se divierte encon­trándole parecidos. Un sol fuerte penetra en la habitación como para tomar parte en la feliz celebración. El doctor Gouraud teme el calor y cierra discretamente las contraven­tanas. «Ahora, creo que Amelia necesita un buen descanso», dice con voz firme.

Con mil precauciones Federico deposita a la niña en la cuna azul. Todos se retiran; Amelia acaba de dormirse. Federico se queda un rato mirando y, sin ruido, se sienta en su escritorio, extrae una hoja de papel, humedece la pluma en el tintero y escribe a su tía Haraneder:

¡Yo, mi querida tía, yo soy padre! Amelia me ha dado esta querida niña a la que llamaremos María. Yo soy depositario y guardián de una criatura inmortal. Ansío ver su bautismo que va a tener lugar mañana; luego, seguiré uno a uno todos sus pasos, veré nacer todas las gracias de su infancia y cuando la tenga en brazos, pensaré que en ella hay un alma hecha para Dios y para la eternidad. Estas reflexiones me conmueven hasta las lágrimas y me dejan confuso. ¡Ah! ¡Qué momento cuando, arrodillado al pie de mi Amelia, he visto su último esfuerzo y al mismo tiempo a mi hija aparecer a la luz!

Y Federico escribirá también a Lallier, a Dufieux, a Pessonneaux, a Genin, a todo el mundo, orgulloso de tras­mitir su dicha.

Un mes más tarde, Amelia se encuentra repuesta del todo; amamanta incluso a su bebé, hecho poco común en Francia por entonces; en el ambiente burgués, se confiaba el niño a una nodriza.

Con el fin de evitar los inconvenientes de los grandes calores, Ozanam alquila, para el resto del verano, una boni­ta casa en Nogent sur Mame; María se abre allí como una flor. «Llora más de lo esperado, exclama Federico, pero cada lloro me recuerda que soy padre y que tengo a un angelito prisionero en mi casa».

En diciembre, Ozanam reanuda sus lecciones en la Sor-bona; el clima es tenso. De rechazo, la Universidad se con­vierte en el punto de mira del descontento popular contra el gobierno. El curso del profesor Lenormant, suplente de Guizot, el hombre del rey, conoce desórdenes que inquietan a Federico. Por solidaridad, toma la iniciativa de asistir a las clases de su colega y trata de llevar el mayor número posi­ble de estudiantes cristianos para hacer frente a los jóvenes liberales. Estos, incitados por los periódicos revolucionarios, invaden la sala a los gritos de: «Abajo Guizot, abajo los Jesuitas, abajo la monarquía«.

En el mes de enero, el jaleo vuelve a comenzar. El deca­no Le Clerc, consejero de Federico hace cuatro años, se niega a defender al profesor en problemas. Lenormant, aco­sado y deshecho, presenta la dimisión y explica las razones en l’Univers. El asunto Lenormant hace correr mucha tinta. En varios periódicos, en términos apenas velados, se acusa a Ozanam de no haber apoyado a su colega lo suficiente. Esta polémica le aflige profundamente ya que profesa estima y admiración hacia su ex-profesor. No parece que la marcha de los sucesos haya afectado las relaciones amistosas entre los dos hombres; desde el mes de febrero Lenormant es redac­tor jefe de Correspondant.

El 23 de junio, la joven pareja celebra en Brécourt, en casa de unos amigos, el quinto aniversario de su matrimonio. En carta a su suegro, ese día, Federico le dice reiteradamen­te qué feliz le hace Amelia: «Estoy más prendado, más apasionado, más infantil que nunca, no puedo bendecir bas­tante a los buenos padres a quienes debo este tesoro».

Durante este mismo verano el mundo católico se ente­ra de la muerte de Gregorio XVI. El cardenal Mastai Ferretti es elegido Papa y toma el nombre de Pío IX. Oza-nam con todos los partidarios del catolicismo social se ale­gra de este suceso, ya que el nuevo Papa mostraba ya, siendo Obispo de Imola, tendencias liberales. Todas las espe­ranzas tienen cabida.

Italia desgarrada y dividida tiende a la unidad nacional. Anexionadas Lombardía y Venecia a Austria desde 1815, el resto del país se compone entonces del reino de Cerdeña, de los Estados pontificios y del reino de las dos Sicilias.

El clima huele a pólvora; el papel de Pío IX, soberano temporal en esta era conmocionada, se verá por necesidad ligado a la política.

En Francia, se celebran elecciones generales el 1 de agosto. Los conservadores, partido del ministerio, alcanzan los 289 diputados; los liberales, 168.

«Está claro que la gran masa de los electores quiere a toda costa la paz», declara Lallier en una carta a Federico. Ozanam y su amigo deploran el fracaso de muchos candida­tos católicos que habrían podido aportar una visión nueva y sensibilizar a las Cámaras ante la extensión de la miseria. Durante el mismo mes, Federico sufre una fiebre perniciosa con hemorragias de vesícula que preocupan no sólo a sus parientes sino incluso a sus médicos. Estos, después de serios exámenes, temen la tisis y recomiendan un descan­so prolongado en un país más clemente. Ozanam y Amelia piensan en Italia. Federico proyecta hace mucho tiempo una estancia en Italia y en Alemania con intención de proseguir los estudios necesarios a sus trabajos. El ministro de Ins­trucción Pública le concede un suplente y le encarga de una misión literaria en el extranjero, de seis meses de duración.

El 17 de noviembre, el pequeño cortejo, formado por Federico, Amelia, María (que cuenta ahora dieciséis meses) y Mariana, la joven criada, parte de París con dirección a Lyon.

La separación resulta más emotiva porque la salud de Teófilo, por quien Amelia siente un afecto maternal, se ha visto considerablemente alterada desde los primeros días del otoño.

La acogida en Lyon es calurosa y llena de entusiasmo. Amelia vuelve a ver a sus primos, a sus amigos, y Federico presenta con orgullo a su hija a los antiguos compañeros: Arthaud, Chaurand, La Perriére, Accarias.

Cinco días más tarde los viajeros se embarcan para Avignon y Nimes. Ozanam visita a Léonce Curnier y asiste a una reunión de la Conferencia de San Vicente de Paúl. ¡Qué alegría y qué honor para los miembros al encontrarse con su fundador!

De Nimes pasan a Marsella y se quedan algún tiempo con la abuela Magnanos antes de salir para Génova. La pequeña María se adapta admirablemente a estos desplaza­mientos. Federico, de camino para Florencia, se detiene en Pisa y Lucca para hacer unos estudios bien concretos, y así llegan por fin a Florencia donde los espera con impaciencia la familia Haraneder.

En enero de 1847, los Ozanam se dirigen a Roma, en coche. Los caballos, para el gusto de María, van muy despa­cio. «Impaciente por llegar para las comidas, cuenta Federi­co, acaba por ensordecernos a fuerza de gritar, ¡dulces!».

Anda y corre la pequeña Nini, que incluso ha añadido a su vocabulario alguna palabra italiana.

Federico y Amelia se detienen en Siena y en Orvieto, fascinados por la belleza de estas ciudades sin edad, por los  museos, las riquezas pictóricas y literarias que encierran; allí descubre documentos del mayor interés. Cuesta trabajo desasirse de estas obras maestras para reemprender el cami­no a Roma. El tiempo es luminoso, pasa ante sus ojos la campiña italiana, tierna y dulce, con medios tonos envuelta en la paz y el encanto de la primavera cercana.

Unos días después de llegar a Roma, el joven matrimo­nio alquila un apartamento en la vía Fontanella Borghese. Después de estos traslados continuos se agradece volver a la vida normal. Por la mañana Federico y Amelia vuelven a ver todas las maravillas que habían descubierto juntos, seis años antes; van, vuelven, visitan; por la tarde, Ozanam se zambulle en las bibliotecas para continuar sus investigaciones.

A primeros de marzo, Federico consigue una audiencia con el Soberano Pontífice. Amelia y la pequeña le acompa­ñan. Pío IX los recibe con afabilidad. Ozanam se queda impresionado por la prestancia del nuevo Papa, por su talan­te joven (tiene 54 años) y su sonrisa benévola. Federico le habla de los progresos de la Sociedad de San Vicente de Paúl y del impulso notable de la Obra de la Propagación de la fe. La personalidad del Papa, sus palabras encarnan de verdad el espíritu de renovación al que aspiran todos los cristianos comprometidos.

Pío IX escucha atentamente, luego habla de Francia, de la juventud, de las escuelas, de los deberes de la enseñanza.

En el momento de bendecirlos, Amelia y Federico se arrodillan y «entonces la pequeña María se pone de rodillas ella sola (sólo tiene dieciocho meses) juntando las manos con airecillo de veneración». El Papa quedó tan encanta­do, cuenta Ozanam, que tres o cuatro días después tuvo la bondad de acordarse y decir a un sacerdote francés, hablan­do de nosotros:

Me trajeron a su hija pequeña que fue todo un encanto; esta pobre niña se puso sola de rodillas delante de mí y me mira­ba como si yo fuera el buen Dios.

Una noticia triste les llega desde París el 19 de marzo. Teófilo, cuyo estado se ha agravado estas últimas semanas, acaba de morir a la edad de veintitrés años.

Para Amelia es un golpe terrible. Federico está también muy afectado; Teófilo tenía un buen espíritu; era un interlo­cutor curioso, cultivado y afectuoso. ¡Qué lejos se sienten de los que aman y quisieran consolar!

La misión de Federico que debía concluir en abril acaba de ser prolongada dos meses más…

Durante este tiempo, en Roma y en toda Italia se orga­nizaba un fuerte movimiento de libertad en el que la llegada del nuevo Papa tiene también que ver. Pío IX causa la admi­ración de todos; viaja de incógnito, visita las escuelas y los hospitales, va a ver a los pobres a pie, dice la misa rezada en las iglesias más humildes, repartiendo él mismo la sagrada comunión. La gente ve en el Pontífice a un padre espiritual, pero le mira como reformador, como el instrumento de su libertad en marcha.

En carta a Ampére, Ozanam lo indica:

Él ha resucitado en Italia este amor a la Santa Sede que ha constituido el poder de la antigua Italia y que sola puede lograr a la larga la emancipación de la Italia moderna.

Antes de salir de Roma, Ozanam visita, cerca de Nápoles, el monasterio de Monte Casino donde tiene la suerte de descubrir unos manuscritos de gran valor, luego es recibido otra vez por Pío IX. Federico hace entrega al Sumo Pontífice de un ejemplar de su libro sobre Dante y de las cartas de la Sociedad de San Vicente de Paúl. El Papa presenta esta vez un aspecto más benévolo, pero preocupa­do y cansado.

La víspera de partir, Federico y Amelia asisten a una gran manifestación de antorchas cuyo fin es agradecer al Papa un nuevo edicto que reforma las instituciones municipales.

¡Roma está resplandeciente! Todas las ventanas están iluminadas y gritos entusiasmados salen de todas partes: ¡Viva Pío Nono! Las mujeres agitan los pañuelos, los hom­bres los sombreros.

El Papa se asoma al balcón:

Entonces pudimos oír la voz del Pontífice que se elevaba para bendecir a su pueblo y cuando extendiendo la mano y hacien­do la señal de la cruz, hubo pronunciado las palabras solem­nes un gran grito de Amén se levantó de un extremo al otro de la plaza. Nada tan bello como esta ciudad entera rezando con su obispo, a esta hora avanzada de la noche, bajo la claridad de las estrellas, en un cielo soberbio.

Los Ozanam salen a disgusto de Roma y llegan a Florencia cinco días más tarde después de visitar Asís y Perugia. Asís inspirará a Ozanam su libro sobre los poetas franciscanos.

A primeros de junio, volvemos a encontrar a la familia en Ferney, cerca de Ginebra. Allí llega la Sra. Soulacroix para tratar de calmar la angustia que aflige a su querida Amelia desde la muerte de Teófilo. Ni el amor de Federico ni las palabras graciosas de la pequeña María logran disipar el dolor profundo que siente.

Unos días después, hojeando el periódico de Ginebra, Federico se entera de la muerte de Pierre Simon Ballanche, el filósofo, el amigo de Chateaubriand, de Ampére y de Madame Récamier, el que hace ya casi cinco años ha sido consejero y huésped asiduo del joven matrimonio. Este suceso les llega al alma, y Amelia recuerda con emoción con qué constancia subía el anciano señor los cuatro pisos para tener noticias y abrazarla con ternura.

A mediados de julio, después de unos pocos días en Alemania y Bélgica, Federico y Amelia vuelven a París. Fiel y concienzudo, Ozanam da cuentas al ministro de su misión y le entrega un gran número de preciosos documentos inédi­tos. Los acontecimientos no le han permitido recoger para sí toda la documentación necesaria para sus investigaciones, pero al menos ha entablado en Italia relaciones interesantes con los literatos e historiadores más reputados.

Una vez en París donde todo le recuerda a Teófilo, a Amelia le cuesta aún varias semanas recobrar la serenidad.

El apartamento de la calle Garanciére resulta demasia­do estrecho; Federico anima en serio a su mujer a encontrar una vivienda más espaciosa.

En noviembre, la familia se cambia al 8 de la calle Fleurus, junto al Luxembourg.

Es en esta época cuando por razones de salud el presi­dente general de la Sociedad de San Vicente de Paúl, Jules Gossin, se ve obligado a abandonar sus funciones, tras una misión fructuosa y bien cumplida. En efecto, en los tres años de su presidencia, los consejos han pasado de cinco a vein­tiséis y las conferencias de ciento cuarenta y cuatro a tres­cientas sesenta y nueve. La Sociedad cuenta con noventa y cuatro conferencias en el extranjero de las que dos están en América: una en México y la otra en Québec. La conferencia de Québec fue fundada en 1846 por el doctor Joseph Painchaud; otra nacerá en Montréal dos años después.

Ozanam, en circular dirigida a los miembros el 25 de noviembre de 1847, hace un elogio brillante del señor Gossin. El Consejo general, de acuerdo con los reglamentos de la obra, nombra a Adolfo Baudon, presidente general. El joven no tiene más que veintiocho años; es auditor en el Consejo de Estado y miembro de la Sociedad desde 1839.

La noticia se recibe con alegría, salvo en algunos bas­tiones conservadores donde la juventud de Baudon hace fruncir más de un ceño.

Federico reanuda, a la vez que sus lecciones, sus acti­vidades caritativas entre los indigentes.

En Navidad, la pequeña María, que tiene ahora dos años y medio, acompaña a sus padres a la misa. «Ella estuvo encan­tada por la iluminación, cuenta Federico, y de la música, cantando a grito pelado: Pequeño Jesús yo os doy mi cora­zón». Al día siguiente, Federico y Amelia la llevan consigo a visitar a los pobres de la calle Mouffetard; ella misma distri­buye dulces y cantidad de juguetes salidos de sus armarios.

Federico cumplirá pronto treinta y cinco años, y cada vez es más conocido en Francia, en Italia y en Alemania. En la Sorbona, el auditorio que asiste a sus lecciones no cesa de crecer. Después de contar la historia literaria de Alemania, de Italia y de Inglaterra, en la Edad Media, Ozanam piensa ahora en la de los tiempos bárbaros, en la historia de las letras y en la de la civilización desde la decadencia latina y los primeros comienzos del genio cristiano hasta el fin del siglo XIII. Quiere hacer de ello el objeto de su enseñanza durante diez años con la intención de reunir estas lecciones en un volumen al final de cada año. «El tema sería admira­ble, confía a Foisset, pues se trata de dar a conocer esta educación larga y laboriosa que dio la Iglesia a los pueblos modernos». Estos pueblos modernos, de los que habla Ozanam, están en plena fermentación. Alemania e Italia trabajan en rehacer su unidad; Austria, amenazada, se apresta a defender con fiereza los territorios conquistados.

En Francia, Guizot, ministro de Asuntos exteriores, resulta cada vez más impopular, y el rey sigue negándose a conceder el sufragio universal.

La oposición organiza, bajo la forma de banquetes, una campaña en favor de la reforma constitucional en la que los burgueses denuncian y critican abiertamente la actitud del rey. El ministro del Interior comienza a inquietarse; el sobe­rano, siempre optimista, no ve en estos ágapes más que «bra­vatas» y «fanfarronadas».

Luis Felipe está lejos de sospechar que los días de su reinado están contados.

Madeleine Des Riviéres

EDITORIAL CEME

SALAMANCA 1997

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