José Mª Alcácer Martínez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles3 Comments

CRÉDITOS
Autor: · Fuente: Anales españoles, 1972.
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El compositor que hoy es nuestro protagonista merece puesto bien ganado en esta serie de trabajos nuestros por doble motivo: una larga, constante y regular entrega, limpia de muy posible contaminación ambien­tal, a la música religiosa española, y el hecho de ser colaborador destacado y asiduo de esta revista y de su hermana menor «Melodías».

Desde esta leve «introducción» adelantamos que, la obra compositiva del P. José María Alcácer es, puede decirse, exclusivamente religiosa, lo cual ha creado en él como un hábito o costumbre de expresarse musical­mente en tal sentido, subrayando, además, que lo religioso y su propio concepto humano es precisamente —según él mismo— lo único grande y digno de ser cantado y sublimado por el arte impar de la música.

Biografía

José María Alcácer nació el 14 de marzo de 1899, en Aldaya —pueblo de dos mil habitantes entonces, casi triplicados hoy—, provincia de Va­lencia.

Es herencia paterna su amor por la música. (Su padre Manuel Alcácer Peiró, al que perdió a los siete años, tocaba el clarinete en una de las dos Bandas de música que había en el pueblo, y el violín en la orquesta que actuaba en las funciones solemnes de la Iglesia. Dicha orquesta nacía del mismo elemento humano de ambas Bandas, como uno de tantos bellos «milagros «acaecidos» merced al auténtico amor artístico y fraternidad feliz que provoca, ampara y mantiene la Música.) Hay pequeña anécdota de la infancia del P. Alcácer: A los cinco años iba el niño a la vera del padre en las procesiones religiosas del pueblo llevándole la funda del cla­rinete y silbando a su modo lo que la Banda tocaba.

De su padre recibió los primeros rudimentos de solfeo. Luego, para ser músico, no tuvo que tomar decisión alguna; lo llevaba dentro.

Poco más tarde, a los nueve años, en el colegio, le pusieron a aprender piano, y con ello quedó orientada su vida eficazmente hacia la música. Y es precoz también su facultad de pedagogo —característica descollante en la personalidad del P. Alcácer—: allí, en el colegio, ensayaba y acompa­ñaba a los niños, casi siempre transportando las piezas que cantaban, con lo que adquirió singular dominio en este menester musical.

El año 1911 se matriculó de piano en el Conservatorio de Valencia, siendo su maestro don Juan Cortés, organista poco más tarde y por oposi­ción de la iglesia del Patriarca (Valencia), sucediendo en el cargo al maestro Úbeda. (Siete pesetas ganaba entonces un «organista de campa­nillas» en la llena de luz Ciudad del Turia.) Su maestro de armonía, un año después, fue don Amancio Amorós.

A los catorce años (1913) comenzó la carrera eclesiástica, ingresando en el Seminario Conciliar de Valencia. Terminado el primer curso como seminarista, obtuvo por oposición, entre sus compañeros, la organistía de dicho Seminario. (Cuatro cursos de piano tenía Alcácer aprobados al iniciar sus estudios seminarísticos.)

Durante los primeros años de Humanidades recibió de don Vicente Ripollés —maestro de Capilla de la iglesia del Patriarca— lecciones de Canto Gregoriano, Armonía y Contrapunto. Tres años con Ripollés opera­ron en el adolescente Alcácer las primicias de un compositor sagrado de vocación clara, dotes relevantes y porvenir esperanzador.

El año 1917 ingresa en el Seminario Interno de la Congregación de la Misión (PP. Paúles), en Madrid, consagrándose a Dios por la Profesión Religiosa el 12 de septiembre de 1919.

Una vez ordenado sacerdote —2 de mayo, 1926—, estudia formalmente armonía, contrapunto, fuga e instrumentación con don Emilio Vega, di­rector de la Música y Banda del R. C. de Guardias Alabarderos. (El pro­pio don Emilio Vega le aconsejó y animó para que se fuese a Roma, pues él no se consideraba capacitado en profundidad para enseñarle las peculia­ridades de la música sacra.)

Siguiendo el consejo de su maestro, el año 1930 se va a Roma y se matricula en la «Pontificia Scuola Superiore di Musica Sacra» —un año más tarde convertida en Instituto Pontificio de Música, obteniendo (en dos cursos) la Licenciatura en Canto Gregoriano, teniendo como profesor principal a P. Ferretti. Su estancia en Roma la aprovecha al máximum: trabaja la Composición, tanto clásica como moderna, como alumno par­ticular, con Licinio Refice; y el Organo, con Manari.

De vuelta en España, dio validez oficial a sus estudios de Armonía en el Conservatorio de San Sebastián, y prosiguió el estudio del piano y del órgano.

Por último, en el Conservatorio de Madrid acabó el estudio de la Com­posición con don Conrado del Campo —año 1943—, obteniendo Primer Premio en dicha disciplina.

Su último profesor de Órgano, en Madrid, fue el brillante concertista y seguro pedagogo a alto nivel don Bernardo Gabiola.

Todo lo anteriormente expuesto certifica para nuestro protagonista una formación larga, paciente y seria que, unida a una vocación musical viva siempre, a un espíritu de trabajo sin desmayos y a un sentido emi­nentemente práctico dentro del ámbito religioso, puede — como así ha sido— augurar copiosos frutos y en sazón.

En la actualidad, con sus setenta y tres años recién cumplidos, reside en Madrid como organista y maestro de Capilla de la Basílica Parroquia de la Milagrosa, en la calle García de Paredes, 45.

Su callada labor pedagógica en los Internados de religiosos paúles de Hortaleza, Cuenca, Salamanca y Madrid es uno de los logros más ricos en la vida y quehacer del P. Alcácer.

El hombre

Bajito y regordete; tímido por naturaleza; de franca sonrisa-risa infan­til; afable y acogedor; alérgico a todo protocolo; abierto en su humildad a la sorpresa agradecida cuando amigos sinceros se le acercan; con una salud a prueba de todo lo que le echen, amparada, desde luego, en una austeridad de vida amasada en el orden y laboriosidad, el P. losé María Alcácer es el paradigma de la sencillez y de la amabilidad.

Si lo visitas en su habitación, «abierta» siempre para los amigos hasta cuando él no está, te cede silla y mesa de trabajo propios con la más na­tural espontaneidad. Lo suyo es de todos; para todos. El bullicio y aglo­meraciones le acobardan. Es amigo para la intimidad.

La música lo transforma, transfigura y agiganta. Es su elemento. Verlo dirigir su obra es casi un espectáculo. Su corto, austerísimo discurso cuando la música no es el tema se torna, en el caso contrario, nervioso y, por momentos, casi torrencial en ideas y noticias que a cada instante pre­cisan del gesto, ágil y expresivo, que al vocablo remiso amplía e ilustra…

El compositor

Aparte el repaso a la lista de sus principales profesores en Armonía, Composición, etc., y la reflexión sobre el modo real de considerar y sentir la música de esos mismos maestros, tal vez lo que más nos pueda ilustrar acerca de su personalidad como compositor sean las respuestas suyas a otras tantas preguntas mías. Veamos:

—¿A qué compositor le debe usted más?

—Nunca me he dedicado a estudiar a un autor determinado. Desde los doce años siento simpatía por Wagner, que me impresionó favorablemente en un Concierto que oí.

—¿Qué influencias cree más notorias en su obra?

—Uno puede quedar influenciado por otros autores en dos sentidos: primero, por el uso que se ha hecho de la música de ciertos autores du­rante la juventud (Bach, «Liber Usualis», etc.), que es cuando el alma está abierta para asimilar el ambiente, y ello de una manera inconsciente: se­gundo, por impresiones fuertes que dejan huella en el alma: tales fueron los Conciertos de la Capilla Sixtina en Madrid bajo la dirección de Mon­señor Rella, y más tarde en Roma la Polifonía Clásica de la Semana santa bajo la dirección de Casimiri.

Digamos nosotros que todo ello pasa al intelecto y sensibilidad pro­pios del compositor para brindarnos una música recia; bien construida, afincada en la mejor tradición polifónica; abierta a los avances técnicos hasta los confines de la tonalidad, pero sin rebasarla; impregnada de esencias modales por línea directa del canto gregoriano sobre todo —las citas concretas de este canto, con ser bastantes, son como excepción y casi anécdota solo—; de gran riqueza melódica, especialmente en sus obras más líricas —villancicos, música mariana, etc.— y en todas aquellas en que la vena inspirativa viene de las fuentes de la canción popular; siem­pre muy expresiva y de una gran unción religiosa, de modo particular er obras «a capella» en las que el acorde poético, impresionista, ambiental se busca con verdadero ahínco y se encuentra con singular facilidad y acierto. La simpatía por Wagner está patente en sus grandes obras para grandes coros, con acompañamiento de órgano, sobre todo en los salmos que llenan el IV Volumen de su obra EL SALTERIO.

Trabajador de todos los días y todas las horas, el P. Alcácer no ha sido ni es compositor encasillado en un determinado estilo musical más o menos de moda; le vale todo aquello que probó ser bueno, conveniente y digno. Además, se debe en alma y cuerpo, por voluntad propia, a la Iglesia —que no es precisamente propicio campo para la experiencia…— a la que se esfuerza por servir de la forma más leal. Vivió muy de cerca la reforma litúrgico-musical de Pío X y, ahora, cuando sus años podrían haberle traicionado, no ha sido así: las enseñanzas del Concilio Vatica­no II en materia de música religiosa las ha asimilado e interpretado con la paz y equilibrio —entusiasmo también, no cabe duda— que le facilitan su edad y experiencia.

El P. José María Alcácer, en fin, es uno de los compositores españoles religiosos de más solera, eminentemente práctico, competente y seguro Pienso que el secreto de su permanente vigencia, a sus setenta y tres años, está en que ha vivido siempre como pedagogo y maestro entre la juventud estudiantil de su Congregación religiosa. El P. Alcácer es todo un clásico de la música religiosa de nuestro sorprendente siglo.

Sus obras

Una vida larga y un trabajo sostenido de compositor fecundo dan ne­cesariamente catálogo muy amplio, imposible de reflejar exhaustivamente aquí. Lo que apuntemos será, entonces, lo más significativo y notorio por algún particular concepto.

1. Como prueba de su precocidad tiene el P. Alcácer un AVE MA­RIA a una voz y acompañamiento de órgano, que es su primera composi­ción, escrita a los doce años.

2. EL CANCIONERO RELIGIOSO, en estilo popular, publicado por la Editorial «La Milagrosa», fue  y es en su género un «bestseller» sin rival. Sus ocho ediciones agotadas lo atestiguan. Esta obra, que tiene también «libro ded acompañamiento», con sus más de cuatrocientos cánticos para todos los gustos y necesidades del culto –la inmensa mayoría del propio P. Alcácer- es, digamos, su primer gran exito a nivel popular. Su primera edición data del año 1928, si bien con anterioridad existió un como «ensayo de cancionero», más reducido y en formato apaisado, que Alcácer usaba en su diaria labor pedagógica y pastoral.

La crítica también acogió esta obra con aplauso unánime. Don Emilio Vega, qeu había sido su maestro en diferentes disciplinas musicales, escribe en el prólogo a la primera edición: «A las cualidades relevantes de pro­piedad y sencillez melódica de estos cánticos, hay que agregar las particu­laridades de la discreción y sobriedad con que están servidos en armoni­zación y ritmo; no obstante ser poseedor el P. Alcácer de una técnica sólida y amplia, condición que se demuestra en lo selecto de los elementos de acompañamiento y que hacen, en resumen, de la obra en conjunto una antología musical digna del destino a que se dedica.»

3. El capítulo de las MISAS en Alcácer es particularmente fecundo: «Missa in honorem Beati Antonii Mariae Claret», a tres voces mixtas y órgano (1940); «Medalla Milagrosa», a una voz y a dos coros (1944); «Misa de Requiem», a tres voces iguales graves y órgano, «muy original, nueva y grandiosa», según apreciación justa del ilustre crítico don José Artero, en la que descuellan por especial emoción y fervor repetidas glosas del Kyrie y Lacrimosa gregorianos; «Missa in honorem Sti. Vincentii a Paulo», a tres voces viriles alternando con el pueblo o niños y órgano; misa «Unión de los Cristianos» (1963); misa «Vaticano II», a una voz y dos coros (1965); misa «Basilical», en su versión original para tres voces mixtas (dos tiples y tenor) más pueblo, con acompañamiento de órgano, y dos arreglos para dos y tres voces blancas (1966); Misas Comunitarias —partes variables— «Entraré en la Iglesia Grande» (1962); «Reina de la Paz», a una voz y dos coros; «Un Niño nos ha nacido», para Pueblo y tres voces blancas; «La caridad de Cristo nos apremia», de igual estruc­tura que la anterior; y la misa «Cantad, pueblos, al Señor», para dos voces de tiple más tenor, pueblo y órgano. Las cuatro misas citadas en último lugar están inéditas. En todas ellas Alcácer da muestras de compositor atento a las circunstancias y necesidades del culto católico, necesidades que cubre con ejemplar sinceridad y alto rango artístico.

4. LA NAVIDAD EN DIEZ CANCIONES (1958) es una obra para orfeón de calidades exquisitas y contagioso lirismo muy alcacereño. Pu­blicadas estas canciones por la Editorial «La Milagrosa», están escritas para cuatro voces de hombre, duplicadas en ocasiones, e inspiradas unas en el folklore andaluz y de Cuenca —los motivos musicales de la serranía de Cuenca que emplea como base inspirativa son inédita novedad hasta Alcácer—, y en la fuerza expresiva de versos muy bellos de Gerardo Diego, Luis Rosales y Eduardo Marquina otras. Toda la entraña navideña, can- dor y regocijo únicos están vivos en estos poemas sonoros capaces ellos solos de consagrar a un compositor.

5. TRIPTICOS DE NAVIDAD, a capella. Cuadernos 1.°, 2.° y 3.0, Editorial «La Milagrosa», Colección «Doce Estrellas», números 36, 37 y 38, Madrid, 1966.

Cada Cuaderno consta de tres trípticos; el segundo de cada terna son armonizaciones —auténticas creaciones— del P. Alcácer a villancicos populares de Valencia, Extremadura (dos), Castilla, Cataluña, Vascongadas, Galicia y Andalucía (dos); el primero y tercero de cada tríptico son ori­ginales y musican textos de poetas españoles de la época clásica (el pri­mero) y moderna (el tercero).

Veintisiete obras del P. José María Alcácer, en donde la gracia que trasciende del misterio navideño y el pálpito lírico del propio autor se expresan con armonías tradicionales difuminadas en un fondo de personal y equilibrada modernidad.

6. CANTOS INTERLECCIONALES, para los ciclos de Navidad (1965), Pascua —incluido el Triduo Sacro— y Pentecostés (1965 y 1966, respec­tivamente), también en la colección «Doce Estrellas», forman una triple obra en la que Schola y Asamblea estrechamente en un «unum» de va­riada entidad artística —sencilla y solemne a la vez— que abarca a todos los domingos del año y fiestas de precepto. Los textos, naturalmente, son los oficiales y en castellano.

7. En apartado único y desde luego dejando sin citar muchas, mu­chísimas pequeñas obras del P. Alcácer para diferentes momentos litúr­gicos, paralitúrgicos o referentes a distintas advocaciones, etc., apunto éstas: «Celebraciones del Adviento» (ocho cánticos); «Celebraciones de la Navidad» (siete piezas); «Celebraciones de la Cuaresma»; «Celebración del Tiempo Pascual» (cinco salmos)— todas ellas publicadas en la revista «Melodías», números: 4 y 5, 1969; 6, 1969; 1, 1970, y 2, 1970, respec­tivamente—; publicadas en T.S.M.: «Semana Santa», núm. 1, 1967; «Sal­mo 117» —Cantata breve—, núm. 1, 1969; Salmos 91, 62, 148, 125, 95, 22 y 150, para Coros y Pueblo, núm. 3, 1969; «Salmos responsoriales para el Nuevo Ritual del Matrimonio» (doce piezas), núm. 6, 1968. Y entre las inéditas todavía: «Cantos para el nuevo Ritual del Bautismo»; «Vís­peras de la Inmaculada», en castellano; todas las antífonas, e himnos de Laudes, Vísperas y Completas del libro «Liturgia de las Horas», etc.

8.Capítulo pequeño, pero muy bello, dedica el P. Alcácer al Organo.

Sus dos cuadernos publicados por la editorial Boileau, de Barcelona —núms. 42 y 43— con seis piezas cada uno, son muestras del buen hacer que siempre preside la labor de Alcácer.

Las treinta y tres piezas breves, para órgano o armonio, publicadas con el título VIÑETAS en la revista «Melodías» —núms. 4, 1967, y 1, 1969— e inspiradas en textos del Cantar de los Cantares, presentan en su mayoría un, marcado carácter modal.

Pero donde se demuestra de forma más clara la garra, sapiencia y rango artístico del P. José María Alcácer es en su CANCIONERO POLIFÓNICO y en la monumental obra inconclusa EL SALTERIO.

9. CANCIONERO POLIFONICO, para actos de Culto, Editorial «,editorial «La

Milagrosa», Madrid, 1963.

Consta de noventa y cuatro piezas, más de la mitad a tres voces iguales—, a una, dos, tres y cuatro voces graves, blancas o mixtas, solas o con acompañamientos de órgano, repartidas de este modo: dos, a la Santísima Trinidad; seis, para la Santa Misa: nueve, al Señor; ocho, de Navidad; diecinueve, a la Eucaristía; dos, al Sagrado Corazón de Jesús; cuatro, a la Pasión del Señor; cinco, de Semana Santa ; tres, a la Re­surrección del Señor; veinticuatro, a la Santísima Virgen ; cuatro, a los Santos, y ocho, para las almas consagradas a Dios.

Como se dice en el Prólogo, firmado por el P. Vicente de Dios, her­mano en religión del P. Alcácer, esta obra equidista por igual de dos extremos vitandos: «el exclusivismo y la insipidez. El exclusivismo de considerar vitandos todos los géneros de música menos uno, todas las participaciones del pueblo menos una. Y la insipidez de reducir a pura línea o nada las casi infinitas posibilidades de enriquecimiento artístico de la liturgia o de la expresión religiosa de los hombres».

Entre las composiciones de este CANCIONERO las hay difíciles, ase­quibles a sólo «las mayores Scholae cantorum». Pero son las menos. Las más son sencillas o de mediana dificultad. Preside la variedad.

Gran parte de las letras se han tomado de la Sagrada Escritura o de las fuentes litúrgicas. Las demás pertenecen a autores castellanos segu­ros : primero los clásicos, cuyas letras permanecen expresivas y aceptables a prueba de modas y malos gustos; junto a ellos, autores modernos con­sagrados y serios; y por último, jóvenes sacerdotes que a su sensibilidad literaria han añadido una gran facilitad de acomodación a la liturgia y a los destinatarios de este CANCIONERO. Creo que de esta manera se ha salvado el principal escollo que de hecho han encontrado siempre los cancioneros religiosos: la sensiblería y vulgaridad de los textos.

El P. Alcácer amplía en esta obra su común campo armónico hasta tocar los confines evolutivos de la polifonía moderna total. Es, sin duda, una obra a tener en cuenta cuando de hacer la historia de nuestra polifonía sacra del siglo xx se trate.

Novedades de este CANCIONERO, por no señalar más que tres, son: la fácil, natural e ingeniosa amalgama modal (modos IV y VIII grego­rianos) que presenta el «Trisagio a la Stma. Trinidad» —núm. 2 de la colección— en el que tres voces blancas cantan simultáneamente diferen­tes y genuinas melodías gregorianas; el sentido y efecto tritonal, de cabo a fin, de «In monte oliveti» núm. 51 del CANCIONERO–, donde teno­res primeros y segundos, más bajos cantan en SI menor, LA menor y SOL menor, respectivamente; y el núm. 12 —»Jesús que en mi alma estás»— en donde un coro de tres voces blancas acompañan «boca cerrada» a solistas —triple y contralto—constituye caso de estructura poco frecuente en obra religioso-coral.

10. EL SALTERIO, para solistas, coros y órgano es la obra más ambiciosa del P. Alcácer, y responde, espiritual y apostólicamente, a lo que Su Santidad Pío X señalaba en la Constitución Apostólica «Divino Afflatu»: a) Que han servido los Salmos desde los primeros tiempos de la Iglesia para fomentar la práctica de las virtudes. b) Que es inhe­rente a los Salmos una cierta admirable eficacia para mover las almas a la práctica de todas las virtudes. c) Que en ellos encontramos la mejor alabanza que se puede tributar al Señor.

Los cuatro volúmenes que constituyen esta obra, publicados por la Editorial «La Milagrosa», incluyen los cuarenta primeros salmos —diez en cada volumen— del libro de David, compuestos entre los años 1930 y 1960. La idea primera del compositor, única en toda la literatura músico- coral española y también universal, era la de llevar al pentagrama todos y cada uno de los 150 salmos davídicos; sólo el nuevo rumbo tomado por la música litúrgico-sacro-pastoral a partir del Concilio Vaticano II aconsejó al P. Alcácer suspender tan ciclópea empresa para dedicar su tiempo a una música menos brillante y de minorías, pero más asequible, popular y práctica.

Pocas veces una obra de compositor sacerdote-religioso recibió los parabiones de una crítica tan especializada, múltiple y unánime. Veamos algunos ejemplos:

«Analizados musicalmente estos Salmos, adviértese a través de ellos el estro de un músico vigoroso, de bagaje firme y adiestrado, que tra­duce y administra sus ideas con soltura y absoluto conocimiento del ele­mento sonoro. Ante todo, el P. Alcácer es artista de tendencias polifónicas y polimelódicas en el sentido de la multiplicidad expresiva, en el uso simultáneo de los recursos sonoros» (Almandoz).

«Es una música ésta que tiene su origen oriental y requiere para su ejecución masas. Advertimos pasajes de grandes pretensiones, que nos re­cuerdan los oratorios de los grandes maestros alemanes. El género es litúrgico con cierta amplitud (bastantes de estos salmos del P. Alcácer tienen su puesto propio en la sala de conciertos) y que por contener fragmentos en sólo diferentes combinaciones, desde tres hasta seis y ocho voces iguales o mixtas, da la colección un repertorio para muy diversas ocasiones de templo o de concierto donde lo devoto se alía con lo gran­dioso y vibrante» (J. Artero).

«Aunque estos salmos sean esencialmente sagrados, sahumados del aro­ma modal gregoriano (…), no son, sin embargo, adecuados al oficio divino ni acomodados a los patrones tradicionales…» (G. Barrón).

«En todos aparece, junto a la claridad de líneas y la verdad de las frases, un cnnocimiento de la técnica moderna, que encontramos muy acertadamente aplicada» (P. José Ig. Prieto).

«Hay dos «tonos» entre los cuales se mueve este feliz pentagrama: el diseño noblemente para todos, sin vulgaridad, y el esplendor polifónico hijo de la mejor tradición» (Sopeña).

La lista de juicios, asombrosamente unánimes en el elogio sincero, podría ampliarse todavía más. En suma, el P. José Mª Alcacer nos ha brindado con esta singular obra su real talla de compositor gigante, capaz de las mayores empresas en el campo de composición sagrada. El último salmo de la colección —el núm. 40- lo presentó al Premio «Oscar Esplá».

Y aunque ya no incluido en esta obra que hemos comentado, cabe citar aquí y ahora —por semejanza de estilo y pareja forma estructural— su SALMO 117, en versión orquestal estrenado en Valencia, dirigido por el propio autor, al término de una Misión, interpretado por la Orquesta de la Ciudad del Turia y la colaboración de distintos Coros de la ca­pital.

11. Aunque no de música religiosa propiamente dicha se trate, si cabe aludir aquí también a otra obra, tanto más cuanto que nos descubre a un P. Alcácer entusiasmado con lo más genuino y bello del alma po­pular: la canción. Me refiero a sus CANCIONES ABULENSES POPULA­RES, servidas y dignificadas —sacadas del olvido también— con unos acom­pañamientos pianísticos que realzan su encanto natural. La transcripción melódica se debe al reverendo P. Elías Alduan, C. M., y están publicadas por la Editorial «La Milagrosa».

La hondura y austeridad del alma de los hombres de Castilla se refleja subyugadora en las dieciséis canciones que presenta el Cuaderno. De ellas, cuatro aluden a tema religioso : «La huida a Egipto», romance que se canta en el Valle del Tiétar; «La Samaritana», original romance que mo­zos y mozas cantan durante los domingos de Cuaresma en el pueblo de Navarrevisca; y «Ronda de Piedralaves», que de las tres partes de que consta —romance, jota y seguidilla—, la primera canta el entrañable e inspirado romance de Lope de Vega —»Coronado está el Cordero»— a la Crucifixión.

12. En las comunidades religiosas se festeja el onomástico o fiesta del Superior, e igualmente es corriente en internados religiosos veladas musicales y representaciones escénicas, donde el tema religioso es casi obligado. Para momentos así, también el P. José María Alcácer ha escrito composiciones que, aun siendo de circunstancias, denotan dignidad y buen pulso. Son, además, ejemplo de fantasía y gracejo. Citemos algunas : «Ho­ras y esperanzas», cuadro alegórico para coros y acompañamiento de piano; «Gloria al Arte», himno triunfal a voces mixtas, piano y armonio; «Canto a la Caridad», para orfeón, a cuatro voces iguales; ilustraciones musicales a «La Parábola de las Vírgenes», auto sacramental en Viñetas Evangélicas sobre libreto del reverendo P. Vicente Franco, C. M., para solistas, coros y acompañamiento de piano; etc.

Como fácilmente puede colegirse ya, a la vista de la total producción artístico-musical del P. Alcácer, se observan en él dos tendencias igual­mente acusadas: la pastoralista y popular, que le lleva a componer obras de una gran sencillez y que abarcan todos los temas comunes y particu­lares de la liturgia católica, y la otra, no menos marcada y querida, más ambiciosa en lo artístico, que, trascendiendo el ámbito litúrgico, le con­duce a las grandes formas corales en las que la expresión musical cobra vuelos insospechados de belleza y brillantez… En ambos casos, el pulso seguro del compositor marca el ritmo a una inteligencia particularmente dotada para la Música y a un corazón sensibilísimo que vibra al compás de los sentimientos artísticos propios de cada circunstancia o contingen­cia apostólico-musical. Ni un solo acorde o giro melódico se reserva para él; todo nace y se justifica para y en los demás.

3 Comments on “José Mª Alcácer Martínez”

  1. Buenos días:

    Soy organista litúrgico, vivo en Barcelona y me gustaría comprar obras del P. J.M. Alcácer como el Cancionero polifónico o El Salterio.

    ¿Dónde puedo conseguirlas?

  2. Buenos días:

    Soy organista litúrgico, vivo en Barcelona y me gustaría comprar obras del P. J.M. Alcácer como el Cancionero polifónico o El Salterio.

    ¿Dónde puedo conseguirlas?

    Gracias.

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