Novena a san Vicente de Paúl: Día Quinto

Francisco Javier Fernández ChentoOración, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonio Mora, C.M. .
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La virtud de la indiferencia

Oración preparatoria.

Dios todopoderoso y eterno, que llenaste de caridad el corazón de san Vicente de Paúl, escucha nuestra oración y danos tu amor. A ejemplo suyo, haznos descubrir y servir a Jesucristo, tu Hijo, en nuestros hermanos pobres y desdichados. Que en su escuela aprendamos a amarte a Ti con el sudor de nuestro rostro y la fuerza de nuestros brazos. Por sus oraciones, libra nuestras almas del odio y del egoísmo; haz que todos recordemos que un día seremos juzgados sobre el amor. Oh Dios, que quieres la salvación de todos, danos los sacerdotes, las religiosas y los apóstoles seglares que tanto necesitamos. Que sean entre nosotros los primeros testigos de tu amor. Virgen de los pobres y Reina de la Paz, obtén para nuestro mundo dividido y angustiado, el amor y la paz. ASÍ SEA.

Reflexión del día 5º.

Un santo dice que la indiferencia es el grado más alto de la perfección, la suma de todas las virtudes y la ruina de los vicios. Necesariamente tiene que participar la indiferencia de la naturaleza del amor perfecto, ya que es una actividad amorosa que inclina el corazón a todo lo que es mejor y destruye todo lo que impide llegar a él.

Digamos en qué consiste. Hay que distinguirla en dos partes: primero, la acción de indiferencia; y segundo, el estado de indiferencia. La acción indiferente es una acción moral voluntaria que no es ni buena ni mala. Ejemplos: Existe la obligación de alimentarse; por eso comemos. Esa acción no se sitúa entre las acciones virtuosas. Mala tampoco es, con tal que no se estropee la acción por algún exceso o por alguna prohibición. Pasearse, estar sentado o en pie, pasar por un camino o por otro, son cosas de suyo indiferentes, que no son de ningún mérito, pero tampoco son dignas de reprensión, a no ser que haya alguna circunstancia mala. Eso es la «acción indiferente».

En cuanto al estado de indiferencia, es un estado, en que se encuentra una virtud por la que el hombre se despega de las criaturas para unirse al Creador.

Lo propio de la indiferencia es quitarnos todo resentimiento y todo deseo, despegarnos de nosotros mismos y de toda criatura; tal es su oficio, tal es la dicha que nos proporciona, con tal que sea activa, que trabaje. ¿Y cómo? Hay que procurar conocerse; hay que decirse: «¡Ea, alma mía!, ¿cuáles son tus afectos? ¿a qué nos agarramos? ¿qué hay en nosotros que nos tenga cautivos? ¿Gozamos de la libertad de los hijos de Dios o estamos atados a los bienes, a los caprichos, a los honores?». Examinarse para descubrir nuestras ataduras, para romperlas. Realmente, hermanos, la eficacia de la oración debe tender a conocer bien nuestras inclinaciones y apegos, decidirnos a luchar contra ellas y enmendarnos, y luego a ejecutar bien lo que hemos resuelto.

En primer lugar estudiarse; y cuando uno se sienta apegado a algo, esforzarse en desprenderse de eso y en hacerse libre por medio de resoluciones y de actos contrarios. (cf. Op. cit., nn. 878-881).

Oración final.

¡Salvador nuestro! Concédenos la gracia de la indiferencia para estar a las órdenes de tu Padre, que nos tiende su mano y nos salva. Despéganos de todo y que, como una bestia nos dé lo mismo un carro que otro, pertenecer a un amo rico o pobre, habitar en la patria o en el extranjero. Amén.

Gozos.

HIMNO A SAN VICENTE

(Melodía del «Quis novus caelis»)

¿Qué nuevo triunfo cantan hoy, los cielos?
¿Qué nuevo aplauso los santos tributan?
¡La luz del Clero, el Padre de los Pobres
brilla en la Gloria!

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Obras ingentes loan tus proezas
y el Amor ciñe de laurel tu frente;
cuanto le diste al Pobre con largueza
te vuelve el Cielo.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Los sacerdotes, siendo tú su Guía,
llevan al Pobre la verdad de Cristo:
la madre Iglesia vive y canoniza
tu Magisterio.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Pero te honran de manera insigne
vírgenes castas que, a la vez, son Madres:
los Pobres gozan, bajo tu mirada,
de su ternura.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Como aliviaste el dolor del mísero,
oye hoy, benigno, el clamor del Pueblo:
todos los pobres, juntos te proclaman
Padre y Amigo.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Demos hoy, todos, gloria al Padre Eterno
y al Hijo Ungido Salvador del hombre
y al Amor mismo, Llama de Dios vivo
que arde en Vicente. Amén.

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