Novena a san Vicente de Paúl: Día Cuarto

Francisco Javier Fernández ChentoOración, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonio Mora, C.M. .
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La sencillez, una máxima evangélica

Oración preparatoria.

Dios todopoderoso y eterno, que llenaste de caridad el corazón de san Vicente de Paúl, escucha nuestra oración y danos tu amor. A ejemplo suyo, haznos descubrir y servir a Jesucristo, tu Hijo, en nuestros hermanos pobres y desdichados. Que en su escuela aprendamos a amarte a Ti con el sudor de nuestro rostro y la fuerza de nuestros brazos. Por sus oraciones, libra nuestras almas del odio y del egoísmo; haz que todos recordemos que un día seremos juzgados sobre el amor. Oh Dios, que quieres la salvación de todos, danos los sacerdotes, las religiosas y los apóstoles seglares que tanto necesitamos. Que sean entre nosotros los primeros testigos de tu amor. Virgen de los pobres y Reina de la Paz, obtén para nuestro mundo dividido y angustiado, el amor y la paz. ASÍ SEA.

Reflexión del día 4º.

¡Qué agradable a Dios es la sencillez! La Escritura dice que se deleita tratando con los más sencillos, con los sencillos de corazón, que proceden con toda sencillez y bondad (Pr 3, 32). ¿Queréis encontrar a Dios? Está con los sencillos.

Otra cosa que nos anima maravillosamente a la sencillez son aquellas palabras de nuestro Señor: «Te doy las gracias, Padre mío, porque la doctrina que yo he aprendido de tu divina majestad y que he esparcido entre los hombres, sólo es conocida por los sencillos y permites que no la entiendan los prudentes de este mundo; tú les has ocultado, si no las palabras, al menos su espíritu».

La sencillez en general equivale a la verdad, o a la pureza de intención: a la verdad, en cuanto que hace que nuestro pensamiento sea conforme con las palabras y con los otros signos que nos sirven de expresión; a la pureza de intención, en cuanto que hace que todos nuestros actos de virtud tiendan rectamente hacia Dios.

Pero cuando se toma la sencillez por una virtud especial y propiamente dicha, comprende no sólo la pureza y la verdad, sino también esa propiedad que tiene de apartar de nuestras palabras y acciones toda falsía, doblez y astucia.

La sencillez que se refiere a las palabras consiste en decir las cosas como las sentimos en el corazón, como las pensamos. Todo lo que no es esto, es doblez, apariencia, falsía, que son contrarias a la virtud de que estamos hablando, la cual quiere que se digan las cosas como son, sin dar muchas vueltas, hablando ingenuamente y sin malicia, y además con la pura intención de agradar a Dios.

En cuanto a la otra parte de la sencillez que se refiere a las acciones, consiste en obrar normalmente, con rectitud y siempre teniendo a Dios ante los ojos, en los negocios, en los cargos y en los ejercicios de piedad, excluyendo toda clase de hipocresía, de artificios y de vanas pretensiones.

Esta sencillez en las acciones no existe en aquellas personas que, por respeto humano, desean aparentar lo que no son; lo mismo que tampoco son simples o sencillos sus trajes. También va contra esta virtud tener unas habitaciones bien amuebladas, adornadas de imágenes, de cuadros, de muebles superfluos, tener un montón de libros para presumir, complacerse en cosas vanas e inútiles, en la abundancia de las necesarias cuando una basta, predicar con elegancia, con un estilo hinchado, y finalmente buscar en nuestros ejercicios otra finalidad distinta de Dios; todo esto va contra la sencillez cristiana en las acciones. (cf. Op. cit., nn. 769, 770, 774, 775, 778, 779).

Oración final.

Oh benignísimo Jesús, tú viniste al mundo a enseñarnos la sencillez, para destruir el vicio contrario y educarnos con prudencia divina, para destruir la del mundo. Concédenos, Señor, una parte de esas virtudes que tú tuviste en un grado eminente. Llénanos a cada uno de nosotros de ese deseo de ser sencillos y hacernos prudentes con la prudencia cristiana. Amén.

Gozos.

HIMNO A SAN VICENTE

(Melodía del «Quis novus caelis»)

¿Qué nuevo triunfo cantan hoy, los cielos?
¿Qué nuevo aplauso los santos tributan?
¡La luz del Clero, el Padre de los Pobres
brilla en la Gloria!

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Obras ingentes loan tus proezas
y el Amor ciñe de laurel tu frente;
cuanto le diste al Pobre con largueza
te vuelve el Cielo.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Los sacerdotes, siendo tú su Guía,
llevan al Pobre la verdad de Cristo:
la madre Iglesia vive y canoniza
tu Magisterio.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Pero te honran de manera insigne
vírgenes castas que, a la vez, son Madres:
los Pobres gozan, bajo tu mirada,
de su ternura.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Como aliviaste el dolor del mísero,
oye hoy, benigno, el clamor del Pueblo:
todos los pobres, juntos te proclaman
Padre y Amigo.

Ayúdanos, San Vicente,
a renovarnos en el Evangelio.

Demos hoy, todos, gloria al Padre Eterno
y al Hijo Ungido Salvador del hombre
y al Amor mismo, Llama de Dios vivo
que arde en Vicente. Amén.

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