Se lee en el San Luis Globo Democrática, del 14 de Julio de 1901:
«El tribunal nombrado por el Excmo. Sr. Arzobispo de Kain, para recoger las disposiciones referentes a la canonización del Muy Rvdo. Félix de Andreis, de la Congregación de la Misión, tendrá su segunda sesión mañana. La noticia biográfica que sigue ha sido compuesta por el señor
Cura Mac Keough, del Seminario de Kenrick, en San Luis (Misuri):
El 27 de Octubre de 1817 hacía su entrada en San Luis una reducida compañía de misioneros católicos, cuando dicha ciudad no era más que una ciudad fronteriza muy poco importante. Dos de entre estos hombres celosos, el P. Félix de Andreis y el P. Rosati ocupan un lugar eminente en los anales de la historia de la Iglesia católica en el Oeste de nuestro país.
El primero de los dos fue el primer Superior de la Congregación de la Misión en los Estados Unidos y el primer Vicario general de San Luis. El segundo fue constituido primer Rector del Seminario de los Barrens, en Perry-Cunty,
Misuri, y poco después, hacia el 1822 o 1823, fue el primer Obispo de la diócesis de San Luis.
El P. de Andreis era considerado por todos como un santo, y cuando sucedió su muerte en 1820, sucedieron algunos hechos extraordinarios que fueron tenidos como milagros.
El proceso—que terminará por la canonización—ha principiado en el Seminario de Kenrick el lunes I.° de Julio, y mañana tendrá lugar el examen de los testigos por primera vez.
En 1816 Mons. Dubourg, de Nueva Orleans, viajó a Europa para buscar misioneros que estuviesen dispuestos a compartir sus trabajos extendiendo la luz del Evangelio en su inmensa diócesis, que entonces comprendía todo el país llamado la Luisiana. Durante su permanencia en Roma tuvo conocimiento de un Sacerdote joven cuyas virtudes, ciencia y elocuencia atraían la atención de cuantos le conocían. Napoleón Bonaparte acababa ya su carrera, y la Europa religiosa y política trabajaba para salir del caos en que la había sumergido el desapiadado conquistador. Pío VII había vuelto desde su destierro de Francia y gobernaba de nuevo la Iglesia desde su Sede en Roma. Pero no era cosa fácil desterrar completamente los desórdenes de los años pasados. Entre los hombres que trabajaban con celo en el restablecimiento del régimen pontifical, uno de los más distinguidos era el joven y despejado De Andreis. Estaba encargado de enseñar la teología a los estudiantes de la Propaganda y a los de la Congregación de la Misión de Monte Citorio, que es la Casa principal de los Lazarisras en. Roma.
Además de estas ocupaciones, su ardiente celo le arrastraba a emprender toda suerte de obras buenas, unas veces ejercicios de sacerdotes, otras misiones en las parroquias, y también obras de misericordia para el pobre pueblo. Sus talentos y sus buenos resultados le hacían conocer doquiera se encontrase; no obstante, los que le conocían íntimamente sabían que no estaba contento; porque las alabanzas que en Roma recibía, y las que no podía eludir, le eran pesada carga. Aspiraba al sacrificio completo; se creía llamado a evangelizar a los pueblos desconocidos, y presentía que le sería necesaria la lengua inglesa para llevar a cabo este intento. Cuando era profesor de Teología en Monte Citorio, paseando un día con un discípulo en el jardín de la casa, éste hablaba de su afecto al hebreo, que estudiaba con ardor, y él, dándole golpecitos con la mano en las espaldas, le dijo: «Joven amigo mío, no es el hebreo el que necesitaréis, sino el inglés. Usted y yo predicaremos un día el Evangelio en esta lengua, y os exhorto a aprender esta lengua con preferencia a cualquiera otra. Hace algún tiempo que he emprendido su estudio.» Recibió con respeto el discípulo el consejo de su maestro, y desde aquel día adquirió el joven una gramática inglesa y emprendió con ardor el estudio del inglés.
La profecía del Sr. Andreis se realizó con el tiempo, pues el joven estudiante era José Rosati, que fue el primer Obispo de San Luis.
Cuando Mons. Dubourg y el Sr. De Andreis se encontraron en Roma, uno y otro reconocieron en ello la obra de la Providencia. El Obispo comprendió que aquel joven sacerdote, celoso, humilde y que no aspiraba más que al sacrificio de sí mismo, sería muy a propósito para la difícil Misión de la Luisiana. El Sacerdote, de su parte, ardía en deseos de sacrificarse en cuerpo y alma por los habitantes del valle del Mississipí. Pero el Sr. De Andreis pertenecía a una a Comunidad religiosa y no podía disponer libremente de mismo, sin el consentimiento de sus Superiores; mas si el Obispo llegaba a alcanzarle, estaba pronto a partir para la Luisiana. Los Superiores, por su parte, no podían decidirse hacer el sacrificio de un hombre tan necesario en Roma.
El Ilmo. Sr. Dubourg se vio obligado a recurrir al Papa, y, después de luchar algún tiempo, ganó la victoria. Pío VII quiso, no solamente que marchara el Sr. De Andreis a aquellas regiones, sino que llevase consigo algunos colegas para evangelizar la Luisiana y formar en ella un Seminario para la educación de los aspirantes al Sacerdocio. El Sr. De Andreis fue nombrado Superior de la nueva y reducida colonia, y el Obispo le hizo Vicario general de la Nueva OrIeans.
Habiendo algunas dificultades ocurridas impedido a Monseñor Dubourg volver a Nueva Orleans, según tenía intención de hacer, resolvió fijar su Sede en San Luis, que era considerada como la capital de la alta Luisiana.
Por consiguiente, los misioneros y el Sr. De Andreis llegaron a San Luis en el otoño de 1817, y luego después los siguió el Obispo. En este tiempo no había en San Luis ningún Sacerdote, sino que cada tres semanas venía uno de Cahokia, en el Illinois, que decía la Misa y administraba los Sacramentos. El Ilmo. Sr. Rosati ha dejado algunos escritos, en los que se describe el estado de la ciudad cuando llegaron los misioneros: «La casa del cura — dice— era un viejo edificio de piedra que se estaba arruinando; dividíale en dos porciones una cerca de madera; la una, más pequeña, servía de dormitorio, y la mayor para las reuniones parroquiales y municipales. En este edificio, pues, que temblaba, se alojaron el Sr. De Andreis y sus compañeros; por falta de camas, dormían en el suelo sobre pieles de búfalo. La iglesia parroquial, situada al lado, no estaba en mejores con-diciones; pequeña, pobre y amenazando ruina. En una palabra, de cualquier lado que uno se inclinase, no veía sino miseria y desolación».
En estas condiciones, pues, fue en las que el Sr. De Andreis se ensayó en su ministerio de Vicario general y Cura párroco. Se entregó durante tres años, con el celo y sacri-ficio de un apóstol, al trabajo, a precio de mil sacrificios. Aunque su salud siempre había sido delicada, se entregó con afán al cumplimiento de sus deberes mientras pudo te-nerse en pie Desde los primeros días se atrajo el afecto de todos, no menos que la admiración con que le llamaban «el Santo.»
En el prefacio que antecede a la vida del Sr. De Andreis, escrita por el Ilmo. Sr. Kain, se lee lo siguiente: «El señor De Andreis era tenido en tanta reputación de santidad en San Luis, a pesar de no haber estado en ella sino tres años, que cuando murió, habiéndose visto un astro luminoso sobre su cuerpo durante los funerales (según está atestiguado por el Ilmo. Sr. Dubourg y el Ilmo. Sr. Rosati), todos los fieles creyeron este suceso como una manifestación divina de la santidad del Siervo de Dios. No había persona en la ciudad que no le tuviese por verdadero Santo».
El Sr. De Andreis murió el 15 de Octubre de iS20, en el antiguo Seminario, no lejos de la actual Catedral.
Muchos años después, los más ancianos habitantes de San Luis tenían gusto en referir que cuando estaba para morir suplicó a los que le rodeaban que levantaran su pobre cuerpo descarnado y le pusieran en tierra, a fin de imitar en lo posible, aun en su muerte, al divino modelo, Jesucristo, al cual había tenido presente constantemente durante su vida.
Sobre esta dichosa muerte escribía el Ilmo. Sr. Rosati: «Luego que este triste suceso fue conocido en la ciudad, todos, incluso los protestantes, acudieron con gran sentimiento y miraron esta pérdida como una calamidad pública.
Durante su corta enfermedad venían sin interrupción a preguntar por el estado de su salud, y los más pudientes ciudadanos creyeron deber velarle las noches y los días con eI más sincero afecto.»
Mientras el cuerpo estuvo expuesto en una de las habitaciones del Seminario, el ama de Mons Dubourg, una piadosa mujer que padecía desde muchos años antes de un mal incurable, fue a rogar delante del cuerpo pidiendo que le favoreciese con la curación, por la intercesión del que era tenido como santo, y se levantó sana y perfectamente curada, de cuyo extraordinario suceso testifican los Ilustrísimos Sres. Dubourg y Rosati.
Durante los funerales vióse un astro luminoso, que parecía una estrella, colocarse sobre la Iglesia, de lo cual fueron testigos todos los habitantes de la ciudad, siendo visible, no obstante el sol ardiente que hacía, durante unas tres horas, desde las nueve al medio día.
El cuerpo del Sr. De Andreis no fue enterrado en San Luis, sino que se le trasladó al Seminario de la Congregación de la Misión de Perry County, y muchas personas han asegurado que la estrella siguió al cuerpo hasta que se le dio sepultura en la Capilla del Seminario.
Este entierro fue un verdadero triunfo, y siguieron al cuerpo muchas personas de San Luis, algunas en coche y otras a caballo.
En Cahokia, Prairse del Roche, Kaskaskia y Santa Genoveva, el cuerpo fue llevado a sus respectivas Iglesias y en ellas se celebró un Oficio solemne. Muchas personas de estas ciudades acompañaron al fúnebre cortejo hasta su destino.
Al presente no es fácil encontrar testigos que puedan deponer en favor de la vida y virtudes de un hombre muerto hace más de ochenta años, tanto más que en aquellos tiem-pos, en que la vida era algo primitiva, los escritos e impresos fueron pocos, y lo poco que se escribió e imprimió no ha sido todo conservado. Sin embargo, el hecho de haber todavía algunos documentos prueba la gran reputación de santidad en que estuvo entre sus contemporáneos. El Ilustrísimo Señor Kain, en el prefacio antes nombrado, dice: «Los descendientes de las antiguas casas de San Luis, los últimos hijos de los que conocieron al Sr. De Andreis, han conservado fielmente la tradición de sus padres y están en la íntima convicción de que llegará un día en que las virtudes heroicas del Siervo de Dios serán reconocidas públicamente por la Iglesia, de la cual se manifestó fiel servidor».
Al artículo tan interesante que se acaba de leer tenemos el gusto de añadir que, en virtud de los decretos publicados, los dos por la S. C. de Ritos, el 29 de Agosto de 1902, ha sido ya presentado en Roma el proceso informativo de las virtudes y reputación de santidad del Sr. Andreis; y abierto, I.°, Su Eminencia el Cardenal Ferrata ha sido nombrado por el Sumo Pontífice Ponente o Relator de esta nueva causa; y 2.°, se ha dado poder al dicho Cardenal Ponente para nombrar uno o varios traductores, para traducir al latín o al italiano lo que está escrito en inglés.
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