Introducción
El P. Emilio Cid nació el día 17 de abril de 1917, en Xocín de Lamamá, a unos 3 kms. del Santuario de Los Milagros (Orense). Murió en una clínica de Roma, en la madrugada del día 14 de febrero de 1980. Así se cumplió el curso de su vida sobre la tierra.
Tuve la suerte de convivir con el P. Emilio Cid unos 11 años: en Hortaleza (Madrid), Cuenca y Salamanca. Siempre en el ambiente de nuestros estudiantes, que se preparaban para el sacerdocio. Viví en comunidad fraterna con el P. Cid, durante 5 años en Hortaleza, 4 en Cuenca y 2 años en Salamanca. Hasta que fue destinado a Potters-Bar (Londres), con los estudiantes, que allí hacían su curso de inglés y de pastoral. Me parece que fue destinado a Potters-Bar el año 1959, en Septiembre. Después he tenido ocasión de hablar alguna que otra vez con él, especialmente cuando se detenía algunos días aquí, a su paso por Salamanca.
Me ruegan que exponga en unas notas los datos que yo conozca de la vida ejemplar del P. Emilio Cid.
Algunos de estos datos son simplemente cronológicos, o que se refieren a hechos que creo objetivos. De los que yo ahora puedo recordar, sin detenerme en anécdotas particulares.
Otros tal vez puedan parecer más o menos subjetivos, en mi apreciación y en el concepto que yo he llegado a formarme de la persona y de la vida del P. Emilio Cid, en esa convivencia larga de unos 11 años.
Ciertamente estoy todavía bajo la impresión de la muerte del P. Cid, en plena madurez de vida, «con la armas en la mano «, trabajando allí en la Curia Generalicia hasta casi unas cuatro semanas antes de su desaparición de entre nosotros. Dejaba en imprenta el último número de «Vincentiana». «Es muy probable que yo no lo vea en mis manos para cuando salga de la imprenta», decía el P. Emilio pocos días antes de su muerte; tal como nos refería al P. Rafael Sáinz. El fue quien más estuvo a su lado, atendiéndole y animándole y participando de sus angustias, esperanzas y desalientos, en los últimos meses, según avanzaba el curso de la enfermedad. Al P. Sáinz le he oído detalles bien emotivos de la lucha que el P. Cid mantenía entre la esperanza de recuperar la salud y el mal que le iba minando rápidamente, hasta dejarle totalmente sin fuerzas físicas y sin recursos de defensa. LLama la atención cómo el P. Cid podía mantenerse en pie para poder concelebrar diariamente la misa con sus compañeros, hasta que se internó en la clínica de Roma, apenas tres o cuatro semanas antes de morir.
I. – Los caminos de su vocación vicenciana y sacerdotal
1.– Cuando en los primeros días de octubre de 1935 llegué a Ervedelo, seminario menor de Orense, todavía me hablaban los chicos con elogio, de Emilio Cid. Bastantes de ellos habían sido sus compañeros. También lo recordaban con frecuencia los PP. Paúles de aquella pequeña comunidad, que llevaban la dirección del seminario y la formación de los seminaristas: PP. Sáenz, Medardo Pérez, Faustino Fernández, P. Lage y P. Domingo Coello. El P. Domingo Coello en particular, me lo mencionaba con frecuencia. Quizás para animarme.
2.- Emilio Cid, al terminar sus cuatro cursos de lo que entonces se llamaba «Humanidades «, o latín, decidió marcharse con los PP. Paúles. Me parece que antes había estado con ellos uno o dos años en Los Milagros. Por lo tanto ya los conocía algo. Ingresó en el seminario, noviciado, de los PP. Paúles, en Hortaleza, Madrid. Era el 21 de septiembre de 1933.
Un año más tarde le siguió, también desde Ervedelo, Leopoldo Durán. En los primeros días de Octubre de 1937, también yo me decidí a irme con los Paúles a la «apostólica » de Limpias, Santander; y el 21 de septiembre de 1938 ingresé en el seminario, noviciado, en Tardajos, Burgos. Tengo la idea que unos diez años más tarde, hacia 1949, no puedo asegurar con exactitud la fecha, otros dos seminaristas pasaron de Ervedelo a los Paúles. (No estoy seguro si eran José Luis Millán y Eladio Parada Vázquez).
Los PP. Paúles muy prudentemente nos obligaban a escribir una carta al Sr. Obispo de Orense, entonces Mons. Cerviño, para manifestar que libremente, sin coacción de ninguna clase, elegíamos este camino de la vocación vicenciana. No sea que el Sr. Obispo pensase que los Paúles del seminario hacían proselitismo en favor de la Congregación de la Misión. Parece que más de una vez, algunos de la curia diocesana insinuaron o se quejaron de esto a los PP. Paúles.
El estímulo para nosotros era el ejemplar y gozoso modelo de vida, que nos ofrecían los PP. Paúles de aquella pequeña comunidad. Nunca se lo podremos agradecer bastante. Con su trato bondadoso, sencillo, espontáneo y familiar. Entregados totalmente a nuestra formación, hasta en los detalles más pequeños y vulgares, para unos chicos, que llegábamos de nuestras pequeñas aldeas, completamente ayunos de las costumbres y refinamientos ciudadanos. Podría recordar aquí mil detalles, que no vienen al caso. Lo que más me impresionó fué el cariño y solicitud con que nos trataron.
3.– El P. Emilio Cid siguió sus cursos ordinarios de formación sacerdotal y vicenciana: noviciado, en Hortaleza. Debió salir de aquí, para empezar sus tres cursos de filosofía en Villa- franca del Bierzo, unos nueve meses antes de estallar nuestra guerra civil. Por septiembre de 1935. El primer curso de teología debió iniciarlo en Murguía o Tardajos. Por esas casas anduvo peregrinando el «estudiantado «. Y con los estudiantes estuvimos viviendo o nos cruzamos en alguna de estas casas, vg. Villafranca del Bierzo. Cuando los novicios llegamos allí hacia febrero de 1939; y los estudiantes debieron pasar a Murguía o Tardajos.
Hasta que, a mediados de junio de 1939, el noviciado se trasladó a Hortaleza, recién terminada la guerra civil. Los estudiantes de teología debieron pasar a Cuenca, ese mismo verano o en Octubre; y con ellos el P. Cid. De esta época no tengo ningún dato personal acerca del P. Emilio. Solamente sé que anduvimos como peregrinos, cambiando, por tres veces, de población y de casa en menos de un año.
4. – El 29 de junio de 1942 el P. Emilio Cid recibió la ordenación sacerdotal. Ese mismo verano le vimos los estudiantes en Hortaleza, antes de pasar nuestro curso a Cuenca para empezar los estudios de teología. El P. Cid, creo que fue enviado inmediatamente a la universidad Pontificia de Salamanca; y en 1943 o 1944, destinado con los estudiantes a Hortaleza. Aquí estuvo hasta 1951, desarrollando una labor de formación humanística, literaria, y sacerdotal, muy apreciada por todos, y en primer lugar, por los mismos estudiantes. Creo que le querían de verdad y sintieron mucho su marcha a Roma. Tal vez fueran estos primeros años de su sacerdocio, al menos externa y aparentemente, los más brillantes y gozosos para el P. Cid querido y apreciado por todos, dentro de las penurias que entonces padecíamos.
En Hortaleza me encontré con el P. Emilio, en el verano de 1947, después de recibir la ordenación sacerdotal el 29 de junio de ese mismo año, y ser destinado a aquella casa. Fue para mí un compañero extraordinario durante estos primeros cuatro años que conviví con él en Hortaleza. Le admiraba por su formación muy completa, por su equilibrio y serenidad, por su espíritu de sencillez y «modestia «, y de una gran servicialidad y madurez, sin sentimentalismos de ninguna clase. Fue para mí todo un modelo de sacerdote y de Paúl. Me ayudó en mil aspectos de mi vida. Tuve una gran suerte con los compañeros que encontré en aquella comunidad. Admiraba la tenacidad y constancia del P. Cid en su trabajo, y sin darse la más mínima importancia. Creo que él se encontraba allí muy a gusto en aquel ambiente del estudiantado, con todas las peripecias de un estudiantado numeroso.
En 1951 fue enviado al «Angelicum» de Roma. No sé si estuvo allí un año o dos. Solamente sé que en 1953, después de regresar de Roma, fue destinado a Cuenca con los estudiantes de teología. Allí tuve la suerte de vivir con él en comunidad otros cuatro años. El ambiente era todavía más íntimo, si cabe, en la comunidad, que en Hortaleza, y más recoleto en el trabajo y en nuestra vida diaria, casi «monástica «. Hoy parecería a algunos aquella vida monótona y rutinaria, sin apenas variaciones, ni cambios notables en el ritmo de trabajo y «actos de piedad» y comunitarios de un día a otro. Era una vida muy sobria y simple. Creo, que dentro de esa suma sobriedad, teníamos un sentido del humor y de la alegría y, éramos felices en nuestras limitadas expansiones, con un matiz muy doméstico y casi ingenuo.
Sobre el P. Cid comenzaron a caer por estos años, responsabilidades más pesadas. Era el asistente de la comunidad, y sobre todo, lo que más trabajo le daba era el ser director o encargado de la disciplina o dirección de estudiantes. Esto le acarreaba algún que otro disgusto. Recuerdo ahora que tuvo que intervenir en un caso muy penoso para nosotros; y hubo de solucionarlo casi secretamente con las autoridades de la ciudad; que, por cierto, se mostraron sumamente discretas y delicadas para con los Paúles de san Pablo; no dando la más mínima publicidad al caso. Creo que en la pequeña población de Cuenca nadie se enteró del delicado asunto. «San Pablo «, nuestro seminario, mantenía un cierto prestigio ante las buenas y sencillas gentes de la ciudad. Me llamó la atención la tranquilidad, al menos aparente, y hasta una pizca de buen humor con que el P. Cid solucionó este asunto.
5. – Al trasladarse el teologado a la nueva casa de Salamanca, en los primeros días de octubre de 1957, vino el P. Cid con los estudiantes, el Superior, P. Osés, y casi todos los PP. que componíamos la comunidad de Cuenca. El ambiente en Salamanca empezó a ser distinto del de Cuenca. Bastantes estudiantes iban a estudiar en la «Pontificia «, y había una constante comunicación con los alumnos de los seminarios mayores, que bastantes congregaciones habían establecido aquí, en torno a la universidad pontificia. Esto tenía grandes ventajas: una mayor apertura, más amplios horizontes, un enriquecimiento mutuo en distintos campos. Pero también tenía sus inconvenientes: nuevas corrientes, que cogían un poco desprevenidos a nuestros estudiantes en su madurez. Aparte de la enorme masa de estudiantes, que aquí se acumuló: unos 230, en cuatro cursos de teología. La labor del P. Cid fué mucho más difícil, y con más disgustos. Creo que menos brillante al exterior y menos gozosa, que en sus primeros años de Hortaleza. Pero pienso que el trabajo del P. Emilio Cid hasta el final de su vida, de aquí en adelante será más callado; pero mucho más eficaz en profundidad.
En Salamanca estuvo el P. Cid 2 años, hasta el verano de 1959. Continuaba de asistente y director de los estudiantes. En septiembre de ese año fué destinado a Potters-Bar (Londres), al frente de los PP. recién ordenados, que hacían allí su curso de inglés y pastoral. Tengo entendido, que además de la tarea principal y específica con nuestros neosacerdotes, trabajó mucho y bien con los emigrantes españoles.
De aquí en adelante ya no tengo datos directos y personales, a no ser esporádicamente, acerca de la vida del P. Cid.
6.– De Potters Bar, después de unos años, le llamó el P. General, para enviarle como Director de las Hijas de la Caridad de Bolivia.
De Bolivia le llamó de nuevo, una vez cumplido allí su «mandato», para incorporarle al trabajo en la Curia Generalicia: en la secretaría general; preparación y redacción de «Vincentiana»; boletín informativo anual de todas las provincias de la C.M. Tengo entendido que también colaboró intensamente en la preparación de algunas de las Asambleas generales de PP. y Hermanas. Y participó como delegado en todas nuestras últimas asambleas provinciales.
En Roma cumplió el curso de su vida el día 14 de febrero de 1980, cuando ya tenía permiso para regresar a España.
7.– Vi por última vez al P. Emilio Cid en los días de octubre de 1979. Regresaba a Roma después de asistir al funeral y entierro de una hermana suya. Le encontré muy desmejorado, y muy delgado y con pocas fuerzas. Estuve hablando un rato con él. Me dijo que, desde hacía algún tiempo, una úlcera de estómago le daba mucha guerra, y que estaba en tratamiento y bajo la supervisión de su médico en Roma. Que en ciertos días se sentía muy agotado y cansado, y hasta con depresiones psíquicas. Esto último me llamó la atención. Siempre le había visto como hombre equilibrado, y de ánimo estable, homogéneo, constante. Me dijo que pensaba regresar pronto a España, después de terminar ciertos trabajos pendientes en Roma. Que ya tenía permiso del P. General, y solamente esperaba la llegada del P. que lo iba a sustituir. Le encontré preocupado y pensativo, y con expresión de tristeza, como ausente. Un compañero me hizo notar esto mismo.
II. – Sus tareas – Su trabajo
1.– Creo que la principal tarea de su vida fue la dedicación a la formación de nuestros estudiantes, durante casi 25 años. A ella entregó con ilusión y generosidad, los mejores años de vida. A este trabajo callado y no siempre humanamente grato, dedicó sus cualidades y su esfuerzo en silencio y sin exhibición.
2.– Me parece que, en conjunto, ha sido un buen formador de centenares de estudiantes nuestros. Podrá discutírsele en puntos secundarios, como a todo hombre limitado y con defectos; y en anécdotas más o menos significativas de nuestros estudiantes, y de la época y costumbres, que les tocó vivir.
Pero su vida globalmente considerada, creo que fue la de un formador serio, equilibrado, imparcial, sereno, y sin arrebatados nerviosos. Siempre muy ponderado en los juicios y decisiones acerca de los estudiantes; sin altibajos, ni sobresaltos inadecuados y fuera de tono. Sin favoritismo, ni sentimentalismo con carácter de parcialidad.
3. – Quizás a alguien que no le conociese de cerca, podría parecerle frío y cerebral. No lo era. Solía ocultar muy bien sus sentimientos íntimos.
Tenía su fibra muy sensible, radicada en su amor propio, que revertía más hacia la interioridad de su persona, que hacia fuera; con un disimulado fondo de cierta timidez, que apenas afloraba. Solamente se le notaba alguna que otra vez, en una cierta actitud de autoridad forzada, por una especie de inseguridad personal, ante las juveniles arrogancias o rebeldías de los estudiantes. Ante las aventuras, picardías, y trampillas de los estudiantes, sobre todo cuando advertía mala voluntad, se le podía ver alterarse muy de tarde en tarde, y ponerse un tanto dramático –»serio «, reflexivo y en cierto modo «lento «. Pasado el momento, y una vez que se había «enfriado » y serenado, jamás se le vio tomar una decisión de revancha. En general, tomaba las aventuras de los estudiantes con un aire de humor muy fino, socarrón y benévolo, como quien toma la vida con una cierta filosofía.
Creo que cuando le enviaron a Potters Bar, en 1959, con los recién ordenados, se sintió un tanto liberado de las complicaciones que iba tomando el estudiantado de Salamanca. Me dió la impresión de que se fue contento y sereno, y un poco cansado de lo de aquí. Recuerdo que me dijo una tarde ahí en la explanasa ante la portería de la casa: «me envían a Potters Bar, para que se cumpla aquello de: «Ascendatur ut removeatur!»» Como si aquí su labor estorbase algo, o a alguien.
III. – Algunos rasgos de su persona
1. – Solamente Dios tiene el juicio exacto y misericordioso acerca de la intimidad y verdad de las personas.
Expondré solamente algunos rasgos acerca de la persona del P. Cid y de su manera de ser y actuar externamente. Por lo tanto, mis juicios dependen en gran manera de mi apreciación subjetiva y personal. Naturalmente puedo estar equivocado. Manifestaré sencillamente el concepto que llegué a formarme del P. Cid en esos años de convivencia comunitaria con él. En parte ya va indicado en lo anteriormente expuesto. Habrá, pues, reiteraciones y circunloquios.
2.– Me pareció siempre un hombre con equilibrio y serenidad ante la vida. Y, según referencias, esta misma serenidad la mantuvo para afrontar la muerte, a pesar de los altibajos de esperanza y desánimo, y las depresiones causadas por la misma enfermedad. Y con plena lucidez y conciencia hasta dos o tres horas antes de morir.
Poseía gran ponderación y mesura ante los acontecimientos, y en los juicios que emitía, nunca duros o avinagrados. Lo que sí solían ir revestidos era de una fina ironía, entre bondadosa y socarrona, pero no mordaz.
Jamás le vi como hombre fácilmente impresionable, ni afectado excesivamente por el sentimiento, al menos en su talante exterior y en sus actuaciones. O lo disimulaba muy bien. Supongo tenía una gran riqueza afectiva interior; pero se la guardaba con reserva. Creo que en este aspecto era muy poco expresivo; al menos con la generalidad de los que convivíamos con él. Poseía una muy buena preparación humanística y literaria; y una gran sensibilidad estética; y la cultivaba constantemente. En este aspecto influyó notablemente en la formación de los estudiantes, especialmente en su época de Hortaleza; juntamente con algunos otros PP. que trabajaban en aquella comunidad con gran ilusión y exquisito gusto y preparación. Era negado para la música en su expresión de canto por sí mismo. Le fallaba el oído musical. Pero tenía gran sensibilidad en la percepción del arte y belleza musicales. Los últimos 14 años de su etapa de docencia los dedicó a la teología. Poseía una preparación sólida. Me dice algún compañero que tal vez el P. Cid echaba en falta una especializada formación bíblica y exegética, para la misma exposición de la teología. Se ve por los libros que compraba y manejaba en los últimos años.
3.– Se manifestaba en su carácter con una igualdad y homogeneidad nada comunes; y con una gran estabilidad de ánimo; constante y tenaz en todo lo que emprendía. Nada cambiante, ni ambivalente. Quizás al final llegaron a cansarle algo los estudiantes.
4.– Su trabajo lo realizaba a conciencia y con tesón; no a impulsos arrebatados e intermitentes; era una línea sostenida, que podía parecer a más de un ingenuo, monótona y rutinaria. Le gustaba el trabajo bien hecho y rematado en todos sus detalles. Por lo mismo su trabajo aparecía más bien «lento » y muy pensado, que no a base de intuiciones brillantes, improvisaciones, o a ráfagas. Los resultados de su esfuerzo tal vez puedan parecer poco brillantes y de exhibición, para impresionar a la «galería «. Era más bien de fondo hacia dentro, silencioso; pero muy eficaz.
5.– En las relaciones personales de comunidad, ha sido de los mejores compañeros que he conocido. Perfectamente adaptable a las distintas situaciones y ambientes, y a todas las personas, aunque fueran de carácter muy distinto. No quiere decir, que con todos se «entendiese » o compaginase con la misma facilidad. Abierto y comunicativo; de una conversación amena; pero reservado en sus sentimientos íntimos. Creo que en este aspecto debía abrirse a muy pocas personas, si es que se abría a alguien. Y sobre todo, con un humor exquisito, de una soterrada ironía, benévola, que jamás hería a nadie. Muy pocas veces le ví envuelto en una discusión violenta con algún compañero. Ahora mismo recuerdo una sola. Entonces no era débil, ni se dejaba doblar en su personalidad, ni en su orgullo íntimo.
6.– Le vi siempre perfectamente integrado en la comunidad ; además se daba uno cuenta de que se encontraba muy a gusto y contento con los compañeros, como si ése hubiera sido el ambiente de toda su vida. Sus diversiones, expansiones, siempre normalmente con los compañeros.
Aceptó con sencillez y sin dramatismos, los trabajos y oficios que le confiaron, y los cumplió con seriedad y responsabilidad cumplida. Muy amigo de casa, y de estar con la comunidad.
Pude observar siempre en el P. Cid un gran amor y entrega a todo lo que es propio de la Congregación de la Misión; y se sentía orgulloso de ser «Paúl «, no con retóricas, sino con la vida sencilla de cada día. En ese sentido orientaba siempre a los estudiantes.
Jamás le ví exponer ideas extravagantes y peregrinas; aunque era muy abierto a todo lo nuevo, pero con un gran sentido crítico, y con los criterios profundamente personales, para descubrir a las primeras de cambio a cualquier petulante o charlatán. Quizás pudiera parecer a algunos «conservador » en las ideas, o que marchaba solamente por los caminos «seguros » de la vida, sin arriesgarse. Lo que yo creo es que tomaba con seriedad la vida, y no con la superficialidad de hojarascas. El P. Emilio Cid no tenía nada de superficial y frívolo, sino todo lo contrario. Pero tenía un buen talante para agradecer y disfrutar del don de la vida.
Era amablemente asequible a todos, con sencillez, sin darse la más mínima importancia, y muy lejos de toda infantil petulancia. Le oí hablar alguna vez de lo que le costaba llevar a cabo con perfección meticulosa y con exactitud, algún trabajo inaplazable. Se entregaba a él con asiduidad.
7.– Por supuesto, no puedo entrar en la intimidad de su vida espiritual, y de sus relaciones personales con Jesucristo. Ese es un misterio en verdad y sinceridad entre la conciencia y Dios. Ahí no puede, ni debe entrar nadie. Solamente puedo juzgarlas por sus manifestaciones exteriores.
Creo que tenía unas convicciones de fe bien arraigadas y sólidas, sin fisuras, sin vacilaciones de ninguna clase; también sin exaltaciones sentimentales, ni extrapolaciones raras. Se me presentaba de una gran firmeza y serenidad en su fe, «sabiendo hacia donde caminaba.
Una fidelidad constante en lo que llamamos vida de piedad. Con asiduidad regular y exacta a lo que tradicionalmente llamamos «ejercicios de piedad » y «actos comunitarios «. Las expresiones de su piedad me parecieron siempre de una profunda vivencia personal, sólida, varonil, madura, sin sentimentalismos ni misticismos de ningún género. Un detalle nada más. Quiero exponerlo, con lealtad, sin dejarme arrastrar por esa especie de miedo o «espíritu vergonzante «. Le veía muy frecuentemente rezar su rosario, en la capilla o por los pasillos, con la mayor naturalidad, sin ningún falso respeto humano.
8.– Lo que tal vez más me llamaba la atención era su plena y casi connatural identificación con el sacerdocio de Jesucristo. Lo vivía con espontánea naturalidad, sencillez y gozo, como si fuera una segunda naturaleza, perfectamente compenetrada con toda su persona. Más de una vez me habló a mí en particular, de la nobleza y dignidad, con que debemos llevar diariamente el sacerdocio de Cristo. Constante en la celebración diaria de la Eucaristía; y en Roma estuvo concelebrando con los demás PP. hasta apenas un mes antes de su muerte; con gran sacrificio; ya que apenas podía sostenerse en pie. Rezando diariamente, con toda fidelidad, la oración pública de las Horas.
Tenía un profundo sentido pastoral y ministerial del sacerdocio, en servicio a los demás. Jamás le vi negarse a un ministerio pastoral. Con una participación asidua en vida sacramental. Su vivencia de piedad cristiana y sacerdotal me pareció siempre madura, sobria y profunda; y al mismo tiempo espontánea y gozosa, como si la viviese perfectamente asimilada.
IV. – Conclusión
1. – Recuerdo perfectamente una frase del P. Emilio Cid, que le oí en una repetición de oración, que hubo de exponer ante toda la comunidad, por turno, según nuestra antigua costumbre, en los primeros ejercicios espirituales comunitarios, que hicimos en octubre de 1957, recién llegados a esta casa de Salamanca. Parece que todavía le estoy viendo, y en el asiento donde se colocaba, asientos provisionales, en lo que hoy es salón-gimnasio. Hacía de capilla. Las obras de la iglesia no terminaron hasta un año más tarde.
Le tocó hablar al P. Cid sobre la muerte y el juicio. Dijo textualmente: «Es el momento de arribar a la región de la luz y de la verdad de Dios «. El participa ya de esa luz y verdad de Dios, sin las mentiras de la vida.
2. – Quiero agradecer desde aquí, con sencillez y humildad, la influencia que el P. Emilio Cid ejerció sobre mí, desde mis primeros pasos de seminarista, sin conocerle aun personalmente, sólo por referencias, y después los felices años de convivencia comunitaria, que pasé con él. Entonces su influencia fue mucho mayor, por su humanidad y bondad, por su sencillez, por su profundo espíritu vicenciano y sacerdotal, y por su buen humor y alegría serena.







