NOTAS HISTÓRICAS SOBRE LOS VARIOS ESTABLECIMIENTOS CM en PORTUGAL (IV)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión, Historia de la Familia VicencianaLeave a Comment

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CAPITULO III

Ya hemos indicado cuál fue la ocasión y los principios de la nueva Provincia de Sacerdotes de la Misión en Por­tugal, al narrar la vida del Sr. Costa los datos biográficos de su sucesor, el Sr. José Juffren, pu­blicados en las Noticias, relativos a los Sacerdotes de la Mi­sión (1.a serie), nos permiten ampliar estas notas históricas con algunos acontecimientos dignos de especial mención.

1.°—Principios y construcciones.

El Sr. Bonnet, Superior General, escribía en la circular del I° de Enero de 1718: «Nuestro Padre Santo el Papa acaba de procurar a la ciudad de Lisboa, capital de Portu­gal, un establecimiento semejante al de Barcelona». Y al año siguiente decía: «La familia de Lisboa lleva buena mar­cha bajo la dirección del Sr. Gómez Costa; el Cielo la fa­vorece y es muy estimada del Rey, quien la ha honrado con su asistencia a los cultos celebrados con motivo de la fiesta de San Luis.»

El mismo Superior general escribía en I° de Enero de 1722: «En Lisboa de Portugal se está edificando una casa, gracias a la liberalidad del Rey, que la favorece de to­dos los modos. Trátase de enviar allá seis nuevos sujetos de muchas esperanzas.»

2.°- Reconocimiento de la dependencia del Superior General.

Con ocasión de las fiestas de la canonización de San Vi­cente, celebradas en Lisboa el año 1739, consintió el Rey Juan V en reconocer la dependencia de los Misioneros residentes en Portugal del Superior General de la Congrega­ción de la Misión.

El Sr. Conty, sucesor del Sr. Bonnet en el gobierno de la misma, hace mención de acontecimiento tan importante para los Sacerdotes de la Misión en Portugal en la circular de Iº de Enero de 1740. He aquí sus propias palabras: «Os encargo que deis a Dios humildes acciones de gracias por el favor que acaba de dispensar a nuestra Congregación. Hace más de veinte años, que á, instancias del Rey de Portugal, fueron enviados de Roma a Lisboa algunos Misioneros, para dedicarse allí a las fun­ciones propias de nuestro instituto; mas viendo éstos que la nueva fundación no llevaba camino de organizarse lo mismo que las demás, pidieron la vuelta a su patria. Algu­nos volvieron, en efecto, quedándose únicamente allí dos Sacerdotes y dos hermanos. Habiendo muerto uno de los Sacerdotes, el Sr. Gómez Costa, el otro, Sr. Juffren, hizo cuanto pudo por volver a su país; sin embargo, por con­descender a los deseos de Benedicto XIII permaneció al­gunos años trabajando con celo en la salvación de las al­mas, formación de los eclesiásticos y en superar los obstácu­los que se oponían a la debida organización del estableci­miento. En este último punto sus desvelos resultaban siem­pre infructuosos, y por más que el Rey y la corte le daban grandes muestras de benevolencia, no podía conseguir lo que deseaba más que nada. Pero al fin plugo a Dios servirse del poder soberano que ejerce sobre los corazones de los re­yes paca mudarlos según su beneplácito, y S. M. ha consen­tido que nuestro establecimiento se organice en la debida forma. Acerca del particular me escribe el Sr. Juffren, con fecha de 4 Agosto del pasado, lo siguiente: «Tenemos mu­chos motivos para regocijarnos en el Señor y darle humildes gracias. El Serenísimo y muy piadoso Rey de Portugal, después de haber asistido el día 26 de Julio, último de la oc­tava, a la procesión solemne que hicimos para terminar las fiestas celebradas en honor de San Vicente, ha colmado nuestros deseos consintiendo de buen grado en que esta casa se funde y establezca en la misma forma que las demás de la Congregación. En lo cual, señor y muy Rvdo. Padre, veo cumplirse a la letra lo que usted me decía en la carta que se dignó dirigirme el 14 de Enero último: «Tal vez, con oca­sión de vuestras futuras fiestas, Dios mudará el corazón del Rey para que os conceda lo que os niega hace ya tantos años.» Así ha sucedido, en efecto, porque S. M. habiendo asistido todos los días a los panegíricos, oyó en ellos tantas cosas y tan admirables acerca de las virtu­des de nuestro santo Fundador y utilidad de nuestro insti­tuto, que, contra lo que todos esperaban, abandonó la re­solución en que estaba para consentir que esta fundación se haga en la forma prescrita por nuestras Constituciones y en las mismas condiciones que se hacen las demás.

El mismo día 26 cantamos un Te Deum en acción de gracias, al que asistió un numeroso concurso. La brevedad de una carta no me permite particularizar todos los gas­tos hechos por el Rey para reparar, preparar y adornar nuestra Iglesia, como tampoco la solemnidad de los divi­nos Oficios, la elocuencia de los panegiristas, la concurrencia de los fieles, la magnificencia de las comidas y la alegría de todo el mundo. Sólo diré a usted, en una sola palabra, que jamás se vio en Lisboa una octava tan solem­ne, tan magnífica y tan digna de la majestad real. Este gran Príncipe estaba todos los días con su familia, desde la mañana hasta la tarde, en nuestra casa, y en ella comía; de suerte que más parecía un palacio que una casa de la Mi­sión. La. Reina, no obstante hallarse ocupada en cuidar a la Infanta, que se encontraba convaleciente, vino dos veces durante la octava, para orar 2nte la imagen del nuevo Santo y oír el panegírico pronunciado por D. Mariano Gavila, edificando a todos por su piedad, tanto más cuanto que para hacer estas visitas hubo de apartarse de su hija que está en un castillo, distante de aquí cuatro millas. Ade­más, el Rey mandó hacer por su cuenta una impresión de la Vida de nuestro santo Fundador, traducida del castellano al portugués, muy elegante y acabada.

Por esta razón podréis comprender, señores y muy ama­dos hermanos — añadía el Sr. Couty—lo muy obligados que estamos a tan ilustre Príncipe, y lo mucho que nos debemos interesar con Dios para que le conserve muchos años la vida y la de toda la familia real. Ya cuando las fies­tas de la beatificación dió a conocer su real magnificencia sufragando todos los gastos, y habiéndosele dado una re­liquia de San Vicente la recibió de rodillas, con expresivas muestras de respeto religioso y tierna confianza. Luego, después de la canonización, ordenó a Su Excelencia el Sr. de Motta y Sylva que me pidiera en su nombre cua­tro Misioneros italianos, tres Sacerdotes y un hermano, dos Sacerdotes españoles y un Sacerdote y un hermano france­ses. Tan pronto como recibí las cartas de este ilustre y pia­doso ministro, con fecha 26 de Mayo y 17 de Junio, puse los ojos sobre el Sr. de La Guére, Superior de Saint-Cyr, escribí además al Sr. Barrera, Superior de Palma, capital de Mallorca, y al Sr. Tort, de Barcelona, a quienes el Rey pedía nomina tisis y por fin rogué a los Sres. Gramondi, Gorgonio y Bordoni que en compañía del hermano Agapito Leggi se pusieran en camino para Lisboa. Estos úl­timos se embarcaron en Génova, mas todavía no tengo noticias de su llegada; tampoco sé si han salido los señores Barrera y Tort; sólo tengo noticias del Sr. de La Guére, que llegó con salud el 6 de Octubre, acompañado del her­mano Coadjutor Pedro Lelong y fue  recibido por el Rey con señales de especial benevolencia, Su Majestad le hizo varias preguntas sobre nuestras funciones en Francia y otros países, asegurándole que esperaba habían de ser abundantes los frutos que recogieran en sus Estados; y di­rigiéndose en seguida al Sr. Joffreu y al Sr. de La Guére: «Ayudaos mutuamente—les dijo — para trabajar con feliz éxito por la gloria de Dios y la santificación de mis súb­ditos». Después dijo al Sr. de La Gué7 «Cuando usted necesite alguna cosa, dígalo con confianza, y será usted atendido. Trate usted al Sr. Joffreu con entera confianza, ayúdele con sus consejos, comuníquele cuanto sepa de im­portante para el buen orden de la Comunidad, y vivan en perfecta unión, Hable usted en latín, francés o italiano; mas yo le ruego se aplique al portugués, para que pueda instruir bien a mis súbditos». En todas estas palabras pueden uste­des ver, señores y muy amados hermanos, la prudencia, piedad y celo de este augusto monarca. Después de esta primera audiencia, nuestro compañero tuvo el honor de saludar a la Reina y a los Infantes, para ofrecerles sus res­petos; más tarde ha visitado también a los Cardenales y Grandes del Reino, muchos de los cuales le han pagado la visita.

3.°—Primeros novicios.

El 19 de Abril de 1741 es una fecha memorable en la historia de nuestra Provincia, porque en dicho día se inau­guró el Seminario interno, con el nombramiento del señor Gorgonio para Director del mismo, y el ingreso de cinco Sacerdotes portugueses.

4.- Dotación real.

Como la casa de Rilhafolles carecía de recursos para ase­gurar el porvenir de las obras emprendidas, el Rey Juan V la dotó de una renta fija, que el Tesoro debía pagar anual­mente al Superior de la Misión, por medio del siguiente decreto.

«Yo, el Rey, hago saber a todos los que el presente vie­ren, que considerando los grandes bienes que espero han de resultar para el servicio de Dios y bien espiritual de mis súbditos del establecimiento, en esta capital, del Instituto

de la Congregación de la Misión, fundada por el glorioso San Vicente de Paúl, he tenido a bien levantar, en honor del mismo Santo, en el lugar llamado Rilhafolles, una casa para, cuarenta Misioneros, que vivirán sujetos a la autori­dad y obediencia de los Superiores Generales de dicha Congregación y se dedicarán en estos reinos a los santos ejercicios que les prescriben sus Constituciones.

A continuación de tan importantes acontecimientos escribía el Superior General Sr. Couty en la circular de 1° de Enero de 1743 lo que sigue:

Nuestros hermanos de Lisboa han comenzado a admitir al Seminario interno a los Sacerdotes que se presentan con el deseo de ingresar en la Congregación, y en lo sucesivo podrán admitirlos tanto más fácilmente, cuanto que Su Majestad el Rey de Portugal acaba de dotar de una ma­nera digna de su piedad y magnificencia esta nueva funda­ción, con una renta suficiente para el sostenimiento de cua­renta personas. Pocos días ha que recibí una copia del acta de la fundación que S. M., a pesar de encontrarse enfermo, quiso hacer por sí mismo. En ella habla de la manera más obsequiosa, así de nuestro Instituto, de la singular devoción que le profesa, como de las ventajas que desea y espera proporcionar a sus súbditos por medio de nuestro estable­cimiento. En ella se explica claramente respecto a la su­bordinación al Superior General de la Congregación, bajo la cual quiere que vivan los Misioneros de sus Estados. Todo lo que me obliga a suplicaros una vez más que ofrezcáis vuestras oraciones a Dios por la salud de un Prín­cipe cuya vida es tan necesaria a su reino y tan útil a la. Iglesia y a nuestra Congregación. A ello estamos obliga­dos de un modo especial, por haberse resentido algún tanto la salud de este piadoso monarca a consecuencia de un ataque de apoplegía. Al presente se halla algún tanto aliviado después de tomar las aguas calientes de varios lu­gares de su reino. Nosotros aquí hemos dispuesto se hiciera una novena a San, Vicente por varios Misioneros e Hijas de la Caridad, a fin de Obtener el perfecto restablecimiento de su salud. Con esta intención comulgaban todos los días cierto número de hermanas, y habiéndose sentido una de ellas movida interiormente a ofrecer a Dios su vida por la conservación de la vida del Rey, le acometió un ataque de apoplegía inmediatamente después de la Comunión, de cu­yas resultas murió el día siguiente. Sería para nosotros un poderoso motivo de consuelo que el Señor, en atención a este sacrificio, devolviera la salud a nuestro augusto bien­hechor, multiplicara los días de su vida y aumentara los años de su reinado de generación en generación.»

5.°—Trabajos de los Misioneros.

Las circulares de 1744 y 1745 hablan de nuevos progre­sos de la obra. He aquí cómo se expresa el Superior Ge­neral:

El año pasado os di cuenta de lo que S. M. el Rey de Portugal había hecho para establecer sólidamente en la ca­pital de su reino la Congregación de la Misión. Este reli­gioso monarca continúa dándonos pruebas de su magnifi­cencia, pues recientemente ha comprado un vasto terreno con objeto de construir habitaciones más proporcionadas al fin de la fundación.

«Entre los beneficios que deben excitar nuestra gratitud hemos de contar las bendiciones que la divina Bondad de­rrama con abundancia sobre nuestros hermanos de Portu­gal. Las noticias que de ellos tenemos son de las más con­soladoras. El Sr. Barrera, Superior de esta nueva casa de Lisboa, me escribía últimamente que acababa de dar co­mienzo a una misión en una parroquia señalada por Su Emcia. el Patriarca de Lisboa, ayudado de tres compañe­ros, uno italiano y los otros dos portugueses, y que el Rey, cuya piedad y celo por la gloria de Dios y bien de sus súb­ditos no es menos fervoroso en la enfermedad que lo era en estado de plena salud, ha sentido tanto gozo al ver co­menzados tan santos ejercicios, que inmediatamente ha mandado celebrar gran número de misas para atraer las bendiciones de Dios sobre los Misioneros y sobre los pueblos. Todo indica que esta casa hará mucho bien cuando haya aumentado el personal de que se compone; y esta es­peranza no está muy lejos de ser una realidad, pues según las mencionadas cartas son muchos los jóvenes que solici­tan el ingreso movidos por el amor a la vida apostólica. Esto pide que unamos nuestras súplicas para alcanzar del Señor que los hijos de San Vicente de Paúl den en este reino los mismos frutos de edificación, regularidad, pruden­cia y salud que se dieron siempre en todas partes, en Fran­cia, Italia, Polonia, y que por la divina misericordia conti­núan dando en nuestras provincias. Con esta ocasión os repito, señores, y muy amados hermanos, el aviso que ya otras veces os he dado, de conservar por escrito, pero con verdad y sencillez, el bien digno de notarse, que Dios se digna obrar por medio de nuestros santos ministerios, ya sea en las Misiones, Seminarios y Parroquias, ya en los Ejercicios, Conferencias y demás funciones a que tenemos la dicha de entregarnos.

Al año 1745 corresponde el breve de Benedicto XIV, Ad montes domas Domini (30 de Septiembre), exhortando a los católicos de Portugal a regocijarse por la llegada de los misioneros y concediendo a éstos privilegios importan­tes para la unión de beneficios. Tal vez se nos reproche el no tener en cuenta que estas alabanzas son efecto de lo que llamamos «el estilo» de la Curia, y de no hacer constar que en dicho breve lo que se pretendía principalmente era complacer al Rey Juan V. Pero con este descuento y todo, aun resta un elogio im­portante de la Congregación de la Misión.

A la muerte del Sr. Couty, ocurrida en 1746, la Congre­gación de la Misión en Portugal todavía no estaba normal­mente constituida en Provincia. No obstante, el Sr. Perriquet, Vicario general convocó a la Asamblea que debía elegir Superior General, al Superior de Lisboa. He aquí los términos en que se expresaba en Iº de Enero de 1747: «El Sr. Barrera, Superior de la casa de Lisboa, a quien hemos convocado para la Asamblea general, como se hizo en otro tiempo a favor de la casa de Varsovia y siguiendo el ejemplo de nuestro R. P. Sr. Couty, que le había invitado para la última Asamblea sexenal, me había escrito que vendría a París para el día señalado, a pesar de su edad avanzada y de las dificultades del viaje; pero un incidente inesperado le impedirá venir».

El nuevo Superior General, Sr. de Bras, escribía en sus circulares de 1748 y 1749:

  1. «Esperamos para dentro de unos meses la llegada del Sr. Perriquet, a quien hemos creído conveniente en­viar a España y Portugal a visitar como Comisario ex­traordinario las cacas que tenemos en dichos reinos. Su ab­negación a favor del bien común le ha hecho emprender con valor este viaje tan largo, difícil y penoso, y Dios nuestro Señor la ha abierto todos los caminos, dirigido todos sus pasos y conservado su salud. Su experiencia creemos nos ha de ayudar mucho para la buena dirección de aquellas casas, de donde no volverá tan pronto como esperamos, a causa de algunos incidentes imprevistos».
  2. Dios continúa derramando bendiciones sobre nuestra casa de Lisboa. Cada día adquiere mayor estabili­dad y las funciones de nuestro Instituto están en ella en pleno vigor. Para sostenerlas y dar impulso a los estudios hemos enviado el año pasado a los Sres. Charles Didier y Fissour.

El Serenísimo Rey de Portugal acaba de darles una nueva prueba de su magnificencia, entregándoles una suma considerable para terminar sus obras.

6º—Muerte del Rey Juan V de Portugal.

El año de 1750 fue señalado por la muerte del insigne é incomparable bienhechor de los hijos de San Vicente de Paul en Portugal, el Rey Juan V. El 1º de Enero de 1751 escribía el Sr. de Bras, Superior General en la Circular diri­gida a toda la Congregación: «Os ruego, señores y muy amados hermanos, que encomendéis a Dios en el Santo Sacrificio y demás oraciones a Su Majestad el Fidelisimo D. Juan de Braganza V, Rey de Portugal, nuestro insigne bienhechor y protector, que habiendo hecho una fundación real en Lisboa para cuarenta misioneros, mandó edificar a expensas suyas una casa a propósito para el ejercicio de todas nuestras funciones.

Más arriba, en la página 295, puede verse el retrato del Rey Juan V.

Los Sacerdotes de la Misión celebraron con este motivo solemnes funerales en su casa de Lisboa y colocaron algu­nas inscripciones para recuerdo de la piedad y magnificen­cia del Rey en la capilla de Rilhafolles.

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