Nicolás de Hojas

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Nicolás de Hojas

27-08-99

Pamplona

BPZ, Septiembre 1999

msoCF43A(Irún, 24 de Junio de 1913 – Pamplona, 26 de Agosto de 1999

Al amparo de nuestra Madre, la Virgen Milagrosa, celebramos este funeral por el eterno descanso del P. Nicolás de Hojas, que fallecía ayer en nuestra ciudad a los 86 años de edad.

Había nacido el P. Nicolás en Irún el 24 de junio de 1913, siendo sus padres Nicolás y Luisa. Con 17 años es recibido en el Seminario Interno de la Congregación de la Misión en la casa de Hortaleza (Madrid). A partir de Septiembre de 1932 cursa los estudios de Filosofía en Villafranca del Bierzo (León). Y en 1935 comienza la forma­ción en Teología, formación que por circunstancias de la guerra civil habrá de completar en ciudades distintas: Cuenca, Pamplona, Murguía y Londres. Habiendo emitido los votos el 27 de Septiembre de 1932, fue finalmente ordenado sacerdote el 3 de julio de 193 8 en nuestra casa de Murguía (Álava)

Desde entonces, fecunda y variada fue su labor sacerdotal. Tras un tiempo en la Apostólica de Murguía y otro de atención a los emigrantes en Francia, pasó entre los años 1954 y 1969 por las casas de Madrid, Badajoz, Ayamonte, Málaga y Orense, dedicándose sobre todo al ministerio de las Misiones Populares, tan propio de nuestro Insti­tuto. Ya en 1969, es destinado a la comunidad de San Sebastián, comunidad a la que ha pertenecido hasta 1996, año en que hubo de ser trasladado a esta Casa de Pamplona por razón de su enfermedad.

Distintas facetas podríamos destacar de la personalidad del P. Nicolás. Es re­señable, a nivel de ministerios, su aportación entusiasta a las Misiones Populares a lo largo de tantos años, así como la entrega delicada a la atención espiritual de las Hijas de la Caridad.

Pero hay, además, algunos rasgos de su talante que han llamado mi atención en los años en que lo he conocido. En primer lugar, su carácter abierto que contribuía a  poner una nota de jovialidad y de simpatía allí donde se encontraba. En segundo lugar, su identificación con la vocación: el P. Nicolás se sentía profundamente paúl y amaba con intensidad lo vicenciano, siendo constante en él su referencia a las Misiones y su cercanía a las Hermanas. Y en tercer lugar, su amor a la Virgen: la invocaba constantemente y a su intercesión encomendaba el cuidado de tantos de nosotros.

Desde una vida así vivida, en sencillez, es fácil entender el mensaje de la Pa­labra de Dios. Hemos recibido no un espíritu de esclavitud, sino un espíritu de hijos… Miramos al futuro no con la inquietud de la incertidumbre, sino con la serenidad de la esperanza… Porque late en nuestro interior el espíritu de Dios y hemos sido instalados en un horizonte de libertad. Desde ese Espíritu y en ese horizonte vivimos de la fe. Y po­demos entonces decir, como Marta: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías.    Creo que tú eres el Redentor.           Creo que en tí está la Vida y confio en que tú me lleves a la Pleni­tud»

Cuantos aquí estarnos, hemos sido bautizados y hemos sido incorporados al Misterio de Cristo. Muchos, además, hemos sentido la llamada del Señor y queremos seguirle. Y me parece entonces que seria bueno destacar hoy en nuestro seguimiento algu­nos de los detalles observados en el P. Nicolás:

-En primer lugar, la identificación gozosa con nuestra vocación. Sentirnos contentos porque Dios nos ha llamado y trabajar cada día por el crecimiento en una fideli­dad activa. Vivimos tiempos de compromisos débiles y de lealtades frágiles. Probable mente porque se banaliza la realidad humana, y el amor, y la vida. De ahí que sea impor­tante ahondar en el sentido de nuestra personal vocación, dejarse querer profundamente por Dios y entregarle a él alma, corazón y vida.

-En segundo lugar, mirar a María; y ello no tanto para contemplar admirati­vamente su figura, cuanto para imitar sinceramente su vida. Porque fue persona de fe, se entregó a Dios; porque esperaba en él, se abandonó a su voluntad; y porque lo amaba, vivió al ritmo de su Espíritu. Ojalá como ella sepamos adentramos en Dios, abandonamos a su voluntad y dejarnos llevar por su Espíritu.

-Y en tercer lugar, vivir con alegría. Tenemos, como cristianos, todos los motivos para estar alegres: un Dios que es Padre; una vocación que es camino de pleni­tud; un mundo que transformar en la dirección del Reino de Dios… ¿Por qué entonces damos a veces una sensación de pesadumbre?… ¿Por qué en ocasiones nos refugiamos en la rutina o nos agotamos en el activismo, mostrándonos incapaces de vivir serenamente la vida?… Gozosamente instalados en Dios, acostumbrémonos a miramos desde él y a ama­mos en él; y vivamos así con un talante entusiasta y alegre.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos impulse en esa dirección. Que signifique para el P. Nicolás la unión definitiva con el Señor. Y que suponga para todos nosotros un estímulo de fe y de vida.

Santiago Azcárate

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