Diódoro Sículo, en su Historia universal, libro VI, refiere el siguiente pasaje: «Habiendo llegado a oídos de Pitágoras que Ferécides antiguo maestro suyo, se hallaba gravemente enfermo en la isla de Delos, navegó al punto desde Italia á dicha isla. Allí prestó al buen anciano sus humanitarios oficios, y nada omitió, aunque en vano, para que el enfermo cobrase su primitiva salud. Muerto éste en fuerza de la vejez y de la enfermedad, dióle sepultura; y después de cumplir con estos deberes propios de un hijo para con su padre, volvió á Italia».
También yo he recibido del P. Arnáiz altas lecciones de perfección cristiana: él fue mi gran maestro. Un día, harto venturoso para mí, se dignó honrarme con su amistad, y allí, en el secreto de sus manifestaciones íntimas, encontré más de una vez mucho que admirar y que imitar.
No he sido yo tan afortunado como Pitágoras. La triste noticia de su inesperada muerte me privó del dulce consuelo de asistirle en aquellos momentos, para él postreros. Pero ya que no me fue dado recoger sus últimos suspiros, séame al menos permitido derramar una lágrima sobre la tumba de mi mejor amigo. Sí, a ella me acercaré presuroso, y descansando sobre su fría losa meditaré y rumiaré en la soledad del silencio las virtudes y méritos del varón apostólico.
Nunca ha sido lícito al escritor celebrar las acciones de los héroes durante su vida, porque la adulación y la lisonja, cual sierpes venenosas, pueden con su hálito maligno emponzoñar y herir de muerte en un momento dado los sacrificios más levantados. Por otra parte, el historiador, al referir los hechos de un hombre ilustre, debe tener toda la libertad a independencia necesaria para pintarlos con sus verdaderos colores, sin cubrir los puntos negros, propios de la miseria humana.
Así se comprende la negativa del insigne Chateaubriand al gran capitán de nuestro siglo de escribir la historia de su vida. Porque, como decía muy bien: «¿cómo referir u omitir el asesinato del duque de Enghien, la muerte de Pichegrú, el cautiverio del Papa y la guerra de España?» En cuya respuesta se ve que el sabio autor del Genio del cristianismo carecía de talento para tramar la mentira, y de libertad para decir la verdad.
Ved, por el contrario, a Fenelón en su acabada producción Diálogo de los muertos, complaciéndose en poner en escena a los héroes de Gracia y Roma, disputando entre sí las virtudes políticas y militares. Es que al sabio arzobispo de Cambray no se le ocultaba que veinte siglos de reposo hacían a aquellos ilustres genios incapaces de gustar los pasajes más bellos y sublimes de su elocuente pluma.
Camino tan bien trazado es el que voy a seguir al presentar al público la vida, descrita a grandes rasgos, del celoso, Misionero P. Nicolás Arnáiz.
I
Nacimiento. — Educación. — Vocación
Parece que la Naturaleza ha dotado á cada región de condiciones especiales para producir ciertos y determinados frutos para satisfacer ciertas y determinadas necesidades.
En efecto: el atrevido viajero que por vez primera se interna en las selvas inextricables de África, no se cansa de admirar aquellas plantas, aquella vegetación, propia sólo de una región intertropical. Allí ve elevarse el árbol gigante, el palmito, con sus hojas de quince pies de longitud. Allí también aspira el exquisito perfume del oloroso péndano, el «Kenda». Allí contempla el quesero de Buonoporo, el papayo de hojas palmeadas, el esterculio que produce el rico café del Soldan y mil y mil producciones que Europa enteramente desconoce. También aquí, y en el Asia, y en la América y 0ceanía, vegetan y crecen frutos distintos, distintas plantas, plantas que serían exóticas fuera de aquella región en la que plugo a Dios colocarlas.
Esta misma ley se observa puntualmente en el orden espiritual. Nadie ignora que Aragón y Castilla la Nueva producen a las Escuelas Pías más vocaciones que otras provincias; a la par que Cataluña y las Vascongadas dan á la Compañía de Jesús. relativamente, más personal. La de Burgos suministra de tiempo atrás a la Congregación de la Misión hijos, muchos en número y firmes en vocación, a quienes, con caridad ardiente y espíritu evangélico vemos correr a engrosar las filas del gran Vicente. Nicolás era uno de los vástagos de ese noble solar.
El P. Nicolás Arnáiz nació en la villa de Zumel, provincia de Burgos, el 24 de Diciembre de 1837. Sus amados padres, que todavía viven, se llaman Gregorio Arnáiz y Leonarda Nebreda. Han sido seis hermanos, de los cuales Nicolás era el segundo. Los nombres de los otros cinco son por su orden: Manuel, Eladio, Clara, Brígida y Carlos.
De éstos, el primero, sacerdote, murió hace cuatro años, no contando más que treinta y uno. Los dos que siguen militan bajo una misma bandera: la una rebosa caridad en los hospitales, el otro da frutos de santidad en la Misión. ¡Dichosa familia! También Brígida sería de San Vicente si se lo hubiese permitido el cuidado que debe a sus ancianos padres. Carlos, el último, acaba de recibir en la Universidad Central el título de médico-cirujano.
Dios, siempre consecuente en sus obras, había destinado al niño Nicolás para ser un día su enviado ante las gentes, para trabajar en alta escala en la conquista de las almas; por eso le dotó desde sus primeros años de un corazón recto y generoso, habiendo antes implantado en el de sus padres aquella piedad cristiana, necesaria para guiar a su querido hijo por los hermosos caminos de la justicia y de la perfección.
Imbuido Nicolás en tan nobles sentimientos, unas veces se dirigía al templo, y allí ofrecía al Señor los sencillos dones que le inspiraba su amor; otras, se le veía asistir con afán a la escuela, en la que, por su aplicación y por su carácter dulce y afable, era el encanto del maestro y se atraía el cariño de todos sus compañeros.
Después que recibió los primeros rudimentos, marchó a Lodoso; allí estudió con notable aprovechamiento tres años de latín , bajo la dirección del Sr. Díez, sacerdote hoy de la Misión, y tal vez fueron los consejos de dicho señor los que mostraron a nuestro joven la senda que más tarde había de seguir. Terminados los estudios de Humanidades, se trasladó á Burgos, en cuyo Seminario cursó con mucho fruto tres años de Filosofía.
Pero las ocupaciones literarias no le distraían de sus prácticas piadosas; antes bien, se le veía asiduo en ellas. En este tiempo manifestó claros indicios del recato y vigilancia con que guardaba la santa pureza, virtud que, cual azucena entre espinas, conservó intacta y sin mancilla en todo el período de su vida. Después de clase iba a recrearse con sus compañeros: éstos, en la época del estío, acostumbraban bañarse en un río próximo al pueblo; pero Nicolás se quedaba siempre en la orilla, por no entrar desnudo en el baño. ¡Bella lección para los jóvenes del día!
Más tarde, cuando la razón y la reflexión vinieron a reemplazar la simplicidad de los primeros años; cuando hubo llegado a la edad que podemos llamar crítica, porque en ella empieza á decidirse y tal vez en muchos se decide su suerte futura; en esa edad en que los ojos se abren al mundo y la malicia sustituye a la inocencia, y el bullicio de las pasiones. y el deseo del placer á la calma y tranquilidad infantil; en esa edad, repito, nuestro buen Nicolás pudo también forjarse sus ilusiones y pensar en la noble milicia o en la ilustre carrera del foro. Si así fue, su ilusión duró poco, porque habiendo mirado proyectos tan halagüeños bajo el luminoso prisma de la eternidad, bien pronto descubrió su ojo perspicaz la futilidad, el vacío, la nada de aquellos horizontes fantásticos.
Hay en la Naturaleza una ley física, en cuya virtud los cuerpos colocados en ciertas condiciones desenvuelven su acción química y se atraen y combinan mutuamente. Por eso la estopa, puesta cerca del fuego, se inflama y arde. Este mismo fenómeno se observa también en el orden moral: una prueba de ello tenemos en lo ocurrido a Nicolás.
Se acercaba ya nuestro joven a los dieciséis o diecisiete años, cuando un día supo con gran sorpresa que un paisano compañero su yo, abandonando la casi paterna, corrió al noviciado de la Congregación de la Misión: tan vivamente le impresionó este suceso, que concibió el proyecto de seguir las huellas de su querido amigo. El corazón de Nicolás era el combustible; la vocación del compañero, la chispa; la resolución, la llama. Y, en efecto, el joven Arnáiz entró en la Congregación de la Misión a la edad de dieciocho años.
II
Noviciado.— Estudios.—Misiones.
El P. Borja, antiguo morador en la Casa-misión de Madrid y varón muy experimentado en la dirección espiritual, se hallaba a la sazón al frente del Noviciado. Luego que descubrió en el neófito burgalés su talento superior y su genial vivo y enérgico, presintió, no sin fundamento, que aquel novicio sería algún día un prodigio de virtud y sabiduría en la Congregación. A este fin procuró por todos los medios posibles fundir el corazón de Nicolás en el crisol de la mortificación, para que, segregada la escoria del natural altivo e iracundo, resultase un espíritu manso y suave. No fueron defraudadas las esperanzas del P. Borja. Cuantas personas hemos tenido la dicha de tratarle, podemos atestiguarlo de lleno. Díganlo las mil y mil almas que con la fuerza de su dulzura ganó después para Jesucristo. Pasó, pues, el tiempo del noviciado con gran fervor y edificación de sus compañeros y aun de los Superiores.
Luego le pusieron a estudiar Filosofía, más tarde Teología. Los Padres Valdivieso y Gómez, profesores de dichas clases, bien pronto conocieron su claro y profundo talento. Gustaba mucho de las obras filosóficas, y las cuestiones metafísicas fueron siempre el objeto preferente de sus largas vigilias y constantes investigaciones.
Concluidas las tareas literarias con mucho lucimiento, recibió el sacerdocio a los veinticinco años de edad, o sea en 1861.
El 62 le encargaron los Superiores una cátedra de Teología dogmática, y en ella figuró, entre los discípulos más aventajados, su mismo hermano, ya profeso, Eladio.
El 63 le enviaron a misionar al arzobispado de Toledo: en tan santa ocupación continuó por espacio de nueve o diez meses, ejerciendo el oficio de catequista con aquella unción evangélica y singular aceptación que le caracterizaron siempre en sus gloriosas empresas. Y en tal grado supo el Padre Arnáiz captarse con su elocuencia las simpatías de los pueblos por donde transitaban, que todos a una le llamaban El Joven Crisóstomo.
El año 64 fue destinado a la Casa-misión de Badajoz. Ved aquí las bellas frases con que el sabio y virtuoso señor Obispo de aquella diócesis describe los nuevos trabajos del joven Misionero:
«De grande celo y capacidad no común, empezó desde luego a dar pruebas de lo mucho que podría hacer en el ejercicio de su ministerio».
Después de algún tiempo de residencia en dicha Casa, departamento del Seminario Conciliar, salió a misionar por mandato de sus. Superiores. En efecto: Olivenza y pueblos comarcanos, Almendral, Fuente del Maestre, Mérida, con otros muchos que podría referir, recogieron con entusiasmo religioso el acento de su palabra vehemente, arrebatadora, que sabía dominar á los oyentes con la claridad del raciocinio y atraerlos con el sublime sentimiento que inspiraba en sus corazones. Jamás caerán en olvido los gloriosos triunfos que con el auxilio de la divina gracia obtuviera, perpetuándose su grata memoria en el fondo de todas las almas buenas.
Apenas había descansado de sus tareas apostólicas, fuéle encomendada la dirección de los jóvenes aspirantes á los sagrados Órdenes. Aquí cambió el ejercicio de su celo, pero aumentó su esmerado y vigoroso deseo de formar un clero tan digno como las presentes circunstancias lo exigían.
Asiduo en la instrucción cotidiana de la Teología moral, sin descuidar el cómputo eclesiástico, la liturgia, lecciones de Teología pastoral y cuanto contribuía a llenar los deberes del sacerdote, formaba a la vez el espíritu de los que le fueron encomendados con el ejercicio práctico de la oración, lectura espiritual, examen y frecuencia de Sacramentos. Su interés por el perfeccionamiento del joven clérigo no encontraba límites, y a tan excelente director somos deudores de que brillen hoy algunos buenos y edificantes eclesiásticos que sirven de santificación al pueblo cristiano. Mas no por eso olvidaba el ministerio de la palabra; y ya con ejercicios anuales al clero de la diócesis, ya en los que ordinariamente se disponían para el pueblo en la Santa Iglesia Catedral, el P. Arnáiz, el simpático, ilustrado y laborioso hijo de San Vicente de Paúl, ocupaba siempre el puesto de honor, consiguiendo, como era de esperar, las primeras victorias.»
A estos santos ministerios se dedicó el P. Arnáiz hasta mediados del año 66. En Julio del mismo año fue con otros tres compañeros á las Misiones de Orense, afortunado obispado donde el Señor derramó todo linaje de bendiciones, siendo instrumentos los cuatro hijos del humilde Vicente.
Mientras que los otros tres, concluida la Misión en la ciudad, fueron a predicar la palabra evangélica a otras poblaciones importantes de la diócesis, el P. Arnáiz recibió orden de detenerse en la capital para desempeñar un cometido difícil y penoso. En efecto: él solo en cinco tandas seguidas dio ejercicios espirituales a más de quinientos sacerdotes del obispado. Concluidos estos actos, se despidió de aquellos señores, entregando a cada uno la medalla del santo Fundador, de rodillas y por su propia mano. Grata fue por cierto la memoria que el joven Misionero dejó en el ánimo de aquellos eclesiásticos: por eso le llamaban todos con el dulce nombre de «nuestro Padre». Esta fue tal vez la ocasión en la que el Señor proporcionó al infatigable operario las mieses más abundantes y sazonadas. Puedo asegurar, por datos muy autorizados, que aquellos días el cielo, por conducto de su gran siervo Nicolás, llovió a torrentes sus gracias y favores sobre aquella porción predilecta de la casa de Melquisedec
Habiendo dado cima con felicísimo éxito a tan colosal empresa, volvió a Badajoz en calidad de Superior de la Casa; y acto continuo, armado de nuevos bríos, empezó a reanudar sus trabajos, con loable objeto interrumpidos. La cátedra de Metafísica, las conferencias filosóficas, la organización de las misiones y la dirección de los ordenandos, fueron los principales objetos que absorbieron su atención durante este tiempo.
En Julio del 67 fue nombrado diputado por la provincia de España para representar sus intereses en la Asamblea general que la Congregación de la Misión había de celebrar en París. Allí asistió el P. Arnáiz, acompañado del Sr. Visitador y de otro Padre, también diputado. El teólogo español, con su sólida doctrina y vastísima erudición, hizo luz en muchos proyectos difíciles. Por su juicioso y maduro dictamen se retiraron algunas proposiciones cuyo planteamiento para los fines de la Congregación en las circunstancias actuales era tal vez menos conveniente, y se modificaron algunos decretos cuyo texto literal no podría acaso adaptarse á las condiciones especiales de algunos países. En las discusiones de los puntos levantados usó siempre de aquella moderación y mesura que, lejos de oponerse a la libertad de pensamiento, permite ver con claridad las cuestiones más complicadas. Consignados los acuerdos de la Asamblea y cerradas las sesiones, volvió de nuevo a Badajoz.
III
Rectorado. — Pasajes importantes
Huérfano el Seminario Conciliar de un Rector a propósito para la dirección y enseñanza de los alumnos, por fallecimiento del que antes sirviera tan importante cargo, el señor Obispo fijó desde luego sus miradas en las brillantes prendas que adornaban al P. Arnáiz para el rectorado, y se lo encomendó en Octubre de 1867.
Todo aquel que haya desempeñado por algún tiempo tal cometido, llega pronto a comprender que la dificultad de las funciones rectorales es cuestión de tacto y prudencia, no menos que de acción y energía. Por eso se observa que el Rector discreto de un Seminario procura siempre conciliar la gravedad de jefe con la afabilidad de padre. A este propósito recuerdo yo lo que en una ocasión me dijo un Padre jesuita en Salamanca, siendo yo cursante de aquel Seminario: «Estos inspectores que Ud. ve por aquí tienen que tragar mucha saliva: los inspectores que cumplen bien su deber, merecen en la presencia de Dios tal vez más que los Misioneros al recorrer los áridos desiertos del África, porque aquellos trabajos tienen mucha poesía; los Misioneros, viendo con sus propios ojos los frutos de sus fatigas, se lanzan gustosos a nuevas conquistas. En la inspección del Seminario, por el contrario, hay mucha prosa, y no pocas veces han de armarse estos señores del cincel de la paciencia para desbastar y pulimentar los hábitos agrestes y groseros de muchos jóvenes». Ahora bien: si el solo oficio de inspector de un Seminario supone en el sujeto que exactamente lo cumple gran caudal de virtud, ¿qué tesoro no necesitaría el Padre Arnáiz para llenar cumplidamente ambos cargos? Pero a pesar de lo difícil y espinoso del destino, no tardó en conocerse cuán acertado estuvo en esta elección aquel ilustre Prelado.
Una vez constituido en Rector, su actividad tomó un nuevo giro, haciéndose admirar por su prudencia, celo y vigilancia en las varias y multiplicadas atenciones del Establecimiento. El Padre Arnáiz era partidario del principio de autoridad y muy amante de la disciplina escolar: por eso llevaba, como suele decirse, a punta de lanza las instrucciones del Sr. Obispo y el reglamento establecido. Él era el primero en cumplir las prescripciones más minuciosas en la asistencia a la cátedra, a la capilla; en una palabra, a todos los actos literarios y piadosos. Es que el sabio Rector, siendo todavía muy joven, había aprendido aquella sentencia antigua: Ad exemplum regis Lotus componitur orbis.
Él sembraba en el ánimo de los seminaristas palabras de salud, mientras los profesores enriquecían sus inteligencias con las ciencias eclesiásticas. Él velaba sobre todo, se hallaba en todas partes, y siempre con semblante paternal y cariñoso. Él corregía cuanto pudiera llevar la nota de abuso, a la par que consultaba la expansión del seminarista, conciliando así la observancia de la disciplina con la tranquilidad del espíritu y agradable ocupación del estudio. Ningún ramo de las ciencias eclesiásticas era desconocido al virtuoso sacerdote: así es que todo el profesorado, desde el primero de Latinidad hasta el de Hermenéutica y Derecho canónico, encontraba en el nuevo Rector un apoyo y constante auxilio en el servicio de su cátedra. Más de una vez dio lecciones sucesivas en cinco clases. Por este excesivo trabajo y por un disgusto moral procedente del cumplimiento de su deber, llegó a resentirse notablemente su salud y su cabeza. De aquí le sobrevino tal debilidad y aplanamiento de cabeza, que no pudo por mucho tiempo dedicarse a trapajos serios.
Por lo demás, calcular y medir el bien inmenso que hizo en la educación de los escolares encomendados a su cuidado y lo mucho que glorificó a Dios en tan difícil situación, no es posible: lo sabe sólo aquel Señor en cuya presencia tanto se mortificaba su siervo. Trascribiré, sin embargo, en obsequio y edificación de los lectores, uno de los pasajes recogidos en mis anotaciones, pasaje que prueba el tacto exquisito y don de gobierno que en alto grado poseía el sabio y modesto Rector.
Sus desvelos por los colegiales confiados a su custodia alcanzaban hasta las cosas más menudas, y como buen padre deseaba evitarles la menor molestia. A esto se encaminaba la advertencia, varias veces repetida, de que cuando en la mesa se les sirviese algún plato que por alguna circunstancia de alimentación o condimento les repugnara, lo entregasen al fámulo sin reparo alguno. Pero como de todo se abusa, aun, de lo hecho en obsequio nuestro, no faltó un colegial que, valido de la advertencia, rechazara un día con imperiosa voz uno de los platos que le habían servido. Mirábanle sus compañeros y miraban también al Rector, esperando que este le impusiera el castigo que su orgullo merecía. Pero el P. Arnáiz, cual otro Francisco de Borja, quiso corregirle mandando su plato al soberbio alumno y aceptando a vista de todos el que aquél rechazaba. Muda pero sublime reprensión con la que avergonzó y confundió al delincuente, dando gran ejemplo de humillación a todo el Colegio.
Mas estas virtudes, esta industria para ganar y atraer hacia sí a sus semejantes, ¿dónde la buscó?¿en dónde la aprendió? Aparte de los dones especiales con que Dios le enriqueciera, había visto allá, dentro de la Casa-misión y en el retiro del Noviciado, hacer varias veces la autopsia del corazón humano.
Allí también había aprendido aquella máxima del Obispo de Ginebra, que tan vulgar se ha hecho: «Más moscas se cogen con una cucharada de miel, que con cien barriles de hiel». Y con tal destreza manejaba el P. Arnáiz este misterioso resorte, que preguntándole yo un día de qué sistema se valía en su trato con los colegiales, me respondió con mucha gracia y sencillez: «Yo a nadie mando, a todos suplico». ¡Sistema admirable, imán poderoso, con el que tantas simpatías se captaba!
Pero era conveniente que su habilidad y prudencia en evacuar los asuntos más arduos fuera también conocida por algunos caballeros de la ciudad. A este propósito se presentó una ocasión oportuna. Sobreviene la revolución del 68; se da una orden cruel, terminante, y el P. Arnáiz, con ánimo siempre esforzado y nunca abatido, contempló en el breve espacio de veinticuatro horas el asalto de la Casa, su incautación y la dispersión de sus Hermanos, Mas la virtud y el talento se abren paso libre aun en medio de la desgracia. As í fue. El P. Arnáiz es llamado por la Junta revolucionaria; comparece en el acto; se le hacen varios cargos en calidad de Rector del Seminario y Superior de la Casa-misión. El humilde Paúl defiende los derechos lastimados, salva los intereses sagrados que le habían sido confiados, y contesta a todas las preguntas con tal serenidad, gracia y fuerza de raciocinio, que la Junta, complacida de sus buenas formas y concluyentes respuestas, le concedió el tiempo más que suficiente para despachar sus asuntos antes de abandonar la población.
¿Y olvidará acaso Badajoz los trabajos apostólicos, las virtudes cristianas y los bienes sin cuento que ha recibido del operario evangélico? Ciertamente que no. El Sr. Obispo, el Cabildo catedral, el clero todo de la diócesis y la ciudad entera conservan muy grabada la memoria de su bienhechor, y han llorado la deplorable pérdida del P. Arnáiz cual la de un padre ó hermano.
A fines del 68, y por orden de los Superiores, marchó á Francia, en donde por algún tiempo explicó las materias morales en uno de los Colegios de la Congregación. Al medio año le mandaron de nuevo a España en calidad de Director del Colegio de Arenas; allí se dedicó por espacio de seis meses a explicar las asignaturas de Metafísica é Historia de nuestra patria. Al cabo de este tiempo, el P. Arnáiz y sus compañeros de Arenas se vieron obligados a abandonar aquella residencia por orden expresa del gobernador de Ávila.
El verano del 69 vino a San Sebastián á tornar baños de mar, con el objeto de acallar sus dolores habituales de cabeza. Con este motivo me cupo la grata satisfacción de tratarle muy de cerca, y de descubrir ricos filones de su sólida virtud e inmensa erudición.
Los aventajados jóvenes Aristizábal y Mendiluce y yo, todas las tardes acompañábamos a pasear al obscuro bañista. Se tocaban diferentes cuestiones, ya de ciencias eclesiásticas, ya profanas, ya de actualidad; mirábalas él siempre con su alto y finísimo criterio, y las resolvía con el aplomo y sensatez de un filósofo. El paseo era una cátedra ambulante; el P. Arnáiz la biblioteca andando. Testigos son los dos señores mencionados.
En una ocasión en que se detuvo a examinar mi modesta librería, le enseñé unos apuntes y un programa de disciplina eclesiástica, haciéndole de ellos grande elogio, por creerlos originales de un profesor muy celebrado en España. Después que los hubo revisado, me dijo con la naturalidad y llaneza que le eran propias: «Nihil novum sub sole: yo me he visto obligado a trabajar mucho sobre esa asignatura por tenerla a mi cargo en el Seminario de Badajoz, y puedo asegurar á Ud. que su programa y apuntes están tomados, casi a la letra, del Maupied». Estas palabras prueban que él conocía muy bien las fuentes de la materia.
Otro día, habiendo yo observado su afición decidida a las cuestiones metafísicas, le presenté un cuaderno de Estética formado de las explicaciones del inmortal Valle, catedrático de dicha asignatura en la Universidad de Salamanca. Con mucho empeño le recomendé el estudio de aquellos trabajos, cuales si el día de mañana hubieran de ser los primeros cimientos sobre los que se ha de levantar el edificio de la nueva ciencia. El P. Arnáiz los leyó con mucha avidez, y después de haberlos estudiado y ahondado con su espíritu analítico, me dijo estas ó semejantes palabras: «En el cuaderno hay grandes esfuerzos de imaginación, pero su teoría del sublime es muy débil; no puede resistir á un examen rigurosamente metafísico. Mi fuerte ha sido siempre la Metafísica: todos los días he robado una hora á mis continuas ocupaciones por dedicarme á sus investigaciones, y declaro Ud., con franqueza, que el mejor trabajo racional publicado en nuestros días es, en mi concepto, el Ensayo sobre el Derecho natural, por el P. Taparelli». Lástima grande que un hombre como el P. Arnáiz haya bajado al sepulcro sin dejarnos una obra de su estudio favorito!
Con su erudición observé también su virtud; esa virtud que en el seglar se traduce en obras de piedad, y en el religioso en la observancia y amor a la santa Regla, fundamento y sostén de todas las Comunidades. He aquí un rasgo sublime. Habían llegado á esta ciudad, de paso para Francia, mis queridos amigos los Padres Lladó y Espelt, individuos ambos del Instituto, de San Vicente de Paúl. Como su estancia aquí había de ser corta, supliqué al P. Arnáiz que al día siguiente se dignaran honrar los tres mi pobre mesa. Aunque su contestación no fue categórica, me despedí de él con la fundada esperanza de comer con tan grata compañía; pero ¡ay! mi gozo fue corto. Serían las ocho de la mañana del día convenido, cuando mis buenos Padres acudieron a mi casa con el fin de despedirse. Sorprendido por tan brusca marcha, les pregunté la causa, y supe que el P. Arnáiz les había dado orden terminante. Corrí a buscarle, le supliqué, insté e hice cuanto pude para revocarla; pero todo fue en vano. El Superior era inexorable.
Esta conducta para conmigo me pareció tanto más dura y extraña cuanto menos acostumbrado estaba yo a sufrir de él estas repulsas. ¿Y cómo no, si hasta entonces había sido para mí el dulce amigo, el complaciente hermano? El enigma, sin embargo, no lo fue mucho tiempo. Pocas tardes después del suceso que he referido, salimos juntos a pasear, y entonces, con su acostumbrada apacible sonrisa, me dijo estas sentidas palabras: «Yo debo dar a Ud., mi querido amigo, una satisfacción. Hace pocos días hablaba a las Hijas de la Caridad sobre el voto de la obediencia, y me esforcé mucho en ponderarles la excelencia de esta virtud. Al poco tiempo el Señor me presentó ocasión oportuna para darles a conocer con cuánta prontitud la practican nuestros Padres; y como ellas sabían el gusto de Ud. en comer juntos, creí que aquel acto de obediencia que tanto nos había de mortificar a todos, sería del agrado de Dios». Fué tal la impresión que me hicieron estas frases, que quedé por un rato suspenso; repuesto algún tanto, dije para mí: «Este hombre es un gran siervo de Dios»; y mirándole con disimulo, creí ver en su rostro un semblante angelical.
En todo lo relativo a las casas de la Misión y las Hijas de la Caridad, hablaba siempre con tanta modestia y humildad que rayaba ya en indiferencia y hasta en un desprecio santo. En cierta ocasión le insinué un proyecto digno, que podría dar mucho lustre a la Congregación, y para inclinarle a su ejecución me apoyaba en la práctica seguida por una Comunidad religiosa que procura llevar á cabo tales empresas. A esto me contestó con ánimo sereno: «Dios nuestro Señor destinó a San Ignacio para las ciudades y á San Vicente para las aldeas: todo espíritu alabe al Señor: nosotros estamos bien en la obscuridad».
IV
Viaje á Roma.— Últimos trabajos.— Su muerte
El esforzado campeón, siempre activo, nunca ocioso, utilizaba los medios que la Providencia ponía a su disposición para realizar, aun en el confinamiento, su grande aspiración de salvar las almas. En esta tarea se encontraba ocupado, cuando Dios le llamaba á otra de notoria entidad. Veamos cómo se verifica.
La época del Concilio Vaticano se acercaba, y conociendo muy bien el señor Obispo de Badajoz la superior ilustración del P. Arnáiz, al partir a Roma le llamó a su lado con el honroso carácter de teólogo consultor. Esta nueva, cual vara misteriosa, conmovió dulcemente las fibras todas de su sentimiento religioso. El Vaticano era el objetivo luminoso adonde él dirigía sus abrasadas miradas; allí estaba el centro de sus delicias, allí el bello ideal, el encanto de sus más tiernas emociones. Deseaba ardientemente ir a Roma; la ocasión era propicia; sin embargo, el humilde hijo de San Vicente medita el asunto en la presencia de Dios, y deponiendo su gusto y propia inclinación, escribe al Superior estas palabras edificantes: «El Sr. Obispo me convida al Concilio; la idea me agrada mucho, pero el sacrificio delante de Dios está hecho: estoy completamente indiferente. Disponga usted de mí con toda libertad.» Al escuchar yo de boca del mismo P. Arnáiz estas palabras, emitidas con toda la sinceridad de su corazón, estático y confuso admiré en silencio la profundidad y mérito de tamaña abnegación. Obtenido que hubo el beneplácito del Sr. Visitador, emprendió su viaje en compañía del venerable Pastor. La gravedad del Misionero se transformó entonces en la amabilidad del caballero. Cuantos le veían y trataban le dispensaban luego su estimación y afecto. Parecía serle todo familiar: las ciencias, los idiomas, hasta los usos y costumbres de los pueblos con quienes comunicaba. Él proveía á todo, lo prevenía todo y se hacía todo para todos.
En la Ciudad Santa nada se ocultaba a su investigación: cuanto se relacionaba con el Concilio, cuanto era objeto de la discusión, cuanto aparecía resuelto por la augusta Asamblea, todo caía bajo su penetrante mirada. Bien aprovechó el tiempo mientras permaneció en la patria de los Césares. Asistía puntualmente á las secciones y tomaba notas importantes y detalladas de los trabajos literarios que allí aparecían, y tal vez fue debida á sus profundos razonamientos la actitud valiente y enérgica que algunos Prelados españoles tomaron en una cuestión trascendental.
Aun los momentos de solaz, nunca lo eran para; el Padre Arnáiz: los monumentos más notables de Roma, sus inscripciones, sus estatuas, sus catacumbas, todo, todo fue visitado, todo buscado con admirable actividad por el dignísimo sacerdote que atesoraba datos para enriquecer las grandes conquistas artísticas y científicas ya adquiridas.
El joven teólogo, después de haber llenado cumplidamente su misión en Roma, volvió satisfecho a la Península; y muy contento debió quedar el Príncipe de la Iglesia de los servicios prestados por su compañero de viaje, cuando hablando sobre este punto a las Hijas de la Caridad en San Sebastián, les dijo: «El Sr. Arnáiz es mi ángel».
Al poco tiempo de su regreso fue destinado por el señor Visitador a dirigir un Colegio de Burgos. A mediados de Diciembre del 70 salió para Murguía a dar ejercicios a las Hijas de la Caridad, residentes en aquel pueblo. Terminada esta operación, se despidió de su querido hermano Eladio, quien a la sazón estaba en dicho punto. Y quién había de creer que aquel era el último abrazo que se habían de dar! Sin embargo, así estaba dispuesto en los consejos de la Providencia.
A su llegada a Burgos se encontró con un oficio del Superior, en el que le mandaba ir a Toledo y Albacete á ocuparse en las mismas tareas de Murguía los primeros meses del 71. Así lo hizo; y después de dar tres tandas de ejercicios en las Casas de Toledo y dos turnos simultáneos en la de Albacete, al empezar el tercero le acometió una grave enfermedad que había de poner término a su existencia. Diez días duró la enfermedad. En este período no cesó de dirigir al Señor fervorosas jaculatorias de conformidad con su divina voluntad. Varias veces se le oyó decir: «Muy gustoso hago a Dios el sacrificio de mi vida.» Desde el primer día presintió el P. Arnáiz su muerte; por eso pedía con instancia los Sacramentos; pero por consejo del médico no se le administraron hasta el 24 de Febrero. Era el día fatal: a las siete de la mañana, previa la confesión, recibió el santo Viático; a las nueve la Extremaunción; a las dos y media de la tarde entró en la agonía. En uno de los últimos momentos dijo al Hermano que le asistía: «Yo me voy al cielo, y Ud. aquí se queda». Por último, a las cinco entregó plácidamente su alma en manos del Criador, a los treinta y tres años de edad y quince de vocación.
Esta ha sido, en ligero compendio, la vida del P. Arnáiz. Al ver agrupados en tan corto período de tiempo tantos sacrificios, virtudes tan acrisoladas, frutos tan exquisitos y agradables al divino paladar, bien podremos aplicarle las palabras de la Sabiduría: Consummatus in brevi explevit tempora multa. El P. Arnáiz en poco tiempo corrió mucho por el camino de la perfección.
Loado sea Dios, que se ha dignado enviarnos a su fiel, ministro P. Arnáiz para derramar a manos llenas sobre nuestra sociedad los tesoros de la gracia! ¡Dichosos los padres a quienes el cielo ha concedido un hijo de tan gratos recuerdos! ¡Bendita la Congregación de la Misión, que con diestra mano supo formar un hijo digno del Patriarca de la Caridad!
Es ya ociosa y estúpida la acusación que en tono sarcástico dirigen a la Iglesia católica los sansimonianos «El Cristianismo, bueno por su naturaleza, perfectamente adecuado a las necesidades para que fue instituido, había producido admirables efectos en los siglos anteriores; los filósofos del siglo XVIII se mostraron ignorantes e injustos, desacreditándole como hicieron. Pero esta institución había envejecido y llenado su misión; para en adelante era impotente, moribunda y aun muerta. El hombre comenzó por un estado salvaje, en el que no tenía ni palabra, ni pensamiento; ha crecido se ha educado por sí mismo, y de progreso en progreso ha llegado a la perfección en que se encuentra. Perfeccionándose cada vez más, llegará hasta una especie de deificación; sus goces serán enteramente completos y nada le quedará que desear. El humanitarismo es el elemento regenerador de las sociedades modernas. Y ¿dónde se encuentran hoy en el Catolicismo hombres de la talla de Roberto Owen, que por la sola razón y el puro humanitarismo ha proporcionado en New- Lanard , en Escocia, la felicidad á 2.000 personas».
Pobre subterfugio. La nube en la presencia del Sol radiante, se disipa. La duda delante de la verdad, desaparece.
Ahí están los Paulos de la Cruz, los Berri Ochoas, los Arnáiz y otros muchos cuyos nombres sería difícil estampar. Éstos, y ciento y mil atletas más, sin otras armas que el crucifijo y el breviario, corren de uno a otro hemisferio, trabajan, sudan y hacen esfuerzos heroicos, no como Owen por fundar una gran fábrica de hilados para hacer una inmensa fortuna á costa de 2.000 esclavos, sino por llevar un rayo de luz á esas inteligencias extraviadas, por dar un consuelo a esos seres desgraciados.
Estos son los apóstoles del siglo XIX. El siglo XX se encargará de juzgar a los celebrados humanitarios de nuestros días y a los modestos operarios del Nazareno.
ISIDRO BENGOECHEA
Tomado de Anales Españoles, Tomo II, 1894








