Nicanor Abad

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles1 Comment

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P. Nicanor Abad

26-05-87

Teruel

Anales 87, pg. 725

MARZAGAN 017El día 26 de mayo moría confortado por los Sacramentos el P. Nicanor Abad tras cuarenta y ocho años de sacerdocio. Fallecía a primeras horas de la tarde en el Clínico de Zaragoza después de una larga enfermedad -insuficiencia cardiovascular- por la que se le tuvo que amputar algunos meses antes la pierna derecha. Los funerales tuvie­ron lugar al día siguiente en nuestra parroquia de San Vicente de Paúl de Zaragoza, con la asistencia de sus familiares y numerosos Padres y Hermanas.

No soy el más indicado ni mucho menos para detallar una semblanza del P. Nica­nor. Yo lo conocí en su último destino, Teruel, en 1978, cuando se hallaba en su recta final, fuera de su actividad misionera, a la que dedicó con entusiasmo y éxito la mayor parte de su vida sacerdotal. Dejo la pluma para compañeros del P. Nicanor que saben de sus danzas misioneras y de su fácil verbo en sermonarios de todas clases.

Entró a estudiar Humanidades a los diez años en nuestra ya desaparecida casa de «Capuchinos» de Teruel. Eran los años del P. Tabar, reverendo Superior de aquella pequeña escuela apostólica. Siempre decía el P. Nicanor que él no valía para el campo, para esbrinar la flor del azafrán, y por ello, y lo que hay de recóndito en la vocación, entró en «Capuchinos». Su hermano Miguel ya estaba en el seminario diocesano aun­que no llegó a ordenarse. En Capuchinos adquirió ese amor a la Virgen Milagrosa que fue distintivo de su devocionario. Y es que Teruel fue irradiación de la devoción a la Milagrosa. Quizá le impactara aquel célebre milagro obrado por la Virgen en Sor Li­brada, de la comunidad del Hospital, que el P. Nicanor siendo seminarista fue testigo singularel mismo día de aquel milagro. Y, por cierto, este milagro lo escuché atenta­mente de labios del P. Francisco Domeño en la enfermería de la casa central de Santur­ce (Puerto Rico), en mi primera estancia veraniega en esa Provincia en agosto de 1983. Llegué a Teruel y en mi primera misa de las ocho de la mañana les relaté el contenido de aquella conversación con el P. Domeño, y una persona, de las de misa diaria, me contestó: «Sor Librada, yo la conocí.» Al comunicárselo al P. Nicanor, él, que mantu­vo una memoria privilegiada hasta el final, me aseguró sobre los pormenores de aquel suceso milagroso.

De Teruel marchó a terminar Humanidades al seminario menor de Guadalajara, de muy buenos recuerdos para él. El seminario interno lo realizó en Madrid, contando su vocación desde el 27 de septiembre de 1931. Lo iniciaba con quince años y en 1933 emitía sus primeros votos. Aquí, en Madrid, cabe la basílica de la Milagrosa, estudió la Filosofía, pasando, a causa de la guerra civil, a concluir los estudios teológicos a Villafranca del Bierzo. Ni que decir tiene que el P. Nicanor era un estudiante fino, de excelente memoria para la literatura, ávido lector, de ágil pluma, sobresaliente en lo especulativo, quizá poco hábil para lo manual y práctico.

Se ordenó sacerdote el 10 de septiembre de 1939, siendo destinado a Londres. Por sus dichos y anécdotas sabemos que no prolongó muchos meses su estancia londinense a causa de los bombardeos de la aviación alemana. Se les propuso a los sacerdotes allí destinados la vuelta a España por dos medios de transporte: un barco de carga de brea que podía pasar desapercibido a los submarinos alemanes o un barco de pasajeros que iría escoltado por buques de guerra ingleses. Ambos corrían riesgo de la marina alema­na. El P. Nicanor contaba que, ante la disyuntiva de escoger uno de los dos transpor­tes, ambos con riesgo aunque desigual, escogió el más cómodo. Ya en España se le des­tinó al colegio de Limpias, donde se impartía la carrera de comercio. Allí permaneció un año. Las anécdotas de este año no sé si han sido recogidas en sus inacabadas memo­rias. Ante el destino de ir a Hispanoamérica recaba los certificados médicos que logran vencer al P. Tobar, a la sazón Visitador, y es enviado a Ayamonte. Mucho fue el traba­jo realizado en esta ciudad vicenciana, tanto con la juventud, las asociaciones de la Medalla Milagrosa, como en el púlpito. Su paso por aquella ciudad ha dejado un grato y duradero recuerdo. El lo recordaba como la etapa más entusiasta de su vida. Fue des­tinado a Orense, ya no en misión parroquial, sino como misionero, retiros, novenas y ejercicios a las Hijas de la Caridad. Aquí se convierte en misionero fijo de toda mi­sión que se programa a nivel nacional. El está entre los primeros, especializándose en la preparación de los niños.

En Écija ejerce como Superior y misionero, con series ininterrumpidas de misiones, novenas, ejercicios. Siempre con éxito, con voz de predicador, con gesto de orador, con un decir poético émulo de los grandes oradores, con la anécdota fácil, con olfato para mover el sentimiento de las gentes que le escuchaban. Además, al P. Nicanor le ha gustado siempre el gran público; él se crecía ante el auditorio, el verbo se le hacía más fácil, más ágil el juego de manos y manteo. Era el tiempo de la retórica y él la supo aprovechar para el apostolado y el éxito espiritual de la misión. En Granada per­maneció unos años como misionero, era el declive de la gran actividad misionera. Mien­tras permaneció en Écija y Granada, el P. Nicanor preparó y dirigió sendas misiones en Teruel. En la primera ocupó la cátedra en la parroquia de San Andrés, y he oído a las gentes hablar de la talla del P. Nicanor como predicador. Aquella misión, aunque no era propiamente el Director, tuvo la mayor atracción en nuestro Padre. ¡Cómo arran­caba lágrimas!, sin trucos de luces, tan sólo con la fuerza de su palabra y el calor de su poesía. En tiempos del obispo Ricote, el P. Nicanor fue el director y misionero en la catedral, con residencia en el palacio episcopal. Y, como gustaba tanto de sus paisa­nos y de sus gentes, fueron varias las novenas de la Milagrosa que predicó en la cate­dral de Teruel, la manifestación religiosa más importante en la ciudad.

Al dividirse la Provincia de Madrid el P. Nicanor estaba destinado en Zaragoza. Se le nombra allí Superior de la casa central, con actividad misionera y atención a las Hijas de la Caridad. El cuatrienio 1974/78 es destinado a la parroquia de San Vicente de Paúl del Lomo Apolinario en Las Palmas, como Superior y párroco. Allí tuvo que aprender a conducir para mejor servir a sus feligreses por aquellos altozanos. Por fin Teruel como penúltima estancia, destinado para ayudar a la actividad parroquial en la reciente creación de la parroquia La Milagrosa del Ensanche, y como Superior de la comunidad durante el trienio 1980/83. En Teruel relegó su actividad apostólica di­recta por la actividad de la pluma. Tenía abierto el Diario de Teruel para su «Panora­ma», periódico que recogía noticias de los pueblos y personajes ilustres de esta tierra. Se ganó el premio a los mejores artículos sobre el Maestrazgo. Al P. Nicanor le gustó siempre la lectura, la buena literatura, los libros de poesía, los clásicos, pero también Machado, Gerardo Diego… Al final, los achaques motivados por su enfermedad cada vez más pronunciada, que ya le había amenazado con una pasajera trombosis, más tar­de con la amputación de la pierna derecha, le fue relegando de sus últimos reductos pastorales, el del confesonario, del que fue fiel hasta el final.

Su estancia en Teruel, apenas ocho años, dio muestras de sus excelentes cualidades: oratoria en su misa de la una, los domingos; de su ágil conversación, de su memoria pronta y espléndida. En sus últimos tiempos, cuando la enfermedad le apretaba, Dios le iba modelando, templando su persona, calmando su genio o temperamento, haciéndole aceptar poco a poco su debilidad, el quedarse sin pierna, el no valerse por sí mis­mo, el no poder salir. Su siempre confiada devoción a la Milagrosa le fue de gran con­suelo. El tenía miedo de salir de Teruel por el amor a sus gentes y sus cosas. Aquí tenía sus pocos parientes, sus amigos. Aquí había tenido sus últimas actividades pastorales. Sufría con la muerte, «horror», decía él, al morir, pero fue aceptándola.

A1 no poder ser atendido adecuadamente por la comunidad de Teruel se le hospedó en la residencia de ancianos de Sobradiel, cerca de Zaragoza, atendida por Hijas de la Caridad. Era su última etapa, su antesala del cielo, su preparación, que fue digna y ejemplar. Allí se entretuvo y compartió las cartas con los ancianos, al mismo tiempo que supo rodear su eucaristía con los residentes, y aunque sentado en su silla de ruedas, les dio testimonio de devoción sacerdotal. Se sintió misionero en su homilía y en su rosario. Esta breve estancia, apenas unos meses, le hizo aceptar su enfermedad como expiación y preparación. Ahora gozará del abrazo del buen padre Dios.

Jesús Mª MUNETA, C.M.

One Comment on “Nicanor Abad”

  1. Mi nombre es Fernando Herrero Abad, soy sobrino-nieto del Padre Abad.
    Quisiera agradecer estas palabras que honran y reconocen la labor de nuestro tío Nicanor, durante toda su vida.
    Reciba un afectuoso saludo.

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