
Realmente hablar de la gloria de Dios es tan difícil como querer almacenar en un dique toda el agua del mundo. Pero fíjense, como a través del Misterio de la Encarnación, esto se hace accesible a «los que creen»; sí, a los que han puesto su vida a disposición de la voluntad salvífica de un Dios. Quiero que sea esta la reflexión de esta gran solemnidad que es la Navidad para ti y para mí. No sé cuánto será el deseo de ver a Dios. Antes había una especie de temor mezclado a la vez de un deseo; no llevado por la petulancia o la arrogancia; sino un deseo de contemplar el rostro de Dios. Pero había que salvar las distancias y se marcaba muy bien que eso era imposible. Pero de pronto en medio de tantas mediaciones humanas, Dios nuevamente tomando la iniciativa quiere que el ser humano lo contemple y venza sus propios temores. Pero la sorpresa más grande es que Dios no tienen mejor medio que revelarse que en el rostro de un ser humano y para ello tiene que nacer en un niño, amado desde su concepción, deseado por un pueblo, esperado por las naciones. «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo». Es él el heredero y quiere compartir la herencia con nosotros. Dios habla muy fuerte en este niño que nació para reinar no como las autoridades de este mundo; viene a trascender esa realidad de una vida en que hay organización, dignidades, condiciones; viene a romperlas y hacer posible vivir de una manera diferente, vivir como Dios quiere que vivamos. «Pero a todos los que la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre». ¿No creen ustedes que tenemos un poder recibido desde aquel día en que Jesús vino al mundo? Tenemos el poder para amar, para cambiar el corazón de las personas, tenemos el poder de servir. ¡Vaya que servir es un poder! Esto es lo que nos hace unirnos a esta filiación traída por Cristo Jesús. «Prorrumpid a una en gritos de júbilo soledades de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén». Por ello es tiempo de cantar, es tiempo de alegrarse. ¿Hay dolor en tu corazón?, ¡véncelo con amor! ¿Hay preocupación en tu meditar?, ¡véncelo con esperanza! ¿Hay alegría en tu corazón por lograr tus metas? ¡Dale gracias a Dios! Aquel lejano ya «consolad» del profeta Isaías se hace realidad en este niño que nace. Dios ha hablado una vez más; una Palabra definitiva ha resonado; esa Palabra que estaba en la intimidad de Dios, frente a Dios, ha desplegado su tienda y ha acampado entre nosotros. ¿No debemos hacer lo mismo? A veces pienso que lo que nos falta es aprender a desplegar nuestra tienda y hacernos uno más con los demás. No perdamos la sensibilidad de sufrir con el hermano, de llorar con el hermano, de alegrarme con el hermano. Esto nos lleva a una gran conclusión y a ver si lo logramos: «Cantad al Señor un cántico nuevo» Yo sé que muchos no tenemos el don de cantar, pero sí podemos poner letra a una melodía que canta mucho más fuerte en estos días pero debería cantarse siempre. Tú y yo somos una canción nueva para Dios. Tenemos que serlo. Cristo el Hijo de Dios fue partitura y letra. Intentemos ser cántico nuevo, siempre nuevo para Dios. Tenemos el micrófono y el escenario a la mano. ¡Animémonos!







