Como avance de otro trabajo biográfico más completo que se nos ha prometido, trasladamos a estas páginas unas primeras impresiones y la «Noticia biográfica» que escribimos apresuradamente y con los pocos datos que encontramos a mano para el suplemento extraordinario del número de abril de «AQUÍ Y ALLÁ», que estaba entrando en máquina cuando se recibió la inesperada nueva del fallecimiento del primer obispo-vicario apostólico de San Pedro Sula, en la costa norte hondureña.
Más interés van a ofrecer las cuartillas emocionadas escritas junto a los venerandos restos todavía calientes y rodeados por el fervor cariñoso de todo un pueblo que llora a lágrima viva la pérdida de su padre y pastor.
Y al final añadiremos unos recortes d periódicos hondureños, contestes todos en poner de relieve el universal sentimiento popular y en aureolar la figura bondadosa y señera del fallecido obispo-misionero, pero apuntando ya ciertas tendencias hacia un peligroso nacionalismo jerárquico en vistas a la provisión de la sede vacante.
Dios quiera que el problema no sea una espina dolorosa para la Santa Sede, la provincia y la Misión. Después de todo, con las mismas plumas torcidas de las humanas intenciones —ya nos lo dice la Santa de Ávila— sabe hacer la Providencia filigranas caligráficas del mejor estilo. — N. P.
La primera impresión
Que no, que no tiene entrañas la muerte. Ni corazón. Ni sabe de cortesías y consideraciones humanas.
Con saberlo y haberlo visto tantísimas veces, todavía nos sorprende dolorosamente ese proceder brusco y rudo de la parca.
En la Misión bullían planes y proyectos para celebrar los. 25 años de la consagración episcopal de Monseñor.
En su correspondencia los misioneros nos decían de sus deseos de hacer de la fecha jubilar — 10 de agosto — una jornada que dejara en el Vicariato huellas imborrables.
Ya se están dando en todos los centros principales unas misiones que habían de ser la preparación espiritual del jubileo… Después, vendría un magno congreso en la capital de la Misión… publicaciones… tal vez un viaje a la Patria, a la que no había vuelto el Prelado misionero desde 1925.
La Cruzada acariciaba también sus planes entre los que no podía faltar un extraordinario de «Aquí y Allá».
Que no, que no tiene entrañas la muerte. Un corto radiograma ha venido a truncar fríamente todo esto.
En la mañana del 23 de marzo moría dulcemente en el Señor, en su residencia de San Pedro Sula, el Obispo misionero mallorquín.
La tierra hondureña cubre los venerandos despojos de quien la amó tan tiernamente y le consagró con paternal abnegación la mitad de su existencia, los mejores años, los más llenos, los más fecundos de una vida.
Y su alma misionera voló al Cielo, donde el júbilo es perenne y las bodas eternas.
Noticia biográfica
Tenía los dieciocho años y llevaba todavía zurrón y cayado de pastor en su villa natal de Santa Eugenia, pueblecito mallorquín prolífico desde entonces en vocaciones de misioneros paúles.
Y apenas sabía deletrear cuando ingresó en la Escuela Apostólica de Palma de Mallorca.
Pero el retraso inicial fue recuperado ampliamente en el rápido recorrido de las etapas que le llevaron a la meta de su vocación.
Juan Sastre Riutort era novicio, en Madrid, el 7 de septiembre de 1902. Suficientemente probada su virtud y sus excelentes disposiciones de mente y corazón en los dos años que la Congregación destina a este menester, fue admitido a la profesión el 8 de septiembre de 1904. Cinco años más de formación y estudios, y el 28 de diciembre de 1909 recibirá unción sacerdotal en la catedral de Barcelona. Tenía 26 años.
Uno pocos meses antes —semana trágica de julio— caían calcinados por el fuego de la revolución los muros de la residencia de los Hijos de San Vicente en la Ciudad Condal. Ello no descorazonó al novel misionero, pero tal vez influyera en su decisión de solicitar un puesto en las misiones lejanas.
Y soñó más de una vez que levantaba su crucifijo de apóstol frente a los Budas y Confucios chinos…
Pero su ruta misionera no miraba a Oriente sino al Occidente americano. Y los superiores, después de haberle ocupado unos años (1912-1916) en la dirección del plantel de futuros misioneros de Bellpuig (Lérida), le enviaron de Superior a Estados Unidos de América, desde donde, tras un breve trienio de espera, pudo lograr el destino a su carísima Misión hondureña, todavía en mantillas.
El había de ser su organizador, su primer Regente o Superior Jerárquico (1921), el primer Viceprovincial de los PP. Paúles de la Misión, y por último su primer Vicario Apostólico, nombramiento al que el Papa de las Misiones, Pio XI, añadió el de obispo titular de Germaniciana (abril 1924).
Tenía los 18 años y todavía pastoreaba el ganado del terruño, y a los 40 empuñaba de nuevo el cayado para pastorear las ovejas del redil de Cristo en una vasta región centroamericana.
El día de su consagración episcopal —10 de agosto de 1924— fue un día de gloria y de esperanza en la capital del nuevo Vicariato Apostólico. San Pedro Sula se creció a la vista del impresionante y nunca visto espectáculo de cuatro obispos, tres de ellos paúles, y una veintena de sacerdotes misioneros actuando en su capilla-catedral y presidiendo la procesión eucarística que cerró los actos de aquella jornada.
Desde aquel día la vida del obispo misionero, si descontamos los pocos meses de su estancia en España al año siguiente, podemos resumirla en estas solas palabras: entrega y dedicación completa a su obra pastoral a través de todo el extenso territorio de la Misión, que ha recorrido infinidad de veces a pie, a caballo, en tren, en auto, en barco, en avión… repartiendo el pan de la palabra, confir-mando a los nuevos cristianos en la fe, confortando a sus misioneros, abriendo nuevas residencias, capillas, escuelas y obras benéficas, dilatando el reino de Cristo… y el de la Virgen Milagrosa, proclamada Patrona de su Vicariato, esculpida en su escudo de armas pastorales y cuya medalla es llevada, amada e invocada con gran fe y confianza en toda la Misión.
La Costa Norte hondureña no podrá olvidar jamás la estampa de su obispo-misionero al que debe todo lo que es y todo lo que promete ser en un futuro próximo en orden a la fe y civilización cristiana.
Su muerte y honras fúnebres
Puerto Cortés, 26 de marzo de 1949.
La gracia de N. S. Jesucristo sea siempre con nosotros. Mi muy amado y recordado P. Pascual:
El Vicariato y nuestra amada Misión están de luto riguroso: sacerdotes y fieles lloramos de dolor ante la prueba a que ha querido someternos Dios Nuestro Señor al quitarnos a nuestro amado Jefe y Pastor. Monseñor Juan Sastre, el Obispo del apostolado silencioso y de la bondad, falleció a las 6’15 a. m. del pasado día 23.
La muerte nos lo arrebató cuando menos pensábamos, y esta circunstancia acibara nuestro pesar y nuestra tristeza. Vea una sucinta relación de hechos.
El 23, miércoles, era el día señalado por el mismo Monseñor Sastre para dar comienzo a la misión de la ciudad de San Pedro Sula. La predicarían los PP. Luis Bosch, Balletbó y el que suscriba. Ilusionado, y relamiéndome en los azucarados recuerdos de los éxitos apoteósicos de las misiones realizadas ya en la ciudad de Trujillo y en la de Puerto Cortés, me marché de mañanita para San Pedro Sula, formando mil planes, repasando mis pláticas, durante las tres largas horas de tren… ¡Desilusión tremenda! Golpe fatal, que recibí al apearme del tren en San Pedro Sula. El primer saludo fue la noticia del fallecimiento de Monseñor…
No atraviéndome a dar crédito a lo que me decían, marché disparado hacia la Casa Cural para cerciorarme de la tristísima realidad. El jardín que da acceso a nuestra casa estaba abarrotado de toda clase de gentes: niños y mayores, hombres y mujeres, señorones y pobres mendigos… todos esperando el ansiado turno para postrarse ante los restos mortales de nuestro Obispo y rendirle el último homenaje de sus plegarias y sufragios. ¡Qué pesadumbre se descubría a través de aquellos ojos de mirada lánguida por la tristeza! ¡Qué dolor manifestaban aquellas lágrimas que se deslizaban por las mejillas de aquellas buenas personas.
Como pude me abrí paso y logré penetrar en casa, y vi que el cadáver de Monseñor estaba va colocado en uno de los recibidores, esperando a que llegaran los doctores para proceder al embalsamamiento, antes de ser trasladado a la capillas ardiente de la Catedral. No parecía un muerto: estaba aún flexible y con colores muy naturales. Prueba clara y evidente de que su muerte fue dulce y sin dolor.
¿Cómo murió Monseñor? Pues, murió casi sin darnos cuenta.
Hacía unos pocos días que no se sentía bien, y creo que todo su mal provenía de su diabetes, a la que él nunca quiso dar importancia y nunca cuidó. El día de San José (que pasé en San Pedro) estaba algo abatido, y al despedirme de él, momentos antes de la comida del mediodía, me dijo que iba él notando que perdía la vista de una manera alarmante. Yo le dije que esto era debido a la diabetes, que se hiciera mirar por un especialista y que, probablemente, con unas inyecciones de insulina, encontraría algún alivio. Dijo que así obraría. Comió con la Comunidad, y estuvo muy contento y comunicativo. Me dicen que por la tarde ya no bajó a la hora de la cena; y que lo propio hizo en los días sucesivos, llevando vida retirada en sus habitaciones.
El doctor le visitó una o dos veces, pero no dio importancia al mal. El 22, por la tarde, se le hizo un examen de orina, y descubrióse una cantidad enorme de azúcar que revelaba la gravedad del mal. El 23, al levantarse la Comunidad, a las cinco de la mañana, llamó Monseñor al P. Sebastián (es el que llama a la Comunidad) y le dijo: «Me encuentro muy mal. Me voy…, me voy…» Avisó el P. Sebastián al P. Ramis, Jaime, quien le estuvo asistiendo, le arregló la cama, le ayudó a cambiarse la ropa de noche, y se fue después a celebrar, dejando a Monseñor tranquilo y con deseos de descansar.
Momentos después, llamaba el H. Jorge a la puerta de la habitación de Monseñor para ver si necesitaba algo. Monseñor no contestó y el Hermano entró en la habitación, y vio al Sr. Obispo ya difunto. El P. Nicolás, libre en aquellos momentos, corrió a dar los auxilios espirituales in extremis a Monseñor, y fuése volando a buscar al médico, quien sólo pudo certificar la defunción de Monseñor Juan Sastre, que ocurriría entre las 6 y 6’15 de la mañana.
No sé si en estas notas habrá alguna inexactitud; pero así oí que me lo explicaban los PP. de San Pedro.
Nuestras buenas Hermanas de la Caridad del Hospital amortajaron el cadáver y prestaron su valiosísima ayuda en este difícil trance de dolor y desconcierto, que siguió a la inesperada muerte de nuestro señor Obispo.
Una de las principales señoras de la ciudad cuidó de arreglar la Catedral para ser convertida en capilla ardiente.
A las 11’30 tres doctores embalsamaron el cuerpo del ilustre finado; y terminada la tarea, fue colocado el cadáver en sencillamente vistoso ataúd, que los Padres trasladaron procesionalmente a la Catedral a las 12’15 del día.
Ya en la Catedral, toda la ciudad de San Pedro volcóse a la calle, y día y noche las naves de nuestro templo fueron invadidas por una inmensa concurrencia. La radio dedicó los más piadosos recuerdos a nuestro Prelado; la Prensa le ofrendó hermosas gacetillas, y el pueblo todo, en masa, rindió homenaje al Primer Obispo de la Costa Norte de Honduras, Monseñor Juan Sastre.
Sobre todo por la farde y por la noche, la afluencia de fieles era tan abrumadora que era imposible entrar en el templo: miles de fieles estaban esperando en el parque que da acceso a la Catedral para poder depositar sus oraciones y sus lágrimas ante el féretro de SU Obispo. Por la noche del día 23, habiendo llegado ya a San Pedro la mayoría de los Padres del Vicariato, cantamos ante el cadáver solemnes Vísperas de Difuntos, finalizando el acto con el Responso polifónico, a 3 voces, del maestro Perosi. ¡Cuánta lágrima deslizose de los ojos de nuestros amados feligreses!
El cadáver estuvo expuesto en la Catedral hasta el día 25. La catedral estuvo abierta de día y de noche. Y fueron muchos los miles de personas que desfilaron ante los restos venerandos de nuestro amado Obispo.
A las pocas horas de su muerte, empezaron a llegar telegramas de todas partes de la República, y coronas y flores (más de 300), encabezando la lista el señor Presidente de la república, amigo personal de Monseñor Sastre; el Presidente del Congreso, Obispos, Encargado de Negocios Pontificios, etc. Y empezaron a llegar también representaciones de todos los pueblos y aldeas de nuestro Vicariato, que sentían para nuestro Obispo tanta veneración y amor, como sentían los primitivos cristianos por los apóstoles y sus antecesores. Aquello fue una enternecedora manifestación de fe, regada con lágrimas que salían de lo más íntimo del corazón cristiano de nuestros amados fieles.
Ayer, día 25, celebróse solemne funeral y sepelio. La casi totalidad de los Padres del Vicariato nos reunimos en San Pedro. ¡Día de tristes emociones de orfandad! Pontificó en el funeral Mons. Turcios, Arzobispo Metropolitano de Tegucigalpa, y asistió Mons. José Paupini, Encargado de Negocios Eclesiásticos ante el Gobierno de la República. El coro interpretó la misa de Requiem del maestro Perosi, a tres voces. Terminado el funeral, procedióse a la entonación los cinco Responsos rituales, y formóse seguidamente el cortejo fúnebre que recorrió el Parque Barahona, sito frente a la Catedral. El féretro era llevado a hombros de los Padres. Una banda militar interpretó la marcha fúnebre de Beethoven. Un gentío inmenso con mirada triste y musitando oraciones, contempla por última vez al amado Pastor, que se despide de las ovejas para su viaje a la eternidad. Entra de nuevo la fúnebre comitiva en la iglesia, mientras el Clero salmodia los versículos del Benedictus. La Catedral es un mar de gente, y otra vez las lágrimas traicionan ojos y co-razones, mientras el ataúd desciende lentamente hacia la fosa cavada en el presbiterio. Es el último adiós que reviste carácter de eternidad.
Allí, frente al Sagrario de nuestra Catedral sampedrana, descansa en el Señor nuestro llorado Mons. Juan Sastre.
Antonio Carré
Monseñor el P. Juan Sastre Riutort (1883 – 1949)







