Mons. Pablo Tobar

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Author: Vicente Urbaneja · Source: Anales españoles, 1971.
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La Diócesis de Cuttack está de luto. El Señor se ha dignado llevarse al eterno descanse el alma de nuestro querido señor Obis­po: Pablo Tobar González, muy conocido entre nosotros con el nom­bre familiar de padre Tobar y más tarde de Obispo Tobar.

Escribo estas líneas bajo la impresión de esta prueba de Dios. Para mí, que le conocía tan íntimamente debido a los lazos tan es­trechos que nos unieron por tantos años, me será difícil olvidarme del buen padre Tobar y del Obispo a quien traté de servir lo mejor que pude durante los últimos 19 años de Secretariado y de Vicario General. Encuentro un vacío que será difícil de llenar. No me hago a estar en casa sin su presencia. Me parece que aún debe estar en su habitación e inconscientemente subo las escaleras con pape­les de importancia en la mano como para consultar con él los pro­blemas referentes a la administración de la Diócesis, y, de repente me en encuentro con que la habitación está cerrada y la silla que ocupó por tantos años, vacía.

No se extrañen, pues, los lectores si en el curso de estas líneas me dejo llevar de esos sentimientos que embargan mi corazón en el momento de escribirlas.           

Algo aparecerá en Vincentiana sobre el lugar de su naci­miento; sus estudios en Roma y sus primeros años de sacerdocio y como profesor de Filosofía y Teología un nuestras casas de formación en Villafranca del Bierzo, Cuenca y Potters-Bar. Aquí quiero tratar algo más personal como misionero y Obispo de Cuttack.

Siempre oí decir que su vocación misionera fue una inmola­ción y un sacrificio en vista del fracaso en la vocación de un her­mano suyo en Cuba. No se encuentra otra solución a esta resolu­ción en lo mejor de su vida, cuando, después de los laureles obteni­dos en el Angélico de Roma volvía con las borlas de ambos docto­rados en Teología y Derecho Canónico. Había terminado su carrera con honores; había comenzado a lucirlos en las cátedras más impor­tantes de nuestras casas de formación; se había abierto una carrera y un porvenir. En circunstancias ordinarias hubiéramos dicho que se había puesto en camino de poder escalar los puestos de autoridad en la Provincia de Madrid según la historia nos ha demostrado más de una vez, pero aquel joven sacerdote estaba templado para otras tareas de más importancia. El Señor se valió de aquel pequeño in­cidente para moverle a dar un viraje tan fuerte que cambiara total­mente los destinos de su vida.

De temple religioso muy profundo, reaccionó de tal manera que se decidió a dar el paso definitivo y se ofreció voluntario para el «Tercio» en la difícil Misión de Cuttack recientemente encomen­dada a los padres Paúles en la India.

Bien se dio cuenta de la difícil tarea que le esperaba porque las noticias que por entonces llegaban a España por medio (le la Revista «La Milagrosa y los Niños» así como por medio de los Ana­les de la Congregación, no eran halagüeñas ni mucho menos; eran más bien desconsoladoras en extremo. Bien sabía el entonces joven padre Tobar la responsabilidad que se echaba encima de sus hom­bros al declararse misionero voluntario de aquella Misión tan difícil.

El Señor recompensé tanta generosidad con la gracia del arre­pentimiento para su hermano y con su rehabilitación al sacerdocio.

Llegó a la Misión el día 25 de Enero de 1914, día de la con­versión de San Pablo, su Santo Patrono y del misionero por exce­lencia. Después de unos meses de entrenamiento en nuestra clásica cuna de misioneros en Surada, pasó a ocupar el puesto de Párroco de la Iglesia de Cuttack. Parroquia un su mayoría compuesta de católicos de habla inglesa en Potters-Bar, le hizo apto para este ministerio. Debido a la residencia del entonces Superior de la Misión en Surada, se hacía indispensable la presencia de un administrador hábil en la Capital de la Provincia y en lo que oficialmente era Sede del Superior de la Misión, donde se habían de ventilar tantos asun­tos financieros y donde se habían de mantener contactos necesarios con las autoridades civiles de la Provincia. El padre Tobar se las pintaba para estos dos oficios. Su carácter amable logró ganarle las simpatías de todos los oficiales del Gobierno y de todos los que se acercaban a él, que no eran pocos, en menos de unos segundos. Su sonrisa afable les ganaba a todos en un caluroso apretón de manos.

.Así desempeñó el oficio de Procurador de la Misión en nom­bre del Mons. Florencio Sanz Esparza. Este oficio le llevaba con frecuencia a Calcutta, Vizagapatam y Madrás. Era llamado con fre­cuencia a dar ejercicios espirituales, retiros y conferencias a dis­tintos grupos de personas fuera de la Misión. Los lazos de amistad Que le unieron con los padres Salesianos de Calcutta y Madrás y con los padres de San Francisco de Sales en Vizagapatam, se han mantenido hasta el final de sus días.

En 1939, al tiempo de la erección en Diócesis de la hasta entonces Misión de Cuttack, el nuevo Obispo Mons. Florencio Sanz Esparza, C. M., le nombró SubVicario General y su Administrador, dándole mano libre en la administración de los bienes temporales de laDiócesis que por ser muy limitados, exigían más sabiduría en el administrador. Al mismo tiempo era párroco de la Catedral, Cape­llán de las monjitas de San José en el Colegio y en el Hospital y capellán militar de la plaza de Charabathia durante la 2.’ Guerra Mundial. Trabajo más que suficiente para un hombre enérgico y acti­vo como el buen P. Tobar.

Aunque es verdad que nunca experimentó las dificultades de !os misioneros de la vanguardia, siempre les animaba y consolaba en sus visitas, que les hacía frecuentemente, sobre todo durante su Superiorato como primer Vice-Provincial de la India. No perdía oca­sión para hacer una escapada a cualquiera de las estaciones misio­nales donde hubiera un compañero a quien consolar o un misionero a quien ayudar.

Llegó el año 1949 cuando, debido a la renuncia presentada por el Excmo. Sr. Obispo Mons. Florencio Sanz Esparza, la Diócesis se quedó huérfana de su Pastor. El padre Tobar fue nombrado su sucesor en la Sede Episcopal vacante y luego de su Consagración en Madrid, hizo su entrada oficial en la Diócesis, a la que desde aquel día aceptó como su «Esposa» de por vida.

 

II

 

Estos años de su Episcopado: 1949-1971 han sido realmente fructuosos, no solamente en la parte espiritual que, a juzgar por las estadísticas, ha dado un empuje estupendo, en medio de tantas difi­cultades, sino también en la parte material, en la construcción de Iglesias, Capillas, Escuelas, Orfanatorios, residencias de sacerdotes y otros edificios absolutamente necesarios para la buena marcha de una Diócesis. Hablaré primero de esta parte material por considerar­la menos importante, dejando el buen vino para lo último.

Aún antes de aceptar la responsabilidad de la administración de la Diócesis, y cuando no era más que Vice-Provincial y Vicario General, comenzó una campaña de propaganda a favor de la Dióce­sis, que ha sido la fuente de ingresos hasta estos días. Con la ayuda del celoso padre Taboada, hizo conocida la Misión de Cuttack en todas las partes del mundo donde los padres Paúles y las Hijas de la Caridad trabajan en diversos ministerios: Filipinas, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Méjico, Estados Unidos y sobre todo España. El pa­dre Taboada visitó en compañía del padre Tobar muchos de estos lugares y dejó establecidas oficinas misionales y centros de propa­ganda que se mantiene hasta hoy en día. Se llegó a pensar en una película misional que interesara al público sobre lo que venía pa­sando en las Selvas del Ganjam y con este mismo título apareció aquella famosa película en el campo misional tan conocida en toda España: «La Mies es mucha».

En sus frecuentes viajes al extranjero, visitaba todos estos centros misionales para comunicarles esa vida misionera tan vivida por él. En sus visitas y cartas, en lo que era un experto, sabía pene­trar los corazones y ganarlos para su Misión. ¡Qué lástima no se conserven copias de dichas cartas en el archivo de la Diócesis! El nunca usó la máquina de escribir. Era, sin embargo, un escritor incansable; la salsa que sabía poner en sus cartas, con la relación de episodios tan personales, le atrajo cientos y miles de amigos por todo el mundo. En este sentido, Mons. Tobar ha sido uno de los Obispos con mayor éxito en el campo misional Soria interesante calcular el dinero recogido para beneficio de la Misión en estos 22 años de Episcopado, pero aún es más interesante el saber que, a pesar de todos estos millones conseguidos con su plumo y su sim­patía, el Obispo Pablo Tobar ha muerto pobre. La única cuenta co­rriente en el Banco era la cuenta de la Misión donde depositaba hasta la cantidad más insignificante conseguida en la escuela o colegio más pobre de nuestros centros misioneros en España. Nunca abrió nuestra cuenta corriente particular en ningún Banco. A su muerte no ha dejado testamento de ninguna clase, porque cuanto consiguió y poseyó, lo consiguió y poseyó en nombre de la Diócesis de Cuttack, a la que hizo entrega de todo, incluso de su salud y su vida.

El empuje material a la obra misional durante estos 22 años ha sido algo colosal. Comenzando por la casa Provincial, hoy casa do vacaciones y de retiro de los padres en Gopalpore, que edificó como recuerdo de los 25 años en nuestra Misión de Cuttack el año 1947 cuando aún era Vice-Provincial, hasta la hermosa Iglesia de Bhubaneswar dedicada a San Vicente de Paúl en el tercer centena­rio de su muerte y la última Iglesia en Berhampore edificada en desagravio a la Reina de las Misiones, cuyo Santuario fue incendia­do en 1968, hay una cadena de edificios innumerables que se dará a conocer en el Album conmemorativo de las Bodas de Oro de los padres Paúles en Cuttack y que se imprimirá el año que viene. ¡Qué lastima que no haya podido celebrar dichas Bodas de Oro con nosotros aquí en la tierra! El Señor ha preferido llevárselo para ce­lebrarlas en el Cielo con tantos otros misioneros que le precedieron.

 

III

Pasemos a la parte espiritual que es más interesante.

1. Verdadero Pastor de almas

Una de las características de nuestro Obispo Pablo Tobar, ha sido la de Obispo andariego. Este título lo adquirió por sus frecuen­tes viajes al extranjero con motivos de Congresos Eucarísticos Inter­nacionales, de los que no dejó ninguno por visitar, y de otras reu­niones internacionales a las que le gustaba atender, a fin de exten­der el radio de sus amistades y de los bienhechores de la Diócesis.

Pero este título lo ganó sobre todo dentro de la Misión por !as repetidas visitas a todas las estaciones misionales. No se con­tentaba con visitar las residencias de los padres o de Sacerdotes seculares, es decir, las estaciones con sacerdotes permanentes, se adentraba por los pueblos más remotos, sobre todo al tiempo de su jiras apostólicas para la administración del Sacramento de la Con­firmación. Solía escoger pueblos céntricos donde los fieles pudieran acudir con facilidad a recibir la bendición de su Pastor. Iba en busca de sus ovejas donde quiera se encontraran. Se ha llegado a decir, tal vez con un poco de crítica, que visitaba las estaciones misiona­les con demasiada frecuencia. Poseía un espíritu artístico y quería que los edificios fueran construidos con un gusto exquisito. No podía soportar chapucerías de albañiles y pintores y en todas las ocasiones estaba dispuesto a dar el último toque, lo que le ganó e: título de detallista. No creo que nadie se ofendiera por esta clase de intromisiones, que siempre redundaban en beneficio de la obra y en honor de los lugares santos.

Yo tuve la dicha de acompañarle en algunas de estas corre­rías apostólicas y siempre quedé edificado de su espíritu de sacri­ficio. Dichos recorridos los tenía que hacer la mayor parte de las veces a pie o a caballo y había que ver lo que él gozaba de tantos incidentes y accidentes como se podrían contar de su vida misionera. No buscaba comodidad ninguna; se hospedaba en la casa más pobre, igual que lo hacía en su casa episcopal de Cuttack. Su morti­ficación en las comidas era ejemplar; se contentaba con lo que le ponían en la mesa y nunca se quejó de nada. Experimentó en estas correrías apostólicas todas las dificultades de que hablara el Após­tol de las Gentes: Fatigas cansancios, sed y hasta prisiones…

Me acuerdo ahora de aquel incidente cuando un oficial de la policía le detuvo en la carretera por varias horas porque su conduc­tor había quebrantado cierta regulación de tráfico y se encontraba sin documentación. Poco tiempo usó de aquel famoso «Prefect Ford». Desde luego que dicho coche no le valía más que para las carrete­ras motorizadas. Viajó en coche, camión, motocicleta, bicicleta, a caballo, en carro de bueyes y más comúnmente a pie, por senderos inaccesibles en la selva.

2 Verdadero Padre

Pero sobre todo era un Padre. Visitaba a sus sacerdotes en este espíritu de padre y nunca con la autoridad de un Obispo. Le gustaba saber de sus sacerdotes. Sentía tener que molestarles en !o más mínimo y no se sentía humillado cuando creía tener que pe­dirles perdón por lo que él creía haber podido ser tomado como ofensa la más mínima. Tenía para esto una conciencia delicadísima y si en algo se le puede culpar, tal vez sea de un espíritu de pa­ternalismo exagerado, cediendo en todo y consintiendo a todo lo que su conciencia le permitía. En eso tengo una larga experiencia como Vicario General y como Procurador de la Diócesis. Su contes­tación era siempre la misma: «Déjelo, hombre déjelo». Yo siempre le consideré demasiado bueno y condescendiente con todos y para todos.

Esta paternidad la manifestaba no solamente para con los Padres y Sacerdotes, sino hasta para con los mismos criados. ¡Cuán­tas veces le sorprendí dando pequeñas cantidades para aliviar las necesidades de nuestros criados! Lo hacía algo así como a ocultas, como un niño que coge algo de casa sin el permiso de la madre, para regalar a alguno de sus amigos. L era el administrador nato de la Diócesis y podía disponer de cuanto quisiera y como quisiera, pero una vez que había nombrado un administrador, no se atrevía a hacer nada sin su consentimiento.

Pero era padre sobre todo para con sus cristianos. Con su barba blanca, pronto se convertía en un abuelo cariñoso, que se de­jaba atusar la barba, sobre todo con los pequeños a quienes con frecuencia sentaba en sus rodillas y acariciaba dulcemente, ense­ñándoles y dándoles a besar o su anillo pastoral o el pectoral. Abun­dan las fotografías de estos episodios tiernos y familiares como escenas del Evangelio. Le era muy natural aquello de: «Dejad que los niños se acerquen a mí».

3. Caritativo

Como buen hijo de San Vicente, se caracterizaba por su espí­ritu caritativo muy manifiesto. Le ofendían las críticas y murmura­ciones y con frecuencia se mordía la lengua para no dejar escapar ninguna palabra ofensiva para nadie. Sabía muchas cosas de todos sus misioneros, pero nadie podrá quejarse de haber sido ofendido en palabra o en hecho por su Obispo, y llegaba a tal exceso su es­crupulosidad en este punto que no se avergonzaba de pedir perdón a aquellos a quienes pensaba considerarse como ofendidos.

En la parte material se le puede considerar como el Obispo limosnero. De él si que se puede decir que nunca se oyó decir que nadie se acercara a él en su necesidad que no fuera atendido. Muchas eran las limosna:. que hacía y muchas las ayudas que pro­porcionaba a otros en medio de sus insignificantes medios econó­micos.

Para con sus huéspedes era siempre un cariño extraordinario el que manifestaba. El mismo se preocupaba de que no les faltara nada y estaba siempre dispuesto a traer de su aposento una sábana, una toalla a una pastilla de jabón según lo que necesitara. Nunca se retiraba a su habitación sin antes darse una vuelta por la habi­tación de su huésped para ver si le faltaba algo.

4. De sus cualidades personales podemos hacer resaltar las si­quientes:

Espíritu de oración

Su espíritu de oración fue tal que no creo se pueda citar un solo día en que haya dejado de hacer su hora de meditación. En su vida regular, cuando se encontraba en casa, era el primero en levantarse y acudir a la Iglesia a las 5 de la mañana. En los días de sus correrías apostólicas, era frecuente verle pedir la llave de la Iglesia la noche anterior, para poder ir por delante sin molestar al sacerdote encargado.

La Santa Misa

¡Oh! Su devoción por la Santa Misa era algo indescriptible.

Tenía devoción especial a la Santa Misa que celebraba todos !os días con toda escrupulosidad y devoción que llamaba la atención de todos. Sus mementos eran siempre largos y la tranquilidad con que recitaba cada palabra del Canon, era edificante. Sus ratos de acción de gracias después de la Misa eran siempre prolongados y comúnmente duraban el espacio de una Misa a la que ayudaba, a falta de acólito, con la exactitud de un novicio.

Devoción al Stmo. Sacramento

Paralela a la devoción a la Santa Misa, y como fundamento de la misma, era su devoción al Stmo. Sacramento. Sus visitas dia­rias y prolongadas al Stmo. Sacramento eran realmente extraordi­narias. A pesar de sus muchas ocupaciones, siempre encontraba tiempo para cumplir con esta devoción tan cimentada en su alma. Las exposiciones del Stmo. Sacramento eran siempre frecuentes en su Diócesis. Además de la lista oficial de días en que permitía tener exposición del Stmo. Sacramento en las Iglesias y Capillas de la Diócesis, su recomendación con motivo de cualquier necesidad de la Iglesia o de la Nación, era siempre el ordenar ciertos ejerci­cios de piedad y oraciones que siempre iban acompañados de la exposición con el Stmo. Sacramento.

Devoción a la Iglesia y sumisión a sus decisiones

Tal vez alguien le achacara de tener ideas y modos de ver las cosas un poco anticuados, pero su devoción a la Silla de San Pedro fue siempre excepcional. Devoraba, por decirlo así, los documentos emanados de la Santa Sede, que exponía con lucidez y claridad a los fieles en sus sermones frecuentes. No podía oír que alguien se revelara contra la doctrina y autoridad de la Iglesia y, después del Concilio Vaticano II, siempre proponía los decretos del mismo como guía infalible a seguir en nuestros tiempos.

 

IV

Sus últimos días

Nadie se sospechaba que sus días estuvieran tan contados. Celebró este año el día de su cumpleaños (2-3-71) en un espíritu familiar como nunca. Con motivo de cumplir los 75 años de edad, se le ofreció una limosna recogida en la parroquia de Cuttack para celebrar 75 Misas en su nombre. Le gustó mucho la idea. Al día siguiente reanudó sus excursiones misionales dándole pie para ello la bendición de dos nuevas Capillas erigidas últimamente y la reu­nión con sus sacerdotes seculares para la discusión de los casos ce moral que él quiso presidir personalmente en tres centros dis­tintos.

Volvió a Cuttack exactamente para comenzar los oficios de la Semana Santa a los que tanta devoción tenía. El Domingo de Ramos transcurrió sin novedad. Se preparó lo mejor que pudo para celebrarlos según las nuevas normas de la Liturgia y en su amor por el Latín, ordenó que el coro de música del Colegio de Niñas se preparara con los cánticos en música gregoriana y en Latín. Únicamente se quejaba de falta de apetito y de su crónico estreñi­miento.

Para la Misa del Jueves Santo de la consagración del Crisma, reunió a varios de sus sacerdotes de diversas parroquias para la concelebración. Les dirigió la palabra con el calor y entusiasmo con­que solía hacerlo, y recibió de sus labios la renovación de las pro­mesas sacerdotales dándoles por última vez el beso de la paz. En el transcurso de las ceremonias notamos que la voz le iba fallando y después de la Comunión, comenzó a sentir náuseas. Antes de la bendición final hubimos de retirarle a la sacristía y desde allí se subió a su habitación. Todos creíamos que estaría descansando, pero cuando yo subí unos momentos más tarde, llevándole una taza de café, le encontré escribiendo una carta. Era la última carta que es­cribiría en este mundo. Estaba dirigida a Sor Catalina Siquier man­dándola Ptas. 5.000 a fin de que repartiera unos dulces a los pobres y ancianos ese día de Jueves Santo. Le convencimos que se acosta­ra, pues no se encontraba bien; no pudo tomar ni siquiera una taza de café pues decía que le producía náuseas. Se llamó al médico, quien, después de un examen detenido, prescribió ciertas medicinas para ese día y dejó el encargo de que se le avisara al día siguiente. Como las medicinas no habían producido ningún efecto, el doctor ordenó el Viernes Santo que se le trasladara al Hospital cuanto an­tes para un examen más detenido. Poco se podía suponer el Sr. Obispo que entraba en el Hospital para no salir. Los requisitos para conseguir una habitación de pago, fueron largos. El pobre Sr. Obispo, sentado dentro del coche particular que le había trasladado al Hos­pital, ya que no se encontró en aquel momento ambulancia disponi­ble, se cansaba de esperar; se le llevó a la sala general para que descansara un poco antes de llevarle a la habitación asignada; su serenidad y amabilidad con todos, los empleados del Hospital le ganó pronto sus simpatías; saludaba con cariño a doctores y enfermeras diciéndoles que se sentía muy bien. Ni una queja salió de sus labios a pesar del dolor y malestar que debió experimentar aquella mañaña del Viernes Santo. Subió la «escala Santa» al ascender por su propio pie aquella escalera empinada que conduce al primer piso conde se encontraba su habitación y por fin se acostó en la cama que no abandonaría más.

Comenzaron los exámenes y las consultas médicas; la diag­nosis de los doctores en medio de la esperanza que nos daban, no era nada halagüeña. Los medicamentos se sucedían unos a otros. La administración de glucosa y otros alimentos a través de las venas, comenzaron a dar la sensación de un enfermo grave. Las inyecciones de una y otra clase le molestaban con frecuencia y lue­go llegó a tener las manos y los brazos tan saturados de pinchazos de agujas, que las venas rehusaron recibir más y se escondieron en la carne.

Parecía un verdadero crucificado, con los pies atados a las barras de la cama y las manos y brazos sujetos para evitar movimientos. Sábado Santo y Domingo de Resurrección debieron de ser de mucho sufrimiento para él. El abdomen se inflamó en tales pro­porciones que daba pena verle. Por fin el Domingo de Pascua por la tarde, después de una conferencia prolongada de médicos, se optó por la intervención quirúrgica. Se llamó al mejor cirujano del Colegio de Medicina y se preparó para operarle aquel mismo día como caso de urgencia. Los preparativos fueron larguísimos. Se trajo una plan­ta de Rayos X portátil a su habitación, a fin de no molestar al en­fermo, etc., todo esto duró hasta la media noche. Cuando comenzó la operación, eran las 12’30.

La operación reveló un gran cáncer en el intestino, que le oprimía de tal manera que impedía su funcionamiento reteniendo todos los residuos del alimento que tomaba y que todos creíamos ser un estreñimiento crónico.

Antes de llevarle a la sala de operaciones, le pregunté si estaba dispuesto a recibir los Últimos Sacramentos. ¿Cómo no, me dijo? ¡No faltaba más! Pero antes quiero hacer una confesión ge­neral. Lo hizo en español con todo conocimiento y contestó a las oraciones del Sacerdote con toda lucidez y en voz alta. Pidió le aplicara también la indulgencia plenaria «in articulo mortis» y lue­go, con los ojos empañados en lágrimas, pidió perdón a todos los presentes y por medio de ellos a todos aquellos a quienes pudiera haber ofendido en lo más mínimo. Yo le consolé y le pedí también perdón en nombre de toda la Diócesis por todas nuestras faltas y procedimos a darle el Santo Viático, que él mismo había pedido con mucha devoción. Estaba preparado para el sacrificio.

La semana de Gloria fue para él una verdadera agonía. Se le veía cansado del tratamiento médico y no hacía más que repetir jaculatorias y oraciones breves. Hacia el fin de la semana, perdió el habla y no hacía más que mover los labios en oración. Debía de sentir una sed abrasadora y no se le podía dar más que unas gotas de agua fresca de cuándo en cuándo. Pronto perdió la vista y aun­que conservaba los ojos abiertos, no reconocía ya a los Padres y Hermanas que venían a verle. Por fin, el Domingo de Quasimodo, entregó su preciosa alma al Señor a las 2’50 de la madrugada.

La noticia de su enfermedad había sido trasmitida por la radio local y por los periódicos provinciales y el día de su muerte también anunciaron la noticia por todos los medios de comunicación locales.

Aquella misma noche se trasladó el cadáver al Palacio Episco­pal, donde estuvo expuesto a la veneración de los fieles y amista­des hasta el lunes por la tarde.

El funeral tuvo lugar el lunes a las 5 de la tarde. Fue seguido por muchos oficiales del Gobierno y numerosos grupos de personas de distintas religiones. Casi todos los sacerdotes de la Diócesis y tina representación muy numerosa de Hermanas. El Sr. Gobernador de la Provincia mandó a su Secretario personal con una corona de flores y el Ministro de Educación y Cultura, se presentó al final de la ceremonia a depositar su ramillete de flores a los pies del ilustre difunto.

Las autoridades locales permitieron, sin dificultad ninguna, que se le enterrara dentro de la Catedral y allí duerme en paz espe­rando el día de la resurrección de los muertos. R. I. P. Amén.

 

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