Momentos difíciles 1: Ayamonte, Julio de 1936

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Daniel Vega, C.M. · Año publicación original: 1937 · Fuente: Anales, 1937, pp. 169ss.

La celebración del III CENTENARIO es, sin duda, un momento de recuerdo y proyección. Hay mucho que celebrar, pero eso no debe ser obstáculo para mostrar algunos momentos “amargos” por los que han pasado los misioneros. Duras, muy duras, fueron las exclaustraciones y desamortizaciones del siglo XIX. En ninguna de ellas hubo víctimas. Se atacaba los bienes, sobre todo, de las instituciones. Tuvieron que ser los años treinta del siglo XX los que trajesen, para vergüenza de sus promotores y autores, la persecución y, en muchos casos, la muerte de abundantes misioneros. Con estos MOMENTOS DIFÍCILES queremos no tanto recordar lo acontecido sino mostrar que toda obra tiene dificultades. Cuando queremos proyectar una NUEVA PRESENCIA y nos retraen los problemas (edad, número, incomprensión social ...) estos sucesos deben servirnos de estímulo para mirar adelante. Mitxel Olabuénaga, C.M.


Tiempo de lectura estimado:

«Que se preveía algo gordo es indudable, pero no de tanto bulto como la realidad ha venido a demostrar; tantas veces habían anunciado la catástrofe, que al llegar tampoco se creía en ella, y hemos salido de ella merced a la intervención visible del cielo.

Recuerdo que yo llegué a Madrid el día de la muerte del alférez Reyes, oyendo perfectamente el tiroteo infernal que allí se formó, el desconcierto que reinaba por todas partes, los paquetes del ABC desparramados por la Puerta del Sol, la multitud impasible contemplando aquel espectáculo pueblerino; y otros muchos síntomas que reflejaban perfectamente el ambiente prerrevolucionario del momento en que vivíamos.

Los insultos menudeaban por doquier en cuanto divisaba un sacerdote el populacho. Al pasar por Andújar de largo, me sorprendió una compañía de guardias de Asalto que estaban haciendo a los Padres un minucioso registro, y a los pocos días metían en la cárcel a tres compañeros de la mencionada residencia, por defender los intereses de la Comunidad.

En esta atmósfera de recelo social se vivía por aquellos días en España, cuando al llegar a esta casa de Ayamonte, y previendo el sálvese quien pueda que se había de dar a última hora, nos dispusimos al salto del Guadiana que se da en diez minutos de gasolinera… Efectivamente nos pusimos en comunicación con el jefe de policía internacional de esta plaza D. Ramón Núñez, manifestándole nuestros deseos de que nos arreglara los pasaportes lo antes posible…. La orden secreta que ellos tenían del Gobierno, era dificultar dichos pasaportes para que nadie marchara de España. Sin duda dicho Señor creyó que esa orden no rezaba con nosotros y nos los arregló con relativa rapidez.

Con nuestros pasaportes en el bolsillo nos sonreíamos de las revoluciones habidas y por haber. Pero, el hombre propone y Dios dispone. Asesinan a Calvo Sotelo. Que si estallará, que si no estallará, que si el discurso que Gil Robles pronunció en la Comisión permanente los ha dejado apabullados, que cómo vamos a dejar nuestras obligaciones abandonadas, que arriba, que abajo; y cuando ya decididos el día de San Vicente nos disponemos a hacer una visita a Portugal, nos dicen que está cerrada la frontera, ¡Adiós pasaporte y previsiones tomadas y que sea lo que Dios quiera!

El día de 20 Julio viendo el cariz que tomaban las cosas, y ante un aviso que nos dio nuestro Hermano Administrador de que se había recibido un telegrama en la Casa del Pueblo que había soliviantado a los obreros, nos decidimos a marchar al campo, creyéndonos más seguros… No habíamos transpuesto las casas de extramuros, cuando nos echan el alto los escopeteros con una cara de fieras y un atuendo tan soviético, que al momento nos vinieron al pensamiento las estampas que habíamos visto de la revolución rusa reflejadas perfectamente en aquellos tipos con aspecto de forajidos.

El detalle de nuestra primera detención es de lo más curioso que haya sucedido en casos análogos. Caminaba, en compañía del Hermano Feliciano, cuando en las afueras de la población nos salen al encuentro dos hombres despechugados y con unas barbas de quince días, armados con escopetas, que yo creo eran de las que usaron en la primera guerra carlista. A un cuarto de hora de camino venía el P. Superior en dirección al mismo sitio, buscando una casa de campo ya señalada de antemano… «¿Dónde van ustedes?», nos interroga el escopetero. Nosotros, aparentando una tranquilidad que no teníamos, le decimos que a pasar un día de campo a la finca… Nos responde con mucha autoridad que no podemos pasar de allí y que retrocedamos, que está prohibido salir del pueblo. Dimos media vuelta, y como a unos cien pasos atrás nos sentamos debajo de un árbol a tomar la sombra, y a tonificarnos del mal rato que ya presentíamos…

Este no se hizo esperar, porque a los diez minutos viene hacia nosotros como una flecha el bigardo de marras; y como a unos diez metros antes de llegar a nuestra presencia, abre por medio la escopeta, mete dos cartuchos con todo sosiego, apuntándonos y en plan de disparar avanza paulatinamente hacia donde estábamos para que no le fallara el tiro. No se nos ocurrió otra cosa sino hacer un acto de contrición, y preguntarle mecánicamente que qué es lo que sucedía para venir en aquella actitud tan amenazadora: nos dijo que quedábamos detenidos por desobediencia y no haber regresado a nuestra casa…

Al ir a dar cuenta al Comité rojo de la presa que acababan de hacer, por medio de un tercer escopetero montado en bicicleta; resolvieron cachearnos.

A todo esto se iba acercando por la carretera el P. Superior-, y al verle venir, dicho sujeto le apuntó asimismo con la escopeta, deteniéndole por sospechoso… A los tres nos metieron en una caseta de consumos donde procedieron a registrarnos de arriba abajo… Un cacheo tan minucioso que casi nos dejan en ropas menores, y por lo que hace a los objetos que llevábamos, algún bulto, algo de comida, abrieron en varios pedazos el pan sacando la miga, y otros detalles parecidos por si encontraban algún documento fascista. Yo llevaba algún dinero y valores que parte se ha perdido como es natural, tratándose de gente que le es tan propio el robo y la rapiña. Con alguna que otra peripecia terminó aquel día 20 de julio, que no se nos olvidacon facilidad.

Pero con esto no hicimos otra cosa que hacer boca para lo que iba a venir después. EI mismo día, por la radio, ya nos dimos cuenta perfecta de la tremenda que se había armado en España y del peligro que corríamos vistiendo sotana, pero no había escape…

En la misma fecha vinieron a casa quince o veinte rojos, haciéndonos un registro detalladísimo, y nos prohibieron usar la radio terminantemente, pero sin quitárnosla. El ansia crecía por momentos al oír las noticias de radio Sevilla que oíamos cerrando las puertas con llave, montando guardia y con un sonido casi imperceptible, lo suficiente para enterarnos …

A todo esto por aquellos días camiones y más camiones de mineros que venían de Río Tinto, y que caían sobre esta población con aspecto amenazador y terrible, armados hasta los dientes buscando el primer disparo y la primera víctima… Esta fue la suerte el que precisamente no la hubo, que si se produce estamos perdidos.

El 22 de julio por la tarde se volvió a llenar de mineros esta localidad y a eso de las tres de la tarde empezó el saqueo de las Iglesias comenzando por la Parroquia las Angustias que quedó destrozada en pocos momentos, y siguiendo por San Francisco y el Salvador llegaron a la de la Merced que es la nuestra, haciéndola añicos al igual que las demás o quizás con más ensañamiento.

Pero donde verdaderamente se cebaron, fue en nuestra casa. Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, determinamos escapar. Pero y ¿a donde? Por donde quiera que fuéramos nos cazaban como a conejos, ya que había una estrecha vigilancia en derredor de nuestra casa. Cenamos con relativa tranquilidad, después de habernos confesado de la misma forma que «in articulo mortis», y nos descolgamos por un patio interior a una casa vecina cuyos habitantes que vivían en el piso bajo habían desaparecido de allí, y en aquel sitio nos refugiamos después de encomendarnos a Dios.

Apenas habíamos acabado de cerrar la puerta con llave cuando comienzan recios golpes de maza, de hacha, y de barrotes, con los que consiguieron echar algunas puertas abajo, y abrir boquete en las demás. A partir de estas horas (ocho de la noche hasta las cuatro de la madrugada) es algo macabro y espantoso… Gritos, blasfemias, imprecaciones, ruido de oleada humana, algo así como un río que se desborda en catarata.

Lo primero de todo, el robo y la rapiña de lo que teníamos, disputándoselo entre ellos a palos, bofetadas y tiros; muriendo al poco tiempo un individuo de (os que más se habían distinguido en la profanación de las Iglesias, y a consecuencia de una puñalada que le dio un su compinche dentro de la residencia que le disputaba la presa de unos cubiertos o vajilla. Lo que no podían utilizar para llevárselo a sus casas, lo tiraban por las ventanas entre grandes ruidos, silbidos e imprecaciones de la multitud menos ladrona que los que estaban saqueando. Por ver si teníamos tesoros escondidos abrieron grandes boquetes por paredes y pisos, en un trabajo de paciencia y de cinismo que duró hasta casi las doce del día.

A todo esto los cinco de comunidad refugiados en un piso bajo del inmueble, y que pertenece a un inquilino nuestro que habitaba y se puso a salvo huyendo de aquellas fieras. Oímos perfectamente todas las imprecaciones que nos dirigían, reveladoras de las siniestras intenciones que abrigan si nos hubieran sorprendido en nuestro escondite. Dicen que si quieres aprender a rezar entra en la mar, y yo digo que si quieres aprender a orar, verse acosado por estos forajidos como nos vimos nosotros porque: después de terminado el saqueo, vino la caza nuestra, de la misma forma que se va a un ojeo de jabalí en pleno Pirineo.

Mas de doscientas de estas hienas se distribuyeron por toda a manzana, registrando casa por casa y piso por piso, dándose referencia unos a otros en voz alta por todas las azoteas de los resultados de su búsqueda… Que si están aquí, que no están aquí, que no se escape ni uno, duro con ellos, y todo esto oyéndolo sin perder detalle y sin dejar el rosario de la mano reza que te reza toda la noche. Y el milagro fue de los que se ven sin necesidad de más informaciones; puesto que amén de otros detalles; al empujar la puerta donde estábamos por tres veces y con bastante violencia, y nosotros empujando contra ellos en instinto natural de defensa; previo el rezo de tres avemarías dejan de violentar la puerta como si una fuerza sobrenatural les dijera que desistieran de su intento; no obstante que varios de los revolucionarios que presenciaban la operación les impelían para que echaran abajo la puerta, y que era el único piso que quedaba por registrar de toda la manzana.

Así estuvimos hasta las once de la mañana dando gracias a Dios por habernos librado de aquel infierno. Pero ahora se presentaba otro mayor. ¿Y a la salida? ¿No nos asarían a tiros…? ¿No se echarían con nosotras con mayor rabia por no haber podido cazarnos por la noche? Pues no señor. La Providencia nos iba a favorecer con otro nuevo prodigio de los siete u ocho que hizo con nosotros por aquellos aciagos días.

Al salir los dos primeros compañeros, se dirigieron con mucha naturalidad al primer escopetero con que tropezaron, y que estaba en servicio de vigilancia. «¿Nos hace usted el favor de decir si está el Sr. Alcalde?», le preguntaron… Como íbamos de seglares apenas se dio cuenta con quien hablaba, y les contestó relativamente atento que fueran al Ayuntamiento y que allí podrían hablar. Pero al salir los tres restantes de nuestra mazmorra, nos estaba esperando la inquilina de la casa; mujer de aparente piedad, pero que en el fondo se ve que la religión le sirve de comodín para vivir según el sol que más calienta. Para hacer méritos ante los escopeteros, y que no la tildaran que había tenido los curas en su casa, empezó a dar gritos contra nosotros tres, con el aparato femenino en tales coyunturas, entornando los ojos, el pelo desgreñado, llevándose las manos a la cabeza. «¿Qué es esto, allanar mi morada y sin mi permiso? ¡Ay, Dios qué compromiso! ¿Pero es que no hay autoridades?, ¿pero es que nadie me protege contra esto? ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay

El escopetero no le dio tiempo a terminar. Nos pone en ringle a los tres; como para no gastar muchas municiones, se echa la escopeta de nuevo a la cara, y cuando ya creíamos el «pum» del disparo, a juzgar por el guiño del ojo que yo ví de perfil, nos dice: «¡pa alante, y sin mirar atrás» Un sudor se nos iba, otro se nos venía, caminábamos mecánicamente, hacia el comité rojo, ignorando si llegaríamos… El que no ha pasado estos momentos ignora, aunque se supone, lo que sucede; pero antes de pasar este apuro, y el del piso bajo de toda la noche, es preferible el fusilamiento.

Al fin llegamos al comité rojo instalado en el Ayuntamiento; con un parecido estábamos en su presencia como Ntro. Señor ante el tribunal de Anás. Un individuo que se marchó a tiempo, llamado Casado, se encara con nosotros y nos dice, que el Papa es el causante de este desaguisado y por lo tanto no nos extrañe la actitud que tomó el pueblo el día de ayer en contra nuestra. Como creíamos pasarlo peor ante el comité, nos pareció que se portaron de perlas a pesar de estas invectivas.

Nos dijeron con mucha amabilidad que estábamos mucho más seguros en la cárcel, frase de doble sentido, con lo cual no mentían; y que por lo tanto no lleváramos a mal nuestro encarcelamiento.

Y con nuestros huesos en la cárcel después de haber firmado la ficha de nuestra prisión; nos encierran en un calabozo a nueve individuos entre sacerdotes y seglares; y cuyas dimensiones eran de doce pies por quince. Esto es prisión y no la Modelo de Madrid que tiene hasta frontón, duchas, etc. La cárcel o es de verdad o que no la llamen así. La nuestra pertenece a la primera clasificación. La construcción de la misma se remonta a la dominación árabe, y ya saben mis lectores como las gastaban los hijos de Mahoma con los delincuentes. Esta fue nuestra morada por espacio de nueve días, hasta el día de Santa Marta bendita en que salimos de un nuevo peligro más fuerte que ninguno.

La vida que hacíamos en la cárcel no fue del todo desagradable y reviste aspectos muy interesantes. Por de pronto nos enseñó a rezar de verdad y sin rutina. ¡Con qué fervor hacíamos nuestra oración del trisagio varias veces al día, tres o cuatro partes del Rosario en sustitución del breviario que nos habían hecho migas! La invocación al Apóstol Santiago Patrón de España, a la Virgen del Pilar, etc., etc. Teníamos tal disposición para morir, que con miedo a las torturas, no llegamos a cobrarle al fusilamiento. Y es que después de lo sufrido, la muerte no nos parecía tan fea como la pintan…

Dentro del cuartucho donde estábamos, el colchón que nos trajeron de limosna nos servía de cama, de silla, de mesa, de reclinatorio y demás menesteres para los cuales en una casa se emplean quince o veinte cachivaches.

Asimismo nos servía de comedor, de dormitorio, de recreo, de capilla y de todos los demás menesteres, para cuyo servicio nos pusieron un cubo que habíamos de utilizar por turno los nueve individuos que componíamos los habitantes de aquel local de quince por doce pies.

Lo que más nos atormentaba eran los bocinazos de los autos con escopeteros que paraban en la puerta de la cárcel con mucha frecuencia y en actitud amenazadora… El carcelero por otro lado hombre adusto y neurasténico, nos trataba con mucha dureza, sin duda para hacer méritos ante el comité rojo, que vigilaba muy de cerca e! trato que nos daba a nosotros y que era mucho más severo que con ningún recluso.

Así fueron deslizándose los días de nuestra prisión, hasta que el glorioso General Queipo de Llano dueño de Sevilla y utilizando el micrófono de la misma ciudad continuamente, empezó a amenazar a Huelva, y esta fue nuestra salvación… En una de sus charlas dijo un día que se iba a hacer una petaca con la piel de Cordero Bel jefe comunista de Huelva, y que la usaría diariamente como recuerdo. Cordero preguntó a algunos amigos que si era una bravata del General; y éstos le contestaron que no; que el General lo que prometía lo cumplía y que se pusiera a salvo porque su piel corría peligro. Oír esto Cordero Bel, y tomar un barco para escapar todo fue una misma cosa Hay quien asegura que la primera parada la hizo en Casablanca, navegando a toda máquina por espacio de dos días y medio o tres…

Los demás jefes comunistas de Huelva pasaron por ésta, como alma que lleva el diablo, el día de Santa Marta, a la una de la mañana, y juntándose con los de Ayamonte, que tenían mucho más miedo que ellos, asaltaron atropelladamente unas motoras de la Compañía del puerto; y dando al motor toda su potencialidad se lanzaron mar adentro hacia las costas africanas francesas. Los que vieron el espectáculo del embarque aseguran que en su vida habían presenciado un asalto tan furioso a una embarcación.

A puñetazos, golpeándose con remos, con palos, los que habían logrado ganar la nave con los que querían subir; pero no podían, porque no zozobrase dada la carga humana superior al tonelaje de los botes. Pasó lo de siempre, que los brazos ejecutores se quedaron y han sido fusilados, pero la cabeza directora y enchufados de los momios, casi todos escaparon a la acción de la justicia.

Al llegar a ésta los dirigentes comunistas de Huelva les dijeron a los de aquí que marcharan sin preocuparse de nada y rápidamente, ya que les venía pisando los talones una división del Tercio, que en la capital estaba repartiendo mandobles a diestro y siniestro. Efectivamente, en Huelva estuvo una compañía del Tercio, pero no tuvo necesidad de actuar, y sí sólo labor de limpieza sin disparar un tiro. Los tiros los había habido la noche anterior por las fuerzas de la Guardia Civil, teniendo confidencias en Huelva de que los rojos iban a asaltar la población aquella noche, se adelantaron, se tiraron a la calle tomando las posiciones estratégicas, y se adueñaron de la ciudad en menos tiempo que se dice. Sonó en la ciudad la consigna dada por unos 400 hombres de Guardia Civil y Asalto y comenzó una ensalada de tiros por toda la ciudad, que los testigos presenciales suponen que así debió de ser Verdún. A partir de este momento no se vio en Huelva un rojo ni para un remedio. Todos tenían antecedentes derechistas, ni se habían metido en nada. Al día siguiente, llegó el Tercio y no tuvo que hacer otra cosa que limpiar, pasearse y recibir los aplausos de la multitud que se los comía de entusiasmo. Los dirigentes rojos que habían presenciado aquel tiroteo infernal, se dijeron para su capote: «Si lo que hemos visto y oído, en sinfonía bélica, lo ha hecho la Guardia Civil, que será cuando llegue el Tercio, y empiezan diciendo ¡viva la Muerte!» Así se supone que, previa remuda de ropa interior, tomaron los autos más veloces y hacia la I frontera ayamontina asaltar el charco. Queipo necesitaba a todo trance esta frontera para asuntitos bélicos… y nos facilitó nuestra salvación…

Cuando ya todo estaba en silencio y parecía el pueblo un cementerio ya que todos se habían echado a correr unos al extranjero y otros a los montes; todavía quedaba un salvaje con otros cuantos que quiso hacer lo que han hecho en otras localidades; lanzarnos desde las azoteas contiguas a la cárcel unos petardos de dinamita que tenían preparados en el Ayuntamiento en unos cajones que decían: «¡Para los presos!». Parece ser que otros amigos les hicieron desistir, y otra nueva providencia, de lo contrario todos perecemos allí. Fue un nuevo momento de verdadero peligro. Nosotros mismos hemos visto en el Cuartel la cantidad de dinamita preparada para nosotros y con la etiqueta correspondiente: «Para los presos».

Como todo llega también le tocó el turno a nuestra liberación, y por la mañana un jefe de Carabineros con la policía, libre de aquellas fieras, se presentó en la cárcel con un telegrama de la división diciendo que soltaran a los presos y les armaran inmediatamente. Así fue, y al poco tiempo llegamos a la sala principal del Municipio donde a nuestras anchas y a pleno pulmón pudimos gritar ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!…»

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