Misiones populares de la C.M. en España (1704-1975). Parte 9

Mitxel OlabuénagaCongregación de la Misión, Historia de la Congregación de la Misión en España, Misiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Autor: Mítxel Olabuénaga, C.M. · Año publicación original: 1997.
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Parte Segunda: Las Misiones Populares y C.M.

Capítulo 2: Misiones Populares C.M. y Antiguo Régimen (1704-1835)

1. Sociedad e Iglesia en el Antiguo Régimen (1704-1835)

La llegada de los Borbones al poder inaugura en España un período de equilibrio que aunque no logra resolver sus problemas fundamentales sí le sitúa más cerca de los estados de su entorno europeo. Una España en la que todas las estructuras están imbuidas de cristianismo, donde la Iglesia está presente en todos los ámbitos de la sociedad, donde el clero forma parte indisoluble de la vida social, donde las fiestas populares se dan a la sombra y alrededor de las iglesias y de las conmemoraciones de los santos. Una España en la que la cultura en todas sus manifestaciones se desarrolla en ámbito religioso o hace relación a la religión.1

La preocupación por modernizar el reino, punto básico de la política borbónica, lleva necesariamente a los monarcas a buscar el apoyo de la Iglesia, de quien se espera, en virtud de su poder moral y económico, desarrolle dos funciones: la misión pastoral y una serie de actividades de carácter social (tanto educativas -a través, sobre todo, de la predicación y catequesis-como asistenciales y de control sobre ideas y comportamientos). En este sentido comienzan a perder interés otras antiguas funciones (y las instituciones que las mantienen) que aparecen ahora como inútiles.2

Esta situación implica, a su vez, la necesaria acomodación de la Iglesia para responder adecuadamente a ambas necesidades. La atención a los pobres, responsabilidad que ésta aceptaba y cumplía con un éxito razonable [/note]CALLAHAN, W.: «Iglesia, poder y sociedad en España, 1750-1874» p. 55[/note] se ejercía basada en la acumulación de recursos económicos, que permitían el ejercicio de la caridad en conventos y monasterios, y en la proliferación de Cofradías dedicadas al socorro de los pobres. Sin embargo, el personal eclesiástico dedicado directamente a este menester no sólo no es abundante sino que las congregaciones religiosas que se ofrecen a ello (p.e. las Hijas de la Caridad) tendrán dificultades para establecerse en España.

Sin embargo, esta función asistencial ni será ejercida por todo el clero ni abarcará a todos los sectores sumidos en la pobreza. Las distintas posibilidades económicas, producto de la tremenda desigualdad en la que se encuentra el mismo clero, están en la raíz de esta situación. El clero secular, salvo los obispos y capitulares de las ciudades, se encuentra sumido en una situación que difícilmente puede ayudar a solucionar el problema. El clero regular, más uniforme económicamente, tiene, salvo los monasterios, la mayoría de sus conventos en las ciudades y olvida al sector más necesitado de la atención social, como es el campesinado, de quien obtiene, por otra parte, su mayor fuente de riqueza a través de rentas y diezmos.

Esta realidad, sumada al progresivo declive económico de los regulares debido a los acontecimientos de la época (que conllevarán el abandono de su función asistencial), motivará la creciente antipatía del Estado por las órdenes religiosas.3

La educación camina por otros derroteros. Si la tarea asistencial asignada a la Iglesia no era llevada directamente por los miembros del clero, sí, en cambio, ocurría con la educación. Órdenes religiosas y clero secular debían contribuir, a través de su acción pastoral (solemnes rituales oficiales, procesiones en ciertas festividades, el sermón dominical como forma de instrucción,4 las devociones religiosas, los catecismos, las misiones populares …) y, sobre todo, a través de los Colegios y Catequesis, al sostenimiento de la misma.

La profunda ignorancia religiosa de los fieles parece un hecho comprobado. La masa popular poseía nociones muy imprecisas sobre el contenido de su fe ya que sólo una minoría se beneficiaba de la enseñanza del catecismo. Esta situación y las faltas de la conducta moral serán unas de las preocupaciones mayores de los fundadores, predicadores y misioneros de la época.5

Sin embargo, la situación del clero no parecía la más adecuada para aceptar el reto que el estado borbónico les propuso. El secular, salvo las cúpulas establecidas en las ciudades y grandes poblaciones, se encuentra sumido en la mayor de las ignorancias, producto no sólo de su forma de acceso al ministerio (la mayoría ni siquiera pasa por el Seminario sino únicamente por las escuelas de latinidad locales) sino también del rígido sistema de ascensos que impedía una mejora de su situación. Clero en el que la incontinencia, el amancebamiento, la embriaguez, los negocios económicos, etc… son más que accidentales. Y sobre éste clero, junto a los maestros de escuela mal formados y peor pagados, recae la mayor parte del trabajo catequético en los núcleos rurales. Nada tiene de extraño que aunque el catecismo ocupase un lugar preeminente, la ineficacia fuese manifiesta y que los Obispos optasen por enviar religiosos a predicar misiones populares. En mejor posición se encuentra el clero regular no sólo por su trabajo a través de los colegios sino por los medios de que dispone ya que a una formación inicial más estricta suma la posibilidad de renovación que ofrecían las Bibliotecas de los conventos y monasterios.6

Toda esta doble acción, junto al mantenimiento del culto y del resto de eclesiásticos, y la conservación o aumento del patrimonio, requería de un ingente volumen de ingresos que la propia estructura socio-económica del s. XVIII, la generosidad de muchos benefactores y la protección del Estado hacían posible.

Esta situación se mantiene, dentro de los conflictos ordinarios, hasta la última década del s. XVIII. Hacia 1800 el agresivo regalismo del Estado y sus apremiantes exigencias financieras tensaron la, hasta entonces, cómoda relación entre Trono y Altar. Con ello se abre para la Iglesia española un largo período de decadencia institucional que llevaría a la destrucción de sus medios económicos y a la limitación de sus privilegios.7

Las alternancias de poder (Napoleón, Cortes de Cádiz, Restauración fernandina, trienio liberal, década ominosa) en los primeros años del s.XIX, y sus posturas más o menos favorecedoras de la antigua situación, no son sino los pasos que llevan a la citada decadencia final. En este punto no sólo pierde gran parte de sus propiedades y de sus agentes sino también comienza a decaer su prestigio y popularidad. Los intentos, en los años de bonanza, por recuperar sus derechos jurisdicionales y económicos y su apoyo (especialmente por parte del regular) a la causa absolutista hicieron crecer con rapidez entre las gentes un sentimiento generalizado de anticlericalismo. Al ya clásico existente en el ámbito rural (conflictos con los grandes monasterios a causa de los diezmos y primicias) se suma, a comienzos de siglo, el naciente de las ciudades (especialmente en Madrid y Barcelona) donde el declive de su capacidad asistencial se notaba más y donde la propaganda liberal era más importante. Anticlericalismo, pues, que no parece un fenómeno permanente y simple sino relacionado con las transformaciones políticas, económicas y sociales y al que no son ajenas algunas cuestiones psicológicas. En este sentido afirma José Mª Laboa que «una religión exigente (que comporta coherencia entre lo que se cree y lo que se vive) es relativamente fácil vivirla en momentos dominados por la rutina y la uniformidad ambiental, pero resulta casi imposible profesarla cuando crecía la persecución o cuando el medio ambiente es hostil o desfavorable». Hacia 1820, según Callahan, el consenso protector hacia la Iglesia ya no existía y, aunque nadie pensaba en una campaña contra la religión o contra la idea de un Estado católico, la Iglesia se había convertido en centro de controversia.

La disminución de sus medios financieros, la desorientación de su personal, la pérdida de vitalidad intelectual y espiritual y el naciente anticlericalismo (del que los sucesos de 1822-1823 fueron las primeras manifestaciones violentas de la España moderna) llevan a la Iglesia al estrangulamiento de la función social que hasta ahora había desempeñado. Todo ello provoca que, al final del período, la Iglesia comience lentamente a volver la espalda a las ciudades y a los grandes pueblos (en los que si no la descristianización sí el absentismo religioso comienza a ser notorio) para dirigirse a unas zonas rurales católicas más dignas de confianza.8

2. Las Misiones Populares en el Antiguo Régimen

La inmersión del cristianismo y de la Iglesia en todas las estructuras sociales del Antiguo Régimen en España (de manera que Iglesia y Monarquía son dos aspectos diferentes del mismo poder absoluto) debe ser el punto de partida para entender la compleja actuación tanto de la Iglesia como del Estado. Ambos son los garantes políticos, sociales, económicos y religiosos de la nación.

Las nuevas ideas «ilustradas» y «liberales» intentarán romper esta dinámica con una estrategia que se inicia con la separación de poderes y termina con la reducción de la Iglesia al único plano de la conciencia personal.

La oposición del estamento eclesiástico (encarnación hasta tiempos bien recientes de la acción de la Iglesia) a las sucesivas disposiciones que hacen efectivas tales ideas va a ser constante aunque no generalizada. Esta oposición llevará a parte de ellos (especialmente altas jerarquías seculares y a los regulares) a apoyar ideológica, económica y personalmente a los grupos que se enfrenten a tales disposiciones, o a los más moderados, buscando con ello una vuelta a situaciones anteriores. La identificación del clero, como grupo social, con posturas absolutistas o reaccionarias será una constante desde comienzos del s. XIX, y las consecuencias que habrá de pagar por ello marcan la historia de los ss. XIX y XX.

En esta tesitura ambos poderes se dividen las tareas que corresponden al Gobierno de la nación. En el trascurso del s. XVIII, como hemos señalado anteriormente, el Estado Borbónico espera de la Iglesia una dedicación a cuestiones más útiles que la de «rezar», como son la educación (tanto académica como religiosa) y la atención a los grupos más desfavorecidos (a través de su sistema asistencial).9 Sólo al final del período variará esta situación, quedando reducida la acción de la Iglesia a la labor asistencial.

Para llevar a cabo la primera de estas funciones, dispone la Iglesia de una serie de mecanismos tradicionales tanto ordinarios (enseñanza del catecismo, Cofradías, Colegios de las Órdenes religiosas…) como extraordinarios (predicación en fiestas determinadas o en tiempos concretos, especialmente Adviento y Cuaresma, Ejercicios Espirituales…). Junto a estos mecanismos, aunque más novedoso, debemos situar las Misiones Populares.

Las Misiones Populares (basadas en un personal especializado, en una temática sólida y en una estrategia muy bien diseñada) debían también cumplir la doble misión que la Iglesia tenía encomendada. Desde esta realidad adquieren sentido no sólo para la Iglesia (como medio extraordinario de evangelización y como presencia casi única en algunos núcleos rurales) sino también para el Estado (como medio de educación y fomento del asociacionismo caritativo). Por estas razones, tanto las misiones como las instituciones dedicadas a ello, recibirán de ambos poderes no sólo apoyo moral sino también financiero. En este sentido fueron las misiones populares, ejercidas por «pequeños grupos de clérigos misioneros esparcidos por la España rural en periódicas campañas»,10 la contribución pastoral más importante de las órdenes religiosas a la Iglesia.

En los inicios del s. XIX y con la alternancia en el poder de absolutistas y liberales, las misiones populares aparecerán como un aspecto más que sumar en toda restauración antiliberal, convirtiéndose, como afirma Callahan11, «en instrumentos de la reacción conservadora ante las reformas fomentadas por las autoridades civiles». De este modo cada restauración política va acompañada de una intensificación de la acción misionera que necesariamente adquiere un tono reivindicativo favorable a la nueva situación y, por tanto, alejado de su primaria función. Este hecho, junto a la pérdida de vitalidad de las instituciones y misioneros (reducción de miembros, supresión de Casas-Misión, envejecimiento…), convierten, en muchos casos, las misiones en meros ejercicios formales muy alejadas del fervor emocional del s.XVIII. El Decreto de 8 de Marzo de 1836 relativo a la supresión de monasterios, conventos, congregaciones, etc… llevará consigo la paralización total de las misiones ejercidas por los regulares.

3. La acción misionera de la CM en el A. Régimen

3.1. Una Institución adecuada

A tenor de lo dicho en las páginas precedentes y lo expuesto en el capítulo IV de la Primera Parte, se presenta la C.M. como una Institución cuyos fines, organización y estrategias responden a lo que el Estado y la Iglesia demandan en esta época.

Un análisis de los contratos de las casas de todo el período nos presenta estas fundaciones con dos únicas finalidades: la formación del clero y el ejercicio de las misiones populares.12 Con ellas, y a tenor de lo indicado anteriormente, dan satisfacción a las dos necesidades que el Estado asigna a la Iglesia: la educación (tanto del clero secular como de los laicos) y la asistencia a los más desprotegidos (organización de la caridad local tras las misiones).

TABLA I: LAS CASAS-MISIÓN C.M. EN ESPAÑA.ANTIGUO RÉGIMEN (1704-1835)
AÑOS 17 

25

17 

36

17 

47

17 

58

17 

69

17 

80

17 

91

18 

0 2

1813 18 

24

1835
TOTAL CASAS 1 2 2 5 5 5 5 6 6 7 8
CASAS-MISIÓN 1 2 2 5 5 5 5 6 6 7 8
LOCALIZACIÓN:
ARAGÓN 1 1 1 1 1 1 1 1
BALEARES 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1
CATALUÑA 1 1 1 3 3 3 3 3 3 3 3
C.VALENCIANA 1 1
EXTREMADURA 1 1 1 1
MADRID 1

El carácter secular de la Congregación (además de un buen número de miembros ingresados siendo ya sacerdotes), en un medio cada día más enfrentado a los regulares (tanto monasteriales como conventuales), significará otro elemento favorecedor no sólo de su instalación en determinadas diócesis sino del trato con las gentes, especialmente en el ámbito rural, donde se desarrollaba su tarea misionera. A esta aceptación por parte de las clases populares ayuda, igualmente, y de manera singular, la gratuidad que supone para los pueblos el desarrollo de una misión.

A estos rasgos que afectan a los fines y carácter de la Congregación deben añadirse otros dos más prácticos como son su dimensión catequética (en línea con los intereses formativos) y la ejemplaridad del equipo misionero (vida de comunidad, división de funciones, períodos largos, repetición sistemática…).

3.2. Los medios disponibles

Para desarrollar las Misiones dispone la Institución tanto de unos contenidos y estrategias de predicación como de unas casas y de un personal.

3.2.1. Las casas de la C.M.

A partir de su establecimiento (Barcelona 1704), el desarrollo de las casas va a ser muy lento (TABLA I) aunque sin sufrir altibajos ni supresiones irremediables en todo el período; las casas que se abandonan en la guerra Napoleónica (Barcelona y Reus) serán recuperadas.

Sus inicios responden, en gran medida, a la voluntad de personas cualificadas del clero secular que se preocupan tanto del establecimiento como del aporte de rentas que haga viable la «gratuidad» de sus trabajos.13 Salvo Badajoz y Madrid, todas ellas están localizadas en el Antiguo Reino de Aragón.14

Las funciones que van a desarrollar son, fundamentalmente, tres: Formación del Clero Secular (Ejercicios y Seminarios), Misiones Populares y Seminario Interno. En Madrid se sumará la atención a las Hijas de la Caridad.

3.2.2. El personal disponible

La evolución del número de miembros de la Congregación (tanto Seminaristas como Hermanos y Sacerdotes) va a seguir una trayectoria lenta (sólo a finales de siglo llegarán a cien) pero progresiva (una media de aumento de diez miembros por década). La guerra napoleónica significará un momento de regresión general, recuperado a mediados de los años veinte (TABLA II).

De este personal disponen los Superiores para ejercer el trabajo de las Misiones. Como indicación general diremos que el número de sacerdotes que dan misiones se acerca al 25% (salvando los casos anómalos de 1736 -71%- y 1835 -nadie-). Imposible hacer la misma apreciación respecto a los Hermanos por la ausencia, generalmente, de sus nombres en los Libros de Misiones; un dato es cierto, únicamente participaba uno con cada terna y, cuando su nombre nos es conocido, es muy repetido; por tanto, podemos deducir, a modo indicativo, que la participación de los Hermanos en las Misiones es muy escasa.

TABLA II: MISIONEROS DE LA C.M. EN ESPAÑA ANTIGUO RÉGIMEN (1704-1835)
AÑOS 17 

25

17 

36

17 

47

17 

58

17 

69

17 

80

17 

91

18 

02

1813 18 

24

1835
SEMINARISTAS 0 3 7 6 2 9 17 12 0 7 6
HERMANOS COA. 4 7 14 21 25 27 27 33 23 21 30
SACERDOTES R. 13 17 34 41 50 68 73 75 57 62 92
DAN MISIONES 4 12 8 15 18 16 11 15 10 17 0
% 31 71 24 39 36 24 15 20 18 27 0
EDAD MEDIA 47 51 44 35 40 44 50 41 41 48 0
Nº de MISIONES: a a b
1-2 MISIONES 0 2 1 5 6 5 2 4 5 1 0
3-5 MISIONES 0 7 4 3 3 7 4 10 3 2 0
6-10 MISIONES 4 3 3 6 6 4 2 1 2 5 0
11-15 MISIONES 0 0 0 1 0 0 0 0 0 0 0
+15 MISIONES 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0

(a) Se desconocen los nombres de los tres misioneros de Barbastro.

(b) Ídem de Valencia, Barbastro y Barcelona

La dedicación de los misioneros, sin embargo, no es del todo igual. Como se indica en la TABLA II, del 25 % que trabaja en las misiones unos lo hacían de forma plena, otros con cierta preferencia y algunos de forma esporádica. Los dos primeros grupos suman un 75% respecto del tercero, con máximas en 1725 (100%) y mínimas en 1813 (50%).

El lugar de nacimiento de los Sacerdotes participantes en misiones en los años señalados en la TABLA II nos da los siguientes resultados: 70 nacidos en Cataluña (33 en Barcelona, 19 en Gerona, 11 en Lérida y 7 en Tarragona), 5 en Baleares, 1 en Castilla León (Segovia) y 1 en Aragón (Huesca).15 Su edad media es de 44 años, con máxima en el año 1736 (51 años) y mínima en 1758 (35 años).

TABLA III: MISIONES POPULARES C.M. EN ESPAÑA. ANTIGUO RÉGIMEN (1704-1835). RESUMEN TOTAL.
MIS. 

LOCALES

MIS. EN CAPITAL MIS. DE CAPITAL MIS. ZONALES TOTAL MISIONES TOTAL LUGARES
ANDALUCÍA
ARAGÓN 150 150 150
ASTURIAS
BALEARES 564 8 572 572
CANARIAS
CANTABRIA
CASTILLA M. 1 1 1
CASTILLA L.
CATALUÑA 1.022 7 2 1.031 1.031
C.VALENCIA. 15 1 16 16
EXTREMADURA 4 8 12 12
GALICIA
LA RIOJA 1 1 1
MADRID 30 30 30
MURCIA
NAVARRA 1 1 1
PAÍS VASCO
TOTAL 1.788 24 2 1.814 1.814

Veintinueve de estos misioneros son ya sacerdotes cuando ingresan en la Congregación, siendo muy normal esta situación hasta mediados del s.XVIII y tendiendo a desaparecer a medida que avanza el mismo.

Por tanto, durante todo el período del Antiguo Régimen tenemos una Institución con una mayoría de personal catalán, con notable influencia del clero secular y con un 20% de ellos dedicado plenamente a las misiones, cuya edad media está en torno a los 44 años.

3.3. Los lugares misionados

3.3.1. Distribución geográfica

La propia dinámica fundacional de cada una de las casas-misión imponía un marco concreto de actuación a los misioneros, especialmente si los firmantes del contrato correspondiente eran los Obispos. Teniendo ésto en cuenta y la localización de las casas no será difícil ubicar los lugares que reciben las misiones.

Del análisis de las fuentes (TABLA III) observamos que el total de misiones dadas en este período se eleva a 1.814, siendo coincidente el número de éstas con el de los lugares misionados. Cataluña recibe un total de 1.031 misiones (684 Barcelona, 165 Gerona, 104 Tarragona y 78 Lérida); Baleares, 572; Aragón, 150 (localizadas todas ellas en Huesca, merced a la casa de Barbastro). Menos significativas son, en este período, las misiones dadas en Valencia -16-, Extremadura -12- y Madrid -30-. Anecdóticas las de Alfaro (La Rioja), Cascante (Navarra) y Sevilleja, en Toledo.

Con el trascurso de los años, determinados lugares reciben sistemáticamente la visita de los misioneros. Esta realidad es más palpable en las zonas donde la casa tiene como primera obligación las misiones y suele ser cada diez años.16 De este modo encontramos que en Barcelona hay 49 pueblos que reciben, en este período, más de 5 misiones cada uno;17 en Tarragona son 2;18 en Gerona 519 y en Baleares un total de 62.20

3.3.2. Distribución tipológica

Las 1.814 misiones que se dan en el período son «locales», es decir, corresponden a un sólo lugar. La inmensa mayoría de ellas se hacen en no capitales -1.788-, 24 en capitales [parroquia, barrio, institución, etc… enclavada en la capital]21 y únicamente dos se refieren a misionar la capital propiamente dicha.22

Todo ello confirma las dos tendencias existentes en los destinatarios de la acción misionera: por un lado, la fidelidad que mantiene la Institución respecto a sus orígenes: «evangelizar a los pobres del campo»; por otro, la fidelidad al mandato de los Obispos, cuando ellos indican el lugar que deben misionar. Cierto es que, según estos datos, es mucho más influyente la primera de las líneas de acción.

3.3.3. Distribución temporal

Las actividades misioneras comienzan el 1 de Mayo de 1717 (San Quintín -Barcelona-), misionando hasta 1725 un total de 52 lugares. A partir de estos inicios el progreso es notorio (TABLA IV), con máxima en los años 1770-1780. Aumento no motivado por un mayor número de misioneros sino por una mayor dedicación de éstos y por la reducción, especialmente en Madrid y Badajoz, del número de días en cada lugar. La Guerra Napoleónica y el trienio liberal, ya en el s.XIX, significarán un duro golpe a esta expansión, parcialmente moderada por las nuevas fundaciones de Valencia, Badajoz y Madrid.

Esta misma situación queda reflejada en la media de misiones por década y en las dadas por las casas de Palma y Barcelona que cubren todo el período. El cierre de ésta y traslado de sus miembros a Palma incide de forma proporcional en sus actividades (Barcelona pasa de 141 a 57 lugares misionados y Palma, por el contrario, de 52 a 81). Con la finalización de la contienda la casa de Palma recuperará en gran medida su normalidad pero no así la de Barcelona.

TABLA IV: MISIONES POPULARES C.M. EN ESPAÑA. ANTIGUO RÉGIMEN (1704-1835). PERIODIZACIÓN
1704 

1725

1726 

1736

1737 

1747

1748 

1758

1759 

1769

1770 

1780

1781 

1791

1792 

1802

1803 

1813

1814 

1824

1825 

1835

ANDALUCI.
ARAGÓN 69 71 10
ASTURIAS
BALEARES 2 52 60 75 75 75 52 81 51 49
CANARIAS
CANTABR.
C.LA M. 1
C.LEÓN
CATALUÑA 52 108 85 96 108 99 146 141 57 74 65
C.VALEN. 4 12
EXTREM. 5 4 3
GALICIA
LA RIOJA 1
MADRID 30
MURCIA
NAVARRA 1
P. VASCO
TOTAL MISIONES 52 110 137 156 252 247 231 193 143 133 160
TOTAL 

LUGARES

52 110 137 156 252 247 231 193 143 133 160
MEDIA 10 12 14 22 22 21 17 13 11 14

Las misiones en Aragón (centradas casi exclusivamente en Huesca) están en relación con la Casa de Barbastro. El fin primordial de la casa (atención al Seminario Diocesano) y la ausencia de Libro de Misiones impiden una mayor concreción en los datos. Del primer, y único conservado, «Libro de Cuentas», sin embargo, podemos deducir, tal como refleja la Tabla IV, que desde los inicios de la fundación se dan abundantes misiones (el convenio es de 1759, aunque están en Nuestra Señora de la Bella desde 1752, y las primeras citas de lugares misionados son de 1760). Nada tiene de extraño que la práctica continuase hasta su cierre en 1835.

Madrid, Badajoz y Valencia inician su actividad en el primer tercio del siglo XIX y, por tanto, su aportación a éste período es poco significativa.

4. Contenidos de la Misión

Asumiendo todos los elementos que caracterizan a la misión popular vicenciana, podemos indicar que el rasgo más definitorio, en este período, es el de la «globalidad». Globalidad observable tanto en los objetivos como en los métodos, tanto en los agentes como en los destinatarios. Por ello, la misión intenta la transformación integral (formación, conversión, compromiso) de las gentes y de la comunidad, dedica un determinado personal específico que la lleve a cabo y emplea toda serie de recursos a su alcance. De este modo cada misión y cada curso misionero se transforma en un acontecimiento con un ritmo propio en el que cada persona o actividad tienen un sentido y un significado. Y la misión no es ésto o aquello sino todo el conjunto.

A lograr este ritmo propio se encaminan, por ejemplo, las estancias largas en cada lugar, la vida de comunidad que hacen los misioneros, la dedicación íntegra a este trabajo23 junto con la gratuidad,24 los acompañamientos de que se hacen rodear en los desplazamientos de un pueblo a otro, las celebraciones extraordinarias en consonancia con fiestas del lugar, la regularidad de cada visita, la uniformidad en la predicación, las actitudes y preparación de los misioneros cuando permanecen en sus comunidades, su comportamiento y forma de realizar la misión, horarios y vida durante la misma, la salida del lugar….25 En definitiva toda una serie de «estrategias» al servicio de la misión, (de cuya importancia nos hablan suficientemente los avisos de los superiores Generales y Provinciales) recogidas en los sucesivos Reglamentos de Misiones y únicamente reformadas (salvo algunos detalles aprobados en Asambleas Generales) a finales del s. XIX.26

Sin embargo, estas «estrategias» aparecen vertebradas por las «predicaciones», ya que de ellas reciben su sentido, su animación y su cohesión. Teniendo, pues, en cuenta su carácter central, va a existir un interés un tanto enfermizo por mantener sus contenidos «al pie de la letra», insistiendo una y otra vez, en los sucesivos Reglamentos, en que el éxito de las misiones depende, precisamente, de su repetición, por lo que para evitar posibles desviaciones se obligará a copiar (primero) y a imprimir (más tarde) los textos de la predicación o «funciones» y a aprenderlos de memoria.

Estas «predicaciones» serán expuestas a través de los sermones, de las pláticas y de las doctrinas.27 Los Sermones28 abarcan, desarrollados bajo diversos aspectos, cuatro temas principales: los novísimos (muerte, infierno, juicio, gloria), el pecado, la penitencia y la salvación. Las Pláticas29 abarcan tres temas: los Mandamientos (cuerpo principal de la predicación), las Virtudes (Fe, Esperanza, Caridad) y las obligaciones inherentes a determinados estados (religiosos, padres, familiares, amos, maestros…). Las Doctrinas30 se ciñen exclusivamente al Sacramento de la Penitencia y desgranan con minuciosidad todos los aspectos relacionados con el citado sacramento a través de diversas exposiciones: examen de conciencia, el dolor, el propósito, la confesión…

Pensadas para un mundo rural parece, pues, que el dinamismo diseñado es sobradamente adecuado para una España que, en 1700, «es un país rural, apegado a las tradiciones, resueltamente cerrado a las influencias exteriores, sin burguesía dinámica y sometido al poder exclusivo que conserva la aristocracia»;31 país en el que, por otra parte, como señala H. Jedin, «no cabe duda de que la gran multitud de la población cumplía todavía exteriormente sus deberes religiosos».32 Circunstancias que, a nivel del campesinado, no variarán mucho a comienzos del s. XIX.

Los cambios promovidos por la Ilustración y las reformas del primer tercio del s. XIX, progresivamente más enraizadas en el ámbito urbano donde va debilitándose el dominio eclesial sobre los hombres educados,33 tendrán escasa incidencia en el medio rural en el que la inmensa mayoría permanecerá al margen (por analfabetismo o falta de recursos) y en el que la Iglesia mantendrá en exclusiva su influencia merced, sobre todo, a la predicación ordinaria y extraordinaria. En este sentido las Misiones Populares serán un cauce más de adoctrinamiento lo que, dados sus contenidos y sus estrategias, en nada va a favorecer el desenvolvimiento de las teorías ilustradas.

Nada tiene de extraño que, en el medio rural, las misiones y los misioneros sean queridos, esperados y respetados. Al menos así nos lo indican las sucesivas repeticiones de los cursos misioneros y la ausencia de incidencias notorias bien en oponerse a la misión34 bien en el desarrollo de la misma35 o bien en la inasistencia.36

La acción misionera (formación, conversión, compromiso) llegaba tanto a cada una de las personas del lugar, comenzando por los propios sacerdotes,37 como a la colectividad. Así, junto a la conversión personal, los resultados más señalados en los Libros de Misiones son los arreglos de pleitos, restituciones, reconciliaciones, legalizaciones de matrimonios, conversiones públicas, destierro de abusos, etc… Pero también se indican construcciones o arreglos de Iglesias,38 instalación de altares (sobre todo de San Vicente de Paúl),39 o erección de alguna Cofradía o devoción.40

A propósito de este último punto no deja de ser llamativo el silencio respecto a la Cofradía de la Caridad, tan íntimamente unida a la misión vicenciana y cuya instauración y cuidado se recomienda en el Reglamento vigente en la época.41 Ninguno de los Libros de Misiones señala su existencia, atención o erección en los lugares misionados, por lo que hemos de suponer que, dada la minuciosidad empleada con otros elementos, ni existían ni se fundaban durante las misiones. Ausencia, de ser cierta, que denotaría un grave déficit en la aplicación de la «misión» ya que a través de dicha Cofradía se buscaba la tercera de sus dimensiones: el compromiso con los pobres.

  1. LABOA, José Mª: «La larga marcha de la Iglesia» p. 78.
  2. ARTOLA, M.: «Antiguo Régimen y revolución liberal» pg.121 y ss.
  3. ARANGUREN, J.L.: «Moral y Sociedad. La moral española en el siglo XIX» pp. 16 y 32.
  4. La predicación de la Iglesia distingue tres modalidades: la exhortación o instrucción familiar, pronunciada los Domingos y días de fiesta, pronunciada generalmente por el párroco, relativamente corta y simple para que fuese fácilmente comprendida. La predicación extraordinaria, sobre todo en Adviento y Cuaresma; se dedicaban a ella oradores especializados, generalmente religiosos, que se atenían a unas reglas estrictas de elocuencia sagrada, y algunos llegaban a alcanzar gran notoriedad nacional. Los sermones pronunciados varios días seguidos con ocasión de las misiones; el estilo de estos predicadores debía ser simple y directo; su finalidad consistía, más que en convencer, en impresionar y emocionar, con el fin de conseguir la conversión, seguida de la confesión general y la comunión. «Historia de la Iglesia en España» BAC, t.V, pp. 514-515
  5. «Historia de la Iglesia en España» BAC, t.V, p.516
  6. En el «Borrador de Inventario de los libros y demás recogido después de su supresión en 1835», se citan las cantidades de Libros y Manuscritos que se obtuvieron de todos los Conventos de Barcelona. En dicha relación se indica: «PP. de la Misión: 6.928», lo cual muestra la importancia que debía tener su Biblioteca. Biblioteca de la Universidad de Barcelona, Manuscrito 1522.
  7. CALLAHAM, W.: o.c. p.82
  8. Id.: p.134
  9. Situación, evidentemente, no aceptada por los ilustrados que optan no sólo por otros agentes educativos (enseñanza seglar) sino también por otros contenidos «más útiles». Vide: J.L. Aranguren, o.c. p.16.
  10. CALLAHAM, W.: o.c. p.70.
  11. Ib.
  12. La casa de Madrid añade la atención a las Hijas de la Caridad de la capital. Este trabajo no sólo se enmarca en los límites de la espiritualidad sino que debe ser relacionada con la labor formativa hacia estas mujeres, similar a la desarrollada con el clero secular, de quienes se espera que con ello puedan desarrollar mejor su labor asistencial.
  13. Arcedianos para Barcelona y Palma; canónigo para Guissona; obispos para Reus, Badajoz y Valencia. Únicamente la casa de Madrid escapa a este esquema.
  14. Vide: Capítulo IV de la Parte Primera
  15. 4 de difícil localización
  16. Sólo el Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1349, obligará a los obispos a tener misiones en sus diócesis cada diez años.
  17. 5 misiones reciben La Ametlla, Arenys de Mar, Badalona, Calella, Cañellas, Gava, Igualada, Martorell, Masquefa, Mataró, Palleja, Papiol, Pobla de Claramunt, Sarriá; 6 Misiones: Arenys de Munt, Carme, Esparraguera, Granollers, La Garriga, Molins de Rey, Piera, San Celoni, San Cugat del Vallés, San Feliu de Codina, San Feliu de Llobregat, San Lorenzo Savall, Santa Perpetua de Moguda, Taradell; 7 Misiones: Capellades, La Llacuna, Mollet, Montseny, San Boy de LLobregat, San Quintín de Mediona, San Sadurní de Noya, Villafranca del Panadés; 8 Misiones: Cardedeu, Moyá, Sabadell, Senmenat, Torrellas de Foix; 9 Misiones: Caldas de Montbuy, Cubellas, Olesa de Montserrat, Palau Tordera, Sitjes, Tarrasa, Vilasar de Mar; 11 Misiones: Villanueva y Geltrú.
  18. Vendrell con 6 misiones y Arbós con 7.
  19. Con 5 misiones aparecen: Blanes, Hostalrich y San Feliu Guixols; con 6 misiones: Figueras; con 7 misiones: Olot.
  20. Con 5 Misiones aparecen los siguientes lugares: Alquería Blanca, Biniamar, Caimari, Casconcos, Consell, Manacor, Puigpuyent, San Magi, Sarraco y Sarria; con 6 misiones: Andraitx, Biniali, Calviá, Esporlas, Fornalutx, Inca, La Puebla, Lloseta, Orient-Buñola, Pollensa, Porreras, Sa Calobra y Soller; con 7 misiones: Establiments, Lluch, Lluchmayor, Petra, Randa-Algaida, San Llorens y Santa Margarita; con 8 misiones: Alcudia, Artá, Buger, Buñola, Campanet, Campos del Puerto, Capdepera, Costitx, Estellenchs, Llubí, Mancor del Valle, María de la Salud, Muro, Sancellas, Santañy, Son Servera y Valldemosa; con 9 misiones: Bañalbufar, Deyá, Felanitx, Horta-Soller, Montuiri, Santa Eugenia, Santa Maria del Cami, Selva y Villafranca de Bonany; con 10 misiones: Binisalem, Pina-Algaida, San Joan, Sineu y Son Sardina; con 11 misiones: Algaida.
  21. 7 en Barcelona: tres en barcos y cuatro en la prisión; 8 en Palma: 6 en distintas parroquias, una en la Misericordia y otra en el Hospicio; 8 en Badajoz: 3 en la cárcel, una a 13 conventos, 3 sin identificar; 1 en Valencia: Parroquia de San Martín.
  22. Tarragona en 1769 y Gerona en 1818.
  23. No es extraño en esta época que algunos misioneros mueran en el lugar que misionan y, en ocasiones, sean allí mismo enterrados: Mateo Mur 1737, Borjas-Tarragona; Santiago Puiggarony y Francisco Alaix 1754, San Llorens-Baleares; Víctor Melción 1782, Fornells-Baleares; Bruno Gasch y Francisco Llusa 1790, Mercadal-Baleares.
  24. «Una de las cosas que más edificaron fue nuestro desinterés… todo de balde … fuera de la habitación» 1830, Las Rozas-Madrid. Esta es la primera misión de la Casa de Madrid.
  25. Los «Libros de Misiones» recogen algunos detalles tendentes a mejorar estas estrategias: «No es buen tiempo la primavera por estar la gente ocupada en la huerta y en la crianza del gusano de la seda» (1737, Pons-Lérida; 1739, San Celedonio-Barcelona; 1740, Buñola- Baleares…), «No es conveniente hacer misiones por la costa en primavera ya por los calores ya por estar los marineros la mayor parte fuera … en la pesca de la sardina» (1753, 1780 , Vilasar de Mar- Barcelona …).
  26. Para las «estrategias» puede verse PARTE PRIMERA, Capítulo II, 4 y SEGUNDA PARTE, Capítulo I, 1.1.
  27. Vide SEGUNDA PARTE, Capítulo I, 2.3. y 2.4.
  28. MEZZADRI,L.-ROMÁN, JM.: «Sermones en tiempos de San Vicente de Paúl» Historia de la C.M. Tomo I, pp.165-166; MEZZADRI,L.: «Sermones de mediados del siglo XVIII», Vincentiana 1987, pp. 839-853; «Sermones del P. Vaqués», Manuscrito de c. del XIX, Archivo de la Casa de Palma.
  29. «Pláticas del P. Vilera» Manuscrito de c. del s. XIX, Archivo de la Casa de Palma.
  30. «Doctrinas del s. XIX» Manuscrito de c. del s. XX. Hortaleza, Madrid
  31. DEROZIER, A.: «Historia de España» (Dir. M. Tuñón de Lara), Labor, VII, p.331
  32. JEDIN, H.: «Manual de Historia de la Iglesia», Herder, VII, p.45
  33. LABOA, J.M.: «La larga marcha de la Iglesia», p. 113
  34. 1740, Villafranca-Barcelona: «De parte del Regidor hubo alguna repugnancia a la misión»; 1761, Capellades-Barcelona «Muere repentinamente una persona que se oponía a los misioneros»; «1767, Villafranca del Panadés-Barcelona: «Algunos mozuelos interrumpen los sermones»; 1784, Arbós-Tarragona: «Al comienzo se oponen el Rector y el Ayuntamiento»; 1785, Santa Eulalia-Barcelona: «El Rector se opone al principio recomendando no asistir».
  35. 1747, Figueras-Gerona: «… a no haberse ausentado mucha gente por temor a la Quinta que se ejecutaba en aquella ocasión»; 1823, La Garriga-Barcelona: «nos vimos obligados a volver a casa antes de lo acostumbrado que por todas partes de Cataluña se levantaban turbulencias … ocasionadas por los contrarios de la Constitución»; 1833, Cereceda-Madrid: «Esta misión de Cereceda fue la última que hicieron nuestros misioneros de la Casa de Madrid antes de la Revolución».
  36. 1735, San Pablo-Gerona: «el día de fiesta predicando sobre no trabajar, dos que recogían leña se hieren gravemente»; 1740, Pobla-Tarragona: «un señor que no asistía sino que fue a labrar se le rompió el arado dos veces»; 1753, Son Sardina-Baleares: «un hombre, tocador de guitarra, que no asiste a la misión, muere repentinamente»; 1833, Moralzarzal-Madrid: «los hombres se estaban en las tabernas a las horas de las funciones».
  37. Las «Conferencias a los Eclesiásticos» en el tiempo de misión, asistiendo en ocasiones los mismos Obispos, es, además de constante, una característica propia de esta época. Los «Libros de Misión» lo señalan por vez primera en Cardona-Barcelona, 1725 y por última en Fuencarral-Madrid, 1833. Entre ambas se citan doscientos lugares donde se realiza esta función. A partir de 1833 el silencio es absoluto.
  38. 1754, Taradell-Barcelona; 1755, Mieras-Gerona; 1756, Calviá-Baleares; 1756, Sillet-Barcelona; 1759, Petra-Baleares; 1760, San Juan-Baleares…
  39. 1756, Cadaqués-Gerona; 1758, Cortó de San Juan-Baleares…
  40. Aparece como más llamativa la «oración mental cotidiana»: 1726, Comprodon-Gerona; 1735, Olot-Gerona; 1752, Granollers-Barcelona…
  41. En el «Reglamento de Misiones» del s. XVII aparece la Cofradía de la Caridad en varios lugares: entre las cosas que debe llevar el Director se señala «las Reglas de la Compañía de la Caridad»; igualmente se indica que, una vez terminada la misión, podrá quedarse algún misionero para «ajustar alguna pendencia que no se pudo en el tiempo de misión, como la Junta de las mujeres de la Caridad»; en los «Avisos para el Director de la misión», se dice: «Avisar así mismo a tiempo y lugar de la comunión general de la Compañía de la Caridad», y en otro lugar, «Desde la primera semana se puede probar si en dichos lugares se puede establecer la Compañía de la Caridad, para cuyo efecto podrá con discreción hablar de ella con algunas personas más celosas sin que una sepa que se ha hablado con otra, y habiéndoles ya medio dispuesto, juntarlas sin dar muestra de saberlo alguna. Y si hubiere algunos enfermos ponerlas en la práctica de esta obra antes de establecerla… Y si dicha Compañía estuviese ya establecida la visitará o hará visitar en el modo que se practica fuera del tiempo de la Misión, que es hacer un discurso en el púlpito juntas las hermanas, leerles el Reglamento, remediar los desórdenes, hacer nueva elección de oficialas si fuera menester y lo restante que se acostumbra».

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