Misiones populares de la C.M. en España (1704-1975). Parte 12

Mitxel OlabuénagaCongregación de la Misión, Historia de la Congregación de la Misión en España, Misiones «Ad gentes»Leave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Mítxel Olabuénaga, C.M. .
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Conclusiones

1. ¡AY DE MÍ, SI NO EVANGELIZARE!

La preocupación de la Iglesia a través de los siglos por mantener con vida la fidelidad de los creyentes al Evangelio la ha llevado necesariamente a la adopción de una serie de medios que facilitasen tal tarea. A este fin se ordenan una serie de instituciones, personas y estrategias tanto ordinarias como extraordinarias. La Parroquia, los sacerdotes, el culto, la catequesis, las celebraciones diarias… corresponderían a los medios ordinarios; las predicaciones no dominicales, los triduos y novenas, los misioneros, las misiones… a los extraordinarios. Las misiones «interiores» o «populares» tienen, pues, este marco común que es la evangelización de comunidades que ya han recibido el mensaje cristiano. Son acciones extraordinarias, realizadas en unos pocos días, con un personal especializado y con unos contenidos y estrategias muy específicos. Su existencia se remonta, probablemente, a los inicios de la expansión del cristianismo pero su sistematización, tal como ha llegado a nosotros, data del s. XVI.

Una de las personas que más ha influido en este proceso de fijación es Vicente de Paúl (1580-1660). A través de su acción personal, de los Reglamentos que escribe y de las Instituciones que crea, diseñará un tipo característico de misión popular que, total o parcialmente, será asumido por otras congregaciones misioneras y cuya acción llegará hasta nuestros días. Algunos rasgos definitorios de esta misión vicenciana serán: el mundo rural como destinatario, la catequesis como función central, la totalidad de la población como receptora de la acción misionera, la confesión y la acción caritativa como signo de la conversión, las estancias largas y periódicas en cada lugar como estrategias para llegar a todos y mantener los resultados, el uso de unas estructuras interiorizadas y previamente fijadas y de unos contenidos permanentes como garantías de éxito, el sentido de equipo por parte de los misioneros y, por último, la gratuidad respecto del pueblo.

2. AL SERVICIO DE LA MISIÓN: LA C.M.

La C.M. nace (1617: sermón de Folleville; 1625: contrato fundacional) con el fin, entre otros, de desarrollar esta visión misionera de Vicente de Paúl. Tras algunos intentos en vida del fundador, se establece en España el año 1704 (Barcelona) con dos finalidades exclusivas: atender a la formación de los eclesiásticos y predicar misiones por los pueblos. Su expansión hasta 1835, tanto a nivel de casas como de personal, será lenta y muy localizada en la antigua Corona de Aragón, manteniendo, salvo en Madrid ya a finales del período (atención a las Hijas de la Caridad), las dos funciones señaladas. Las Leyes de 1835 y 1868 (ésta en menor medida) deshacen la pequeña Congregación a todos los niveles, aun cuando en el Concordato de 1851 es una de las favorecidas con el reconocimiento estatal. Durante este período el trabajo en las misiones se verá sumamente entorpecido centrándose los misioneros, en la medida de lo posible, en la atención a los Seminarios Diocesanos y a las Hijas de la Caridad. La Restauración de 1875 traerá consigo un notorio crecimiento, retardado únicamente en el período 1931-1939, que llegará a su máxima expresión a partir de esta última fecha. Los años 1875-1970 cambian notoriamente la fisonomía de la Congregación en España: a nivel de casas pasa de 5 a 66; su ubicación deja de estar centrada en el Este peninsular y se hace nacional; sus miembros, que en 1876 eran unos 100, sobrepasan el millar en 1975; se asiste a una proyección internacional (América, India, Madagascar)… Al mismo tiempo se diversifican los ministerios: a los exclusivos de las misiones al pueblo y formación del clero, se añaden otros que, aún siendo signos de su vitalidad, van a descentrar la Institución: Hijas de la Caridad, Iglesias de Culto, formación de candidatos, Colegios, Parroquias, Misiones «ad gentes»… Sin embargo, a partir de 1970 comienzan a aparecer algunos signos preconizantes de la posterior crisis: descenso muy significativo de candidatos, secularización de misioneros, abandono de los trabajos tradicionales, acomodaciones al Vaticano II, nueva situación sociopolítica…

3. TEORÍA Y PRÁCTICA DE UNA ACCIÓN PRIORITARIA

El estudio de los documentos jurídicos más importantes para la historia de las misiones (Documentos Fundacionales, Reglas de la C.M. dejadas por Vicente de Paúl, Reglamentos de misiones y Decretos de las Asambleas Generales y Provinciales) nos dice que éstas deben ocupar un lugar prioritario (que no exclusivo) y significativo (dinamizador) en la vida de la Congregación. ¿Hasta qué punto se mantuvo la fidelidad a estos dos criterios?.

Los Libros de Misiones (testimonio del trabajo en este campo) y los Libros de Ordenanzas (reflejo de la vida ordinaria de las comunidades) parecen indicar, aun cuando las llamadas al orden sean abundantes, que la significación no se perdió hasta mediados los sesenta del s. XX. Entonces, la excesiva inclinación a las parroquias, el anquilosamiento de los métodos y estrategias y las dudas eclesiales sobre su propia funcionalidad motivaron una pérdida evidente del empuje vital de las misiones.

Más problemático nos resulta evaluar la prioridad de este trabajo. Ciñéndonos a criterios objetivos (casas y personal) podemos señalar que a nivel de casas, no cabe ninguna duda de ello para los siglos XVIII y XIX: todas son «Casas-Misión»; sin embargo, en el s. XX cambia notoriamente la situación, pasando estas casas a perder importancia de forma progresiva: 88% en 1908, 60% en 1930, 38% en 1952, 7% en 1975. Ciñéndonos al personal, la situación es aún más complicada: si en el s. XVIII el número de «misioneros participantes» se acerca al 35% (la mayoría de forma exclusiva), en los ss. XIX y XX no llega al 18%, siendo cada vez menos quienes lo hacen exclusivamente.

Podemos señalar, como conclusión, que las misiones populares, aún siendo bastante significativas en la vida de la C.M., no parecen ser tan prioritarias como teóricamente se proclama.

4. UNA FIDELIDAD: CONTENIDOS Y ESTRATEGIAS

Los destinatarios de las misiones vicencianas aparecen categóricamente definidos desde la misma fundación: las gentes del mundo rural. A este efecto el mismo Vicente de Paúl diseña unos contenidos (sermones, pláticas y doctrinas) y unas estrategias (forma de desarrollar la misión) sumamente detallados, de los que se señala en los sucesivos Reglamentos no debe modificarse nada de lo fundamental. ¿Cómo responde la Institución a este doble mandato?. La dedicación a las gentes del mundo rural se mantendrá, salvo algunas mínimas excepciones, hasta finales del s. XIX (en que se comienza a misionar ciudades) y quedará prácticamente olvidada con la llegada, a mediados del XX, de las «misiones zonales». La fidelidad fundamental a los contenidos y a las estrategias será norma mantenida prácticamente hasta el final.

Esta «fidelidad» cuestiona, a nuestro modo de ver, el entramado principal de las misiones populares. ¿Hasta qué punto unos contenidos y estrategias diseñados desde y para una sociedad agraria de Antiguo Régimen pueden servir en épocas posteriores?, ¿hasta qué punto pueden responder a las necesidades de un medio urbano?, ¿hasta qué punto pueden acomodarse para grandes zonas, cuando están pensados para hacerse localmente?.

Sin duda ninguna que las respuestas a estos interrogantes deben hacerse en el más amplio contexto del conjunto eclesial (tanto respecto al comportamiento general de la Iglesia como en los escasos progresos de la misma Teología en España). Ciñéndonos, no obstante, a las misiones vicencianas, nos parece evidente, y los datos de dificultades y realizaciones lo demuestran, que la fidelidad a los contenidos y estrategias está en la raíz del proceso de esclerotización en que fueron sumiéndose con la llegada de las revoluciones liberales y que acabarán en un abandono casi total, ya en el último tercio del s.XX, por considerarse obsoletas. De hecho, a partir de la Restauración, únicamente el apoyo decidido de las autoridades civiles (regímenes liberales moderados o dictaduras) permitió que se siguiesen llevando a cabo, convirtiéndose (quizá no siempre conscientemente) más que en un elemento de evangelización en un arma de socialización de la ideología en el poder.

5. UN ARMA DE DOBLE FILO: LA FINANCIACIÓN

La situación económica del campesino francés, tan bien conocida por Vicente de Paúl, determinó su norma de que las misiones no les fuesen gravosas. Este sentido de la gratuidad es, posiblemente, unas de las constantes más explícitamente mantenidas por la C.M. a través de los siglos. Aunque la ausencia de estudios detallados de la economía de las distintas fundaciones nos impide obtener unas conclusiones más concretas, podemos señalar que la fórmula que hacía viable la gratuidad (expresada en detallados contratos) se orientó, durante todo el Antiguo Régimen, hacia los réditos provenientes de donaciones que aseguraban la viabilidad de la casa. Con ello se lograba, en lo relativo a las misiones, además de no ser gravosos al pueblo misionado, una gran libertad de acción, salva la dependencia pastoral del obispo, a la hora de desarrollar la misión.

A partir de la Restauración, desaparece esta forma de financiación y serán prioritariamente los Obispos quienes financien directamente la actividad misionera (excepto aquellas que sean «contratadas» por individuos o entidades particulares). De este modo, aun cuando siguen siendo gratuitas para los destinatarios, los misioneros pierden el grado de independencia que habían tenido en épocas anteriores y se convierten en «operarios» al servicio directo del obispo (que financia la misión) e indirectamente del Estado (que aporta la dotación episcopal). Quizá esta dependencia (común, por otra parte, al resto de la estructura eclesial) esté en la raíz del inmovilismo social y la falta de adecuación al problema obrero del que adoleció la misión vicenciana. La tradicional sumisión al poder establecido hunde sus raíces en la dependencia económica.

6. ¡HASTA LOS PÁJAROS DEL CAMPO!

Una de las dinámicas internas más originales de la misión vicenciana es la «globalidad» con la que se encara cada una de las misiones. Globalidad referente a los misioneros, a los contenidos, a las estrategias y a los destinatarios; la misión está diseñada para ser una acción de todos, con todo y para todos. Sin embargo, la puesta en práctica de esta dinámica tenía una serie de condicionantes: trabajo y vida en equipo, ambiente general de misión y aceptación por parte de todo el pueblo.

Este sentido de «globalidad», nacido «en» y «para» una sociedad rural, iletrada e impregnada de un fuerte contenido cristiano, va a permanecer vigente a través de los tres siglos. Sin embargo, la evolución socio-religiosa y la práctica misionera van a seguir otros derroteros: las misiones en capitales o en grandes zonas impedirán tanto el trabajo en común como, sobre todo, la vida en común de los misioneros; las revoluciones liberales no permitirán el monopolio de la misión; la cada vez mayor libertad personal, aunque en un formal ambiente cristiano, orientará la misión únicamente hacia quienes la deseen… De este modo, el «sentido de globalidad» dejará de dinamizar la acción misionera y, como no se renuncia a él, deberán buscarse presiones externas (eclesiales o políticas) que creen el ambiente necesario o faciliten el acercamiento a cada una de las personas. En conclusión: lo que era una dinámica interna tendente a la animación de la comunidad local desaparece como tal y queda reducido a una serie de manifestaciones externas con poco calado aún en quienes participan de la misión.

7. LA RIGIDEZ DE UN MARCO: LAS FUNCIONES

Este sentido de «globalidad» tiene un claro centro dinamizador en la Predicación, expuesta en los «Sermones», «Catecismos» y «Pláticas» y recogida en los «Libros de las Funciones»). Su temática y desarrollo quedan fijados en España desde mediados del s. XVIII a partir de originales franceses e italianos y con notorias influencias de las tendencias teológicas y de predicación españolas. Desde entonces permanecen inmutables hasta el final del período, aunque su incidencia comienza a decaer a finales de los años cincuenta del s. XX.

Es a través de esta Predicación, que no suele utilizar recursos extravagantes de otras misiones (flagelaciones del misionero, uso de hábitos especiales, confesiones públicas, utilización de calaveras, obscuridades y otros múltiples efectos …), como se transmiten los contenidos de fe. Unos contenidos fijados por el Concilio Tridentino que van a repercutir en la Moral, el Dogma, la Eclesiología y la Cristología y que permanecen intocables, bien que en una progresiva crisis, hasta el Vaticano II, adoleciendo de una falta manifiesta de respuesta a las nuevas situaciones y llegando, al final del período, totalmente inadecuados.

A este inmovilismo colaboró, sin duda, una rigurosa obediencia a los Reglamentos, una deficiente formación inicial y una inexistente formación contínua de los misioneros. De hecho, la gran mayoría de ellos llegaban a la misión con las predicaciones aprendidas de memoria y sin tiempo intermisional para poder modificar novedad alguna. La conclusión es que no hay una adecuación de las funciones a las nuevas situaciones.

8. «DAR TIEMPO AL TIEMPO»

Dentro de las múltiples «estrategias» diseñadas por Vicente de Paúl, dos son las que muestran una mayor originalidad: el tiempo de las estancias en cada lugar y la periodicidad con que se realizan. Con las estancias largas (aproximadamente un mes) se buscaba acercar los contenidos de la misión a cada una de las personas; mediante la periodicidad (cinco o diez años) se intentaba hacer de lo extraordinario algo esperado para el bien personal y comunitario. Ambas «estrategias» se mantienen de forma correcta (en menor medida la estancia) durante el período del Antiguo Régimen, hasta verse desestabilizadas con las convulsiones liberales.

El aumento espectacular del número de misiones que se inicia con la Restauración, no correspondido con similar número de misioneros, lleva inevitablemente al acortamiento de la estancia (se llega, en ocasiones, a los seis o, incluso, tres días) aunque no repercute excesivamente en la periodicidad. Ésta, sin embargo, se verá profundamente transformada tras la guerra civil al desarrollarse las «misiones zonales» que no permiten, dada su complejidad, la repetición sistemática. De este modo, se pierden, en un momento significativamente importante, dos de los rasgos más señalados en la misión vicenciana y cuya consecuencia más inmediata será la falta de profundidad de que van a adolecer hasta el final del período. La misión quedará reducida a la escucha de una serie de sermones quedando la catequesis -que precisa de tiempos más largos- muy mermada.

9. CUANDO LA SAL SE VUELVE SOSA…

El trabajo misionero diseñado por Vicente de Paúl tiene una clara orientación: revitalizar la comunidad tanto en sus relaciones con Dios como en sus comportamientos sociales. A este fin se destinan las actitudes de los misioneros, el diseño de contenidos y de estrategias y la propuesta de acciones para mantener los frutos de la misión.

La misión está pensada para incidir en el tejido social de la población rural y así ocurrió durante todo el período del Antiguo Régimen. Tanto los frutos inmediatamente obtenidos (reconciliaciones, restituciones, regularización de matrimonios, arreglos de pleitos, puesta a punto de Iglesias, etc …) como los promovidos durante su desarrollo (institución de Asociaciones de Caridad, revitalización de Cofradías asistenciales…) dejaban honda huella en el lugar misionado y así se refleja, de múltiples maneras, en los Libros de Misión.

Las conmociones liberales motivaron notorios cambios en estos dinamismos. La misión, cuando los períodos moderados permiten realizarla, sigue llegando a todos, a nadie deja indiferente: simplemente hay defensores y detractores. Los primeros aceptan la misión con todas sus consecuencias; los segundos, la combaten. Esta nueva situación, vista en todo momento como coyuntural, se encaró, por parte de la C.M., con un movimiento de cerrazón sobre sí misma («no cambiar nada ni en los contenidos ni en las estrategias») que, a nivel de las gentes, transcendió en la misma medida. De este modo, las repercusiones sociales pierden incidencia, la conversión quedará vinculada únicamente a la relación con Dios y las acciones propuestas para mantener los frutos de la misión irán tomando un matiz más interiorista (Cofradías devocionales).

La época que se inicia con la Restauración supone para las misiones la consagración de un nuevo elemento: el indiferentismo que, sólo en circunstancias políticas extremas (de uno u otro signo), se convertirá en oposición o fervor. Para aquellos que, voluntariamente o movidos por el ambiente, asistan a la misión, ésta se convertirá en un mero ejercicio formal de escucha de sermones y realización de ejercicios externos sin ninguna implicación en el entramado social. Marcadas, pues, por el oportunismo político y por la costumbre de no cambiar nada, las misiones vicencianas dejarán de tener definitivamente incidencia en los comportamientos sociales (quedándose en la euforia momentánea), y con una promoción de acciones para mantener sus frutos meramente devocionales.

En conclusión: aun siendo magníficas, en cuanto al número,las realizaciones; aun siendo extraordinaria la dedicación de los misioneros, dadas las circunstancias adversas de determinados períodos, las misiones populares permanecieron tan «fijas» a la letra del fundador que, aunque resulte paradójico, dejaron de ser vicencianas al perder los dos aspectos claves de su espíritu (períodos largos e interiorización) y no ser capaces de adecuar, en su ejecución, los contenidos y las estrategias.

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