Misiones populares de la C.M. en España (1704-1975). Parte 10

Mitxel OlabuénagaCongregación de la Misión, Historia de la Congregación de la Misión en España, Misiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Autor: Mítxel Olabuénaga, C.M. · Año publicación original: 1997.
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Parte Segunda: Las Misiones Populares y C.M.

Capítulo 3: Misiones Populares C.M. y Régimen Liberal (1836-1875)

1. Sociedad e Iglesia bajo el Régimen Liberal

La muerte de Fernando VII, la minoría de edad de su hija Isabel y la primera guerra carlista motivaron el acceso al poder de los liberales y el fin del absolutismo monárquico. Esta instauración de un nuevo orden político y social (que rechaza tanto la ideología teocrática de la Iglesia como su estructura económica y privilegios jurídicos) trajo también consigo una nueva ubicación de la Iglesia, aliada natural de la monarquía absoluta. Aún cuando las alternancias en el poder de las distinas «familias» liberales llevará anejo un distinto tratamiento del «problema eclesial», siempre estarán de acuerdo en la eliminación de la Iglesia como fuente de oposición política y en la limitación de su papel a lo puramente espiritual y de alguna manera filantrópico.1 La separación jurídica de ambas, aunque considerada en algunos momentos y especialmente con la Primera República, no se hará aún efectiva.

De acuerdo con estos principios, y al margen de momentos de exaltación que produjeron algunas muertes y asaltos de conventos (muestra, por otra parte, de la pérdida de aprecio de los regulares entre las clases bajas urbanas), los sucesivos gobiernos irán desarrollando una continuada labor legislativa (muy bien apoyada por la prensa partidaria de ello y hacia quien la enemiga de la Iglesia es patente), cuya mayor o menor radicalidad estará en relación directa con el acceso al poder de grupos moderados o progresistas. La supresión o reconocimiento parcial o total de las órdenes religiosas, la desamortización de sus bienes, la supresión de los diezmos, la venta de los bienes de «seculares», el compromiso de pagar los gastos del culto y el mantenimiento del clero secular, el control en el nombramiento de cargos eclesiásticos, los certificados de lealtad a las Constituciones, etc… debemos enmarcarlos en este contexto. La presencia de la Iglesia es admitida pero su ubicación es diferente a la tenida en el Antiguo Régimen. De momento el Estado asume su competencia en materia educativa y asistencial, campos cedidos a la Iglesia con anterioridad, y reduce, como dijimos antes, el poder de la Iglesia a tareas pastorales.2

Factor clave en la consecución de estos fines es la eliminación de las bases que hacían posible el mantenimento de dichas funciones. A este objeto se dirigen la venta, a partir de 1834, de las propiedades eclesiásticas, las sucesivas supresiones de las órdenes religiosas masculinas y el compromiso del Estado de financiar el culto y el clero dedicado a él.3

Esta nueva realidad provocará en la Iglesia de mediados de siglo una profunda desorientación, y los sucesivos esfuerzos, especialmente en momentos de poder de los moderados, por recuperar los espacios perdidos se harán desde perspectivas más propias de épocas anteriores. El enfoque, por ejemplo, del nuevo problema de los enfrentamientos trabajadores-patronos es sintomático. La Iglesia seguirá pensando que la única fórmula de solución está en la caridad, cuando ésta «perdía su sentido en una sociedad en que las injusticias económicas se sentían profundamente y en el que la conciencia de clase iba en aumento».4 Por otra parte, la práctica asistencial de determinados grupos (Hijas de la Caridad, Sociedad de San Vicente de Paúl) no se podía comparar a la masiva caridad del Antiguo Régimen.

Como consecuencia de estos cambios impuestos por el Estado, la Iglesia comenzó a adquirir un nuevo carácter, que de una u otra forma sobrevivirá hasta la conmoción producida por las reformas del Concilio Vaticano II,5 cuyos rasgos más significativos son:

– subordinada al Estado: privada de su tradicional base económica y convencida de la nula posibilidad de restaurar la riqueza y los privilegios perdidos (aunque después del Concordato de 1851 aproveche para imponer algunas de sus aspiraciones, especialmente respecto de la educación como eco de sus obsoletas aspiraciones teocráticas), su mantenimiento pasa a depender de la asignación que aporte el Estado. Si es cierto que esta situación racionaliza las enormes diferencias económicas del clero y garantiza la acción pastoral del mismo, no son menos ciertas la insuficiencia6 y la irregularidad en las asignaciones. La política anticlerical (aunque el Reino siguió siendo oficialmente católico) y las dificultades económicas motivarán, por parte de la Iglesia, un progresivo recurso a la autoridad del Papa y un cuestionamiento, al margen de las minorías integristas, de la utilidad de su tradicional relación con el Estado. Pero ésto será al finalizar el período ya que «mientras el liberalismo mantuviese la unidad católica de España y aceptase pagar al clero, la jerarquía aceptaría el Estado Liberal aunque lo hiciese a regañadientes. En una Iglesia basada en un Concordato no es fácil que los obispos sean subversivos» 7. No será lo mismo para la mayoría de regulares para quienes las formas de sociabilidad liberal serán desviaciones escandalosas de los modelos de civilización cristiana y cuya acción pastoral, en el momento de su restauración, estará mediatizada por ello.

– centrada en la acción pastoral: las supresiones de las órdenes religiosas (principales valedoras de la acción educativa) y la disminución de sus propios recursos económicos (base de su acción asistencial) motivan su mayor dedicación al ámbito «pastoral». Un clero secular diocesano, mal formado y mal distribuido, se hará cargo no sólo de las tareas ordinarias (culto, predicación dominical, instrucción, sacramentos…) sino también de las extraordinarias (atención a las Cofradías, predicación extraordinaria, Misiones Populares…). El Concordato de 1851, con el apoyo económico a los Seminarios y el restablecimiento de algunas órdenes de regulares, paliará en parte esta situación y llevará consigo una importante recuperación institucional, aunque «la transformación religiosa y moral, que la opinión clerical esperaba de su alianza con el Estado moderado, no iba a producirse».8

– acentuada presencia en el medio rural: la supresión de las órdenes religiosas (asentadas mayoritariamente en las ciudades aunque parte de su acción se desarrolle en el ámbito rural y de él provengan gran parte de sus recursos) y la reducción del tamaño de la élite clerical (especialmente en lo que concierne a los cabildos catedralicios) impulsaron el cambio desde la Iglesia urbana del Antiguo Régimen a la Iglesia rural del s.XIX.

– fomento de una religiosidad intimista e individualista (muy del gusto de la mentalidad liberal, aunque ya venía de antes), donde las manifestaciones públicas de la fe (salvo las procesiones) son escasas, y las cofradías o asociaciones asistenciales pierden terreno ante las devocionales. Después de la firma del Concordato esta situación se verá consolidada. Devociones como la del Sagrado Corazón, Trisagio, Santisimo Sacramento, Apostolado de la Oración, Cuarenta Horas, el Rosario, devociones marianas (reforzadas por el Dogma de la Inmaculada -1854-) tendrán una amplia difusión. Igual ocurre con la introducción de innumerables asociaciones devocionales (que requieren poco esfuerzo intelectual y de carácter individualista) ante las que poco pueden hacer las asociaciones voluntaristas, abiertas a todos y con un cierto compromiso con la religión y la caridad (Conferencias de San Vicente de Paúl, Doctrina Cristiana, Escuelas Dominicales…).9

Estos rasgos, que permitieron a la Iglesia adaptarse a la configuración de la sociedad liberal la dejaron, al mismo tiempo, «particularmente incapacitada para hacer frente a las aspiraciones colectivistas que ya resultaban muy atractivas hacia 1870» .10 El proceso de descristianización, más evidente en las zonas urbanas que en las rurales al igual que en determinadas regiones, es evidente desde mediados de siglo, buscando las causas más que en elementos externos, en la dinámica de la misma Iglesia. Como señala Laboa, «gran parte del alejamiento de la Iglesia y la clase obrera era debido a la incapacidad de las viejas iglesias para adecuarse a las grandes ciudades, a los nuevos núcleos industriales y a la nueva clase social, que resultaba tan extraña a su práctica y a su experiencia. Los lugares de culto no bastaban, la experiencia de los párrocos rurales no servía para las nuevas condiciones y, en conclusión, las iglesias descuidaron a las nuevas comunidades y a las nuevas clases. Y las abandonaron casi completamente a la fe laica de los movimientos obreros, que a fines del s. XIX las conquistaron del todo».11

La formación, por otra parte, de los sacerdotes no mejoró demasiado con el apoyo, después del Concordato de 1851, del Estado a los Seminarios y el posterior cierre de las Facultades, pues si bien instauró una educación similar para todos, favoreció el aislamiento del clero respecto de la cultura secular. En definitiva «culturalmente limitados y con una formación pastoral débil, los Seminarios produjeron unas generaciones de sacerdotes que se enfrentaban al desafío de unas condiciones sociales, políticas y económicas cambiantes con una preparación inadecuada».12

2. Las Misiones Populares bajo el Régimen Liberal

Aún cuando abundantes sacerdotes diocesanos se dedicaban a la predicación extraordinaria en las misiones populares, no hay duda de que éste ministerio era más propio de determinadas órdenes religiosas. Teniendo en cuenta los avatares por los que pasan los regulares en esta época, no será difícil perfilar la evolución de las mismas misiones.

La supresión de 1836 paralizó bruscamente la acción misionera, que quedó en manos del clero secular o de los religiosos que permanecen, como sacerdotes, al amparo del correspondiente obispo.

Tras la firma del Concordato en 1851 se inicia una muy fuerte campaña misionera. Tanto la C.M. (junto a la de San Felipe Neri reconocida expresamente por el mismo Concordato) como algunas de las posteriormente aprobadas retoman inmediatamente uno de sus trabajos preferentes.

Se inicia con ello un breve pero intenso renacer de las misiones. Tres factores estructuran esta nueva situación: la disponibilidad de las órdenes religiosas (ansiosas de recuperar el tiempo perdido), el interés de los obispos (preocupados por hacer frente a la desmoralización y al indiferentismo de las gentes) y el apoyo de los liberales moderados (para quienes la predicación de la sumisión ofrecía un remedio tranquilizador ante el peligro de la revolución social).

La dinámica y los contenidos bajo los que se dan las misiones serán los tradicionales, salvo la intensificación del carácter catequético de las mismas (no tanto por rechazo del espíritu penitencial que las había caracterizado, sino por el reconocimiento en todos los ámbitos eclesiales de la importancia de la catequesis). La efectividad, sin embargo, de esta catequesis estará limitada por el analfabetismo generalizado de las gentes de los campos y por la ausencia de adecuadas técnicas catequísticas.

Este renacer se verá paralizado con la supresión de los regulares en 1868. De nuevo la acción pastoral queda en manos del clero secular diocesano, no preparado expresamente para este trabajo, y de algunos regulares que se mantienen bajo la dependencia de los obispos.

3. La acción misionera de la CM bajo el Régimen Liberal

3.1. Una Institución «moderada»

La trayectoria seguida por la C.M. desde su implantación en España a comienzos del s. XVIII queda bruscamente paralizada por el Decreto de supresión de 1836. Su acción misionera sufre el mismo impacto ya que el personal que se queda en España pasará a estar a disposición de los obispos (bien como párrocos o bien como formadores del clero) o al servicio de las Hijas de la Caridad.

La política de la década moderada intenta, respecto a la Iglesia, dar salida al contencioso provocado en años anteriores. El Concordato de 1851 viene a regular las nuevas relaciones. La escasez o falta de preparación del clero diocesano para ejercer determinados trabajos, motiva el restablecimiento (explícita o implícitamente) de las órdenes religiosas. Las misiones en los pueblos, la ayuda a los párrocos, la formación del clero y la asistencia a los pobres y enfermos son las premisas «pastorales» sobre las que se fundamenta tal reconocimiento; unas instituciones que no se hayan sentido fatalmente perjudicadas por la desamortización, sin implicaciones particularmente intensas con el absolutismo, no beligerantes en el tema de la educación y con cercanía jurídica y vital al clero secular, son, a su vez, las premisas «políticas». Vistas así las cosas (añádase la dirección de las Hijas de la Caridad que otorga el Artículo 30 y los buenos oficios del Sr. Codina), nada tiene de extraño el reconocimiento expreso de la C.M. por el mismo Concordato.

Esta restauración, que fija al mismo tiempo los medios de subsistencia de las casas (Artículo 29, desarrollado por Real Decreto de 23 de Julio de 1852), convirtió a la Congregación en una Institución dependiente económicamente del Estado y utilizada por éste para llevar adelante su política moderada. Con este apoyo, y dentro de las posibilidades económicas y de personal, asistimos al inmediato resurgir del trabajo misionero.

Todo ello se vino abajo con el acceso al poder de los triunfadores de 1868, ya que la caída de los «moderados» arrastró consigo a las Instituciones, como la C.M., que, de forma directa o indirecta, habían participado de su política o la habían favorecido. Con su disolución (Decreto del 22 de Octubre) queda igualmente imposibilitado su trabajo misionero.

3.2. Estructuras misioneras

Este orden de cosas va a incidir decisivamente en el desarrollo tanto de las casas y misioneros como en el trabajo que ambas realidades tenían encomendado.

TABLA I: LAS CASAS-MISIÓN DE LA CM EN ESPAÑA. 

RÉGIMEN LIBERAL (1835-1875)

1835 1846 1857 1868 1875
TOTAL CASAS 8 1 2 6 5
CASAS-MISIÓN 8 (1) 1 6 1
En Aragón 1 1
En Baleares 1 (1) 1 1 1
En Castilla-León 1
En Cataluña 3 1
En C. Valenciana 1
En Extremadura 1 1
En Madrid 1 1

3.2.1. Las Casas

La evolución de las mismas viene determinada por tres acontecimientos: la supresión de 1836, el concordato de 1851 y la nueva supresión de 1868.

El 8 de Marzo de 1836 son suprimidas todas las casas de la CM en España aunque la de Palma permanece de alguna manera en manos de la Congregación.13 Este suceso, junto a la desamortización de sus bienes y la dispersión del personal, lleva consigo la práctica aniquilación de la Congregación en España.

A tenor de lo dispuesto en el Concordato de 1851, es reconocida la Congregación el 23 de Julio de 1852. Pronto inicia una lenta recuperación con el restablecimiento de las casas de Badajoz y Palma y las nuevas fundaciones de Madrid, Vitoria (durante dos escasos años), Arenas de San Pedro, Barcelona y Teruel.

Dos elementos debemos destacar en esta nueva fase: una nueva orientación geográfica (apertura hacia territorios ajenos a la antigua Corona de Aragón y establecimiento de la Casa Central en Madrid) y una significativa ampliación de los trabajos tradicionales (atención espiritual a las cada día más aceptadas Hijas de la Caridad).

El Decreto de 22 de Octubre de 1868 echó abajo todo este resurgimiento. Únicamente quedó a flote, una vez más, la casa de Palma. De aquí a 1875 sólo merece destacar la fundación de la casa de Los Milagros (Orense) en 1869.14 Con ello se paralizarán casi totalmente todas las actividades.

3.2.2. El Personal

Las mismas circunstancias señaladas con anterioridad condicionan los datos respecto del personal. La supresión de las órdenes religiosas en 1836 significa la dispersión de los miembros de la Congregación que o bien aceptan el destierro o bien se quedan en el país como sacerdotes seculares (la mayoría) o al servicio de las Hijas de la Caridad (una minoría).

La recuperación, después de la firma del Concordato de 1851, queda de nuevo paralizada con la revolución de 1868. El golpe, sin embargo, no va a ser tan traumático como el anterior dado que, además de los que van al exilio o se quedan al servicio de las Hijas de la Caridad o de las parroquias, permanecerán unos cuantos de forma clandestina junto con un numeroso grupo de estudiantes (Murguía -Alava-, Burgos, Elizondo -Navarra-). Esto explica que la Restauración encuentre a la C.M. relativamente organizada.

El descenso, no obstante, en el período es más que evidente. El número total de miembros que en 1835 era de unos ciento veinte queda reducido a menos de la mitad al inicio de la Restauración con cotas mucho más reducidas en los años intermedios (16 en 1846, 18 en 1857).

La actividad misionera de los sacerdotes residentes en España queda prácticamente anulada. Únicamente tiene alguna significación el período 1858-1868. Así, en 1868, constatamos la presencia de diez misioneros ejerciendo este ministerio (23% del total disponible), la mayoría con una intensa dedicación al trabajo misionero. La edad media de quienes dan misiones, descartado el único caso de 1846, es de 40 años, con máxima de 44 años en 1875 y mínima de 35 en 1868.

TABLA II: MISIONEROS C.M. EN ESPAÑA. RÉGIMEN LIBERAL (1835-1875)
AÑOS 1835 1846 1857 1868 1875
SEMINARISTAS 6 0 36 41 24
HERMANOS COADJ. 30 5 28 39 20
SACERDOTES RESIDENTES 92 16 18 44 30
DAN MISIONES 0 1 3 10 7
% 6 17 23 23
EDAD MEDIA 80 41 35 44
Nº DE MISIONES:
1-2 MISIONES 0 1 1 1 3
3-5 MISIONES 0 0 2 6 3
6-10 MISIONES 0 0 0 3 0
11-15 MISIONES 0 0 0 0 0
+ MISIONES 0 0 0 0 1

Todos ellos han entrado al Seminario Interno sin ser sacerdotes. Sus lugares de origen muestran una mayor diversidad que en el Antiguo Régimen, mostrando la nueva cara que se iba conformando en la Institución: 7 son catalanes (5 de Barcelona, 1 de Lérida y 1 de Gerona), 4 castellano-leoneses (3 de Burgos y 1 de Ávila), un aragonés (Huesca) y un balear (4 de difícil ubicación).

3.3. Los lugares misionados

Las supresiones de las casas de 1836 y 1868, la dispersión del personal y la falta de fondos provocaron una total paralización del trabajo en las misiones populares, parcialmente restaurada en la década 1858-1867.

3.3.1. Distribución geográfica

El total de misiones dadas por los miembros de la C.M. en el período es de 328 (TABLA III) siendo coincidente su número con el de lugares misionados. Los centros de esta acción son las casas de Palma (55 misiones), Madrid (15 misiones en la provincia y 70 en Toledo), Badajoz (65 misiones) y Arenas de San Pedro (Ávila) (34 misiones). Cuestión aparte y curiosa es el trabajo del P. Díez, que misiona en solitario amplias zonas de Galicia, tras la revolución de 1868. Anecdóticas las realizadas en Aragón (cuatro) y en Andalucía (catedrales de Granada y Málaga).

TABLA III: MISIONES POPULARES C.M. EN ESPAÑA. RÉGIMEN LIBERAL (1835-1875)
MIS. 

LOCALES

MIS. EN 

CAPITAL

MIS. DE CAPITAL MIS. 

ZONALES

TOTAL MISIONES TOTAL LUGARES
ANDALUCÍA 2 2 2
ARAGÓN 3 1 4 4
ASTURIAS
BALEARES 54 1 55 55
CANARIAS
CANTABRIA
CASTILLA LA M. 70 70 70
CASTILLA LEÓN 34 34 34
CATALUÑA
C. VALENCIANA
EXTREMADURA 65 1 66 66
GALICIA 74 8 82 82
LA RIOJA
MADRID 14 1 15 15
MURCIA
NAVARRA
PAÍS VASCO
TOTAL 314 14 328 328

A tenor de los contratos y de la tradición misionera de la Congregación, los «Libros de Misiones» muestran un particular empeño en señalar, cuando las circunstancias lo permiten, la continuidad de los «cursos de misión». Palma, Madrid y Arenas de San Pedro, son ejemplos claros de esta situación.

TABLA IV: MISIONES POPULARES C.M. EN ESPAÑA. RÉGIMEN LIBERAL (1835-1875). PERIODIZACIÓN
1836 

1846

1847 

1857

1858 

1868

1869 

1875

ANDALUCÍA 2
ARAGÓN 4
ASTURIAS
BALEARES 4 1 45 1
CANARIAS
CANTABRIA
CASTILLA LA M. 2 68
CASTILLA LEÓN 31 3
CATALUÑA
C. VALENCIANA
EXTREMADURA 66
GALICIA 4 78
LA RIOJA
MADRID 9 6
MURCIA
NAVARRA
PAÍS VASCO
TOTAL MISIONES 4 12 226 82
TOTAL LUGARES 4 12 226 82

No así Badajoz (misiones «solicitadas» a la casa) ni Galicia (misiones «solicitadas» al P. Díez). Como resultado de todo ello es difícil, a diferencia de tiempos anteriores, que se puedan cumplir los planes de evangelización sistemática. En los cuarenta años del período las únicas muestras un tanto significativas de esta situación se dan en Baleares15 y Badajoz.16

3.3.2. Distribución Tipológica

Las 328 misiones que se imparten en todo el período son de las denominadas «locales» correspondiendo una gran mayoría de ellas, -314-, a entidades rurales o semiurbanas y ninguna a una capital entera. Las catorce restantes son realizadas «dentro de» las capitales: en la catedral (Granada, Málaga, Orense – en dos ocasiones, Badajoz y Teruel), en alguna Parroquia (La Coruña – en tres ocasiones-, Orense -en tres ocasiones-), en alguna institución (La Misericordia, en Palma) o en algún barrio (Chamberí, en Madrid).

3.3.3. Distribución temporal

La primera mitad del período (1836-1858) es de práctica ausencia de actividad misionera (TABLA IV). Únicamente contabilizamos 4 misiones en los años 1836-1846 (localizadas en Baleares) y 12 misiones en la década siguiente (9 en Madrid, 2 en Toledo y 1 en Baleares).

La segunda mitad (1858-1875) es de cierta actividad, motivada por el reconocimiento concordatario de la Congregación en 1851-2. Esta época queda dividida, a su vez, por los acontecimientos de 1868. El único momento de normalidad es el correspondiente a los años 1858-1868 en el que anotamos 226 misiones (70% de todo el período); posteriomente, las 82 misiones que se dan pertenecen en gran medida, como ya se ha indicado, a la actividad personal del P. Díez.

Las 226 misiones del período 1858-1868 corresponden principalmente a la actividad de las casas de Palma (45 en Baleares), Madrid (68 en Toledo y 6 en Madrid) y Arenas (31 misiones en Ávila). Las 82 del último período corresponden mayoritariamente a Galicia.

4. Contenidos y sentido de la misión

Bien es verdad que los acontecimientos ocurridos en el período y sus repercusiones en la acción misionera simplifican bastante la situación. Las «estrategias» y los «contenidos» siguen inalterables, contemplándose las sucesivas supresiones de la Congregación y su actividad como meros paréntesis de una historia lineal: «Al fin, todo está como estaba y podemos seguir nuestro trabajo», parecen pensar los misioneros. Sin embargo, las conmociones liberales supusieron algo más que un paréntesis de persecución anticlerical y limitación de actividades eclesiás-ticas. Sus principios programáticos van calando en amplias esferas de las gentes de las ciudades y en las personas más significativas del campo.

Los Ayuntamientos, como tales, comienzan a dejar de aceptar la misión (aunque no se oponen a ella) que, además, encuentra la oposición de personas más o menos significativas del lugar (normalmente descritas con rasgos muy negativos por los misioneros: inmorales, pervertidos, borrachos…) entre los que se señalan no sólo los elementos más cualificados de la sociedad laica (secretarios, alcaldes, farmaceúticos…) sino, también, los mismos sacerdotes.17 Al margen de estos comportamientos ideológicos, debemos situar las manifestaciones de las gentes menos formadas que, al socaire de los acontecimientos o motivados por los anteriores personajes, hacían gala de un anticlericalismo puro y burdo.

Estos acontecimientos rompen la tradicional uniformidad del pensamiento y las formas de vida existente en el período anterior. La propagación de las «libertades» modifica, a su vez, los comportamientos de las gentes relativos a la religión y a sus manifestaciones. Ya no será posible, por ejemplo, la misión «globalizadora» porque, sencillamente, no la aceptan parte de los destinatarios.

Ciertamente que las Misiones Populares Vicencianas, al estar diseñadas para un mundo rural, sufren estas consecuencias en menor medida que otros modelos de misión, aunque no por ello deje de reflejarse. Según los Libros de Misión, las dificultades que encuentran los misioneros son cada vez mayores18 y sus intentos por llegar a todas y cada una de las personas, como en épocas anteriores, resultan infructuosos precisando, a veces, la intervención de la autoridad civil para poder llevar a cabo la misma misión.19

A pesar de estas menores dificultades no dejan de apreciarse las primeras graves fallas en el trabajo misionero. La rígida observancia de «estrategias» y «predicaciones» (indicada taxativamente en los Reglamentos y exigida una y otra vez por los Superiores Generales) no sólo no acercaba la misión a los alejados (perdiéndose con ello la dimensión social que antes poseían) sino que no era capaz, tan siquiera, de preparar a los asistentes para dar respuesta a los interrogantes que comenzaban a plantearse. Unas y otras comenzaron a servir únicamente como medios de mantener una fe y unos comportamientos tradicionales cuando lo que se precisaba era una nueva evangelización. Y no podía ser de otro modo ya que estaban pensadas desde y para unas situaciones que comenzaban a cambiar.

La misma rigidez incidía, por otra parte, en la preparación personal de los misioneros. Urgidos a atenerse a lo establecido les bastaba con desarrollar las estrategias de siempre y aprender de memoria las predicaciones. De este modo a una progresiva falta de «imaginación» en la solución de problemas se fue juntando una desmotivación para buscar nuevas vías que sustituyesen a las tradicionales.

Los resultados, no obstante, de las misiones continúan en la misma línea que en la época anterior, siempre reducidos en cuanto al número: restituciones, reconciliaciones, arreglo de matrimonios, etc… Desaparecen de forma total las Conferencias a los Eclesiásticos y las reparaciones o construcciones de Iglesias; aparecen, como novedad, la creación de algunas Escuelas Dominicales y Bibliotecas populares, que únicamente se ven en este período y limitadas a Ávila.20 Las Asociaciones promovidas en las misiones van a seguir tres parámetros: ausencia total de Cofradías de la Caridad (aún cuando sigan amparadas por el Reglamento de Misiones), presencia de algunas Cofradías devocionales (muy del gusto de la época)21 e instalación de las Conferencias de San Vicente de Paúl (fundadas en Francia poco antes y con un fuerte sentido asistencial y voluntarista).22

Los cambios socio-políticos y económicos de la época (que fortalecen unos comportamientos más libres y escépticos hacia la dimensión religiosa del hombre) y la ausencia de una respuesta eclesial adecuada comienzan a dinamitar, en definitiva, la estructura fundamental sobre la que se asentaba el edificio misionero, es decir, la «globalidad». Las recomendaciones de no «cambiar nada» en las «estrategias» y en las «predicaciones» son, si cabe, más abundantes que en el período anterior. Esta intransigencia, falta de visión o incapacidad de adaptación, comienza por cerrar las misiones a un grupo cada vez más numeroso de personas que tienden a identificarla con planteamientos más propios de épocas pasadas y que obstaculizan el progreso que requieren los nuevos tiempos. Los misioneros, a su vez, pondrán sus esperanzas en la «vuelta a tiempos mejores» donde, eliminados los elementos que «pervierten al pueblo», puedan, de nuevo, llevarse a cabo sus planteamientos. Y ésto sólo lo puede imponer la autoridad. Los misioneros, en vez de acomodar o cambiar los contenidos de las misiones, buscarán el apoyo del poder para «disponer» al pueblo en su favor. Lo encontrarán en el período siguiente pero eso significará, al mismo tiempo, la identificación de las misiones y de los misioneros con una ideología concreta: la dominante.

  1. CALLAHAN, W.: «Iglesia, poder y Sociedad en España, 1750-1874», p.145; LABOA, J. Mª: «La larga marcha de la Iglesia» p.80; VILLOTA, Ig.: «La Iglesia en la sociedad española y vasca contemporáneas» p. 60.
  2. En este sentido dejan de ser útiles y necesarios la mayoría de los conventos y monasterios. Las leyes de supresión y desamortización de «regulares» de 1835-6 dejará intactos únicamente algunos seminarios que proporcionen misioneros para las colonias, algunos conventos que lo hagan con las iglesias de Tierra Santa, los Escolapios (educación) y los Hospitalarios (atención sanitaria). En la misma línea se mueve la aceptación en el Concordato de 1851 del reconocimiento de las Congregaciones de San Vicente de Paúl y San Felipe Neri. El Decreto del Gobierno Provisional de 16 Octubre de 1868 señala que se suprimen las órdenes religiosas (menos las Hijas de la Caridad y algunas otras con trabajo docente y hospitalario) por «ser parte integrante y principal del régimen vergonzoso que la nación acaba de derribar con tanta gloria».
  3. CALLAHAN, W.: o.c. p. 176.
  4. Id.: p. 223. LABOA, Juan Mª.: o.c. p. 165.
  5. CALLAHAN, W.: o.c. p. 145
  6. Las Cortes de 1872 reducirán el presupuesto eclesiástico a las estrictas necesidades del culto público con lo que el sueldo del clero pasó a manos de los municipios «que muy bien podían estar regidos por republicanos anticlericales» CARR, R.: «España 1808-1939» p. 313.
  7. CARR, R.: «España 1808-1939» p.233
  8. CALLAHAN, W.: o.c. p. 191
  9. Vide JIMÉNEZ DUQUE, B.: «La espiritualidad en el siglo XIX español», Madrid, 1974, pp. 137-165.
  10. CALLAHAN, W.: o.c. p.240.
  11. LABOA, Juan Mª: o.c. p.146.
  12. CALLAHAN, W.: o.c. p. 215.
  13. Convertida primero en asilo de sacerdotes ancianos y luego en refugio de eclesiásticos, permanecieron al frente de ella, con no pocos sufrimientos, los PP. Viver y Davíu. En Noviembre de 1847, y pocos meses antes de morir este último, el Superior General envió, desde París, al P. Marimón que logró sostenerse en ella hasta que en 1853, restablecida la Congregación, el obispo de la diócesis hizo restitución de ella y sus pertenencias al propio P. Miramón. Vide HORCAJADA, M.: «Breve reseña histórica de las casas CM en España» AnMadrid (XVII) pp. 203-206; ROMÁN, JMª: «La CM ante la Revolución Liberal en España» en «Vicente de Paúl, pervivencia de un fundador», p. 165.
  14. Es el Obispo de la Diócesis, D.José de la Cuesta y Maroto, quien encomienda a la CM el Santuario de Los Milagros. Había conocido a los Paúles a través de las Misiones que venía dando por Galicia el P. Díez, huido de Badajoz tras la supresión de la casa en 1868. Tomó posesión el mismo P. Díez el 9 de septiembre «a fin de establecer en él, como de hecho se estableció, una Comunidad». (Libro de cuentas de la Administración, fol.102. Archivo del Santuario. Citado en «Centenario de los PP. Paúles» Madrid, 1928, p. 166.). Poco después, efectivamente fueron a unirse al P. Díez los PP. Miguel Pérez Gallardo y Faustino Marcos.
  15. Aparecen tres veces misionadas Algaida y dos veces Casconcos, Llorito, Pina-Algaida, Randa-Algaida y San Joan.
  16. Dos veces misionados: Almendral, Barcarrota, Corte de Peleas, Feria, La Albuera, La Morera, La Parra, Nogales, Oliva de la Frontera, Salvatierra de los Barros, Talavera la Real, Valverde de Leganés, Villanueva del Fresno.
  17. Los adjetivos aplicados a los sacerdotes más o menos opuestos a la Misión no difieren demasiado de los dedicados al resto del personl (borrachos, inmorales, masones, «políticos»… Sin duda que algunos caracterizan al clero rural de la época; debemos, sin emabargo, suponer que, en ocasiones, la oposición tendría otras connotaciones menos «morales» y más «ideológicas» que las presentadas por las crónicas misioneras.
  18. 1860, Santa Margarita-Baleares: «Población perdida y abandonada por parte del clero y también de parte de algunos impíos y ateos, los cuales no parecen tener otro objetivo que desmoralizar al pueblo y apartarlo de la fe católica»; 1860, Sineu-Baleares: «hay diez o doce mozos impíos y emisarios de Satanás»; 1862, La Puebla-Baleares: «Se suspende la Misión de orden del Secretario ya que hay unas funciones dramáticas»; 1867, Concud-Teruel: «Todos estos señores (Cura, Médico, Maestro) rodearon a los misioneros en el trayecto hasta el pueblo e intentaron desanimarlos de dar la misión manifestándoles la falta de religión y de moralidad de los vecinos, el indiferentismo y materialismo que en ellos reinaba; las blasfemias y expresiones soeces que a todas horas se oían, los rumores que se propalaban en contra de los misioneros»…
  19. 1866, Ginzo de Limia-Orense: «El Sr. Gobernador obligaba a que todos los pueblos de tres leguas en contorno asistiesen todos los días con sus respectivas cruces parroquiales…».
  20. 1864, Pedro Bernardo; 1865, Gavilanes, Mijares, Casavieja, Cebreros; 1866: Villafranca y Bonilla de la Sierra.
  21. Las Cofradías devocionales instauradas durante las misiones tienen todas ellas relación con la devoción a la Virgen María. Así «La Corte de María» (Villafranca de la Sierra, Bonilla de la Sierra…), «Las Hijas de María» (Villar del Rey, San Vicente de Alcántara …].
  22. En el período 1860-1867 se establecen las Conferencias, durante las misiones, al menos en 28 lugares. La mayoría en Toledo (Escalonilla, Santa Olalla, Yepes, Mocejón, Añover, Borox, Romeral, Yébenes, Cuerva, Menasalbas, Sonseca, Alameda, Orgaz, Cedillo, Olías, Chozas, Novés, Gerindote, Alcabon, Navamorcuende, Oropesa y Lagartera) y algunas en Badajoz (Salvaleón, Alburquerque, Almendral y Morera) y Ávila (Cebreros).

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