Sin trabajo
Miguel Antonio Le Gras, su hijo, fue la cruz inseparable de Luisa de Marillac. Cuando Luisa vivía con su esposo, formando una familia de la burguesía, nunca se hubiera imaginado el sufrimiento que le causaría aquel niño al que cuidaba con tanto esmero; ni tampoco después, viuda, hubiera podido pensar que aquel hijo que se educaba en el seminario, la heriría como la hirió. Miguel Le Gras era su carne y su sangre, y esta carne sufrirá y sancionará con dureza. Luisa sintió el dolor y el desgarro como si aún lo llevara en sus entrañas.
Hacia el verano de 1642, Miguel dio por terminados sus estudios de teología sin querer ordenarse de sacerdote. Para su madre, aunque grande, fue tan sólo una desilusión. Más doloroso era que su hijo tenía 29 años y no encontraba trabajo. Esto sí fue un sufrimiento para la madre. Miguel no podía seguir viviendo de las rentas, no muchas, que le había dejado su padre; tenía que buscar una colocación acorde a su categoría. Era clérigo y sólo podía tener colocación digna en la Iglesia o de escribiente, profesor o preceptor en alguna familia de condición. El alojamiento, si lo deseaba, lo tenía asegurado en el colegio de Bons-Enfants que pertenecía a la Congregación de la Misión [padres paúles].
En enero de 1643, Luisa manifestó su angustia a su director Vicente y le pidió oraciones. Por esta misma fecha o algo antes, se reunieron algunos parientes de Luisa para buscar a Miguel alguna salida honrosa. En concreto, se reunieron en el convento de las carmelitas, donde eran religiosas una tía y una prima de Luisa, el jesuita Aquiles de At-tichy y su hermana Ana, casada con el conde de Maure. Otra hermana, Genoveva, casada con el duque de Atri, Escipión de Acquaviva de Aragón, aunque no asistió, estaba de acuerdo con la reunión —¿estaba presente alguna de las carmelitas Marillac?—. Los tres eran hijos de Octavio Doni de Attichy y de Valencia de Marillac, hermana del supuesto padre de Luisa. Luisa había vivido con ellos desde el día en que se casó hasta que cayó enfermo su marido —alrededor de nueve años— y en su palacio nació Miguel. Cuando murieron Octavio y Valencia, Luisa y su esposo cuidaron de los hijos menores —cuatro—y de sus bienes con acierto desinteresado. Aquiles y Ana quisieron devolverle el favor en la persona de Miguel, pero lo hicieron sin habilidad:
Lo quisieron hacer sin que lo supiera Miguel, un hombre de 30 años; Ana, con disculpa de solucionar un asunto, llevó engañada a Luisa al convento de las carmelitas; en la reunión, sin piedad, echaron en cara a Luisa que se preocupaba de los pobres, descuidando los bienes de su hijo; y acaso lo más duro, le dijeron que, puesto que era amiga del señor de Noyers [con muchas influencias por ser criatura de total confianza de Richelieu, el verdugo de sus tíos] que le pidiera el favor de ayudar a su hijo.
El orgullo de Luisa saltó herido. Durante dos días, su amor propio rumió la entrevista. Por fin, escribió al P. Aquiles de Attichy, diciéndole que ella no había abandonado los bienes de su hijo; quien sí había descuidado sus negocios y los de ella, había sido su esposo Antonio Le Gras, y los había descuidado consumiendo totalmente su tiempo y su vida por atender los bienes de la casa de Attichy, cuando ellos quedaron huérfanos. Que si querían preocuparse del bienestar de su hijo a espaldas de él, que le hiciera solamente un pequeño favor: el de decir a su hermana Ana que ella no era amiga del señor de Noyers, pues sólo conoció a dicho señor en casa de Miguel de Marillac, el guardasellos, cuando iba a tratar sobre los negocios de los Attichy.
Luisa envió la carta y, después de enviarla, lo consultó con su director Vicente. Éste no se enfadó ni le riñó ni le corrigió su orgullo; todo lo contrario, la consoló cariñosamente con unas frases breves. «¡Pero no sé por qué se pone a cavilar sobre lo que ha hecho por su hijo, como si no fuese razonable que una madre procurase el bien de su hijo! ¡Quiera Dios que también yo lo pueda hacer!» Más adelante, le propuso una colocación para Miguel: en Linas, no lejos de París, o bien en Normandías.
No se sabe si Miguel lo aceptó o el empleo fue temporal, pero en marzo, Luisa pedía oraciones al Abad de Vaux por «un asunto de importancia que parece ir por buen camino para la gloria de Dios; —y acomplejada en Dios, continúa— pero como yo tengo interés en ello, temo que los motivos que doy a la divina justicia de irritarse, se opongan a su misericordia».
De nuevo, el miedo y la culpabilidad. Así, era su sicología. El empleo remoto o, más bien, inalcanzable para su hijo modificó su comportamiento hasta el punto de notarlo Juana Potier, esposa de Miguel de Marillac hijo, que algunos genealogistas consideraban hermanastro de Luisa. Por entonces, le dijo que la veía como enfadada, y le preguntó si se debía a que ya no recibía la pensión que todos los años le daba su suegra, la carmelita. Si era por eso, ella estaba dispuesta a continuar dándosela. Luisa aprovechó la ocasión para pedirle tan sólo un trabajo para su hijo.
También, las Damas de la Caridad estaban preocupadas por Luisa. Varias señoras se esforzaron en hacer algo por el hijo de la amiga que había entregado su vida y sus energías a las Caridades y a los pobres. Era, además, la colaboradora más estimada por el señor Vicente, su director. El 8 de junio de 1643, la señora Pelletier fue a buscar a Luisa y le contó que Juan Francisco Pablo de Gondi, abad de Buzais, hijo menor de Felipe Manuel de Gondi, había sido nombrado obispo coadjutor de su tío, el arzobispo de París. Y lo más interesante era que, sin esperar a hablar con Luisa, había ido a casa de Felipe Manuel para recomendarle a Miguel Le Gras. El señor de Gondi estaba de acuerdo y propuso que podría ser de «aumonier» o en otra función apropiada, ya que Miguel era clérigo pero no sacerdote. Felipe Manuel de Gondi, el antiguo general de las galeras, ahora ora-toriano viviendo en sus tierras, ya conocía a Luisa. Varias veces la había visto y se habían entrevistado, cuando ella visitaba las Caridades de sus pueblos. El ex-general quería saber si Luisa estaba de acuerdo.
Sin esperar, Luisa acudió ese mismo día a Vicente de Paúl. Vicente había sido capellán en casa de los Gondi, preceptor de sus hijos y director de su señora esposa. Un día, logró evitar que el general se batiera en duelo y otro día galopó hasta Marsella para comunicarle la muerte de su esposa Margarita de Silly. Felipe Manuel, general de las galeras, hizo nombrar a Vicente capellán general de los galeotes. Con su esposa, había hecho una fundación de eclesiásticos para misionar sus tierras y a los galeotes. La habían dotado con 45.000 libras y habían cedido al señor Vicente sus derechos de nombrar los cargos en el interior de la fundación (X, 99). Aunque fue Vicente de Paúl quien transformó la fundación en la Congregación de la Misión, no le impedía decir que la fundadora de la Congregación era la señora de Gondi.
Luisa casi imploró a su director y padre, descubriéndole su dolor y la situación desalentadora en que vivía Miguel. No se conoce la respuesta de Vicente, pero Miguel no entró en la «familia» del coadjutor de París, seguramente, porque se opuso el mismo Miguel que ya pensaba abandonar el estado eclesiástico. Tan sólo dos meses después, el 13 de agosto, Luisa volvió a escribir a su director: «Le suplico humildemente que pueda tener el honor de hablarle lo más pronto que usted pueda acerca de mi hijo. Lo creo necesario, así como que su caridad se emplee ante Dios por sus necesidades de la manera que usted sabe». Unos meses después, insistió en volver a hablarle, urgiéndole que fuera «hoy mismo»; si él no podía salir, ella misma iría a su casa, pues no se podía perder tiempo en poner remedio al mal que era ya extremo, como ninguno de los dos se lo podía imaginar.
¿Cuál era el mal? Luisa se había enterado por medio del señor Compaing, vicario de San Nicolás de Chardonnet, parroquia en donde estaba incardinado Miguel como clérigo sin beneficio, que su hijo abandonaba definitivamente el estado eclesiástico, se secularizaba. El 19 de noviembre, el señor Compaing le entregó una carta para que la viese el señor Vicente; seguramente, en ella, se proponía el asunto para legalizar su situación.
Durante el año 1644, no tenemos noticias de Miguel salvo las oraciones que por él pedía su madre al Abad de Vaux el 23 de febrero, y salvo el domingo, 16 de octubre, que dedicó Luisa a orar por su hijo en la peregrinación que hizo a Charles. Casi seguro que Miguel seguía residiendo en una casa de los padres paúles.
El tormento de una madre
Durante el año 1645, Miguel le hizo jirones las entrañas, y Luisa tuvo que pedir ayuda desesperada a su director: «No puedo tener ayuda de nadie en el mundo, ni casi nunca apenas la he tenido a no ser de la caridad de usted». Es la postdata de una carta del 2 de diciembre de 1611:
«Estoy totalmente angustiada por mi hijo que llegó el sábado con la condesa de Maure [a París]; ella me ha dicho que el domingo le dio una nota y que él debía venir a buscarme y no se sabe dónde puede estar. ¿Qué debo hacer? No sé si ha estado en Bons Enfants ¿envío a alguien allá? o usted, señor, ¿querría tomarse esta molestia? quiero decir, la de enviar a alguien a preguntar si ha estado allí y lo que ha hecho. Se lo suplico humildísimamente por el amor de Dios. Usted sabe mi dolor, y mis temores no son pequeños, y que soy, señor, su muy obediente y muy agradecida hija y servidora LdM».
Tan afligida estaba que, terminada la carta, se acercó a una cruz. Sor Francisca Noret, que notó su dolor, la presionó para que se desahogara, y sólo pudo exclamar: «Hermana, no sé dónde está mi hijo».
A ciencia cierta, no se sabe la vida que llevó Miguel desde el 2 de diciembre hasta julio de 1645. Tan sólo sabemos que el domingo, 5 de marzo, un amigo de Luisa, el señor Boétte, llamó a Miguel y le reprochó la mala vida que llevaba. Nos lo cuenta Luisa serena y amargamente al mismo tiempo, en una especie de diario que escribía por estos años. Ese mismo día, descubrió espantada «todo el mal». Se sabe también que, viviendo en Bons Enfants, Miguel cometió un delito en la misma casa y que una joven implicada igualmente en ese delito, fue encerrada primero en el Gran Hospital y luego en las Magdalenas. Igualmente, sabemos que Vicente de Paúl, el 6 de julio de 1645, puso una postdata al P. Dehorgny que estaba en Roma: «Haga todo lo que pueda por la dispensa del señor Le Gras. Su buena madre está totalmente decidida a ello y no parece que él cambie de decisión». Es, por lo tanto, una dispensa que sólo puede otorgarla el Papa y que para pedirla deben intervenir la madre y el hijo.
Igualmente, parece que el objeto de la dispensa no era público, ya que lo conocen muy pocas personas y no se desea darlo a conocer ni a los mismos padres paúles que están en Roma, a no ser a los imprescindibles para obtener la dispensa. Está claro, así mismo, que fue dificilísimo lograr la dispensa de Roma y que no se obtuvo hasta finales del verano de 1649, después de haber intervenido el rey de Francia, su embajador y algunos cardenales. Finalmente, se sabe que Miguel no pudo casarse hasta obtener la dispensa.
Con todos estos datos, podemos conjeturar que el impedimento no lo era ante las leyes francesas, pues el rey apoya la dispensa, o si lo era, no podía dispensarlo y había que acudir a Roma. Es decir, órdenes mayores o vínculo matrimonial ya contraído. Pero si el impedimento no es público, se necesita el consentimiento de la madre y se acude a influencias civiles de Francia, no es un desacierto concluir que no fue dispensa de órdenes mayores sino de un matrimonio clandestino.
Lo confirman dos cartas que Luisa envió a Vicente en julio de 1645. Gracias a estas dos cartas, podemos reconstruir las escenas con bastante probabilidad: A finales de 1644 o primeros de 1645, Miguel se unió a una joven de provincia y sin categoría social, hija de un comerciante en vinos. La unión iba en firme y, sabiendo que debido a la diferencia de clase, no obtendrían la autorización paterna, decidieron casarse en matrimonio clandestino. El matrimonio debió realizarse en el colegio de Bons Enfants. Entonces, Miguel abandonó el colegio y se instaló por su cuenta en una habitación alquilada, compró muebles y contrató a un criado. A veces, despedía al criado y desaparecía, sin que Luisa, atormentada, supiera a donde iba. La madre, horrorizada por el futuro de su hijo y por el miedo a su condenación, se consolaba con San Vicente.
Cuando Luisa se enteró del matrimonio, el 5 de marzo de 1644, a través del señor Boét-te, denunció el matrimonio como clandestino e inválido ante las leyes francesas. Descubierta la unión, los dos jóvenes huyeron, pero la policía los cogió y los encerró, a ella primero en el Gran Hospital y luego en el convento de las Magdalenas, fundado para jóvenes arrepentidas de su vida ligera, y a él en San Lázaro, en la parte de la casa donde los padres podían encerrar a los hijos cuya vida consideraban incorrecta.
El dolor de Luisa fue cruel; no podía creer en aquella situación originada por el hijo al que soñó ver sacerdote. La ternura, sin embargo, le brotaba como el calor de su cuerpo. Con el hijo encerrado en San Lázaro, un día le preguntó a Vicente de Paúl si había un crucifijo grande en el cuarto en que le habían puesto; otro día, le preguntó si le había dado dinero, pues el joven tenía cierta libertad.
Una vez que Luisa acudió a la justicia francesa para que anulara el matrimonio, conoció a su hijo para que recapacitara y pidiera a Roma la anulación; el mismo San Vicente lo aprobó e implicó a los misioneros de Roma para que activaran el proceso. La anulación de la Iglesia era difícil. No así, la anulación por las leyes de Francia. Toda la legislación francesa, desde hacía un siglo, consideraba inválidos los matrimonios clandestinos. No conocemos la edad de la joven, si era mayor o menor de edad, por eso, sólo, podemos caminar por el rastro de Miguel. Era mayor de edad, tenía 31 años y no necesitaba la autorización de su madre viuda, pero las leyes le exigían, aunque fuera mayor de edad, que pidiera varias veces su autorización, de lo contrario, el matrimonio era considerado con cierto grado de clandestinidad, semejante al rapto, y por ello, nulo. Miguel ni pidió la autorización de su madre, ni siquiera se lo comunicó.
Aunque los cánones del concilio de Trento no habían sido reconocidos ni por el rey ni por el Parlamento de París, procuraron recoger en la legislación civil las ideas de los cánones y del decreto conciliar «Tametsi» sobre la indisolubilidad y anulación de los matrimonios clandestinos, pero rechazaron con desagrado que no exigieran para la validez el consentimiento paterno de los hijos menores de edad. La legislación civil, con todo, discurrió un punto de nulidad en un parecido con el impedimento de rapto —sólo una seducción—en el matrimonio de menores sin el consentimiento paterno y en el de los hijos mayores que no hubieran pedido respetuosamente varias veces la autorización paterna.
Más difícil fue la anulación por parte de la Iglesia, ya que Miguel era mayor de edad y,. aunque la joven no lo fuese, y no pidieran la autorización paterna, la Iglesia no lo consideró, por principio, enteramente clandestino. Esto parece deducirse de los cuatro años que tardó la anulación. La anulación no era solamente cuestión de conciencia, era cuestión de principios y hasta de política: prevalencia de las leyes galicanas o de la Iglesia romana. Parece como si el rey tomara el asunto como cosa de estado. Escribió a su embajador en Roma, marqués de Fontenay-Mareuil, y éste se empeñó en lograrlo: habló con el papa Inocencio IV y con varios cardenales y «tentó todos los caminos imaginables». Lo que pretendía Roma era imponer a Francia la legislación de la Iglesia.
La joven
El descubrimiento de las relaciones de Miguel con aquella joven no llevó la tranquilidad al alma de Luisa. Desde el convento de las Magdalenas, la joven atacaba, unida a la superiora y al capellán. La superiora, religiosa de la Visitación, pedía a Luisa que pagara al convento los gastos y la pensión de la joven; la joven reclamaba una indemnización, o mejor, una buena dote, ya que habiendo vivido con un hombre, le sería difícil casarse con otro; el capellán pedía la libertad para la joven, pues la consideraba arrepentida.
Luisa era enérgica y no era tonta. Comprendió que la joven se había ganado al capellán y a la superiora, y reaccionó sin engaño: si la joven permanecía en el convento, ella deseaba «contribuir y procurar su bien por todos los medios que pudiera», pero «dándoles a conocer los pocos bienes que poseía para hacer algún bien a la casa». Y más, no sabiendo aún cual sería el desenlace de todo, y recordando que la mayoría de las jóvenes recluidas no aportaban nada. En cuanto a la dote de la joven, a Luisa le sonó a chantaje: «Si es cierto lo que la joven dice, podría tener con sus bienes, suficiente para una buena dote para una chica de su clase, aunque no tuviera nada más que la mitad de lo que dice tener en su país».
El capellán urgía la salida de la joven que daba muestras de conversión, «asegurando no querer nunca más pensar en la persona a la que está atada, que ella sólo quería retirarse a su país». Luisa, que había consultado todo con Vicente de Paúl, consultó con él esta nueva situación, pero le aclaraba: «Me he acordado después que ésa era la resolución que habían tomado juntos antes de su captura y que la carta que enseñé a su caridad después, indica que su propósito, el de él, es de asociarse después del matrimonio con los padres de esta joven que venden vino o de retirarse a esa región para vivir allí tranquilo, pero vagueando. El pensamiento, pues, de ella de salir, tiene todas las apariencias de creer que tan pronto como ella salga, él irá a buscarla».
Es una pena que no sepamos quién fue esa joven que enamoró perdidamente a Miguel, ni de donde era; únicamente, sabemos que era hija de un comerciante de clase baja y que se manifiesta como una mujer decidida.
Reacciones
La reacción de Miguel fue contra su madre y alejarse de Dios. La de su madre, quedar deshecha. Este acontecimiento lo llevó encima muchos arios; tiempo después, decía que, aunque había sucedido hacía tiempo, «lo tenía siempre tan reciente como el primer día». De nuevo, se apoderó de ella el complejo de culpabilidad, pensando que su muerte estaba próxima y dejaba todo deshilvanado y en pobre estado. Son los años en que la culpabilidad rasguea todas sus cartas: es culpable de los desmanes de su hijo y de los males de la Compañía. San Vicente era su único alivio. Nos admira esta mujer con tanto dolor que no cabía en su cuerpo pequeño, pero sin decaer en su energía, dirigiendo, al mismo tiempo, la Compañía y dando soluciones a sus problemas.
Luisa tenía 54 añios y pensó en la muerte. El 15 de diciembre, hizo testamento hológrafo. No quiso llamar a notario alguno. Sin testigos, ella sola delante de Dios, escribió su última voluntad. Por todos los folios del testamento, se desliza una preocupación: el cariño y el amor, casi sin límites, hacia el hijo único de sus entrañas, por quien daría la vida ciegamente, se enfrentaba a su conciencia poseída por Dios y por los pobres. Conocía lo que había llegado a ser Miguel y este conocimiento doloroso guio su mano mientras escribía.
Lo declaró único y legítimo heredero de sus pocos bienes, pero introdujo una figura jurídica, la substitución: por ella, su hijo era el heredero absoluto de sus bienes, pero como en usufructo. Mientras viviera su hijo, era dueño de los bienes que le dejaba su madre, pero no podría disponer de ellos a su muerte. Luisa lo había decidido ya: a la muerte de su hijo, los pobres serían los herederos de los pocos bienes que aún quedaran9. Sólo, en caso de que Miguel se casara y tuviera hijos legítimos de su esposa, podría disponer absolutamente de toda la herencia. Extraña y dolorosa frase: tener «descendencia legítima» de su esposa en boca de una mujer que había sufrido la penuria económica por culpa de su ilegitimidad. La ley pudo en ella más que el corazón. La ley era voluntad de Dios. La vida de Luisa, a veces, resuena como la de una culpable que expía el pecado de sus padres.
A lo largo del testamento, se respira el miedo al futuro. Miedo por la salvación de Miguel; por él, pide oraciones y reza por él. Miedo de cómo usaría Miguel los bienes que le dejaba, aunque confiaba que, si moría ella antes que Vicente de Paúl, éste no le negaría su ayuda espiritual y temporal. Miedo al porvenir material del hijo; por ello, le suplicó que honrase siempre a los señores de Marillac y de Attichy, pues, si vivía como hombre de honor, ellos nunca le escatimarían su apoyo. El miedo la llevó a dejar todos los puntos bien atados, aun para después de la muerte de su hijo, como si no se fiara mucho de él.
Por eso, rogaba a Vicente de Paúl o a su sucesor como superior general de la Congregación de la Misión que, junto con su hijo, fuera ejecutor del testamento. De repente, le golpeó la imagen de lo que podría haber sido su hijo y la realidad de lo que era, y añadió entre líneas una frase firmada: «Doy tres escudos cada año a perpetuidad a las Hijas de la Caridad, mis queridísimas Hermanas, para que una de ellas diga todos los años cinco veces el rosario por mi hijo… y esto para obtener de nuestro buen Dios una gracia especial por aquellos que han recibido las órdenes sagradas».
A pesar de los sufrimientos, o acaso por ellos, los folios están salpicados de frases y palabras de bajeza, de humildad, de anonadamiento, de piedad y misericordia. Ciertamente, muchas palabras son fórmulas comunes a los testamentos de almas piadosas, pero aquí rezuman miedo a la condenación.
Recordando su vida de casada, cuando soñaba con la nobleza, tiene frases de cariño y de alabanza para su esposo ya difunto, con quien había vivido años, pocos, de felicidad. Como en las cartas, tampoco en el testamento nombra a su hermanastra, si lo fue, Inocencia de Marillac, señora de Vandi; únicamente, aparece una vez de paso, por un asunto de economía.
En marzo del año siguiente, 1646, Luisa vendió algunas sortijas que le quedaban y compró un cuadro de la Virgen para el altar de una casa de los padres paúles. Así, quería reparar el daño que su hijo podía haber hecho a la Congregación, pues «el delito salió» de una de sus casas, y sólo pensarlo la hacía «desgraciada».
Por estos meses, Miguel se echó un amigo, el conde de Mauny, que no debía llevar una vida recomendable, y Miguel lo imitó. No contaba para nada con su madre que rezaba por su conversión. En esta situación, cayó enfermo. Era agosto de 1646; Luisa estaba lejos, en Nantes, estableciendo a sus hijas en el Gran Hospital de la ciudad. Allá, le llegó la terrible noticia. En diez días, escribió seis cartas preguntando temerosa por la salud de su hijo. Indagó quién era el conde de Mauny, y lloró, no tanto por la enfermedad, cuanto por el miedo a la condenación del único hijo suyo. Vicente de Paúl la tranquilizó: había ofrecido a Miguel llevarlo a San Lázaro o bien enviar dos Hijas de la Caridad para atenderlo. Miguel prefirió quedarse en casa del médico, pero aceptó la asistencia de las Hermanas.
Según pasaban los meses, el dolor se iba acomodando en Luisa como una parte inseparable de su persona. Lo sentía como algo natural, sin importarle más que el calor o el frío que sentía en su cuerpo. Comprendió que la enfermedad no le serviría a su hijo para cambiar de vida. Renunció al hijo según la sangre y le pareció «no tener ya nada en él»; se lo entregó a Dios «abandonándoselo a Dios» y, al hacerlo, se sintió liberada y más tranquila. Para él, tan sólo deseaba ya «la salvación». La horrorizaba pensar que su hijo pudiera condenarse: «Dios mío! Pienso que no seré escuchada al pedir su conversión total».
Miguel tenía 33 años y era de constitución fuerte; se curó, pero de inmediato su vida siguió el mismo rumbo. Por fin, mientras pasaba el tiempo, su madre notaba un cambio en el hijo. Miguel volvía a mirar con buenos ojos a su madre y a San Vicente y, lo más importante para ella, a Dios. De aquí en adelante, deja de aparecer en la correspondencia, a no ser, como en una cinta sin fin, para encontrar trabajo o suplicar que le ayudasen a encontrarlo. Aparecerá de nuevo, cuando Luisa tenga que buscarle esposa. Ante los demás, su madre lo defendía como a un gran hijo y «persona respetuosa». En una ocasión en que se le presentaron varios negocios y necesitaba la influencia de Vicente de Paúl, le brotó el amor propio: «Dios mío, cuánto me hace sufrir mi orgullo».






