Meditación sobre la vida consagrada con "Caminar desde Cristo"

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Patrick Griffin, C.M. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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¿Sabían que uno de los argumentos utilizados contra Galileo era que si la tierra giraba alrededor del sol, deberíamos notar el movimiento? Está claro que no notamos nada, y hay razones para ello, pero me parece que es argumento de sentido común con el cual la mayoría de la gente estaría de acuerdo. La verdad en este asunto es que estamos constantemente en movimiento. Nuestro planeta gira sobre su eje; la tierra gira alrededor del sol; nuestro sistema solar gira alrededor de nuestra galaxia; y nuestra galaxia se mueve gracias al grupo de galaxias vecinas y así sucesivamente. Estamos en constante movimiento en todas direcciones y todos al mismo instante. Para hablar sólo de nuestro ser físico.

Cuando comenzamos a pensar en nuestra vida espiritual, podemos en primer lugar pensar que está en constante movimiento y es una cosa buena: no queremos permanecer congelados o movidos sencillamente por la costumbre, pero tampoco queremos estar en pleno desorden o en plena confusión en los esfuerzos que hacemos para ir hacia el Señor. La disciplina y la constancia son importantes. Sin embargo, también necesitamos reducir la velocidad, dedicar un tiempo al descanso y hacer distancia para repartir con una energía y una motivación renovadas.

Justamente nos encontramos al final del año y a comienzo del nuevo. Es el buen momento para hacer balance, verificar la velocidad y el rumbo. Es el momento favorable para dar gracias por todo lo que ha pasado y ser creativas en la manera de enfocar el futuro. Es una bendición tener la posibilidad de detenernos algunos instantes, hacer silencio, descansar y meditar; tal vez es un punto de partida para nuestro crecimiento continuo. Para ayudarlas en este momento, me gustaría ofrecerles algunas reflexiones sobre un documento de Iglesia del año 2002 en el que Juan Pablo II nos invita a recapitular e ir hacia delante a partir de un punto fijo en nuestro universo. Este documento se titula Caminar desde Cristo, un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio. Está citado en el Documento Inter-Asambleas y en otros escritos. El punto de partida es Cristo, idea que san Vicente ya había subrayado: «La Regla de las Hijas de la Caridad es Cristo» (C 8 a)

El documento Caminar desde Cristo contiene una maravillosa descripción de nuestra vida consagrada.

» Caminar desde Cristo » significa proclamar que la vida consagrada es una sequela Christi especial, «memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos». Esto comporta una comunión de amor particular con él, convertido en el centro de la vida y la fuente permanente de toda iniciativa. Es, como recuerda la Exhortación apostólica Vita consecrata, experiencia del compartir, «especial gracia de intimidad»; «identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida», es una vida «afianzada por Cristo», «tocada por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su gracia». (nº 22)

Esta descripción con mucho colorido (pintoresca) está llena de expresiones evocadoras. Vamos a concentrar nuestra mirada sobre tres de entre ellas:

  • seguir a Cristo
  • hacer de Jesús el centro de nuestra vida
  • acoger a Jesús como la fuente permanente de toda iniciativa.

1. La vida consagrada: un «seguimiento de Cristo»

Caminar desde Cristo recuerda que la vida consagrada «es especial seguimiento de Cristo«. En los Estados Unidos, y probablemente en muchos otros lugares, existe un juego llamado «el director de orquesta». El objetivo del juego consiste en seguir al niño designado como «el director de orquesta» quien guía al grupo para todo un seguido de acciones que los otros niños deben imitar fielmente. La originalidad y la creatividad del director de orquesta añade gusto al juego. Los discípulos de Cristo son como estos niños que cumplen los mismos gestos que el director de orquesta.

Miramos a Cristo, su ejemplo y su manera de ser; nos esforzamos por expresar lo más fielmente posible que la realidad de su presencia en el mundo e invitamos a los demás a seguirle.

(Como dice san Pablo: » Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo» (1 Co 11, 1)). Sabemos que Jesús nos conduce, No sólo es el fin sino es que El es el camino. (Jn 14, 6).

En el Nuevo Testamento, los discípulos tienen por misión ilustrar las lecciones que Jesús enseñó. Respecto a esto, la manera de ser y hacer de Pedro es particularmente instructiva. Veamos tres ejemplos:

a) Pedro se adelanta

Generalmente, para seguir a alguien, nos quedamos detrás y miramos al guía. Pedro no estaba siempre cómodo con esta posición:

«Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: » ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso! » Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: » ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! « (Mt 16, 21-23)

Pedro se precipita para conducir las operaciones, como si dijera a Jesús la manera como debe llevar su vida y a donde debe ir. Jesús subraya su tentación de querer ofrecerle el camino de la facilidad y aconseja a Pedro que se comporte como un discípulo, es decir, que le siga. Su camino no es evitar el sufrimiento y la muerte. Lo mismo para nosotras, el sufrimiento y el don de nuestra vida son el camino para seguir a Cristo. Muchas de nuestras hermanas nos muestran este camino, algunas de entre ellas son testigos entre nosotras. Lo que es importante es seguirle con fidelidad y no evitar el sufrimiento.

b) Pedro queda a remolque

A veces, creemos que hemos identificado el camino ; entonces queremos adelantarnos para continuar el camino e imponer el paso. Este no es el lugar del discípulo. Otras veces, nos encontramos en la situación contraria y estamos con retraso, dejando que Cristo se aleje delante de nosotros hasta que lo perdamos de vida y así cogemos un camino equivocado. De nuevo, Pedro pone en relieve esta realidad: después de la Cena, cuando Jesús fue detenido por las autoridades, Pedro queda a remolque:

» Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: » Este también estaba con él. » Pero él lo negó: » ¡Mujer, no le conozco! » Poco después, otro, viéndole, dijo: » Tú también eres uno de ellos. » Pedro dijo: » Hombre, no lo soy! » Pasada como una hora, otro aseguraba: » Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo. » Le dijo Pedro: » ¡Hombre, no sé de qué hablas! » Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo» (Lc 22, 54-60)

Comprendemos la negación de Pedro en ese momento. Seguía a Jesús pero no de muy cerca para poder decir que lo conocía. También al decir: «no lo conozco» dice la verdad. Cuando alguien le dice que él es uno de los discípulos de Jesús, Pedro dice «No lo soy» y entendemos ahí una parte de la verdad.

No lo ha seguido con bastante fuerza para confirmar que él es un discípulo. Finalmente, cuando es acusado de ser «con Jesús», Pedro dice con sinceridad: » No entiendo lo que me quieres decir. » No está preparado para levantarse y ser contado entre los discípulos de Jesús. En efecto, tiene miedo (es un miedo perfectamente comprensible) y no comprende verdaderamente a Jesús. Puede parecerse a uno de sus discípulos y hablar como ellos, pero todavía no está preparado para serlo. Y nosotros, ¿la gente se equivoca al tomarnos por discípulos de Jesús? Miran la manera como vamos vestidos y las palabras que pronunciamos y los lugares en los que vivimos, algunas cosas que hacemos y dicen: » Es una de sus dicípulos » pero, ¿Percibimos la verdad de esta identificación? ¿miramos a Jesús con la seguridad que seguimos su ejemplo? ¿Es posible que Cristo haya escogido una dirección diferente para nuestra vida y nos hemos quedado en retraso? Es una cuestión verdadera. Es importante ser fieles a lo se nos pide en la vida consagrada: vida de oración, de servicio y de comunidad, viviendo nuestra vida a ejemplo de Cristo y no sólo observando un reglamento. Actuar con amor, es un compromiso personal y no sólo un deber que hay que cumplir.

«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Co 13, 1-3)

La elocuencia, el conocimiento, la fe, la generosidad, la acción, todas son importantes, pero si ellas no se realizan con amor, no tienen sentido. Para nosotros, «cumplirlas con amor», designa las expresiones de nuestro seguimiento y servicio de Jesús. En nuestro caminar y en lo que hacemos, tengamos los ojos fijos en Jesús. Hay un dicho que dice » Si guardáis la regla, ella os guardará» . Es una sabiduría limitada que debe ser interpretada y utilizada de manera apropiada. Caminamos a ejemplo de Cristo y no a ejemplo de una regla. Al acercarnos al final de este año, podemos dedicar un tiempo para detenernos y preguntarnos, ¿dónde nos encontramos en nuestro recorrido?.

¿Nos hemos precipitado para adelantar a Cristo, seguros de saber a donde íbamos y seguros de nuestras decisiones? ¿Nos hemos quedado atrasados, seguros que el hecho de ser fieles a lo que creemos era el camino a seguir? En los dos casos ¿perdimos de visto a Cristo, aunque no fuera esta nuestra intención? Hay que recordar que somos discípulos y lo que esto exige de nosotros. Para comenzar este nuevo año, caminemos desde Cristo.

c) Pedro mira a su alrededor

Teniendo en cuenta a Pedro por tercera vez, aprendemos una nueva lección gracias a su experiencia del Señor resucitado. Jesús se levantó de entre los muertos y dio a Pedro la oportunidad de decirle, por tres veces seguidas que le amaba. Jesús dice a Padro que su seguimiento le conducirá a la muerte. Ahora, Pedro está preparado para aceptar esta realidad. Sin embargo, Pedro todavía se distrae:

» Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: » Señor, ¿quién es el que te va a entregar? » Viéndole Pedro, dice a Jesús: » Señor, y éste, ¿qué? » Jesús le respondió: » Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme» (Jn 21, 20-22)

Incluso en medio de su compromiso por seguir a Jesús decididamente y con amor, Pedro se preocupa de la manera cómo otra persona va seguir a Jesús. Jesús lo devuelve claramente a su realidad: no tiene que preocuparse por la manera cómo esta otra persona será llamada a seguirle. ¡Lo que tienes que hacer, es seguirme! Podríamos pensar que Pedro aprendió algo del incidente en el que » lo vieron caminar sobre el mar,» (Mt 14, 26), pero, como nosotros, le debemos recordar y animarle sin cesar a prestar atención a Jesús.

Esta primera imagen nacida de Caminar desde Cristo posee importantes connotaciones bíblicas, como podemos verlo. Como personas consagradas, estamos llamadas a ser discípulos de Cristo y observadores los unos de los otros. No nos tenemos que medir con los demás, sino en Cristo, al que queremos seguir de cerca, el que nos adelanta en el camino.

2. La vida consagrada: hacer de Jesús el «centro de nuestra vida»

Caminar desde Cristo significa también que la persona consagrada hace de Jesús el «centro de su vida». El «seguimiento de Cristo» es una imagen que orienta nuestra atención hacia el exterior, estar «centrados en Cristo», focaliza nuestra atención hacia el interior. El centro de un objeto no se encuentra nunca en el exterior. El centro es lo que es único, profundo y factor de equilibrio. Jesús es el centro de nuestra vida consagrada.

a) El centro es único

Jesús debe ser este único centro de nuestra vida. Todo viene de él y todo vuelve a él. Jesús lo recuerda a sus discípulos:

» Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. « (Lc 16, 13)

Cuando una persona hace de Jesús el centro de su vida, no hay más lugar para otro motivo de atención u otro valor en los más profundo de su ser. El seguimiento de Cristo no permite ningún otro compromiso, ni de seguir dos caminos a la vez. Jesús es el único centro, el único punto de partida.

En el Antiguo Testamento, esta realidad es afirmada repetidas veces por la insistencia sobre la singularidad y la unicidad del Dios de Israel. Así, en el profeta Isaías:

«Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; fuera de mí ningún dios existe. Yo te he ceñido, sin que tú me conozcas, para que se sepa desde el sol levante hasta el poniente, que todo es nada fuera de mí. Yo soy Yahveh, no ningún otro » (Is 45, 5-6)

Cualesquiera que sean las distracciones que forman parte de nuestra vida, cualquier cosa que pueda atraer nuestra atención en diversas direcciones, existe esta exigencia de ponerlas de lado y meditar sobre la única verdad: Dios es Dios y no hay otro. Dios debe ser el centro de nuestra vida.

Hemos oído hablar de la práctica de la «oración centradora o recentrante». Esta oración tiene su origen en el clásico espiritual titulado «La Divina Nube de lo Desconocido» y ha conocido una seria renovación a lo largo de estos últimos años. En el centro de esta oración se encuentra una invitación a guardar a Dios en el centro de su vida y de su oración sin ninguna distracción ni otros valores. Me gusta como esta noción está expresada en un versículo de los Salmos:

«¡Basta ya; sabed que yo soy Dios, excelso sobre las naciones, sobre la tierra excelso!» (Salmo 45, 11)

Jesús es para nosotros el centro de la vida. Se alcanza lo esencial sin agitarse, ni buscando muchas informaciones y clarificaciones, sino dejando que Jesús sea el centro absoluto de nuestra vida, que da sentido y orientación a todo. Jesús nos recuerda:

» Mientras iban caminando, uno le dijo: » Te seguiré adondequiera que vayas. » Jesús le dijo: » Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. » A otro dijo: » Sígueme. » El respondió: » Déjame ir primero a enterrar a mi padre. » Le respondió: » Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. » También otro le dijo: » Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa. » Le dijo Jesús: » Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios. « (Lc 9, 57-62)

Tener a Jesús en el centro de su vida hace relativizar los otros valores. Todo debe medirse en en su relación al centro y todo lo que de ello se desvía debe ser apartado. La vida consagrada tiene por único centro a Cristo, y debe dar testimonio de él.

La imagen de la piedra angular expresa también la medida de esta verdad para nosotros:

Jesús les dice: «Y Jesús les dice: » ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? « (Mt 21, 42)

Esta imagen reconoce la centralidad de Cristo de una manera diferente. La piedra angular en un edificio es la piedra de fundación puesta con cuidado sobre la que las otras piedras del edificio son alineadas. Da la dirección y la orientación al conjunto de la estructura. Para nosotros, Cristo es esta piedra angular. A partir de Él, todo el resto recibe su importancia y su atención. El es a partir de quien todo el resto recibe su medida y su orientación.

b) El centro es profundo

El centro se encuentra en lo más profundo de nosotros mismos. No lo buscamos en el exterior ni en la periferia sino en el interior, en profundidad, allí donde todo el resto recibe su unidad. Cuando dejamos a Cristo ser este centro, estamos de verdad presentes en el instante presente.

Cuando vamos por primera vez a una ciudad, nos sentimos perdidos y buscamos un punto de referencia, un lugar que nos sirva de centro. Puede ser una iglesia, un parque o una plaza y cuando nos encontramos allí, sabemos donde nos encontramos y nos podemos poner en marcha hacia cualquier dirección, encontraremos siempre nuestro camino. Así es Cristo para nosotros en nuestra vida.

Cuanto más avanzamos en el conocimiento y la vida en profundidad en Cristo, más nos adentramos en «mar adentro» (Lc 5, 1-11). Jesús anima a los discípulos a ir hacia este centro y les compensa sus esfuerzos. Cuando meditamos la Palabra de Dios con más atención, cuando adoramos al Señor en su presencia sacramental con una mayor veneración, cuando hacemos frente a nuestro pecado con más conciencia, avanzamos más profundamente hacia el centro de nuestro corazón donde deseamos ardientemente estar unidos al corazón de Cristo, en el más profundo de nuestro ser de personas consagradas.

c) El centro favorece el equilibrio

Un malabarista sabe que el equilibrio de un objeto o de un ser consiste en centrar su peso de manera apropiada.

Si una persona consagra demasiado tiempo y esfuerzos en una dirección o en otra, entonces se desequilibra. Toda persona debe instaurar relaciones adaptadas entre el trabajo y la oración, entre la toma de palabra y la escucha, entre la acción y el descanso. Al poner a Cristo en el centro, sabemos reconocer lo necesario que es ponerse a parte e ir con el Señor y escucharle. Con Cristo en el centro, reconocemos cuando es el tiempo de actuar o el de ser paciente. Con Cristo en el centro, sabemos cuando tenemos que hablar. Estar centrados en Cristo nos ayuda a identificar los desafios en nuestra vida y responder de una manera sana y adecuada. Encontramos el buen equilibrio.

Recordemos el relato del joven rico:

«Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: » Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna? » Jesús le dijo: » ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre. » El, entonces, le dijo: » Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud. » Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: » Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme. » Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 17-22)

Este relato no es el de un hombre malo sino el de un hombre que se esfuerza por hacer lo que es justo cada vez que pueda. Pero es alguien que no deja a Jesús ser el centro de su vida, porque otra cosa ocupa ya este lugar. No sabemos cuales son las disposiciones finales de este hombre; tal vez llegará a liberarse de su gran necesidad de posesión y más tarde seguirá a Jesús. No debemos dejar que su debilidad particular nos distraiga del fin de este relato. Si viniéramos al Señor y le pidiésemos lo que debemos hacer, puede se que nos diga otra cosa. En nuestras vidas, la abundancia no es tal vez el problema que nos hace perder el equilibrio, sino que puede ser nuestro deseo de ser siempre perfectos a los ojos de los demás, o la dificultad de conceder el perdón a los que nos han herido, etc…sin ninguna duda, hay aspectos en nuestras vidas que nos impiden dejar a Jesús ocupar una posición central y así, encontrar nuestro equilibrio.

Jesús nos mira con amor pero a menudo, estamos tristes debido a estas cosas que no estamos dispuestos a renunciar. ¿Conocen este autoadhesivo en el que está escrito: «no podéis hacer que Jesús ser el rey de vuestra vida al menos que abdiquéis»? Jesús no puede ser el centro de nuestra vida mientras no hayamos renunciado a lo que actualmente ocupa nuestro corazón.

Con Cristo en el centro, podemos caminar desde lo que está en lo más profundo y que hace la unidad de toda nuestra vida. Puesto que este año se termina, podemos examinar nuestra conciencia para saber si nos permitimos o no a alguna cosa o a alguien ocupar esta posición central en nosotros. ¿Tal vez hayamos dejado un poco de lado a Cristo para alcanzar más fácilmente otros objetivos? Como personas consagradas, caminar desde Cristo, restaura a Jesús como el único centro de nuestra vida, dándole su profundidad y su equilibrio.

3. La vida consagrada: acoger a Jesús como la «fuente permanente de toda iniciativa»

Los escritores, los artistas, los poetas, y otros creadores a menudo hablan de quien les concede la inspiración a su trabajo y les sostiene en el cumplimiento de su arte. Caminar desde Cristo, describe a Jesús en esta función para la persona consagrada: él es la «fuente permanente de toda iniciativa». Si «el seguimiento de Cristo» para un observador exterior, es una manera de describirla por un compromiso interior, tal vez podemos utilizar la imagen de una «fuente permanente de toda inspiración» como una manera de describir la vida consagrada que une estos dos elementos. Cristo es el punto de partida y la inspiración que motiva todas nuestras acciones. Toda orientación y decisión nueva, está tomada como una respuesta a la manera cómo la Compañía y cada una de nosotras percibimos a Jesús, que nos conduce en su seguimiento. El es la fuente y el estímulo de toda actividad. Santa Luisa escribe en la misma línea:

» Miremos inmediatamente la santa voluntad de Dios y aceptándola en esa privación, elevemos nuestro espíritu a El, recurriendo a El solo y considerando que desde toda la eternidad ha sido y es suficiente a Sí mismo y, por consiguiente, puede y debe bastarnos a nosotras también» (Luisa de Marillac, Correspondencia y escritos, M. 73 » Sobre el espíritu interior necesario a las Hijas de la Caridad» p. 819)

Continuamos buscando en Jesús, consejos para nuestra misión y nuestro servicio. En la tradición vicenciana, podemos también describir esta actitud como una dependencia con respecto a la Divina Providencia. Dios nos muestra donde ir y qué hacer para llegar a ello.

Tomar a Cristo como » la fuente de toda iniciativa » exige que conozcamos bien a Cristo y que estemos preparadas para actuar como El, lo que San Pablo llama «revestirse del espíritu de Cristo»

» Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz « (Flp 2, 5-8)

San Pablo invita a la comunidad y también a nosotros, a revestir el espíritu de Cristo, lo que implica el descentramiento, la humildad, el servicio y la obediencia –tantas expresiones habituales de nuestros santos fundadores. » Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2, 20)

El Espíritu Santo sigue guiando la iglesia actual, como lo hizo durante su fundación; este Espíritu nos ayuda a comprender lo que Jesús enseña.

«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho « (Jn 14, 26)

El Espíritu sigue conduciéndonos partiendo de Cristo; nos enseña con más profundidad lo que Jesús dijo e hizo. Nos transforma en nuestro modo de seguir el Evangelio y nuestro carisma.

Las nuevas obras realizadas por la Compañía no son las que hubiéramos escogido por nosotros mismos. El Espíritu nos conduce por las necesidades de los pobres, las orientaciones de la Iglesia, la fuerza de nuestro carisma y lo que comúnmente llamamos los signos de los tiempos. El Espíritu nos ayuda a ser creativos y valientes en estas decisiones para avanzar en el camino de Cristo.

En el Nuevo Testamento hay muchas imágines que resaltan a Cristo como la fuente. Veamos dos de ellas:

a) Cristo es la viña, nosotros somos los sarmientos

» Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.» (Jn 15, 4-5)

Esta imagen tomada de la naturaleza nos dice una gran verdad. Para estar verdaderamente vivo y portador de vida, un sarmiento debe estar unido a la viña. Si separamos uno del otro, el sarmiento puede todavía parecer verde y muy vivo durante un corto período, pero ya está muerto. El único medio por el cual un sarmiento vive, es gracias al vínculo sólido a la viña, de la que recibe su alimento y su fuerza. Ocurre lo mismo con nuestra relación a Cristo: si no estamos unidos a él, no podemos estar de verdad vivos en el Espíritu y capaces de ser portadores de vida. Sin El, como el sarmiento, rápidamente nos secamos y morimos. Y no habrá fruto.

La imagen de la viña la encontramos en el discurso de la última Cena del Evangelio de Juan, en la que Jesús enseña a los discípulos el carácter inmanente de la presencia de Dios:

» Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad […] «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 16-17.23)

El Dios trinitario permanece entre nosotros y nos da la vida y la fuerza. Siendo receptivas a esta presencia, llevamos la vida a nuestro mundo como a nosotros mismos. Damos fruto.

Unido a la viña, el sarmiento crece, florece y da fruto. Es el carácter continuo de esta imagen que lo hace tan poderosos. El sarmiento obtiene su alimento y su orientación de la viña; después, la viña alimenta los racimos de uva. Nosotros lo mismo: obtenemos nuestro alimento y nuestra orientación de Cristo que permanece en nosotros.

b) Cristo es la fuente del agua que da vida

» Jesús le respondió: » Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna « (Jn 4, 13-14).

La imagen del agua que da la vida y que procede de Dios es bastante corriente en el Antiguo Testamento. En una de las visiones de Ezequiel, el profeta ve un gran torrente que provien del Templo del Señor:

» Entonces me dijo: » ¿Has visto, hijo de hombre? » Me condujo, y luego me hizo volver a la orilla del torrente. Y a volver vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles, a ambos lados. Me dijo: » Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente. A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos. Pero sus marismas y sus lagunas no serán saneadas, serán abandonadas a la sal. A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina» (Ez 47, 6-12)

El agua aporta la frescura, la limpieza, la curación y el alimento. Ella es una fuente de vida para todos. El libro del Apocalipsis (22, 1-2) contiene el mismo tipo de imágenes, pero allí, a aguas brotan del trono del Dios y del Cordero.

Jesús es la fuente de agua que da la vida. En el corazón de toda persona, hace brotar la vida eterna. Así, cuando la Compañía o cada Hija de la Caridad busca saber a dónde ir y cómo crecer, Cristo le da el impulso y el alimento. Cuando contamos con la vida de Cristo y estamos atentos a la manera de actuar, encontramos ahí el modelo de nuestras iniciativas. Cuando vemos cómo nos aporta su ánimo y afirma a los que escogen seguirle, entonces sabemos de qué fuerza nos alimenta para cumplir nuestra misión. Caminar desde Cristo en nuestro servicio nos une a la fuente verdadera y permanente de todo servicio realizado con amor.

Conclusión

Caminar desde Cristo es una maravillosa manera de decir, en pocas palabras, que Cristo debe estar siempre en el centro de nuestras esperanzas y actos. A veces, estamos tan acostumbrados al trabajo, que nos olvidamos que estamos al servicio de Cristo. Perdemos de vista nuestra consagración personal al aspirar a la productividad y a la eficacia. Este documento de la Iglesia nos invita a recordar lo más importante:

» Caminar desde Cristo significa reencontrar el primer amor, el destello inspirador con que se comenzó el seguimiento. » (RDC 22)

Las imágenes utilizadas hoy nos invitan a tomar los medios para ser verdaderos discípulos de Cristo, mujeres que ponen a Cristo en el centro de su vida, toman a Cristo por modelo y se apoyan en su presencia constante.

Nuestras vidas están siempre en movimiento. Hoy, el Señor nos brinda la oportunidad de deteneros y hacer balance para caminar desde Cristo.

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