El Sr. Bourdaise escribía de Madagascar, en 1657, a san Vicente: «El Sr. de Belleville, de quien no he conocido más que el nombre y las virtudes, ha muerto en el camino«: y el santo, a su vez, ponía al Sr. de Belleville en el número de estos Misioneros que han dado su vida temporal para procurar la eterna a los insulares de Madagascar, y de los que decía: «Son otros tantos Misioneros que tenemos en el cielo«.
El Sr. Mathurin de Belleville, gentilhombre de noble extracción, había nacido en Brix, en la diócesis de Coutances, en 1624. Fue recibido en la Congregación, en París, el 1º de mayo de 1654; costó mucho trabajo aceptarle a causa de su poco saber, decía san Vicente; pero se hizo una excepción a causa de su humildad y de su gran devoción. A propósito de él, el santo Fundador en la conferencia del 7 de setiembre de 1657, animaba a los que la adquisición de la ciencia les resultaba más difícil diciendo que Dios tenía no obstante con frecuencia designios sobre estas personas, cuando tienen piedad y juicio, añadiendo que había dos o tres en la Compañía a quienes se había recibido en estas condiciones, y que ahora dirigen la familia que se les ha confiado con prudencia y dulzura.
A la petición del marqués de La Meilleraye, san Vicente designó a tres Misioneros, que se embarcaron en uno de los navíos de la flotilla que zarpó de la rada de Saint-Martin, delante de la Rochelle, el 29 de octubre de 1655, y que llevaba a Madagascar a 800 pasajeros, tanto soldados como marineros. El Sr. de Belleville se había embarcado en l’Armand. El trayecto, que hoy se hace por el istmo de Suez, era entonces largo y peligroso, ya que se debía rodear África pasando por el cabo de Buena Esperanza, y l’Armand no llegó hasta Fort-Dauphin hasta el año siguiente, la víspera del Corpus Christi. Durante la travesía, el Sr. de Belleville, enfermo desde la salida, había sucumbido. El Sr. Claude Dufour, que se había embarcado en la misma fecha, le escribía de Madagascar a san Vicente en una carta que leyó en una conferencia de la tarde a la Comunidad, y de la que recogemos los principales rasgos.
Los tres Misioneros designados para ir a la isla de Madgascar, los Srs. Dufour, Prévost y de Belleville celebraron una conferencia durante su permanencia en la ensenada de la Rochelle, sobre la manera de conducirse durante el viaje para ser útiles a los pasajeros. El Sr. de Belleville se mostró, a partir de entonces, lleno de celo y de prudencia.
«Era humilde hasta tal punto que no podía admirarse lo suficiente no sólo por haber sido elegido para un empleo tan grande como el de Madagascar, sino porque habían tenido la bondad de sufrirle en la Compañía, teniéndose por el más indigno de todos. Pero esta humildad profunda no disminuía en nada la generosidad que le hacía emprender, por la gloria de Dios, las cosas difíciles y realizarlas, como se vio, cerca de la Rochelle en dos ocasiones; una fue que varios de su acompañamiento pasándose a a un pequeño barco inglés que se hallaba en la bahía, y habiéndose llevado una parte de lo habían encontrado dentro, el Sr. de Belleville se lo comunicó al capitán con tal eficacia, que al punto éste dio orden a sus oficiales de devolverlo todo; lo que se realizó con gran consuelo de todos los ingleses, que mandaron disparar cuatro o cinco cañonazos en acción de gracias. La otra prueba que el Sr. de Belleville ha dado de su generosidad ha sido poner remedio a un gran desorden que comenzaba a bordo por la falta de comprensión de dos lugartenientes, que habían llamado la atención de la gente de la tripulación cada uno a su partido, los Normandos apoyando a uno y los Bretones a otro, y el capitán casi desposeído de su autoridad. Viendo lo cual, el generoso Misionero se va a ver al almirante, le expone ingenuamente las cosas, de manera que al instante uno de los oficiales es trasladado a otro barco, y a la vez se intercambió una parte de la tripulación, lo que estableció una paz sólida.
Tenía también mucho cuidado de la salud de los demás, y gran celo por las almas, como lo demostró antes de su enfermedad, ocupándose todos los días en hacer lecturas espirituales públicamente sobre la cubierta, luego exhortaciones, catecismos y en oír las confesiones, conversando con unos y con otros, para disponerlos a una mejor vida. Por eso durante la escala que hicimos cerca de la Rochelle, cuando íbamos a dar un paseo por la ciudad deseaba volver pronto a su barco para prestar servicio a los sanos y a los enfermos de los que cuidaba con toda ternura«. –Así se expresaba el Sr. Dufour.
Daba a continuación cuenta del fallecimiento del Sr. de Belleville en estos términos, en la carta dirigida a san Vicente:
«El buen Sr. de Belleville ha muerto. Os lo digo, Señor, con todo el dolor del corazón por haber perdido a un Misionero de la Compañía tan bueno, del que yo era indigno, y debo temer que Dios me lo haya quitado por mis pecados. Este fiel siervo de Dios cayó enfermo el día mismo de nuestra partida de la bahía de San Martin, y el 30 de octubre le entró una fiebre lenta que le fue minando hasta la muerte. No me avisaron de su enfermedad hasta quince días después, cuando el l’Armand se nos acercó. Fui a verle, y después de confesarse, creyendo el cirujano que estaba mejor que de costumbre, me despedí de él, rogando al capitán Régimont que me diera noticias suyas de vez en cuando, lo que me prometió; pero Dios permitió que su barco se alejara tanto de los demás, que no se lo vio en quince días, y fue dado por perdido, hasta que lo vimos en Sierra Leona.
Allí, supe que su mal había aumentado; yo fui en la chalupa a visitarle, y habiéndole encontrado dispuesto para ir a tierra, le hicimos llevar al bosque y depositar en una cabaña, construida expresamente, con un muchacho para servirle, mientras que unos hombres nos cortaban leña. Permaneció en tierra cinco o seis días, durante los cuales, bien lejos de mejorarse, su mal empeoró, lo que le hizo desear recibir el Santísimo Sacramento. Por eso, el Sr. Prévost y yo acudimos allí, a celebrar la santa misa; y dos días después de su comunión, el 15 de enero, fue devuelto al barco. Al día siguiente fui a verle, y me rogó que le ayudara a bien morir, lo que me determinó a darle la extremaunción. Era el 17 del mismo mes, y el mismo día, él parecía estar mejor. Al día siguiente 18, al volver a su barco, me dijo que se sentía más débil. Pregunté al cirujano si había peligro por ese día; me respondió que no había nada que temer. Sin embargo, por la tarde, entre las ocho y las nueve, murió, después de hablar hasta su último momento. Al día siguiente, se disparó un cañonazo, lo que nos hizo suponer su muerte, y al mismo tiempo vinieron a decirnos que ya le habían dado sepultura, es decir arrojado al mar, según la costumbre que se observa en los navíos«.
Viniendo ahora al recuerdo de las virtudes de su llorado cohermano, el Sr. Dufour añadía:
«Mi tristeza fue grande, pero mi gozo no es pequeño, al acordarme de su santa vida y de sus hermosas virtudes que le han hecho merecer la corona del martirio, tal como se puede llamar a la muerte de un Misionero, que había hecho voto, como él mismo me lo ha dicho, antes de entrar en la Compañía, de ir a sacrificarse en ultramar, por la salvación de las almas y la gloria de Dios. La esperanza que yo tenía de verle reponerse de su enfermedad ha sido causa de que no haya prestado atención a sus heroicas virtudes; no obstante he visto lo suficiente para mi consuelo y para la edificación de toda la Compañía. Ya que, 1º he advertido en él un celo más grande por su salvación que en ningún otro enfermo que yo haya visto. No tenía otra preocupación más que ésa; por eso cuando le llevé algún pequeño regalo, durante su enfermedad, me dijo con gran afecto: ‘Señor, en nombre de Dios, no os pido más que una sola cosa, es de ayudarme a bien morir’. Me pedía a menudo que me quedara a su lado para hablarle de Dios y él se confesaba con frecuencia.
2º Su devoción se ha visto no sólo cuando rezaba el breviario mientras tenía fuerzas, sino cuando quería celebrar le santa misa. Y se cree que es el pensamiento que le seguía en el delirio el que le duró unas tres semanas. Recitaba todos los días su rosario en honor de la santísima Virgen, y creía que no había hombre en el mundo que debiera tanto a esta santa Señora como él.
¿Qué diré yo de su dulzura que era tal que era un gozo ver la belleza y la mansedumbre de sus rasgos? Por ello, en contramaestre de la embarcación, en la que murió, me decía: «He viajado mucho, pero en ningún lugar he visto a un hombre tan dulce, como el difunto Sr. de Belleville». Yo puedo decir que no he visto a hombre que tuviera la santa condescendencia en mayor recomendación y que las supiera poner mejor en práctica. Virtud que le hacía amable a todo el mundo y respetable a todos. Era un hombre verdaderamente pacífico, y pienso que puedo decir que sabía mantenerse en paz con Dios, con los demás y consigo mismo.
Dios le daba una resignación heroica a su voluntad; ya que aunque tuviera un deseo extremo de ir a trabajar y sacrificarse por la conversión de los pobres salvajes de Madagascar, a pesar de ello era siempre a condición de que fuera la voluntad de Dios. El amor que tenía por la pureza era tal, que me aseguró que la mayor pena que sufría en su enfermedad era no poder guardar tan perfectamente como hubiera querido las reglas de la modestia.
Era un hombre extremadamente mortificado y que vivía tan contento de ser tratado a la caldereta con un pedazo de tocino como si fuera una comilona. El mismo día que se murió vi que le daban para cenar un trozo de salazón y nada más. Era tan obediente que no se negaba a nada de lo que el cirujano le ordenaba, y tomaba todo lo que le presentaban. Nunca en toda la enfermedad, me habló de padre ni de madre, ni de hermano ni de hermana, ni de patria, hallándose desprendido del todo de sus padres y de su país. Sus conversaciones, no sólo durante su enfermedad sino también en salud, eran de Dios y por Dios; el testimonio me ha llegado de parte de los de su entorno. Lo que explica que, incluso durante su delirio, tenía el corazón en Dios y no hablaba más que de Dios.
No quiero omitir la recta y pura intención que tenía de buscar la gloria de Dios en todo y en todas partes, como pude verlo cuando le pregunté si no estaba contento de morirse, a lo que respondió: ‘Que no deseaba nada tanto, como hacer la voluntad de Dios, y que si la divina providencia le retiraba de esta vida, él me prometía no olvidarse de los pobres salvajes de Madagascar, y que tendría cuidado de rogar por ellos’. Aunque se viera privado de los alimentos o de los remedios necesarios que no se encuentran en el mar, él mantenía sin embargo el rostro sereno, y demostraba estar siempre contento, alabando mucho a los que estaban a su lado y diciendo que se sentía confundido por sus desvelos. Por último, su perseverancia en hacer bien y en sufrir bien hasta la muerte, ha dado la última pincelada que le ha hecho el cuadro perfecto de todas las virtudes.
Bendito sea Dios por todas las gracia que le ha concedido en la tierra, y por la gloria con la que le ha colmado en el cielo! En cuanto a mí, creo que es un santo y no tengo dificultades en pedirle que me alcance de la bondad de Dios la gracia de imitarle, y tenga la dicha de estar algún día a su lado, allá arriba. Pero como no tenemos revelación de la beatitud, no hemos dejado de celebrar tres misas su intención«.







