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P. Martín Abaitua |
16-03-00 |
Erandio |
BPZ, Marzo 2000 |
(Mutriku, 3 de Octubre de 1920 – Astrabudúa, 16 de Marzo de 2000)
Ambientados por la Palabra de Dios que acabamos de escuchar y que trae esperanza a nuestras almas, celebramos este funeral por el eterno descanso del P. Martín Abaitua, que fallecía el día 16, a los 79 años de edad. Si bien es verdad que la enfermedad lo ha acompañado durante muchos años, es también verdad que nos ha sorprendido el rápido desarrollo de estos últimos momentos.
Había nacido el P. Martín en Mutriku (Guipúzcoa) el 3 de Octubre de 1920, siendo sus padres D. Manuel y Dña. María. Con 13 años fue recibido en el Colegio de Limpias (Santander) para comenzar los Estudios de Humanidades, estudios que prosiguió después, debido a los azares de la guerra civil, en Guadalajara, Murguía y Tardajos. En esta pequeña localidad de la Provincia de Burgos inició el Noviciado en 1937, continuándolo en Villafranca del Bierzo (León) y Hortaleza (Madrid), donde emitió los votos perpetuos el 27 de Septiembre de 1939.Durante tres años permaneció en esa casa de Hortaleza dedicado a los estudios de Filosofí. Y entre 1942 y 1946 vivió en nuestro Seminario de San Pablo de Cuenca cursando la Sagrada Teología. Culminó todo este proceso al ser ordenado sacerdote en la Villa de Madrid el 15 de Junio de 1946.
A partir de entonces varios son los destinos que, como misionero paúl, recorre el P. Martín. Es enviado primeramente a Limpias, donde pasa el primer año como sacerdote. De 1947 a 1970, y por lo tanto durante 23 años, permanece en el Estudiantado de Hortaleza como profesor y Director de Estudiantes, siendo muy fecunda su labor educativa y de formación. Entre 1970 y 1973 reside en la casa de Cuenca en calidad de profesor y superior de la comunidad. Tres años pasa después en la Curia Provincial de Zaragoza debido a su oficio de Asistente Provincial y Secretario. En 1976 es trasladado a nuestra casa de Las Arenas formando parte de la comunidad del Teologado. Y sigue en adelante las vicisitudes de este Teologado, por lo que viene destinado en 1982 a esta casa de Astrabudúa en la que ha permanecido hasta el final durante casi 18 años. Aquí, además de aportar su mucho saber a la formación de los jóvenes en la comunidad, ha servido a la parroquia haciéndose cargo de la misa en euskera y armonizando al órgano tantas celebraciones. Pero ha destacado, además, por otros aspectos más callados como su preocupación por los necesitados y las clases de latín que ha dado a bastantes estudiantes del barrio.
Destaca, por lo tanto, en la vida de nuestro P. Martín su trabajo en la educación o en la formación. Trabajo cuidadoso y ponderado que él supo llevar con tanta delicadeza y entrega. Y trabajo que prácticamente siempre desempeñó al interior de la Congregación, lo cual determinó en buena medida su neta identidad vicenciana, su hondo sentirse paúl.
En la larga convivencia que he tenido la suerte de compartir con él y desde la amistad que nos unía, pude percibir tres aspectos de su persona que llamaron mi atención: el amor a su tierra, el amor a nuestra Congregación y el amor a la Verdad.
El amor a esta tierra vasca que le vio nacer era sincero y sentido. Conocía bien su historia, su lengua, sus tradiciones y sus costumbres. Y apreciaba los valores que siempre nos han distinguido: la honradez, la lealtad, la sinceridad, el trabajo. Este profundo amor a su tierra no le lle vaba, sin embargo, al P. Martín a encerrarse en sus límites, sino que le motivaba para interesarse más por la suerte de otros pueblos y para amar con mayor intensidad sus cualidades. Y es que el amor auténtico nunca es excluyente, sino que prepara la cabeza para comprender y mueve el corazón para amar.
El amor a nuestra Congregación fue en él determinante. Se sentía, sobre todo, paúl. Y manifestaba ese amor en multitud de detalles: en su dedicación a la formación, por ejemplo; o en su labor como traductor de obras vicencianas; o en su interés por todo lo que acontecía en nuestra Provincia. Apetecía noticias, detalles, sucesos… Y comunicaba inquietudes, preocupaciones, expectativas.
Y el amor a la Verdad también era en él muy claro. Buscaba naturalmente a la Verdad con mayúscula que es Dios. Y se acercaba hasta esa Verdad en la variedad de verdades humanas que la expresan. Hasta el último momento leía, especialmente, temas de Teología o de Historia. Era amplio su conocimiento de las Artes (la música, por ejemplo) y de las Letras. E incluso seguía con soltura algunos aspectos de las Ciencias. Todo esto le dotó de un espíritu abierto y de un carácter tolerante.
De alguna manera, las tres lecturas que hemos escuchado pueden ayudarnos a hacer nuestras esas mismas cualidades. La primera de ellas, al presentarnos a Abraham y el sacrificio que se le pidió de su hijo Isaac, nos habla de fidelidad: fidelidad absoluta de un hombre de fe a Dios a quien pone por encima de todo, incluso de su hijo; y fidelidad absoluta de Dios a ese hombre, a quien recompensa bendiciendo su descendencia. El apóstol San Pablo, por su parte, nos movía a la esperanza: si, profundizando en el episodio de Abraham, Dios sí que nos ha entregado a su propio Hijo, ¿quién nos va a apartar de su amor?, ¿quién nos va a condenar?… Y en el Evangelio, finalmente, hemos contemplado la gloria: gloria del Hijo de Dios que resplandece ante sus discípulos; gloria a la que somos llamados todos nosotros si nos asociamos a su misión, a su muerte y a su resurrección.
No son la fidelidad, la esperanza y la gloria tan sólo tres cualidades que han de sostener nuestros desmayos y que han de confortar nuestra vida de fe. Son, sobre todo, tres realidades que han de espolear en nosotros una existencia creyente y un compromiso activo con el Reino de Dios. Porque la fidelidad a Dios tiene que expresarse en nosotros en un agudo sentido de obediencia: obediencia a Dios por encima de todo y, por lo tanto, búsqueda de su Voluntad (y no de la nuestra) sometimiento a su Palabra (y no a nuestros caprichos), entrega a sus designios (y no a nuestros planes). La esperanza ha de hacer brotar en nosotros un intenso sentimiento de confianza: confianza en un Dios que nos da todo en su Hijo; que no nos acusa, sino que nos justifica; que no nos condena, sino que intercede por nosotros; que no nos abandona a la muerte, sino que nos llama insistentemente a la Vida. Y la contemplación de la gloria ha de inspirar en nosotros un total compromiso. Porque vemos la meta a la que somos llamados, hemos de correr hacia ella. Y esto significa luchar por nuestra dignidad personal, trabajar por una convivencia más humana, impulsar valores como la libertad y la paz, instaurar entre nosotros el Reino de Dios.
Desde la fidelidad y la obediencia, hemos de profundizar en el amor a la tierra y a la familia insertándolas en la perspectiva del amor de Dios. Desde la esperanza y la confianza hemos de crecer en el amor a la Iglesia (y nosotros, paúles, en el amor a nuestra Congregación) tratando de colocarla en el proyecto de Dios. Y desde la gloria a la que somos llamados hemos de cultivar el amor a la Verdad, trabajando por la transformación de todas las cosas según el modelo de Cristo: Modelo de Bondad, de Libertad, de Justicia, de Belleza, de Paz.
Todo en esta Eucaristía nos llama a la Confianza, a la Felicidad, a la Vida. Es verdad que estamos celebrando un funeral, pero lo celebramos en Cristo, y, por lo tanto, en Esperanza. En El, todos estamos destinados a la Resurrección. Por eso, desde El, todo lo podemos vivir con Alegría. El P. Martín conoce ya la Verdad plena y goza del Amor total. ¡Que podamos nosotros participar y hacer partícipes a todos de esa misma Verdad y de ese mismo Amor!
Santiago Azcárate







