V
Mientras que el Sr. Kamocki se ocupaba en los sagrados ministerios que la obediencia le había confiado, la Providencia preparaba un campo mucho más extenso á su celo apostólico.
Hacía ya más de dos años que la Polonia se hallaba desgraciadamente dividida en tres partes. Este desmembramiento político del reino había necesariamente cambiado la organización de la provincia de las Hijas de la Caridad, las que desde su establecimiento en este país, hecho en los días de
San Vicente, estaban todas bajo la dirección de una sola Visitadora, residente en Varsovia. Las casas de la Galitzia, agregada entonces á la provincia de Austria, habían formado en 1783 una sola provincia, cuya casa central se hallaba establecida en Leopol. En 1848, en la parte del antiguo reino de Polonia agregado á Prusia, había dos establecimientos de Hijas de la Caridad: un hospital y hospicio en Culm, y otro hospital en Posen. Ambos dependían de la Visitadora de Varsovia; pero efecto de las dificultades suscitadas por el Gobierno ruso, érales muy dificultoso á las hermanas comunicar sus asuntos con ella. Esta situación claro es que no podía durar mucho; así es que el Sr. Etienne, Superior general, concibió la idea de formar un tercer grupo de la provincia polaca, y con el fin de enterarse mejor del estado de, las cosas envió al Sr. Kamocki en calidad de comisario extraordinario. Fué recibido con extraordinario gozo por las hermanas, que se hallaban privadas de director desde que el Gobierno ruso expulsara de aquella parte de Polonia á nuestros misioneros; pues á los de Varsovia les estaba prohibido pasar la frontera rusa para llevarles socorros espirituales, y uno solo que había quedado en Posen era ya de edad tan avanzada que le era imposible, no obstante sus buenos deseos, atender á todas con el cuidado y solicitud que requerían sus espíritus y sus obras.
El Sr. Kamocki emprendió sus apostólicas tareas con aquel celo, valor y energía con que se distinguió siempre que hubo de cumplir algún deber y luchar contra los obstáculos que se oponían á la gloria de Dios y bien de las almas. El cielo bendijo de tal modo sus trabajos, que al año siguiente contaba la nueva provincia cinco casas y treinta y dos hermanas, en lugar de las dos casas y once hermanas que había cuando llegó á ella. El hospital de Posen era la asa central; la superiora de él, Sor Pilipina Studzinska, fué nombrada Visitadora, y el Sr. Kamocki, confirmado en su arpo de director de la provincia, continuó trabajando con tanta mayor abnegación cuanto más lo exigían las casas y vocaciones, que se multiplicaban cada día.
Bien convencido de que para comunicar á esta naciente familia el espíritu de San Vicente le era preciso acudir á la fuente misma, mantenía frecuente correspondencia con el Sr. Etienne. Sujetábalo todo á su parecer, no queriendo obrar, hablar ni enseñar sino siguiendo las indicaciones del sucesor de San Vicente, y recibiendo sus respuestas y decisiones con admirable espíritu de fe, reverencia y sumisión. Por lo mismo jamás consintió en establecer seminario ó noviciado de hermanas en Posen, prefiriendo antes enviar las postulantas al de la casa-madre de París, no obstante de que sus viajes ocasionaban grandes gastos á aquella provincia, que comenzaba entonces, y cuyos recursos eran bastante escasos.
Confiaba en los tesoros de la Providencia, y creía que todo era poco si al fin proporcionaba á las hermanas novicias la dicha de conocer la cuna de su Comunidad y de formarse allí en el verdadero espíritu de su vocación y en el ejercicio de sus santos ministerios. Mantenía asimismo cordiales relaciones con la casa-madre de las Hijas de la Caridad, y buen testimonio de ello son las cartas que con frecuencia dirigía á la Superiora general. Informábase con exquisita minuciosidad de’ todos los usos y práctica, de la Comunidad, deseoso de que las casas de su provincia se uniformaran en todo con la casa-madre, de la que tan gran estimación tenía.
Las conferencias que solía dar durante los ejercicios, así como las que daba visitando las casas de las Hijas de la Caridad, eran siempre prácticas y llenas de sagrada unción, gustando sobre todo citar las máximas que San Vicente nos ,dejó, tan á propósito para adelantar en la vida interior como para inspirar ardiente amor hacia los pobres . No olvidaba -tampoco el recordar los grandes ejemplos de Luila de Marillac, y mostrarla como modelo acabado de santidad, digno de ser imitado por todas sus hijas. Así es que en 1883, cuando dirigió el señor Superior general una circular á las Hijas de la Caridad con el fin de conocer su modo de pensar respecto á su fundadora, el Sr. Kamocki decía con cierta vanidad inocente: «La provincia de Culm puede asegurar que la venerable Madre Luisa de Marillac ha sido conocida en ella desde su fundación ; nuestras hermanas la tributan una especie de culto filial, abrigando las esperanzas más firmes de que algún día se ocupará la Iglesia en su causa de beatificación».
Con el fin de que las hermanas se conservaran siempre en el verdadero espíritu de su estado, hizo traducir é imprimir las Conferencias de San Vicente, el Catecismo de los votos, todas las circulares del Sr. Etienne, las Meditaciones para los retiros espirituales de cada mes, el libro sobre la Pasión de Nuestro Señor, y el opúsculo «Noticia acerca del escapulario de la Pasión», lo que sirvió de mucho provecho á las tres provincias polacas.
Su ardiente celo por el bien general de la provincia empleábalo igualmente para procurar el de cada hermana en particular. Verdadero padre de cada una, hallábasele siempre dispuesto á sufrir, á alentar y participarlo mismo de las alegrías que de las penas de sus hijas. Siempre bondadoso con todas, sabía con suavidad exigir más de las que veía más dispuestas á alcanzar mayor perfección. Mas para quienes su caridad parecía no tener límites era para con las almas atribuladas, para los corazones afligidos, á quienes procuraba cuanto estaba de su parte sostener en sus angustias, consolarles, ayudándoles á llevar con valor y constancia su cruz. Era tal su paciencia y benignidad con las almas escrupulosas y apocadas, que las escuchaba á veces por espacio de horas enteras á fin de consolarlas, calmar sus inquietudes, afianzarlas en el cumplimiento de sus deberes. Su bondad inspiraba una absoluta confianza á todos cuantos le trataban; ponía, como suele decirse, el dedo sobre la llaga, y los obligaba dulcemente á que le abrieran sus corazones. ¡Cuántos bendicen hoy á este santo misionero por haberles hecho conocer el camino y estado en el que Dios quería le sirviesen, ó por haberles conservado la vocación en ocasiones en que parecía casi seguro el naufragio!
En medio de todos estos cuidados que le imponía su cargo de director, se industriaba y buscaba tiempo para satisfacer en parte su ardiente celo de misionero y sus deseos de evangelizar á los pobres. Con frecuencia solía dar misiones en los pueblos más distantes del centro de la capital y más abandonados; propagaba la Obra de los pobres enfermos, tan amada de San Vicente de Paúl; cuidaba que las Asociaciones de las señoras de la Caridad se mantuvieran en el espíritu propio de su estado, y para esto cada año les .daba ejercicios espirituales, no solamente en Posen, mas también en todos los puntos donde se hallaban establecidas, esto es, en Benthew, Culm, Gnesen, Kosten y Schroda. Lo mismo solía practicar con los socios de las Conferencias de San Vicente de Paúl, que él mismo había establecido en Posen, Gnesen, Kosten, Schroda y Wreschen. Organizó en casi todas las casas de las Hijas de la Caridad asociaciones de Hijas de María y de los Santos Ángeles; y no contento con esto, llegaba su solicitud á ocuparse por sí mismo en las recepciones, en disponerlas para la primera comunión, enseñándoles la Doctrina cristiana, ó al menos examinándolas con el objeto de cerciorarse de que lo sabían bien, dándoles ejercicios espirituales, etc. Además, todos los años reunía en Posen, por espacio de algunos días, los pobres de la ciudad con el fin de que tuvieran algunos días de retiro.
Estas diversas obras, que producían un bien incalculable, motivaron el que pensara en establecer también los ejercicios para sacerdotes, que todavía no estaban establecidos en la diócesis de Posen. Su piedad, su sabiduría, prudencia y celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas le conciliaron el aprecio y la confianza de todos los hombres de bien. Si se trataba de resolver una dificultad, establecer una obra piadosa, decidir una vocación, dirigíanse á él, y sus respuestas se tomaban siempre como reglas de conducta.
Como queda dicho, amaba á María inmaculada con un amor tierno y filial; y no pudiendo sosegar su corazón sin pagarle el tributo de agradecimiento, procuraba siempre que todos la conociesen y amasen más y más. En la diócesis de Posen no había costumbre, como en otras partes, de dedicar á María Santísima el mes de Mayo. La iglesia del hospital de las hermanas, que era entonces la casa central de la provincia, estaba siempre abierta al público, y era muy frecuentada con motivo de venerarse allí la milagrosa imagen de la Transfiguración de Nuestro Señor. El Sr. Kamocki aprovechó esta circunstancia para establecer allí los ejercicios del Mes de María; practicáronse con mucha solemnidad y devoción, y este buen ejemplo fué imitado luego por todas las parroquias.
Como el amor de María conduce infaliblemente al de Jesús, el Sr. Kamocki profesábale tiernísima devoción, y muy especialmente en el Santísimo Sacramento, en la que deseaba ardientemente inflamar á las almas. Cuando llegó á Posen, eran muy pocas las personas piadosas á quienes se les permitía la comunión frecuente, y á todas generalmente se les exigía la confesión previa. Este verdadero misionero hízose apóstol y propagador de la comunión frecuente, y en poco tiempo tuvo el consuelo de ver aumentar el número de almas deseosas de alimentarse con el Pan de los fuertes, á la vez que mitigada en esto la excesiva severidad del clero.
No fué menor la devoción que el Sr. Kamocki profesó á la Pasión de Nuestro Señor. Desde su más tierna edad habíale habituado su abuelo á dedicar todos los viernes algún tiempo á la meditación de este misterio adorable y á imponerse alguna mortificación en memoria de lo que el divino Maestro sufrió este día por nuestro amor. Conocía por experiencia que con esta devoción el alma adquiere nuevas fuerzas, mayor luz, más espíritu de sacrificio, y así, no es extraño que procurara extenderla con ardor. Para ello estableció en la iglesia de la Transfiguración ó capilla del hospicio el ejercicio del Via Crucis, y siempre que podía presidíalo él mismo en los viernes de Cuaresma. Esta tierna devoción extendióse rápidamente por todas las otras iglesias de la diócesis de Posen.
Como el Sr. Kamocki había hecho á su divino Maestro perfecto sacrificio de todo cuanto amaba, Dios Nuestro Señor, viéndole purificado de todo afecto carnal y terreno, le había proporcionado el placer de trabajar en la salvación de las almas de Polonia, su amada patria ; más aún : añadió á esto el consuelo de volver á ver á su hija. En 1848 dirigíase el Sr. Kamocki á Ratibor con el objeto de fundar una casa de Hijas de la Caridad. A su paso por Mystowiec, frontera de la Polonia austriaca, la Srta. Josefina Kamocki esperaba á su amado padre para darle á entender que la educación tan esmerada como piadosa que ella había recibido no la había aficionado al mundo, cuyas relaciones había precisamente frecuentado; antes bien, todas sus aspiraciones y afectos los tenía sólo en Dios; que su único anhelo era consagrarse á su divino servicio en la familia de San Vicente. Dos años después, él mismo tuvo la dicha de presentarla á la comunidad de las Hijas de la Caridad, solicitando humildemente su admisión á la prueba ó postulantado.
Se cuenta que el Sr. Kamocki, impulsado del noble patriotismo que le imponía el deber de combatir por su patria, había tenido que separarse de su hija cuando sólo contaba ésta tres meses de edad. A la edad de cuatro años habíala vuelto á ver durante breve rato. Cuando esta vez la vió en Mystowiec, tenía ya diecinueve años.
Su abuela materna, que había estado encargada de su educación, mostrábase celosa del cariño de su nieta. Por eso jamás hablaba de su padre delante de ella, y hasta á la misma niña estábale prohibido el pronunciar su nombre. ¡Vano empeño, sabiendo que la piedad filial es afecto que el mismo Dios ha impreso en el corazón humano! Así es que, á pesar de todas estas precauciones, cuando Josefina contaba ocho años tuvo noticia de que su padre se había hecho sacerdote. Desde entonces, continuamente imaginaba verle revestido de la dignidad sacerdotal; su veneración hacia él crecía al par que su amor de hija; su padre era para ella un ideal sublime; su memoria andaba siempre unida con el pensamiento de su bondadoso Dios, á quien únicamente podía hablar con libertad de su querido padre. Fácil es, por tanto, comprender cuál sería la entrevista del padre y de la hija, á quienes Dios no había separado sino para atraerlos más á Él y unirlos más estrechamente en su amor. Sus conversaciones eran todas de Dios cuando tenían el consuelo de verse, y más de una vez sorprendieron al santo sacerdote bendiciendo con ternura á su amada hija. Cuando iba á visitarla saludábala como á una Hija de la Caridad, y al despedirse de ella le daba la bendición en la capilla delante del tabernáculo. Lo mismo hizo el Sr. Kamocki cuando un año antes de su muerte dió el último adiós á su querida hija; sus ojos derramaban abundantes lágrimas; pero aun entonces, no en otro lugar, sino en la capilla, fué donde aquellas almas santas consumaron el sacrificio.
En 1863 se componía la provincia de Posen de 18 casas, en las que 123 hermanas, enviadas sucesivamente por el celoso misionero á la casa-madre de París, de donde tornaron á su país revestidas del hábito y espíritu de Hijas de la Caridad, se dedicaban bajo su dirección al servicio de los pobres en los hospitales, casas de misericordia, escuelas y hospicios. Las grandes dificultades que surgieron al principio, atrajeron después las bendiciones de Dios; las obras de caridad progresaron rápidamente, llegando á un estado muy floreciente. El Sr. Kamocki tuvo, finalmente, el consuelo de ver fundar casas de misioneros en Posen y Culm, y á muchos sacerdotes jóvenes de la diócesis entrar en la Congregación de la Misión. Parecía que á esta provincia, que tan cara le era, sonreía el porvenir más venturoso; pero estaba determinado por Dios que solamente en el cielo había de recoger el fruto de sus trabajos.
Dios Nuestro Señor tenía designios muy especiales sobre esta alma, que tan agradable le era. Si alguna vez le permitía que bajase del monte calvario, era para volverle ‘á él por caminos más dolorosos que los precedentes, ó al menos más sensibles para su corazón tan noble, tan recto, tan lleno de amor y reconocimiento hacia los demás. Tuvo que sufrir persecuciones las más trabajosas, y abandonar por tercera y última vez el suelo de su amada patria Y lo más doloroso y sensible para él fué que este nuevo destierro no era ocasionado por un Gobierno hostil á la Religión ó á su país, sino más bien por personas de quienes tenía derecho á esperar apoyo y protección, testigos como eran del bien que había hecho en la diócesis durante su larga permanencia de catorce años. Su virtud, sin embargo, resplandeció más en la tribulación. Aceptó y sufrió largas y dolorosas pruebas con la resignación, dulzura y humildad dignas de un hijo de San Vicente; y muy lejos de manifestar resentimiento alguno hacia los autores principales de su desgracia, hablaba de ellos con sumo respeto, los alababa mientras podía, y los encomendó á Dios en sus oraciones todos los días mientras vivieron y después de muertos. Cuando sucedía que su hija, en conversación íntima con él, la hacía recaer sobre lo pasado hablándole de los que le habían llenado de amargura, interrumpíala diciendo: «El cielo lo ha permitido así, usando de misericordia conmigo; yo debo mucho á esos señores, pues que me han ayudado tanto á que rompiera enteramente con el mundo para unirme á sólo mi Dios.»
Anales españoles 1893








