Marcelino del Río (1825-????)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1898 · Source: Anales Españoles. Tomo VI..
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Biografias PaúlesI

¿Veis a ese Sacerdote de mediana estatura, cabeza sua­vemente inclinada, solideo pobre, pelo algo crespo y cas­taño, tez algo blanca, voz temblorosa, ojos modestos, bien que observadores, paso lento, palabra tarda, carácter pací­fico, aspecto humilde, ya jovial, ya serio, ya devoto, en la Casa de Leganitos, cuna de nuestra Restauración? ¿Veisle ahora entrando en la sala del Seminario, dirigiéndose a su aposento, dando una suave mirada a la gente menuda que en sus pequeñas ocupaciones se encuentra entretenida; des­pués, en la capilla, dirigiendo su conferencia con mucha piedad; luego, pasando por entre los seminaristas disfraza­dos con sus sotanillas, ocupados en sus ejercicios corpo­rales; ya en paseo, hablando con algunos, amenizando la conversación con algún dicho o breve cuento gracioso, pero siempre oportuno y edificante? Éste es—me dirán va­rios de mis antiguos compañeros—el Sr. del Río, Maestro de Novicios en nuestra Casa de Osuna por los años de 62 a 66, antes de la malhadada Septembrina.

Era este hombre de Dios, del pueblo de Lodoso (pro­vincia de Burgos), de padres muy cristianos y de mediana fortuna; hasta hace poco le quedaba un hermano, que ha­cía profesión pública de piedad, oración y virtud. Marce­lino siempre se mostró joven piadoso, de mucho juicio, amante del retiro, señaladamente desde que nuestro futuro P. Díez, en sus ensayos de Misionero, le atrajo, como a otros, a una vida religiosa en medio del mundo.

Tenía unos 23 años cuando empezó sus estudios de ca­rrera eclesiástica; estudió Latín, parte de Filosofía y dos años de Moral en el Seminario de Burgos, viviendo en compañía de dos Padres Carmelitas, reliquias de la exclaus­tración, y después con el Canónigo Sr. Pampliega, muy co­nocido y venerado por su singular virtud. Por estos cami­nos, y por el ejemplo del Sr. Velasco, primer seminarista de nuestra Restauración, le trajo Dios Nuestro Señor al seno de la renaciente familia de San Vicente en España, siendo admitido en ella el año 1855.

II

En el Seminario era en gran manera edificante por su piedad, recogimiento, mortificación y fidelidad en la ob­servancia de las santas Reglas. Distinguíase especialmente por su vida interior, continua unión con Dios, humildad y sencillez.

Reanudó sus estudios de Teología, los cuales prosiguió por espacio de tres años, con notable aplicación y más que mediano aprovechamiento, siendo ordenado de Presbítero el año 57, y poco después destinado a las misiones del Ar­zobispado de Toledo.

Hallábase él en sus delicias ocupado en evangelizar a los pobres del campo, cuando se resolvió llamarle para ser su­cesor del entonces ya Padre Díez, que hacía medio año había sustituído al Sr. Borja en la dirección del Seminario interno.

Este santo Misionero, resto del naufragio de la exclaus­tración, llegaba a su ancianidad, y fue su vista siempre más o menos escasa; últimamente había quedado casi completamente ciego. Por esto se le dieron sucesivamente varios ayudantes, siéndolo el Sr. Velasco por más tiempo y en toda forma.

III

Llegado, pues, el Sr. del Río de las misiones, se le confió el importante cargo de Maestro de Novicios, que vino des­empeñando por espacio de cinco años.

Así, pues, encargado de la dirección del Seminario, se dedicó, según sus regulares talentos, naturales y so­brenaturales, a la formación de la tierna juventud, entonces esperanza de nuestras futuras Provincias, y hoy día con­suelo y fundamento de las ya felizmente existentes.

Aplicóse con mayor fervor y asiduidad a la oración, per­suadido de que es esta una obra más divina que humana; procuró con su conducta hacerse modelo de observancia; dióse muy de veras a la práctica de las virtudes más sólidas de mortificación y humildad; hízose con libros escogidos para la dirección de las almas, especialmente de las que tratan de perfección, no olvidando que, según San Grego­rio, Ars artium regimen animarum.

Las obras de Santa Teresa, el Padre Rodríguez, las del Padre Granada, el Scaramelli, eran las fuentes de donde sacaba sus instrucciones, siempre nutridas de doctrina sóli da y práctica, y las que él mismo acostumbraba a reco­mendar, particularmente las dos primeras.

Bien que no era duro en su gobierno, era, sin embargo, muy celoso de la observancia; y cuando convenía, sabía imponerse y reprender públicamente. Sabía inspirar respeto y temor juntamente con el amor y confianza, raro secreto de pocos conocido y peor manejado. En las dudas, tentaciones, temores y dificultades se iba siempre con la certeza de encontrar en él luces, seguridad y acierto; y, a la verdad, se volvía uno siempre muy consolado.

Como era especialmente devoto de la reformadora del Carmelo y aficionado a sus escritos, recomendaba mucho la virtud de la obediencia, alegando las palabras de la Santa y refiriendo de ella algunos hechos, con lo cual insinuaba eficazmente el amor y alto concepto de esta virtud tan ne­cesaria para la vida espiritual y para la vida de Comunidad.

Cierto Sacerdote recién entrado, ya de alguna edad, estaba dispensado de los ejercicios corporales, debiendo estar durante ellos quieto en su aposento rezando, leyen­do, etc.; como le molestase bastante el frío de la estación, queriendo entrar en calor, con cierta marrullería fue a pe­dir consejo a su ángel sobre lo que convendría hacer. Era éste un joven de 15 años, verdadero ángel por su inocen­cia, por su forma y por su hermoso corazón; preguntóle, pues, si haría bien en tomar parte en los ejercicios corpo­rales con los otros seminaristas; a lo cual contestó el no­vicio con la autoridad de ángel de todo un sacerdote:

— Sí; me parece que sí, que hará usted muy bien.

El buen Tobías, escudado y no muy tranquilo con tal autoridad, se va y toma una escoba, poniéndose a barrer con los demás. Acierta a pasar por allí el Sr. del Río, y viéndole manejar guapamente la escoba, le dice en voz baja, pero con sequedad:

— Estaría usted mejor en su aposento cumpliendo la santa obediencia.

El Sacerdote baja la cabeza y en silencio se vuelve al aposento, sonriéndose interiormente.

Dicho Sacerdote vive aún y suele contar esta anécdota con mucha gracia.

Una de las funciones que más se le acomodaba y que ejercía con harta frecuencia siendo Director del Seminario, era el oficio de Ceremoniero. Estaba bien enterado de las sagradas ceremonias, las practicaba con exactitud y devo­ción, y cuando cumplía este oficio corregía a los ministros y acólitos de una manera sólo para ellos perceptible, les ob­servaba con suavidad, y al terminar los oficios solemnes les advertía con buen modo hasta de los menores defectos. Así es como con su ejemplo y sus advertencias iba edu­cando a los jóvenes en este ministerio tan propio de nues­tro Instituto; que es en parte ad Cleri disciplinam y ha sido siempre amante y celoso del decoro de la Casa del Señor.

El número de los seminaristas en aquella época era, por término medio, de unos diez y ocho. Razones de gobierno y de economía impedían su crecimiento. El Sr. del Río no se precipitaba en formar juicio sobre las cualidades de los sujetos para la Congregación; pero tampoco era tardo en resolverse y en informar a los superiores: así es como mantuvo su pequeño plantel siempre limpio, escogido y ofreciendo bellas esperanzas que, a decir verdad, no han salido fallidas.

IV

El año 66 dejó el oficio de Director del Seminario, su­cediéndole el Sr. Sanz, antiguo Maestro de Novicios en la Provincia de Nápoles, y que ahora acababa de resignar los cargos de Visitador y de Director de las Hijas de la Cari­dad en la persona del recién llegado Sr. Maller. Como ya se encontraba en su ancianidad, se le dio de ayudante para ciertos actos al juicioso e inmutable Sr. Pla. El Sr. del Río, pues, bajó a la Casita de Jesús, y desde entonces fue ocu pado en varios ministerios, hasta que llegó la época de la Gloriosa, en puridad, fatal Revolución de 29 de Septiem­bre de 1868.

Desde esta fecha hasta el 76 estuvo el Sr. del Río (Mar­celino) en Valencia, en una residencia próxima al Hospital Provincial, en compañía de nuestro amado P. Esteban, confesando y dirigiendo Hermanas y confesando y predi­cando en varias iglesias, haciendo mucho bien con su ejem­plo y con su palabra. El Sr. Salazar, que murió Arzobispo de Burgos, hablaba con estimación de estos dos virtuosos Misioneros, a quienes había conocido siendo Rector del Seminario de San Vicente Ferrer, y cuyo conocimiento influyó poderosamente para la fundación de nuestra llorada Casa de Sigüenza, poco después de haber sido hecho Obispo de esta Diócesis.

Después de la mal llamada Restauración nacional, el año 76 pasó, con el Sr. Gómez Inocencio, el Sr. Burgos León, Sr. García, etc., a Teruel, para restablecer nuestra Casa-Misión, quedando con el cargo de Superior de la misma.

(Se continuará).

No se continua (Nota del Editor)

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