Manuel Casado Santamaría (1847-1902)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: M.T. · Year of first publication: 1902 · Source: Anales Madrid.
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Biografias PaúlesInmensa é irreparable es la pérdida que acaba de experimentar la Provincia de España con la muerte del señor D. Manuel Casado, verdadero hijo de San Vicente, fiel imitador de sus virtudes, celoso Misionero, cuya vida edificante y llena de hermosos ejemplos de virtud bien merece tener cabida en los ANALES y escribirse, siquiera sea brevemente, para que pueda ser poderoso y eficaz estímulo a la virtud a los Misioneros y testimonio de reverencia y gratitud al que mereció por sus virtudes universal aprecio y estima.
Nació el Sr. Casado, el I.° de Abril de 1847, en Las Quintanillas , pueblo de la provincia de Burgos.
Fueron sus padres José Casado y Vicenta Santa María, sencillos y fervorosos cristianos, distinguidos, más que por las riquezas y bienes de fortuna, por la sencillez de sus costumbres, por su fe viva y ardiente, por su piedad sólida y verdadera y por las demás virtudes que aun hoy día resplandecen en el seno de los pueblos españoles en que no han penetrado las doctrinas de la Revolución.
Adornados con tales virtudes los padres del Sr. Casado, trataron de dar a su hijo educación esmeradamente cristiana y eminentemente religiosa, y desde los primeros años de la infancia del niño inculcaron en el ánimo de éste los rudimentos y máximas de nuestra santa Religión, que tan grabados quedaron siempre en su alma, y, sobre todo, le enseñaron con los saludables ejemplos de su vida a enamorarse de la virtud y a practicarla desde sus más tiernos años. Prueba incontestable de lo que decimos es que de cinco hijos que les concedió el Cielo cuatro han pertenecido a la Congregación: dos han muerto en ella, Eustaquio y Manuel, y dos viven hoy día, Francisco y María, hija de la Caridad.
Pasados los años de la infancia en la inocencia y sencillez de costumbres que queda dicho, cuando ya mayorcito conocieron sus padres las excelentes disposiciones de espíritu con que el Cielo le había enriquecido para el estudio, resolvieron éstos llevarle al Seminario de Burgos, en el que cursó los primeros rudimentos de la carrera eclesiástica y en el que llamó la atención de los profesores por su fervor, aplicación, docilidad y buen ejemplo que daba a los Seminaristas.
Dios, sin embargo, no le había elegido para el mundo; con secretas inspiraciones, con el suave movimiento de la gracia le llamaba a la Congregación, y fiel y correspondiente a los designios del Señor, púsolo en conocimiento de sus padres, quienes, no sólo no opusieron resistencia, sino que le dieron su bendición, y con el beneplácito de éstos y, sobre todo, con la certeza de que Dios le llamaba, pidió ser admitido en la Congregación de la Misión, gracia que le fue otorgada el 2 de Septiembre de 1864, cuando no contaba más que diez y siete años de edad.
Es el Seminario el tiempo más precioso de la vida de un Misionero; tiempo en el que hay que trabajar seriamente en desarraigar los malos hábitos, aquellos resabios del mundo que, aunque en sí no sean malos ni pecaminosos, pueden, no obstante, conducir más tarde a tristes y lamentables caídas; tiempo de destruir las pasiones y de echar los cimientos del edificio de la perfección y santidad a que Dios llama al Misionero, y tiempo de formación y de prueba; conociólo y persuadióse con entera convicción de ello el Sr. Casado, y propuso en su corazón aprovecharse de los innumerables medios de que dispone el Seminarista para santificarse; de aquí su fidelidad y exactitud en llenar cumplidamente los deberes que su nuevo estado le imponía; su puntual observancia de las reglas y prácticas del Seminario; su fervor en la oración y visitas al Santísimo; el deseo de aprovecharse de las conferencias y exhortaciones de su Director; el candor y sinceridad con que hacía la comunicación interior; en una palabra, el buen uso y empleo que hizo de los dos años de Seminario, prescritos en nuestras Reglas, y cuya prueba más convincente son los ejemplos posteriores de virtud que dio durante su vida.
Compañeros suyos de Seminario viven todavía que se complacen en recordar con edificación la modestia, el recogimiento interior y exterior, el silencio, el espíritu de mortificación y penitencia que tan frecuentes eran en él, las conversaciones espirituales de la recreación que tenía y que de ordinario versaban sobre las grandezas y perfecciones de la Santísima Virgen, y la veneración, el aprecio y estima en que desde entonces le han tenido.
Terminado con tanto aprovechamiento el tiempo del Seminario, tuvo el indecible consuelo de emitir los santos votos al pie de los altares el 3 de Septiembre de 1866; y si
hasta entonces había trabajado con tanto ahínco en adquirir las virtudes de un buen Seminarista, desde aquel día resolvió redoblar su fervor en reconocimiento del beneficio que el Cielo le concediera, estrechar más y más los lazos que le unían a Dios, y prepararse a no desmerecer en la virtud y a no volver atrás en el camino de la perfección con motivo de los estudios consecuentes al Seminario, los cuales, de ordinario, si no se toman todas las precauciones posibles, secan el corazón y ahogan la piedad en el alma.
Comenzó, pues, los estudios con tan excelentes disposiciones y en la persuasión de la necesidad que tenía de entregarse a ellos, por ser la doctrina, junto con la piedad, los dos ojos del verdadero hijo de San Vicente, que, para trabajar con celo y provecho en bien de las almas, ha de ilustrarlas con el conocimiento de la verdad y llevarlas a ésta con el ejemplo de su vida, lo cual no se consigue sino con la perfección del entendimiento mediante los estudios.
Del aprovechamiento que en éstos hizo dan hoy testimonio algunos de sus profesores, que con dicha ocasión admiraron más de una vez, no tanto la aplicación y constancia con que se dedicaba al estudio de las ciencias, cuanto la solicitud y esmero con que al propio tiempo trabajaba en adelantar en la ciencia de los Santos y en avanzar en el camino de la virtud y santidad. Dos años estudió en Madrid, hasta que las críticas y anormales circunstancias por las que atravesaba España, fruto de la Revolución de Septiembre, obligaron a los Superiores a mirar por la seguridad de los individuos encomendados a su dirección y gobierno, y a trasladarse a nuestra Casa de Dax en Francia.
En esta nueva residencia prosiguió el Sr. Casado sus estudios; en ella continuó acrecentando el caudal de sus conocimientos y añadiendo más y más méritos a su virtud, y en ella recibió por disposición de los Superiores los sagrados Órdenes menores, el Subdiaconado y el Diaconado. Sea por falta de tiempo, o lo que es más verosímil y creíble, por no contar la edad prescrita en los sagrados cánones para la recepción del Sacerdocio, es lo cierto que siendo Diácono fue destinado con varios compañeros a Filipinas, cuyos Obispos habían confiado pocos años antes sus Seminarios a los Misioneros de San Vicente. Salió, pues, de Dax, embarcóse, y después de larga y penosa navegación, como solían serlo las que se emprendían a la sazón para lejanas tierras, desembarcó en el puerto de Manila, en cuya ciudad permaneció hasta que por disposición del Superior se le fijó el destino.
Fue este el Seminario de Nueva-Cáceres, donde se ordenó de Sacerdote y en el cual permaneció la mayor parte del tiempo que duró su estancia en Filipinas. En él fue donde desplegó su celo, ya en las clases enseñando las ciencias necesarias a los que aspiran a la dignidad del Sacerdocio, ya formando la virtud de los jóvenes Seminaristas con fervorosas pláticas, en las que les exhortaba a revestirse de las virtudes que componen el espíritu del Sacerdocio; ora en el tribunal de la Penitencia, curando y sanando a los heridos por el pecado; ora predicando, más con el ejemplo que con palabras, la necesidad de hacer buenas obras y acumular méritos para el Cielo: en una palabra, tal fue la observancia de su conducta, tal su comportamiento, tanta la dulzura de su carácter y tan edificantes los ejemplos de su vida, que llegó a captarse el cariño y benevolencia de cuantos le conocían, y más todavía de sus compañeros de Congregación y de sus Superiores, que sabían estimar y apreciar su valer y virtudes en lo que merecían uno y otras estimarse y apreciarse.
De Nueva-Cáceres fue trasladado al Seminario de Jaro, y en el corto tiempo que en él permaneció supo desempeñar el cargo de profesor y ejercitar las funciones propias del celo a satisfacción de sus Superiores, dejando en el Seminario de esta ciudad edificantes ejemplos de regularidad, observancia, amor al aposento y desprendimiento total de las criaturas, como lo había hecho en el de Nueva-Cáceres.
Así las cosas, llegó el año 1890, en el cual debía verificarse la Asamblea general, con cuyo motivo fue elegido diputado, no obstante haber en Filipinas muchos Misioneros dignos de representar tan importante cargo. Salió, pues, de Manila con el Visitador de la Provincia Sr. Orriols y el Sr. Pérez Miguel, actualmente Superior del Seminario de Oviedo; asistió a la Asamblea, y terminada ésta, por disposición de los Superiores no volvió más a Filipinas, sino que se quedó en España.
Poco después fue nombrado Superior de la Casa de Arcos (provincia de Burgos), en donde fomentó con increíble celo las vocaciones de jóvenes para la Congregación. Dos años estuvo en esta Casa, hasta que el deterioro y lo ruinoso de ella obligaron a los Superiores a mudarla por la de Tardajos; mudanza debida casi en su totalidad a la prudencia con que trató el asunto con el Arzobispo de Burgos.
En Tardajos dio nuevo impulso a las obras de la Congregación, fomentando y favoreciendo las Misiones en los pueblos de la provincia; dando nuevo esplendor al culto católico con novenas y fiestas que hacía celebrar en la iglesia de la Casa, y atrayéndose las voluntades de todos los habitantes del pueblo de Tardajos, y aun de los pueblos inmediatos a éste, con la bondad, dulzura y franqueza de carácter con que los recibía. Mas en la obra en que con mayor ahinco trabajó y a la cual consagró sus solicitudes y afanes, fue en hacer prosperar y dar mayor auge a la escuela apostólica.
Conocedora la Asamblea provincial, que se celebró el año 1890 en España, de las inmensas ventajas y utilidades que podrían resultar a la Congregación dedicando casas en, que se instruyeran jóvenes que manifestasen vocación a ella, determinó no perdonar gastos ni expensas con el fin de alcanzar dicho objeto. Determináronse, pues, varias Casas, y como una de ellas fuese la de Tardajos, y por otra parte tuviese el Sr. Casado tanto interés por la prosperidad y propagación de la Congregación, de aquí el celo que desplegó por tan importante y beneficiosa obra. Él mismo explicaba a los jóvenes los rudimentos de la Gramática latina, de Geografía y otras ciencias por el estilo: amenizaba la clase con cuentos y dichos, que contribuían poderosamente, no sólo a hacer más llevadero y agradable el estudio, sino también a estrechar más y más las relaciones entre el profesor y los discípulos, entre el superior y los súbditos. Mucho podríamos extendernos sobre este punto; pero baste decir que la Casa de Tardajos ha dado hasta el presente a la Provincia de España muchos hijos que la esclarecen con sus conocimientos y la ilustran con la regularidad de su conducta.
En esto llegó el año 1895, a mediados del cual tuvo que dejar el Sr. Casado la Casa de Tardajos para trasladarse a Madrid, no sin gran sentimiento del pueblo, que tanto le amaba, y sin profunda pena de los compañeros de la Casa, que tan bien conocían la bondad y dulzura de su carácter y la rectitud de su corazón. Aun hoy día recuerdan su memoria, tanto el pueblo como los súbditos que gobernó en Tardajos, con veneración suma y muestras de singular aprecio y estima.
Vino, pues, a Madrid a desempeñar los difíciles é importantes cargos de Asistente de la Casa, Consejero del Visitador y Director de los Estudiantes; oficios que llenó cumplidamente y a satisfacción de los Superiores mayores.
Si hasta esta fecha había trabajado seriamente en el negocio de su santificación, que es el más importante que tiene el hombre, desde entonces trató de hacerlo con mayor interés, revistiéndose de las virtudes que componen el espíritu de la Congregación, y portarse de tal suerte en su conducta, que pudiese servir de modelo a los individuos de la Casa. Y aquí es de notar que la vida del Sr. Casado tiene un carácter singular, una nota distintiva, una señal característica que por sí misma se da a conocer: este carácter, esta nota, esta señal, es la sencillez, primera y principal virtud de un Misionero; exteriormente considerada, en nada se distinguía su vida de la de cualquier Sacerdote, Estudiante, Seminarista ó Hermano de la Casa: entre los primeros aparecía de tal suerte, que a primera vista nadie le hubiera creído superior por su cargo a todos ellos; y tan franco era para con los otros, que ganaba fácilmente los corazones con su afabilidad y dulzura. Máxima invariable suya era no se-pararse jamás ni a la derecha ni a la izquierda del camino común y trillado por el que van los verdaderos hijos de San Vicente: obrar el bien con sencillez y cumplir con simplicidad de corazón las Reglas y piadosas prácticas de la Congregación. De aquí el que en las repeticiones de oración y conferencias, en el confesonario, en la dirección de las conciencias, en los consejos que se le pedían, en los avisos que se veía obligado a dar, en ‘las penitencias que le era preciso imponer, en una palabra, en todas sus obras, no se apartaba lo más mínimo de la Regla y de la manera de obrar que se ha seguido en la Congregación; así, por ejemplo, en las conferencias que dirigía a la Comunidad y en las especiales que por su cargo tenía que dar a los Estudiantes, no llamaba la atención por la sublimidad de los conceptos, por la expresión correcta en el decir, por la galanura de estilo o por otra cualidad cualquiera; antes bien era sencillo, decía las cosas sin ambajes ni rodeos, tal cual las había pensado y como se las inspiraba el corazón: no era profundamente teológico, pero en cambio era eminentemente práctico, yendo siempre al fin y ordenando cuanto decía a la consecución del objeto que se había propuesto: era, ni más ni menos, un buen místico de nuestro siglo de oro, como Fr. Luis de Granada, Santa Teresa o el Padre Rodríguez, cuyas obras jamás dejaba de las manos y encomendaba casi siempre para lectura.
Otra virtud que más resplandecía en el Sr. Casado era la dulzura, la mansedumbre, aquella virtud encantadora que tanto costó a San Vicente, tan propia para conquistar las voluntades y ganar los corazones. Daba singulares pruebas de esta virtud de modo particular, cuando escuchaba las confesiones o recibía las comunicaciones de los de casa. Resuelto siempre a animar y alentar a los flacos en la perfección, oía sus faltas en el tribunal de la Penitencia, y con suaves amonestaciones, tiernas reconvenciones y saludables consejos llenos de caridad y dulzura, conseguía que se corrigiesen de ellas y se abstuviesen de cometerlas en lo sucesivo.
Respecto de su humildad sentimos no conocer detalladamente algunos ejemplos, que esta misma virtud le hacía ocultar a los ojos de todos: mas ¿qué debemos pensar de un hombre que en las repeticiones y conferencias, en el confesonario, en las comunicaciones y en los consejos que se le pedían, no trataba sino de inculcar la necesidad, utilidad é importancia de trabajar en el conocimiento propio; que aconsejaba meditar detenidamente en las miserias, en la nada que es uno, cuando no sabe qué hacerse en la oración, ó cuando uno no acertaba a desechar las distracciones que le ocurrían en la misma; que, finalmente, no dejaba pasar ocasión de recomendar esta virtud, y de hacerla amable y practicable con sus palabras y ejemplos? Mas cuál fuese la humildad interior de tan fervoroso Misionero, puede deducirse de la modestia, compostura y recogimiento con que estaba en la oración, en la acción de gracias después de la Misa, y en las visitas que con tanta frecuencia hacía a Jesús sacramentado: en todos estos actos no parecía sino un pobre pecador que está pidiendo perdón a Dios de sus pecados, ó un criminal que implora misericordia ante un juez irritado y dispuesto a pronunciar sentencia de condenación contra él: ¡tanta era la reverencia y tan profundo el respeto y compostura exterior que en estos actos manifestaba!
De su mortificación y celo por la salvación de las almas pudiéramos citar bastantes ejemplos; mas baste decir que ayunaba muchos viernes y casi todos los sábados; además de que la exacta observancia de las Reglas supone un grado de mortificación no común y mucho espíritu de ‘abnegación y sacrificio; y en cuanto al celo, avisaba, amonestaba, reprendía, corregía y, si era necesario, castigaba las transgresiones de la Regla y las faltas cometidas contra las disposiciones de los Superiores. Llevado de este celo trabajó primero toda su vida en santificarse a sí mismo, en adquirir las virtudes propias del estado al que Dios le había llamado, y en conducir y llevar a cabo la santificación de las personas encomendadas a su cuidado, consagrando todas sus fatigas, todos sus desvelos, todos sus afanes a formar excelentes Misioneros, y dedicando su vida al desempeño de los oficios que le confiara la obediencia.
Otro rasgo notable y característico de la vida del señor Casado fue la ardiente devoción que profesó a Jesús sacramentado, devoción a la que debió en gran parte su adelanto en la perfección cristiana. Estando de Superior en la Casa de Tardajos, pasaba horas enteras en la presencia de Jesús: a Jesús pedía luz y acierto en los negocios, valor en las dificultades, consuelo en las tribulaciones, consejo en las dudas: a Jesús comunicaba los secretos más íntimos de su alma: en el sagrado tabernáculo, donde mora Jesús víctima de nuestro amor, tenía su corazón con todos los afectos y deseos de su voluntad: no omitía nunca la visita detenida; y durante su permanencia en Madrid, toda la Comunidad fue testigo de la reverencia con que estaba e las visitas, que de ordinario eran frecuentes y detenidas; del fervor con que decía la santa Misa y de la solemnidad con que cantaba los principales días de fiesta; de la exactitud y gravedad con que se cumplía las ceremonias; del recogimiento que guardaba en la acción de gracias después de la Misa y del fervor con que oía diariamente otra: cualidades hermosas que suponen un corazón tiernamente enamorado de Jesús en el Sacramento del altar, y que explican perfectamente la regularidad y edificación de su conducta.
Conocedor el Sr. Casado de la verdad de aquella sentencia de oro que se lee en el libro de la Imitación de Cristo: Cella continuata duleessil, el male euslodita 1cedium general; y de aquella otra del mismo libro: In silencio el guíete proficil anima devota, se dio con tanto fervor y diligencia a la guarda del aposento y a la observancia del silencio, que con respecto a lo primero se puede afirmar, sin ninguna duda ni exageración, que no salía jamás del aposento sin verdadera necesidad; y por lo que se refiere a lo segundo, que, fuera del tiempo prescrito en las Reglas, no hablaba ni pasaba el tiempo en conversaciones, muchas veces perjudiciales a la caridad y casi siempre culpables, por el mal uso que con ellas se hace del tiempo. En cambio aprovechaba todos los instantes de éste entregándose a los deberes de sus diversos oficios, a lecturas piadosas y a estudios propios que le servían de materia en las Repeticiones y Conferencias.
Semejante tenor de vida llevó este fervoroso Misionero hasta el año 1902, en que a mediados de Abril comenzó a experimentar vivos dolores, efecto de los ataques que sufría en el pecho. Así continuó la última decena de dicho mes, sin que durante este tiempo, y a pesar de las molestias y dolores que le aquejaban, se determinase a guardar cama ni a dispensarse de seguir en todo los ejercicios de la Comunidad: los primeros días de Mayo se sucedieron con más frecuencia y viveza los ataques, de suerte que se vió obligado a guardar cama ó a permanecer sentado en una silla en el aposento, en el que recibía las visitas de los Sacerdotes y demás individuos de la Casa, manifestando en su rostro la serenidad de su conciencia y en sus palabras lo agradecido que quedaba al más insignificante servicio que se le hiciera. Durante su enfermedad sufrió con admirable resignación cristiana los dolores de la misma, y aunque no se creía en inminente peligro de muerte, trató, no obstante, de prepararse a ella, aceptándola voluntariamente en las condiciones que el Señor se la enviara, haciendo frecuentes actos de contrición y disponiéndose a morir con la resignación, conformidad, paciencia y abnegación que son necesarias en tan duro y terrible trance; además de que la vida ejemplar que llevó, y la virtuosa conducta que observó siempre, fueron excelentes disposiciones para morir en la paz y gracia del Señor. Como se le aumentasen los dolores, fue preciso que por la noche le velaran algunos Hermanos, y en la del 8 de Mayo, sin que ninguno sospechase tan cercana su muerte, entregó su hermosa alma en manos del Señor, y voló, según es de esperar, a la mansión de los justos a gozar de las eternas delicias de la Gloria.
Era el día de la Ascensión del Señor a los Cielos, y después de tocar la campana la señal de levantarse, se oyeron los toquetes acostumbrados cuando muere alguno. «¿Quién ha muerto?»—se preguntaban muchos que, a medio vestir, salían a las puertas de sus aposentos. — «El Sr. Casado.» Y a los pocos instantes lloraba la Comunidad la pérdida de uno
de sus más queridos individuos. Sin quererlo tal vez se pintaba la tristeza en los rostros, y el dolor y el sentimiento embargaban los corazones de todos. ¡Cuántos derramaron tiernas lágrimas al oír de boca del Visitador el elogio de las virtudes del difunto, que fueron objeto de la Conferencia de este día! En suma: ¡la Provincia de España sufría con la muerte del Sr. Casado una pérdida irreparable y desaparecía uno de sus más edificantes y fervorosos Misioneros!
Pero no; que vida tan santa y tan llena de virtudes, tan pura, tan sencilla, tan mortificada y tan humilde, gastada toda ella en servicio de Dios, en procurar y dilatar su gloria, en glorificar y enaltecer su nombre, en procurar la propagación de la Misión, en fomentar el espíritu de la misma, en hacer observar con exactitud las santas Reglas, y trabajada con tantas tribulaciones, amarguras y sinsabores, fue coronada con una muerte santa y preciosa a los ojos del Señor, que quería premiar en el Cielo cuanto su fiel siervo había hecho por Él en la tierra; y si murió, murió para este valle de lágrimas, mas vive y vivirá en la casa de Dios por todas las eternidades, glorificando, amando y bendiciendo a su Divina Majestad é intercediendo por nosotros ante el acatamiento divino.
¡Plegue al Cielo bendecir estas mal trazadas líneas, porque puedan ser estímulo para imitar sus virtudes y seguir sus ejemplos, y así tengamos la dicha de vivir santamente, a fin de morir muerte preciosa a los ojos del Señor!
M. T.

 

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