Manual del Visitador del Pobre (XII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

De los encarcelados

Nuestro pobre podrá ser conducido a la cárcel por la calumnia o por la justicia: en cualquiera de los dos casos debemos acompañarle.

es inocente, digámoselo a sus jueces, a sus carceleros, a los que pueden apoyar su justicia, a todos, menos a los mal­vados con quienes le habrán confundido y para los cuales sería un título de persecución la falta de culpa. iQue caiga sobre nuestro corazón y le abrume cada hora que el hombre honrado está confundido entre perversos, obligado a ocultar sus virtudes, como si fuesen crímenes, para no ser escarne­cido y maltratado! La cárcel, al menos en España, es una tor­tura para la inocencia, un escollo para la virtud y una escue­la práctica del vicio. Acompañemos a nuestro pobre todo el tiempo que nos sea posible; con nuestra solicitud, nuestro celo y nuestro amor, formemos en derredor suyo una atmós­fera de caridad, que pueda neutralizar la atmósfera del vicio que le rodea. La perversidad es allí tan cínica, tan repugnan­te, que ella misma presta armas para combatirla y hacerla odiosa. Hablemos de aquellos hombres con lástima y con horror; ocupémonos de ellos como de una calamidad dema­siado inmediata para prescindir de ella, pero sin manifestar jamás a nuestro pobre el temor de que pueda seguir el ejem­plo de aquellos malvados: al contrario, hablémosle como si estuviera separado de ellos por un abismo imposible de salvar. Como son hombres, aunque pervertidos, apelemos a los buenos sentimientos que aun conserven, para disimular la prevención instintiva que tendrán contra nuestro inocente. Un saludo hecho amistosamente, un pequeño servicio, pue­den atraernos su benevolencia, que recaerá sobre nuestro protegido; y no temamos descender demasiado: la caridad no se rebaja nunca por más que descienda.

Si conseguimos probar la inocencia de nuestro pobre y sacarle de la cárcel, acompañémosle a su casa con muestras de consideración y aun de respeto. Digamos a sus conocidos, a sus amigos, a sus vecinos. a todos los que puedan oírnos, que estaba inocente, que la justicia humana es imperfecta y limitada como el hombre. que la sospecha es la combinación de la impotencia y de la perversidad, que sólo Dios puede ver los corazones y que no viéndolos y juzgando sólo por los hechos, ¿qué juez no está expuesto a confundir por un momento el crimen y la inocencia?

La infernal máxima, di mal, que algo queda, es de una tris­te verdad; la calumnia deja señales por donde pasa, como un líquido emponzoñado, que tiene grandes afinidades con el conducto por donde corre. Nada será demasiado, nada será tal vez bastante para rehabilitar en la opinión a nuestro ino­cente encarcelado. Los buenos temerán mancharse con él; los medianos se complacerán en humillarle, porque el común de los hombres no comprende levantarse sino reba­jando a los otros; los malos se congratularán de contarle entre los suyos. i Oh! Hagamos de manera que no lo consi­gan. Saquemos a nuestro protegido de aquella casa, de aquel barrio, de aquel pueblo, para que en su desesperación no acepte las calificaciones que le dan: es frecuente que el hom­bre acabe por ser lo que el mundo le llama.

Si nuestro pobre es culpable, si debe permanecer mucho tiempo en la cárcel y tal vez sufrir después su conde­na en presidio, echemos mano de todas nuestras fuerzas, de toda nuestra constancia, de todo nuestro celo, e invoquemos el auxilio de Dios, que bien le habremos menester para no desalentarnos. Aquel desdichado dio un paso por el camino del crimen y todo cuanto le rodea le empuja en su resbaladi­za pendiente. Dada la organización de nuestras cárceles y presidios, el crimen se parece a esas corrientes que hay en ciertos mares, que atraen a largas distancias y tragan irremi­siblemente al que entra en la esfera de su mortal acción.

El mal es grave, pero la desesperación es un pecado y una cobardía. Ni en la mansión de la miseria, ni en la del dolor, ni en la del crimen, en ninguna parte, escribamos la horrible leyenda que sólo está bien a las puertas del infierno: Dejad toda la esperanza a los que entráis. La esperanza, esa con­soladora hermana de la caridad, debe acompañarnos a todas partes, sea que el mundo la califique de heroísmo, o que la llame locura.

¿Qué vamos a hacer en el patio de aquella cárcel, en medio de ese coro de blasfemias y de obscenidades, con que la voz del cinismo sofoca la voz de la conciencia; en esa escuela normal de perversión; en ese gimnasio del crimen donde tantos Hércules escriben sobre las columnas de sus manos ensangrentadas un lúgubre iNo hay más allá!? ¿Iremos allí a recitar oraciones y hablar de Dios y de virtud? Un hombre caritativo no es un insensato; es un hombre bueno, que ama a los hombres, espera en Dios y no abjura su razón.

Iremos al patio de la cárcel, no a predicar, sino a ver a nuestro pobre; y él, quienquiera que sea y dondequiera que esté, nos lo agradecerá; y he aquí que ya hemos hecho un bien, ya hemos despertado el hermoso sentimiento de la gra­titud en aquel antro de maldades: la caridad, como el sol, donde quiera que penetra, hace brotar flores. Nosotros debemos conocer a nuestro pobre: según sus antecedentes será el lenguaje que con él tengamos; pero quienquiera que sea, siempre le interesará el estado de su causa y los pasos que demos para mejorarle. Como no nos escandalizare­mos, más que en nuestro corazón, de nada de lo que oiga­mos, ni reprenderemos con imprudencia, tal vez se acer­quen a nosotros algunos de aquellos seres extraviados; acaso podamos hacerles algún favor, y lleguemos a formar un pequeño núcleo de hombres que nos miren como amigos. Arrojemos allí la semilla de los buenos sentimientos, allí y donde quiera, con la profusión con que la naturaleza las arroja todas. El viento las lleva sobre las aguas y sobre las rocas; pero alguna cae en buena tierra y fructifica. En una ocasión solemne, ante una de esas escenas que conmueven, si se administra el Viático a un compañero enfermo, si otro va a ser conducido al patíbulo, y nos arrodillamos y oramos, es posible que aquellos seres pervertidos se arrodillen tam­bién y se asocien a la oración en que pedimos a Dios miseri­cordia para el moribundo o para el culpable a quien los hom­bres no pueden perdonar.

ambién podemos dejar algún libro que entretenga el tiempo, siempre largo en la cárcel. ¿Y qué clase de libro debe llevarse allí? Ni Fray Luis de Granada, ni una novela impía; un libro que distraiga sin pervertir, aunque no enseñe mucho. No seamos en esto nimiamente escrupulosos: un libro inútil en otra parte puede ser útil en la cárcel, y hay pocos tan malos como lo que hacen y lo que dicen los encarcelados, a quienes se agrupa ciegamente para abandonarlos en la ociosidad, sir tener otro cuidado que el de que no se escapen.

Si nuestro criminal es conducido a presidio, veamos si podemos hallarle allí un protector y un guía; y si sabe leer escribámosle. ¿Por qué no? Hemos visto cartas de presidia­rios, en que manifestaban su profunda gratitud hacia los que habían querido favorecerlos y su gran deseo de salir de allí, para ir a besarles la mano. Un hombre que se ha hecho nota­ble por su ciencia y que lo es todavía más por su bondad tenía a su cargo una obra pública, donde trabajaban presidia­rios. Para nada se necesitaba allí el rigor ni la amenaza. Construían con esmero y perfección muchos útiles y herra­mientas necesarias para la obra, que se presentaron en Madrid en una Exposición, y si no fueron notados, consistió en que la atención del público suele ser frívola y caprichosa. Se trabajaba mucho y bien; si había prisa, se trabajaba tanto, que parecía que aquellos hombres estaban poderosamente interesados en la conclusión de la obra, cuando no tenían otra retribución que su mal rancho y las buenas gracias del que la dirigía. Si había que llevar o traer caudales, solían des­empeñar esta comisión dos presidiarios, a quienes el inge­niero daba su mismo caballo. Los caudales se entregaron siempre fielmente y el caballo fue cuidado con esmero. ¿Por qué sucedían todas estas cosas? Porque al frente de aquellos hombres, acaso más desgraciados que culpables, estaba uno bueno e inteligente; porque todos querían mucho a don N… No caben en estas páginas nombres propios; los ben­decimos sin escribirlos; pero de este hecho y de otros análo­gos resulta que, aun en los presidios de España, los hombres pueden amar, es decir, que todavía son susceptibles de corrección y enmienda.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *