M. Louis Noël (1618-1647)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles, En tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Biografias PaúlesAlger. 22 juillet 1647.

San Vicente estaba instruido por su propia experiencia en las necesidades espirituales y corporales de los pobres esclavos. Viendo por anticipado los bienes que estaban llamados a hacer los Misioneros animados del espíritu apostólicos entre estos infortunados y la gloria que por ello recaería en Dios, se determinó, el año siguiente al envío de sus primeros hijos a Túnez (1645), a mandar partir a otros dos a Argel. Fueron los Srs. Louis Noël, sacerdote, y Jean Barreau, que sólo era clérigo, en calidad de cónsul. Para facilitar la entrada de sus hijos en esta parte de la Regencia, san Vicente había creído deber adquirir el consulado.

Bien instruidos y animados  por los ejemplos de caridad de honorable Padre, los dos misioneros se encomendaron  sin reserva en las manos de la Providencia; tras un último adiós a sus cohermanos se encaminaron a Marsella y llegaron a Argel en 1646.

El Sr.Louis Noël había nacido en Colonge, en el distrito de Ginebra, y había sido recibido a la edad de veinticinco años en la Congregación de la Misión, el 12 de noviembre de 1643. Llegado a Argel, pudo, como el Sr. Guérin en Túnez penetrar con bastante facilidad en las mazamorras para asistir a los esclavos; pero otra cosa era en las casas particulares donde estos desdichados eran sin embargo muy numerosos, y a veces en mayor peligro de salvación «Arde Troya, escribía a san Vicente, cuando un sacerdote es sorprendido en casa de un Turco en el ejercicio de la religión». Al principio, no podía ni siquiera  circular impunemente por la ciudad; su hábito eclesiástico desagradaba a los Musulmanes que, tomándole por un judío y rodeándole con su odio hacia esta nación tan universalmente maldita, le llamaban con burla el Papa de los Hebreos. «cuando voy a la ciudad, escribía él, los niños corren detrás de mí; las mayores caricias que me pueden hacer es escupirme a la cara, y los que están más cerca me dan  bofetadas.

En Argel, cada mazmorra formaba un vasto edificio distribuido en células bajas y sombrías, que contenían cada una quince o dieciséis esclavos. Una estera para algunos, y la tierra húmeda para el mayor número, les servía de lecho. Estos lugares malsanos estaban infectados de miseria, de insectos y de escorpiones. Allí se alojaban a veces quinientos o seiscientos esclavos y, cuando no cabían todos en las células, se les hacía dormir en los patios o en las terrazas del edificio. Un bachi en jefe (guardián) estaba encargado de vigilarlos y respondía de ellos; también ejercía con la mayor frecuenciala vigilancia de una manera cruel. Fue; en este medio fue donde el ferviente Misionero ejerció sobre todo su celo.

Para conformarse a los deseos de san Vicente, el Sr. Noël se preocupó primero de los eclesiásticos seculares y regulares que habían caído en cautiverio. Antes de su llegada, algunos esclavos laicos, para honrar el sacerdocio y conseguir el consuelo de participar en los bienes espirituales que podían procurarles sus compañeros de de infortunio sacerdotes, se cotizaban con el fin de pagar a los patronos bajo la dependencia de los cuales se encontraban los cautivos revestidos del carácter sacerdotal, el canon que dispensaba a éstos del trabajo de los esclavos. Pero estos eclesiásticos sin ocupación y sin celo, más dueños de sí mismos en el seno de la esclavitud de lo que lo eran bajo los ojos de sus superiores, abusaban extrañamente del ocio que les procuraba la benevolente caridad de los esclavos laicos. De ahí nacían cantidad de escándalos que eran un oprobio para el carácter sacerdotal y para nuestra santa religión. Estos desórdenes iban a veces tan lejos que, poco antes de la llegada del Sr. Noël, un turco se había visto obligado a devolver a las cadenas a un desdichado sacerdote cuya conducta asustaba a los Judíos y a los Mahometanos.

Provisto de los poderes del gran vicario de Cartago, obispado in partibus, del que dependía Argel, el Sr. Noël se entregó a reprimir esta licencia; sus discursos llenos de unción y de fuerza, su tierna compasión, su presteza en ayudarlos y sobre todo sus buenos ejemplos impresionaron a estos desdichados, les hicieron comprender cuánto esta licencia, odiosa en todo país, lo era todavía más en una tierra infiel. Tuvo el consuelo de ver a varios detestar sus desvaríos, aceptar en espíritu de penitencia los rigores de su esclavitud, y ponerse incluso a  ayudarle en el ejercicio de su celo apostólico. En algunos casos bien raros, se vio en la triste necesidad de hacer uso de la autoridad espiritual que tenía en mano; pero entonces las censuras con las que castigaba a los incorregibles, alejándolos del altar, podían convencer a los infieles de que la religión era extraña a estos desórdenes y la vengaban incluso a los ojos de todo espíritu imparcial. Se restablecieron el orden y la disciplina, los infieles no blasfemaron el nombre de Dios con motivo de sus ministros, y los sencillos cristianos no encontraron ya en sus guías con qué autorizar su apostasía.

El bien que el Sr. Noël procuró a los esclavos laicos no fue el menor el afirmarlos en la fe, animándolos en sus penalidades y sus duros trabajos, enseñándoles a santificar sus sufrimientos y las vejaciones de todo género a los que estaban expuestos a diario, y formándolos en la práctica de todas las virtudes. Hubo entre estos desdichados, en gran número y conocidos de Dios solo, cuya constancia en la fe se elevó hasta el heroísmo. Con anterioridad, los esclavos, visitados tan sólo con ocasión de los rescates de los Padres de la Merced y de la Santa Trinidad, que no tenían lugar más que en largos intervalos, abandonados a su suerte y a sus crueles reflexiones, se hallaban en una situación deplorable. Muchos, abrumados por el pensamiento de una cautividad a la que no veían salida, y de la cual nadie suavizaba el dolor, se entregaban a una funesta desesperanza. Si la presencia del Misionero no puso fin a todos estos excesos deplorables, al menos rebajó considerablemente el número mediante las palabras  de consuelo que les traía, con las instrucciones llenas de unción que les dirigía, con las limosnas que les distribuía, y sobre todo con la facilidad que les procuraba de frecuentar los sacramentos, fuentes abundantes de vida, de fuerza y de salvación. Poco a poco las cosas cambiaron de tal manera de cara que si la nueva Iglesia de África fue menos numerosa que la antigua, no fue menos ferviente. Cada esclavo encadenado fue a su modo un confesor que sufría por la fe; y Nuestro Señor tuvo allí mártires tales como el santo obispo de Cartago los hubiera tenido como su gozo y su corina.

El Misionero debía actuar con una rara  prudencia frente a los esclavos enfermos en las casas particulares, siempre de difícil acceso; enviaba a un boticario cristiano quien, después de charlar con el enfermo, decía al patrón que no podía tratarle más que con las órdenes del médico. El médico no era otro que el Misionero. Éste se quedaba en la puerta, esperando el resultado de la conferencia y, cuando podía ser introducido, él cumplía con el enfermo moribundo su último ministerio, a veces en presencia del amo quien, en su ignorancia y su superstición, tomaba las ceremonias por un tratamiento misterioso, por algún específico desconocido en Berbería. Y como de vez en cuando la virtud del sacramento, brotando del alma al cuerpo, devolvía al enfermo a la vida, los turcos tomaron pronto al sacerdote como a un personaje extraordinariamente hábil y se dirigieron  ellos mismos a él en sus enfermedades. Así fue como poco a poco se acostumbraron  a tolerarle y a verle, y sus sucesores se vieron abrir con menos dificultades, incluso sin pasaporte médico, buen número de casas en Argel.

Pero antes que los peligros, sobre todo para llevar el santo viático a los enfermos en esta tierra infiel, el Dios de los cristianos era dos veces el Dios escondido, y había que evitar su paso a toda mirada profana. Dos hombres componían el paso del Salvador. El primero era un pobre cristiano que llevaba debajo de su abrigo una bujía encendida en una pequeña linterna y agua bendita en una vinajera, un roquete plegado, un ritual, una bolsa con corporal y un purificador. El segundo era un sacerdote que llevaba pendido del cuello una bolsa de seda que encerraba  una cajita de plata dorada donde había depositado la santa hostia. Sobre su sotana llevaba una estola; pero todo envuelto en un abrigo para que no lo vieran los turcos. Uno y otro iban de calle en calle, modestos, recogidos, sin saludar a nadie, por lo que los cristianos conocían el divino recado; pero no podían formar procesión y se contentaban con adorarlo en espíritu y de corazón a su paso.

Cosa maravillosa, sólo en el santuario mismo de la esclavitud el Salvador tomaba su libertad en la mazmorra, se distribuía abiertamente a todos los esclavos, y estaba acompañado incluso por una antorcha. Descansaba día y noche en algunas mazamorras, y siempre con una lámpara encendida.

Pronto la caridad del Misionero, su valor, este espectáculo tan nuevo, impusieron de tal forma a los turcos que cambiaron su primer desprecio en admiración y dejaron al sacerdote la libertad de su celo. Lo que él aprovechó para difundir sus obras de misericordia.  Como sus cohermanos de Túnez, no se limitó ya a los enfermos, sus cuidados se extendieron a todos los que él sabía que estaban expuestos en cuanto a su virtud y su salvación; y ayudado por la gracia del Señor pudo animarles a seguir fieles a su Dios. Uno de ellos, al resistirse a una violencia infame, hirió involuntariamente a su patrón en el rostro; era un simple rasguño lo que le hizo condenar al fuego, bajo la acusación de intento de homicidio. El Sr. Noël, informado de esta sentencia injusta , tuvo bastante suerte  en tener acceso al esclavo; le exhortó vivamente a seguir fiel a su Dios, y el infortunado tuvo la suerte de confesar a Jesucristo en medio de  de las llamas.

Pero la peste, siempre permanente en estos países estalló más violenta en la primavera del año 1647. El Sr Noël, que noche y día acudía al socorro de los cristianos apestados, fue atacado él mismo. Fue a recibir en el cielo la recompensa reservada al siervo fiel, el 22 de julio de 1647, de menos de treinta años de edad, después de un año solo de apostolado, colmado de trabajos y de obras que habrían honrado una larga carrera.

Su muerte fue llorada de los propios musulmanes. Setecientos u ochocientos cristianos formaron el cortejo de sus funerales. Dos oraciones fúnebres se pronunciaron, una en la capilla de la mazmorra de la Regencia, por un religioso Carmelita; la otra en la capilla del consulado, por un Franciscano que, aplicando a Noël la palabra  de san Jerónimo sobre san Pablo, dijo que Argel había perdido con la muerte de este solo hombre un ejemplo de todas las virtudes in morte unius omnes defecisse virtutes.

San Vicente escribió entonces al hermano Barreau, que ahora se hallaba el único Misionero en Argel, y que no había salido de la cárcel más que para cerrar los ojos a su cohermano bien amado.

Le decía «Recibí ayer por la noche la triste aunque feliz noticia de la muerte del Sr. Noël, me ha hecho derramar muchas lágrimas en diversos momentos, pero lágrimas de gratitud para con la bondad de Dios sobre la Compañía, por haberle dado un sacerdote que amaba tan perfectamente a Nuestro Señor y que ha acabado tan felizmente«.

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