Luisa de Marillac y los sacerdotes de la Misión (III)

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A PROPÓSITO DE SU HIJO MIGUEL

Durante los viajes misioneros de la madre, Miguel Le Gras es acogido en el Colegio de los Buenos Hijos. Vela sobre él Vicente de Paúl mismo, o bien le confía a alguno de sus jóvenes misioneros. En mayo de 1630, cuando tiene 17 años, es Roberto de Sergis quien se encarga de él. El señor Vicente escribe a la madre siempre inquieta:

El pequeño Miguel está bien; el hermano Roberto ha ido a verlo de mi parte. Me ha dicho que está alegre y contento. Estelo también usted, señorita, se lo suplico, ya que a Dios le agrada.

Más tarde serán el P. Francisco Souffliers y el P. Pillé quienes velen sobre Miguel. Pero estos misioneros hace poco que están en la Congregación, uno o dos años. Luisa pide misioneros más hechos, de más edad. Al parecer el señor Vicente no acepta que rehúse la confianza a los más jóvenes:

El padre du Coudray no tenía nada que decirle de su hijo, ni yo tampoco, a no ser preguntar si le agrada su estancia en Bons-Enfants… El padre du Coudray no tenía el encargo de hablarle de este asunto.

Miguel demuestra poco atractivo por el trabajo, y está siem­pre cambiando de opinión en cuanto a su porvenir. Por lo que hace a Luisa, siempre sabrá expresar su reconocimiento a Vicen­te de Paúl y a los misioneros por todo lo que han hecho a favor de su hijo. En 1646, envía a Vicente un cuadro de la Virgen, pin­tado sin duda por ella misma:

No ha sido mi intención ni mucho menos que ese cuadro de la santísima Virgen… sino para que sirviera de adorno a un altar dedicado a la santísima Virgen, y reparar de algún modo las fal­tas de mi hijo, utilizando en su confección algunas alhajas que me quedaban. Por eso, padre, le ruego muy humildemente que lo acepte para su iglesia, ya que he sido tan desgraciada que el delito ha salido de una de sus casas precisamente por medio de este hijo mío.

DESPUÉS DE FUNDADAS LAS HIJAS DE LA CARIDAD

La Compañía de las Hijas de la Caridad, fundada el 29 de noviembre de 1633, al igual que la Congregación de la Misión, fundada el 17 de abril de 1625, son, en esta primera mitad de siglo XVII, comunidades nuevas. A mucha gente joven, a menu­do de las mismas aldeas y de las mismas familias, se sienten atra­ídos por su estilo de vida, su compromiso a favor de los pobres y su espiritualidad.

FRATERNIDAD EN LAS RELACIONES

Hermanos y hermanas, primos y primas entran, los unos en los Sacerdotes de la Misión, las otras en las Hijas de la Caridad. Las relaciones familiares son conocidas, aceptadas y estimuladas.

Los tres hermanos Bécu, Juan, Benito y Huberto van a la casa-madre de las Hijas de la Caridad para visitar a su hermana María, primero enferma y luego moribunda, el año 1637. Algu­nos años después, Juan se inquieta de su hermana Magdalena, enviada al hospital de Angers. Luisa de Marillac escribe a la Her­mana Sirviente:

El señor Bécu saluda a Sor Magdalena y pregunta si se porta bien, también a mí me gustaría saberlo.

Catalina Baucher, que está en Brienne, recibe de Luisa noti­cias sobre sus hermanos, que han sido destinados: Eloy está ahora en la granja de Orsigny, Marino en Saintes. Luisa escribe también que su primo Albino Gontier ha ido a Turín, en Piamonte. Una carta de Luisa de Marillac a Juana Lepeintre, en Nan-tes, da noticias sobre la familia de Enriqueta Gesseaume, de su hermano Claudio, que está en Crécy con el P. Gallais, de su primo Chefdeville, que está en París: el uno y otro «están hacien­do maravillas».

En las comunidades se habla de los hermanos «lazaristas». En Angers, las Hermanas saben que Catalina Huitmill, deseosa de dejar la Compañía, teme ver a Luisa de Marillac no menos que a su hermano Felipe, el cual la coaccionó tal vez a hacerse Hija de la Caridad. En Calais, Francisca Manceau, antes de morir, suplica a su compañera María Poulet se lo haga saber a su hermano Nico­lás, que está en Richelieu. Otro hermano suyo, Simón, sacerdote de la Misión también, ha muerto siete años antes. En Arras, Mar­garita Chétif recibe la visita de Nicolás Rose, que llega para pasar algún tiempo con la familia. Le habla de su hermana Ana, Hija de la Caridad, sujeta a bastantes pruebas en París. Le pide que haga cuanto esté en su mano para que la destinen cerca de la familia.

Estas relaciones fraternas y de amistad se extienden también a las familias. En 1646 el P. Portail visita a la señora Delacroix: está inquieta a causa de sus hijas Juana y Renata, por rumores difundidos en Le Mans. Se dice que todas estas jóvenes enviadas a París están destinadas a Canadá, donde serán casadas con indí­genas. Se ha reclutado a hombres de la región con destino a este país lejano, recién colonizado por Francia. El P. Portail, que no consigue calmar a la madre, pide a las dos hijas que la escriban, a ella y a la antigua ama de ambas27. En 1649 es el P. Thibault, que misiona Saint Meén, quien va a tranquilizar a los padres de Maturina Guérin, que viven no lejos, en Moncontour.

Las Hijas de la Caridad hacen asimismo de intermediarias para con las familias de los misioneros. En Brienne, María Donion visita la familia del Hermano Mateo Régnard:

No he visto la esquelita de que me habla para el Hermano Mateo, pero puede usted asegurar a su hermano que está bien, gracias a Dios, y desde hace dos o tres días ha regresado a Borgoña. No dejaré de comunicarle noticias de su hermano y de decirle que se ha interesado por él.

Estas relaciones fraternas y amigables rebasan también el cuadro familiar. Entre los Padres de la Misión y las Hijas de la Caridad se teje una red de socorros mutuos, con un intercambio de nimiedades que revela la atención recíproca. Vicente de Paúl encarga a Robert de Sergis que adquiera estampas para las Hijas de la Caridad. Los Hermanos de la Congregación brindan su competencia: Juan Lequeux transporta material que se ha com­prado, lleva trigo a la casa-madre de las Hijas de la Caridad; Ale­jandro Véronne prepara jarabes para las Hermanas enfermas. Merced a su gran habilidad, sangra con éxito a una Hermana, cuando nadie había podido hacerlo.

En 1656 la comunidad de Nantes se convierte en lugar de reunión para los misioneros que han de embarcarse rumbo a Madagascar. Vicente se lo comunica a Nicole Haran, la Herma­na Sirviente:

Tenemos a uno o dos de nuestros padres que tienen que ir a Nantes junto con dos hermanos, procedentes de diversas casas: les he indicado que, para poder encontrarse, se dirijan a usted para que el primero que llegue le indique dónde se aloja y pueda usted indicárselo a los demás. Le envío un paquete de cartas para el Padre Herbron, que es uno de ellos. Le ruego que se lo entregue en mano y él le pagará los portes.

La embarcación en que navegan los misioneros zozobra fren­te a Saint Nazaire: las Hermanas del hospital recibirán y guarda­rán lo que se recupere del equipaje:

Me dice usted que el orín estropea los hierros que se han salva­do del naufragio. Le agradezco su interés por ello. No dudo de que habrá sacado usted al aire todo lo que había dentro. Y en cuanto a esos hierros, le ruego que los haga limpiar, y ya le enviaré el dinero que se necesite para ello. Dicen que conven­dría meter las piezas más delicadas en aceite y frotar las otras con mineral de cuarzo

En noviembre se organiza de nuevo la travesía rumbo a Madagascar: nuevamente reciben las Hermanas a los Padres des­tinados a la lejana Misión:

El último martes, cuatro de este mes, partieron de aquí tres de nuestros sacerdotes y un hermano, que van a Nantes y que podrán ir a verles al hospital; por eso le mando la carta que le escribo al Padre Etienne, que tiene la dirección de los demás para que se la dé en mano.

La mutua ayuda entre Padres de la Misión e Hijas de la Cari­dad no puede ni debe dañar el servicio a los pobres. Lamberto aux Couteaux, que llega a Richelieu en 1639, pide el envío de Hijas de la Caridad. Luisa se aviene, tras alguna vacilación, a mandar dos Hermanas: es el primer envío fuera de París. Se establece una Cofradía de la Caridad para el alivio de los infortunados, se abre una escuela para la instrucción de niñas pobres. El año 1641, cl P. Lamberto recibe a medio centenar de seminaristas que se pre­paran a la ordenación sacerdotal. Pide a las Hermanas que acon­dicionen la casa. Abrumada por el duro trabajo doméstico, Isabel Martín no puede ya atender al servicio de los pobres. Vicente de Paúl, de paso en Richelieu, hace observar al P. Lanberto que la ayuda mutua nunca debe contrariar al carisma: lo expresa con claridad su carta a Luisa de Marillac:

Lo que más le mortifica a nuestra querida hermana Isabel es que no visita los enfermos, desde que hace algún tiempo la encargaron del acomodamiento de cuarenta o cincuenta ordenandos; ya le avisé al padre Lamberto que no volviera a darle ese trabajo».

Toda relación entre misioneros e Hijas de la Caridad ha de ser sencilla, amigable, mas eso no excluye la prudencia. Vicente y Luisa lo recuerdan cuando es necesario. Dos postulantes de Richelieu, Vicenta Auchy y Nicole, han llegado a París. En su pueblo conocieron al P. Nicolás Durot, que ha vuelto a San Láza­ro. Durot siente prisa por ver a las dos jóvenes, y Vicente de Paúl previene a Luisa de Marillac:

Es conveniente que las hermanas de la Caridad de Richelieu no vean al padre Durot ni al hermano. Es preciso hacerles com­prender con mucha mansedumbre que no conviene que tratemos entre nosotros más que de las cosas necesarias.

Cae enfermo el Hermano Juan-Pascual Goret, que está en Picardía al servicio de la población castigada por la guerra. En diciembre de 1651 recibe una carta de Vicente de Paúl. Éste alaba a Dios por su mejoría, mas como superior suyo le habla luego de reserva en el trato con sus enfermeras, Hijas de la Caridad:

Me dice usted que nuestras buenas hijas de la Caridad le han asistido durante su enfermedad; me alegra mucho saberlo. No dudo de que les estará usted muy agradecido; pero es de dese­an mi querido hermano, que no demuestre este agradecimiento con visitas ni con muchas palabras; bastará con que las vea y las salude solamente de pasada, cuando lo requiera la necesi­dad. Ya sabe usted cómo lo practicamos aquí; le ruego que haga usted lo mismo.

Testimoniar el agradecimiento por los beneficios recibidos es cosa excelente, mas entre misioneros e Hijas de la Caridad debe hacerse de manera sencilla y razonable.

PASTORAL DE VOCACIONES

Los Padres de la Misión hicieron en el siglo XVII un impor­tante papel por lo que respecta a la pastoral de vocaciones para las Hijas de la Caridad. En todos los sitios donde están o han de predicar, los misioneros están atentos y observan, animan a las jóvenes para que se den a Dios por el servicio de los pobres. En Lorena descubre vocaciones la atención del P. du Coudray. El E Lamberto manda varias jóvenes de Richelieu. En Saint Méen Bernardo Codoing, Guillermo Gallais en Le Mans, Luis Thibault en Fontainebleau primero y luego también en Saint Méen; asi­mismo en Richelieu Dionisio Gauthier, y en Arras Guillermo Delville, todos presentan postulantes. Vicente y Luisa examinan las candidaturas:

Le mando en una nota la respuesta de la señorita Le GraS y la mía a propósito de las muchachas de Moncontour y las de Saint-Méen que desean entregarse a Dios en la compañía de las Hijas de la Caridad.

Hay veces en que Vicente de Paúl ha de templar el ardor de los misioneros:

Me habla usted de tres buenas jóvenes que desean pertenecer a la Caridad. Como han concebido ese deseo en medio del fervor de la misión que ha hecho usted en su parroquia, habrá que ver si las enfría un poco el tiempo. Es conveniente probarlas.

Vicente de Paúl recuerda en varias ocasiones las cualidades necesarias a una futura Hija de la Caridad:

Si encuentra usted jóvenes sanas y robustas, dispuestas para la Caridad, de vida irreprochable, resueltas a humillarse, a trabajar en la virtud y a servir a los pobres por amor de Dios.

Cada vez que un misionero va a una casa de Hijas de la Cari­dad, en particular con objeto de pasar visita canónica, Luisa ruega a las Hermanas Sirvientes que converse con las aspirantes:

Por lo que se refiere a las jóvenes que me dice se han presenta­do al señor Du Chesne, si él las encuentra aptas, no tiene usted más que mandarlas.

Por su parte, el señor Vicente recuerda a los sacerdotes de la Misión sus deberes a este respecto. Escribe a Pedro de Beaumont, en Richelieu:

No es suficiente con que las hermanas de la Caridad de esa ciu­dad juzguen a las dos postulantes idóneas para la compañía si usted mismo no coincide con ellas en ese parecer. Por consi­guiente, si usted cree que tienen bastantes fuerzas para ese esta­do, que es el deseo de servir a Dios en los pobres lo que las mueve a abrazarlo, y no el pensamiento de vivir más cómoda­mente de lo que ahora viven, y ve usted finalmente que habrán de perseverar en la medida en que esto puede preverse moral­mente, en ese caso puede usted enviarlas.

Luisa de Marillac y Vicente de Paúl quieren evitar que las jóvenes deseen hacerse Hijas de la Caridad con objeto de ver París, o para dejar el campo y asegurarse un porvenir más grato que el que les aguarda en la familia. Además cuenta mucho con el juicio de los Sacerdotes de la Misión, llegado el momento de discernir las peticiones.

Durante toda su vida, Luisa de Marillac testimonió mucha amistad y confianza para con los Sacerdotes de la Misión. Y animó a las Hijas de la Caridad para que vivieran esta misma relación sencilla y fraterna. Pero de la Congregación de la Misión, Luisa de Marillac espera mucho. Cuenta con ella para que la Compañía de las Hijas de la Caridad conserve su origina­lidad, mantenga su vitalidad, y cumpla con la misión a ella con­fiada por la Iglesia.

Isabel Charpy

CEME 2010

 

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