Luisa de Marillac: unos escritos

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anónimo · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Fuente: Anales españoles, 1981.
Tiempo de lectura estimado:

Presentamos a los lectores de «Anales» la traducción de unos escri­tos de Sta. Luisa redactados entre 1629 y 1634 (?).

Son los siguientes:

Relación presentada por Sta. Luisa a S. Vicente de su visita a diversas cofradías de la Caridad.

Notas, que parece sirvieron para redactar la Relación anterior.

Proyecto de Reglamento para unir las Jóvenes o Sirvientes de los pobres a las Hermanas de la Cofradía de la Caridad.

Distribución del día observado por las primeras Hijas de la Caridad.

El texto francés, del que nos hemos servido, es copia exacta del au­tógrafo original conservado en el Archivo General de las Hijas de la Caridad de París bajo el epígrafe de «Recueil». En nuestras citas bi­bliográficas aludiremos a dicho documento con la sigla «Arch. FF. Ch. Re. núm. …».

No son de Sta. Luisa los títulos que encabezan los escritos, sino del copista, e igualmente las notas, salvo que indiquemos expresamente lo contrario.

 

I. VISITAS A COFRADIAS DE LA CARIDAD

VISITA A LAS COFRADIAS DE ASNIERE Y DE ST. CLOUD
EN ESPIRITU DE FE Y DE ABANDONO EN DIOS

FEBRERO DE 1630

Salí el miércoles de las Cuatro Témporas de Adviento, camino de Asnié­re, temiendo ponerme en viaje por mis enfermedades, me sentí fortalecida por la decisión de la obediencia, que me obligaba a ir allí; y en la Sda. Comunión de aquel día me sentí incitada a hacer un acto de fe, y dicho sentimiento me duró mucho tiempo, pareciéndome que Dios me devolvería la salud en tanto en cuanto yo creyera que El podría darme fuerza contra lo que parecía, y que El así lo haría, acordándome con frecuencia de la fe, que hizo andar a S. Pedro sobre el agua.

Y a todo lo largo del viaje me pareció que obraba sin poner nada de mi parte, con mucha consolación, de que Dios quería que, por muy indigna que yo fuese, ayudase a mi prójimo a que Le conociera.

El día de Sta. Agueda, 5 de febrero, salí para St. Cloud. En la Sda. Co­munión me pareció que Nuestro Señor me sugería el pensamiento de que lo aceptase como a .esposo de mi alma, y, aún más, que aquello era un a modo de esponsales, y me sentí más fuertemente unida a Dios en aquella consideración, que me resultó extraordinaria, y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo, y de considerarle como a tal en ade­lante, y de soportar las dificultades que hallare como recibidas por la comunidad de sus bienes.

Dios permitió que, teniendo yo el deseo de encargar una misa aquel día, por ser el aniversario de mi boda, y conteniéndome para no hacer un acto de pobreza, queriendo estar totalmente dependiente de Dios en la acción, que iba a realizar, sin que yo le diese nada a entender a mi confesor, que dijo la misa en la que comulgué, al subir al altar tuviese él el pensa­miento de decirla a mi intención por limosna, y de decir la de esponsales.

 

RELACION DE LAS VISITAS A LAS COFRADIAS DE SANNOIS,
FRANCONVILLE, HERBLAY Y CONFLANS

SABADO A MEDIODIA

Hace un año que no hay Procurador en la Caridad de Centnoise, y, a pesar de ello, un buen señor ha llevado siempre nota de los ingresos y de los gastos, y actualmente aceptaría encantado el cargo por elección. Las Hermanas de la Caridad están un poco entibiadas en el ejercicio de la caridad, y han abandonado frecuentemente la visita de los enfermos en los días que les tocaba, porque la Tesorera es de tan buena voluntad, que prepara ella misma la comida en lugar de las que están de servicio. Y tam­bién porque la Superiora y ella se han contentado algunas veces con dar dinero a los enfermos; también lo han solido dar a algunos menesterosos, y muchas veces se han despreocupado de disponer de carne, y han dado a los enfermos huevos o alguna otra cosa que les guste.

Las citadas Hermanas, o al menos la mayoría de ellas, dejan la Sda. Co­munión mensual, y necesitan que se las anime con alguna predicación, cuan­do vayan a elegir al Procurador. La Superiora se ha solido dar por satis­fecha con tener consigo la caja fuerte, y había entregado las dos llaves a la Tesorera.

Están preocupadas por la recepción de los enfermos, y dicen que no hace ninguna falta la Caridad en Centnoise para después no poder admitir en ella, sino a los que no poseen nada, porque de ésos hay muy pocos o ninguno, y cantidad de los que, lo poco que tienen, lo tienen todo tan em­peñado, que se morirían antes de hambre que venderlo, y así ayudarse.

JUEVES POR LA TARDE

En Franconville, el Procurador de la Caridad ha prestado dinero bajo fianza a veinticinco personas, y parecía que aún estaba dispuesto a prestar más en ocasiones favorables. Las Oficialas no se atreven a desautorizarle, porque es muy mandón. Hace mucho que destituyeron a las que desempe­ñaban cargos, y que hicieron otra elección, y a pesar de eso, las primeras siguen ejerciendo; es de temer que si se las deja por más tiempo, haya di­ficultad en destituirlas y en poner a otras en ejercicio. También ellas dan alguna que otra vez dinero a los enfermos, cuando sus parientes quieren responsabilizarse de ellos, y les dan carne cuando hay alguna dificultad en conseguirla; y muchas Hermanas, el día que les toca, hacen según su fan­tasía la nota de gastos, sin respetar el Reglamento.

VIERNES POR LA MAÑANA

En Erblay, las Hermanas de la Caridad están todavía en su primer fervor, y, sin embargo, les cuesta hacer la colecta, y se lamentan de que el Sr. Vicario les haya prometido hacerles la caridad de celebrarles la Sta. Misa sin estipendio. La Tesorera no guarda ningún registro. Han resuelto ir con vela a la procesión y al entierro de las Hermanas, y recibir la Sda. Comunión los días convenidos, y cumplir bien todo el resto del Reglamento.

MARTES, DESPUES DE VISPERAS

En Conflans nunca ha habido un Procurador que haya sido elegido por la Caridad; hace mucho que, por causa de enfermedades, han dejado de atender a los enfermos. Hay un eclesiástico, que se preocupa de llevar nota de los gastos, pero los ingresos no los han anotado, porque, según di­cen, se recoge muy poco. No hay nada de ropa blanca; como reservas ten­drán unas 50 libras. Han repartido dinero a los enfermos por indicación del Sr. Cura. Con frecuencia han solido dar carne a los enfermos. La mayor parte de ellas están muy ilusionadas, y todas han prometido observar el Reglamento, y algunas han prometido ropa blanca.

 

RELACION DE LAS VISITAS HECHAS A LAS COFRADIAS DE VERNEUIL,
PONT-STE.-MAXENCE, GOURNAY, NEUFVILLE Y BULLES

En Verneuil, desde la fundación de la Caridad ha habido casi siem­pre enfermos, pero por estar el pueblo muy diseminado las Hermanas se quejan de que las únicas, que pasan visita, sean las de un grupo, y quisie­ron que no subsistiese más ese grupo de los barrios.

La Tesorera, por razón de su enfermedad, no hace otra cosa que guar­dar el dinero, y no está muy unida a las otras Oficialas, volviéndose a ve­ces difícil incluso para recibir y despedir a los enfermos, lo cual se hace, después de su curación, demasiado pronto, y es causa de que recaigan al­gunos.

La Superiora propone que no se espere a que los enfermos lo hayan vendido todo, para que se les asista; algunas Hermanas se quejan de que la encargada del mobiliario lleve cuenta de las camisas y sábanas nuevas. Entre ellas parecen bastante cordiales, y muy encariñadas con su fundación.

Sirven a los pobres todos los días según lo ordena el Reglamento, pero no se les entregan la ración hasta casi las once. Hay algunas reservas; la Señora Marquesa desearía que se comprase una casa para alojar a los en­fermos, y otras proponen que se compre una parcelita de terreno a causa de la mortandad, que a veces se da en el ganado. La Superiora se queja de que muchos de los que habían prometido darnos hilo, no nos lo quieren dar. Los enfermos no reciben los Sacramentos, sino cuando están muy graves.

Casi todas las Hermanas comulgan los días mandados, pero no se reúnen para estudiar las necesidades, ni leen el Reglamento. Asisten a los entierros y sepultan a los muertos, incluso a los que, aun cuando no perte­nezcan a la Cofradía, así lo desean, con tal de que les dejen alguna limosna.

En Pont-Ste.-Maxence las Hermanas de la Caridad visitan cuidado­samente a los enfermos, salvo en tiempo de epidemia, y en tiempo de ésta ayudan a los enfermos con limosnas de la Caridad en metálico, porque el pueblo los abandona, y hasta han dado seis sábanas a una persona, que cuida de otros tantos pobres enfermos, porque sucedía que ella sencilla­mente no disponía más que de paja.

Cuando las Hermanas van de visita, llevan la ración habitual bien cocida, pero esto sólo lo hacen al mediodía, y reparten poco cocido. Ellas entierran y amortajan los muertos, y les dan su primera comunión, y también han asistido en su entierro, con manifestaciones de duelo, a la primera de las Hermanas; la han llevado a enterrar y todas han comulgado por ella.

La Caridad de este lugar posee muchos objetos para uso de los enfer­mos, hasta un altar para llevarlo a casa de los que reciben a Nuestro Se­ñor. Entre ellas son muy cordiales y están encariñadas con el ejercicio de la caridad, y hasta sus mismos maridos las animan; y las citadas Herma­nas han notado que desde que se hizo esta fundación el pueblo se ha hecho más bueno. Hay fondos en manos de la Tesorera, pero ella no per­mite que se les saque provecho por miedo a que eso haga disminuir las limosnas; la colecta la hacen casa por casa.

En Gournay desde que se fundó la Caridad siempre ha habido en­fermos, que son visitados tres veces al día. Cada una de las Hermanas cocina en casa la ración habitual de los enfermos.

El pueblo murmura de que se encarguen misas con el dinero de las limosnas. Retraen a las Hermanas de hacer lo que deben, cuando se en­cuentran con algunos enfermos, que poseen algunos bienes, pero que están tan fuertemente empeñados, que no pueden servirse de ellos. La Caridad no ha asistido a tales enfermos, a quienes han tenido que socorrer perso­nas particulares. Las Hermanas son un poco más bastas y están menos comprometidas que en otras partes.

No tienen ni altar, ni retablo, pero quieren tenerlos. Se dice la Misa todos los meses, y a continuación las Letanías; muchas comulgan entonces. Los enfermos, que no hallan alojamiento en su casa, los ponen a cargo de una mujer, que cuida de ellos, y pagan por eso cinco sueldos por día; ese gasto puede ser la causa de que no posean ni ovejas, ni corderos, pero sí un poco de dinero.

En Neufville-Roy los campesinos murmuran de que no recogen con suficiente presteza a los enfermos, y las oficialas se ven impedidas de hacer lo que deben, cuando se presenta alguno, que posee bienes, que están tan empeñados, que no sabría cómo venderlos. Había alguna contrariedad entre las Hermanas, tanto porque ellas querían tener conocimiento de todo y dar su parecer, como porque cada una, el día que le tocaba, quería darles a los enfermos a su discreción, y cogían de casa lo que no se les quería proporcionar. Hay seis ovejas y seis corderos, que están a medio criar, y quince o dieciséis libras de plata. Visitan los enfermos tres veces al día. Las Hermanas comulgan casi todos los días señalados: no es solemne la misa de los primeros domingos de mes, y el Sr. Cura dice que no la quie­re el Sr. Obispo de Beauvais; hasta ahora sólo habían cantado las Letanías una vez.

Se han enterado de que una mujer enferma, que poseía bienes, los ha­bía dado todos, antes o durante su enfermedad, a algunos de sus parien­tes sin que lo supieran las Hermanas de la Caridad, y no saben si, en se­mejante caso, deberían atender a tales personas, porque esa donación podía haberla hecho con toda intención.

Los pobres enfermos de Bulles son visitados tres veces al día; se les lleva el cocido, pero no a todos igual, porque cada Hermana quiere co­ger de casa lo que le parece bueno para contentar a los enfermos.

Muchas faltan a la Sda. Comunión mensual, y ha muerto una de las Her­manas y no han comulgado por ella, aunque han asistido a su funeral y encargado el Nocturno y el Oficio de difuntos completo. La gente ha mur­murado de eso.

Con frecuencia hay entre las Hermanas pequeñas rencillas que las tras­tornan en su servicio, habiendo algunas que no quieren que las acompañen las que tienen algún roce con ellas; pero la Superiora lo suele arreglar a veces.

Hay jergones, colchones, almohadas, mantas y mucha ropa blanca, quin­ce o dieciséis ovejas, diez o doce corderos, que los alimentan personas par­ticulares a beneficio de la Cofradía. Se han muerto los seis primeros, que habían comprado; todavía tienen que comprar más. Hay dinero: quince o dieciséis escudos; el Procurador lo administra casi todo con mucha cari­dad, y es muy entendido, y está ilusionado.

Las Hermanas quieren medallas; no tienen ninguna; la ganancia de in­dulgencias las animará a comulgar con más frecuencia.

manas tienen el departamento de los barrios; no hay más que un barrio en el que se hayan dado enfermos, y así los demás no los visita nadie. No les hacen recibir los Sacramentos, sino cuando los ven muy enfermos. Se quejan de que la Tesorera es de carácter difícil y de que no se aviene fá­cilmente al parecer de las demás. Se comportan un poco según el sentir de cada una. No llevan de comer a los enfermos hasta las once más o me­nos. La Superiora propone que no esperen, para atender a los enfermos, a que hayan vendido todos sus bienes.

Hay algunos fondos. La Señora quiere que se compre una casa para alojar a los pobres, y otras proponen que se compren algunas parcelas de tierra por la mortandad, que a veces se da en el ganado. Parece que hay bastante cordialidad entre las Hermanas. Algunas murmuran a veces del comportamiento de las Oficialas.

Ropa. Pan. La Superiora quiere desentenderse demasiado pronto de los enfermos; las Hermanas se quejan por ello. No se reúnen nunca para es­tudiar las necesidades de los pobres, y no leen nunca el Reglamento. Las Hermanas asisten a los funerales y entierran a los hombres que alojan en la Caridad.

He llegado a Pont el martes, y me he hospedado en la «Flor de Lis». Las Hermanas de la Caridad visitan a los enfermos, salvo en tiempo de epide­mia; llevan el cocido sólo al mediodía, y reparten ración pequeña. Entie­rran a los muertos, los amortajan, y les dan la primera comunión, sin que por ello hagan las Hermanas nada de extraordinario. Tienen fondos, pero no se atreven a hacerlos producir por temor de que disminuyan las limos­nas. Tienen un altar para llevarlo donde los enfermos, cuando reciben a Nuestro Señor. Hacen la colecta por las casas, y recogen cuatro libras por semana, y aún más.

He llegado a Gournay el jueves. Las Hermanas son un poco más bastas que en otros sitios, y parece que hay menos caridad entre ellas. Siempre han tenido algunos enfermos, y muchas veces los albergan en una casa particular de una mujer, a la que pagan cinco sueldos diarios por asistirlos; ellas atienden a los enfermos sólo tres veces al día, y como hay pocos enfermos, cocinan la carne en casa. Las Letanías se dicen después de la misa. No disponen de capilla particular para la Cofradía, ni de retablo, pero quieren tenerlos. La gente murmura de que lo que recogen en limos­nas lo empleen en misas. Hay enfermos que poseen algún recurso, pero no pueden ni venderlo ni empeñarlo por causa del derecho de viudedad; a es­tos ellas les ayudan con limosnas particulares, si es que no están a cargo del pueblo, que dispone de recursos en abundancia. Un retablo. No hay ni ovejas ni corderos.

He llegado a La Neufville-le-Roy el sábado a mediodía. Me he alber­gado en el mesón. Hay seis ovejas y seis corderos, y en cuanto a dinero, trece o quince libras. Los campesinos murmuran, y las Hermanas se ven impedidas de hacer lo que deben. Cuando cae enfermo alguno que posee una fortuna tan empeñada, que no la puede vender, he aconsejado que convoque a los acreedores para poder venderla, que les pague y que se valga con el excedente. Si las tierras están cubiertas de grano, que lo ven­da antes de la cosecha; como también, si sucede que no posee más que una casa, que la venda, reservándose el hospedaje para mientras viva.

Había entre las Hermanas mucha divergencia de opiniones tanto en cuanto a la recepción de los enfermos, como en cuanto a la adquisición de los alimentos, y cada Hermana, en el caso de que no se le diera el cocido habitual, quería llevarlo de su casa, según su propia discreción. No se cele­bra la misa solemne los primeros domingos de mes, y todavía no se han cantado las Letanías más que una sola vez. Las Hermanas comulgan casi todos los días señalados.

He llegado a Bulles el lunes. No había ningún enfermo. Ha muerto aquí una Hermana; las Hermanas han comulgado por ella; y hay algunas que no comulgan durante meses. Algunas pequeñas enemistades las han entorpecido en la realización de sus colectas. Visitan a los enfermos tres veces cada día y les han solido llevar la ración de cocido, pero no a todos por igual, porque las Hermanas quieren tomar para sí lo sobrante de lo que se les da para distribuir. Hay quince o dieciséis ovejas, diez o doce corderos, que los alimentan los vecinos, todo para beneficio de la Caridad. Los seis primeros, que se compraron, han muerto. Hay jergones, almoha­das, colchones, mantas y mucha ropa blanca, y quince o dieciséis escudos de plata. Encargan que se digan el Nocturno, la misa solemne y un Libera por las Hermanas difuntas, pero el pueblo murmura de todo eso.

 

III. PROYECTO DE REGLAMENTO

PROYECTO DE REGLAMENTO PARA UNIR LAS DONCELLAS O
SIRVIENTES DE LOS POBRES A LAS HERMANAS DE LA
COFRADIA DE LA CARIDAD EN LOS PUEBLOS

(Las correcciones de S. Vicente van en cursiva.) De 1629 a 1633.

La Cofradía de la Caridad de las Viudas y de las Doncellas de Pue­blo ha sido fundada para honrar a Nuestro Señor, patrón de ellas, y a la Sma. Virgen, y para imitar, en cierto modo, a las mujeres y jóvenes del Evangelio, que seguían y atendían en las cosas necesarias a Nuestro Señor y a sus Apóstoles, y haciendo eso, trabajar en su propia perfección, en la salvación de su familia y en la asistencia corporal y espiritual de los pobres enfermos de la ciudad y del campo, sirviéndoles personalmente en su parro­quia, y procurando que estén bien atendidos en los pueblos por las buenas Hermanas, que estén allí; proporcionando dinero de su bolsa común a las Caridades de dichos pueblos, que careciendo de él no podrían asistirlos, y procurando que unas y otras hagan todo lo posible, para que los pobres que se curen vivan cristianamente el resto de sus días, y los que estén para morir partan de este mundo bien preparados.

La citada Cofradía estará dirigida por tres viudas o doncellas, entradas en años, de la Cofradía, que las elegirá colegiadamente la corporación por mayoría simple, de tres en tres años. Reunirá los votos el Superior de la Misión, u otro encargado por él. Una de las tres será Superiora, la otra Tesorera y la otra Ecónoma.

La Superiora procurará que se observe el presente Reglamento, llevará la dirección de las citadas viudas en lo que se refiera a la susodicha Cofra­día, recibirá en dicha Cofradía a las doncellas del pueblo, que estime ade­cuadas, y las despedirá, cuando no hallare en ellas las condiciones reque­ridas para la citada Cofradía; las destinará de un lugar a otro; las dirigirá por los caminos de la santidad; les enseñará el modo de cuidar bien a los pobres enfermos según el estilo de la Compañía, y a llevar bien las escue­las del campo, y las corregirá.

Resumiendo: será el alma, que animará el cuerpo y que le hará obrar según los planes de Dios sobre él, todo ello, sin embargo, de acuerdo con el parecer del sacerdote de la Misión, nombrado por el Superior, y de las dos Oficialas, cuando estén residiendo en la Casa, o, si no viven allí, oirá su parecer sólo en las cuestiones más importantes.

La Tesorera actuará de consejera de la Superiora, y para ello llevará un registro de los ingresos y de los gastos, que se hagan; tendrá una llave de la caja fuerte en la que estarán los documentos y el dinero de la Co­fradía indicada, menos cien escudos, que quedarán en mano de la que lleve el cargo de Ecónoma, y rendirá cuenta anualmente a las Oficialas en pre­sencia del susodicho Superior.

En caso de necesidad la Ecónoma servirá también de consejera de la Superiora, y cuidará, según el parecer de la citada Superiora, de que no falten nunca las provisiones, y que quien la sustituya en Casa, cuando ella esté ausente, cumpla su oficio esmeradamente, y rinda cuentas el mismo día que la Tesorera.

Dichas Viudas verán a su Superiora en Nuestro Señor y a Nuestro Señor en ella; estarán obligadas a observar el Reglamento de aquélla, y las que no entren en él, observarán el que se les redacte; y tanto las unas como las otras contribuirán al sostenimiento de esta buena obra según las posi­bilidades y la devoción de cada una; se querrán entre ellas como herma­nas, que Nuestro Señor ha unido con el vínculo de su amor; amarán a las jóvenes como a hijas de Jesucristo, y se reunirán al menos una vez al mes para tratar de cosas contenidas en el Reglamento.

Dichas Viudas harán los ejercicios espirituales anualmente; para ello se retirarán a la susodicha Casa; irán a ver las Cofradías de las Caridades del campo, cuando la Superiora lo ordene y ellas puedan, pero siempre según el plan del Superior de la Misión o del Padre encargado por él.

Las doncellas mirarán a las Viudas como a sus Señoras y Madres, hon­rarán a la Sma. Virgen, viéndola en ellas; obedecerán a su Superiora viendo en ella a Nuestro Señor, y en Nuestro Señor a ella; irán alegremente a donde las envíen, a la ciudad o al campo; igualmente volverán, cuando las llame dicha Superiora; servirán a los pobres enfermos y enseñarán a las Hermanas de la Caridad del lugar cómo hay que cuidarlos, les enseñarán a dar las medicinas, a curar heridas y otros males. No saldrán de su ha­bitación, sino de dos en dos, siempre que así puedan, para ir a la iglesia y a llevar provisiones y a visitar a los pobres enfermos únicamente. No tolerarán que entren hombres en su habitación, ni se detendrán nunca a conversar con alguno por el camino; darán clase a las niñas de los pueblos, mientras permanezcan en ellos; y tratarán de preparar a algunas jóvenes de la localidad, para que hagan lo mismo que ellas en su ausencia, todo ello por amor de Dios y sin ninguna retribución.

 

IV. DISTRIBUCION DEL DIA

DISTRIBUCION DEL DIA OBSERVADO POR LAS PRIMERAS HIJAS DE LA CARIDAD

Las Jóvenes se levantan a las cinco y media de la mañana, se arrodillan junto a la casa para adorar a Dios y pedirle su bendición para emplear el día según su santa voluntad.

Se visten, hacen la cama, y van al lugar (señalado) para hacer la ora­ción a las seis.

Acaban la oración a las siete; a continuación se dicen las Letanías de la Sma. Virgen, Respice, Retribuere, De profundis y la oración del Angel de la Guarda.

Dan cuenta de su oración y fijan en la memoria la principal de las re­soluciones hechas para practicarla durante el día.

Las que están de servicio en el cuidado de los enfermos dan una vuelta por la casa de la señora, que prepara el cocido, para procurar que esté todo listo y así salir a las nueve y media.

Las encargadas de las medicinas las reparten después de la oración; de vuelta, van a misa.

Al volver de misa, hacer que lean, para aprender, y que trabajen.

Al mediodía hacen el examen sobre la práctica de las resoluciones to­madas en la oración, rezan el Benedicite y almuerzan.

Después de dar gracias, recogen su mente en el recuerdo de las buenas resoluciones, y piden a Dios nuevas fuerzas para practicarlas durante el resto del día, sin que para ello se pongan de rodillas.

Las encargadas de los remedios van donde el médico en busca de los tratamientos, y hacen lo que tengan pendiente; y las que van a repartir el cocido van a avisar a la señora a la que toca cocinar el día siguiente.

Estando ya todas de vuelta en casa, se ponen a hacer labores, leen para aprender, y después repasan los principales puntos de la fe en forma de pequeño catecismo, y leen un parrafito del Sto. Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios.

Las que están al servicio de los enfermos cuidan continuamente de lo que les es necesario, como ropa blanca, leña, dulces, tisanas y otras nece­sidades.

A las seis se hace la lectura, después el examen sobre la práctica de las buenas resoluciones, a continuación el Benedicite antes de cenar, inmediata­mente después de lo cual se dan las gracias.

Después de cenar, recreo, y hacer repetición de la lectura, y después las que quieran añadir algo por su cuenta lo pueden hacer.

Trabajan hasta las nueve, comienzan el examen general, y en voz alta se dicen: Confiteor, Misereatur, Indulgentiam, Visita quasesumus, Respice, Angele, Retribuere, De profundis y las Letanías de Jesús, y a las diez se acuestan; pero antes se arrodillan junto a la cama para adorar a Dios y pe­dirle su santa bendición para pasar la noche.

A las jóvenes les gustaría mucho comulgar alguna vez en las fiestas y los domingos. Observan lo de no pedir el permiso a su confesor sin decír­melo a mí antes, y me aprovecho de esa ocasión para advertirles de algunas faltas, que no deben cometer las personas que comulgan a menudo.

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