MATRIMONIO
Aunque sea una mentalidad en cierto modo estereotipada la que tenemos de aquel siglo y a pesar de las excepciones, hay que admitir que la desigualdad y dependencia femenina al hombre aparecen claras en los documentos de entonces. Sin embargo, la mujer que lo deseaba podía encontrar múltiples escapatorias para afirmar su personalidad y hasta su libertad. Una de estas escapatorias era la piedad —la devoción, se decía entonces— y la colaboración con eclesiásticos. La autoridad del clero debilitaba la autoridad del jefe de familia y daba indirectamente cierta autonomía a las mujeres de alta alcurnia. En contraste con la superioridad que la sociedad daba al hombre, el ideal ético, la piedad eran más asequibles a la mujer que podía considerarse superior al hombre en santidad.
Otra escapatoria era visitar a las religiosas en su convento y convertir el locutorio en un lugar donde las mujeres víctimas de la violencia conyugal podían desahogarse. Pero la escapatoria más frecuente era ingresar en un convento. Nadie, ni siquiera los padres, podía oponerse a una mujer soltera o viuda que quisiera entrar en un convento. Más, frecuentemente eran los mismos padres los que empujaban y obligaban a una, dos y tres hijas a hacerse religiosas para salvaguardar la herencia del primogénito o la dote de otra hermana a la que pretendían casar con alguien de categoría y hacer con ella un buen negocio familiar. La dote que pedían los conventos era muy inferior a la dote matrimonial de las aristócratas y burguesas. Esta costumbre, admitida por la Iglesia como una llamada normal a la vocación, explica en cierto modo la abundancia de religiosas y de conventos femeninos.
Y es que los matrimonios en aquella época era un negocio familiar. Los representantes de las familias de las dos partes se reunían y trataban los títulos y bienes que aportaría cada uno de los futuros esposos al nuevo hogar tanto en comunidad de bienes como parafernales, y este contrato era irrompible ante los jueces, a no ser para consagrarse a Dios en el sacerdocio o en religión.
La joven Luisa de Marillac entró en esta rueda de la fortuna femenina. La familia Marillac-Attichy había llegado a la cumbre del prestigio y del poder e intimida al Provincial de los capuchinos para que rechace a Luisa, cuando estaba a punto de entrar en el convento. Le dan a ella una dote de 6.000 libras y negocian su matrimonio con el joven Antonio Le Gras, secretario principal de la Reina Regente, María de Médicis. Fue una buena inversión para los Marillac en todos los sentidos: asegurar el control de la secretaría del gobierno y aparecer ante la sociedad como unos católicos que se preocupaban de una huérfana que llevaba su sangre.
Pero no solamente Luisa de Marillac entró con su matrimonio en la rueda de la fortuna, sino que la presidenta Goussault la interesó a ella e involucró a san Vicente en el matrimonial de su hija, y Luisa encargó a otras personas para que en su nombre hablaran con la familia de la joven que habían escogido para esposa de su hijo Miguel.
ERA LA MENTALIDAD CORRIENTE
Pocas voces se levantaron contra esta desigualdad antinatural entre los dos sexos. Era admitida por el rico y el pobre, por el mendigo y el aristócrata en toda la sociedad occidental desde que Aristóteles declarara que la mujer es un varón frustrado, y santo Tomás de Aquino escribiera que la mujer nace por un fallo de la naturaleza. Este dominico, teólogo y santo, lo explica con un criterio de la época que hoy nos suena a fábula infantil: «Considerada en relación con la naturaleza particular, la mujer es algo imperfecto y ocasional. Porque la potencia activa que reside en el semen del varón tiende a producir algo semejante a sí mismo en el género masculino. Que nazca mujer se debe a la debilidad de la potencia activa, o bien a la mala disposición de la materia, o también a algún cambio producido por un agente extrínseco, como los vientos australes, que son húmedos».
La Iglesia reconocía ciertamente —no faltaría más— que las mujeres tenían alma humana inmortal y que Cristo había muerto también por ellas, pero era aún más dura en lo tocante a la marginación. Aquella jerarquía eclesial compuesta de varones tenía presente lo que afirmaba san Pablo: «El jefe de la mujer es el hombre… No procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre».
La Jerarquía masculina y los teólogos, frailes en su mayoría, encontraban en esta mentalidad social una explicación y una disculpa a la escandalosa inmoralidad de bastantes sacerdotes y religiosos, pobres ingenuos —decían— seducidos por las artes eróticas de la mujer, objeto de tentación y puerta del diablo, según Tertuliano. Y la dicotomía de la imagen femenina aparece en el arte y en la literatura como Eva y María, Ángel y Diablo, Diosa y Animal, Vida y Muerte. Desconfiaban de las mismas religiosas a las que había que meter en clausura dentro de altos muros. Naturalmente la mujer quedaba marginada y encerrada por la moralidad común en lo que, modernizando la expresión, serían las tres «C»: cocina, cama, convento. Tan estricta era la moralidad femenina que aún asomarse a la ventana se consideraba un tachón para la mujer que se considerase decente.
MENTALIDAD DE SAN VICENTE Y SANTA LUISA
Ciertamente en tiempo de Luisa de Marillac ya aparecen unas pocas voces contra esta injusticia social, en los salones de Me. Rambouillet y de Mademoiselle de Scudéry, y en la segunda mitad del siglo XVII, entre las mujeres del movimiento llamado de las preciosas». Sin olvidar, a pesar de todo, que Melle. Scudéry no se atrevió a escribir sus novelas con su nombre, sino con el de su hermano Jorge. Contagiadas por las escasas feministas del siglo XVI como Cristina de Pisan, Margarita de Navarra o Luisa Labé, también en el siglo XVII aparecen algunas mujeres reclamando sus derechos como María de Gournay y, en un sentido apostólico o eclesial, María Guyart [la ursulina beata María de la Encarnación]. Alrededor de los derechos femeninos gira la conocida querelle des femmes o debate de mujeres.
En algunos aspectos, también san Vicente y santa Luisa pueden ser considerados defensores de los derechos de la mujer. Digo en algunos aspectos, pues los dos aceptan en teoría la situación social y no se enfrentan a ella, especialmente santa Luisa. Para comprenderla hay que tener en cuenta que la señorita Le Gras era una viuda de la burguesía que debía defender los derechos de un hijo varón menor de edad y esto le daba cierta autonomía y le atribuía ciertos derechos. Pero por otra parte, también a ella la habían marginado las leyes civiles y familiares por el mero hecho de ser mujer y tener un nacimiento oscuro. Tuvo que asumir las estructuras sociales y ni se atrevió ni podía rebelarse. Sola, sin un varón, padre o marido que la defendiera en la vida, tuvo que ser declarada mayor de edad al cumplir 19 años y poder así defender sus pocos bienes. Cansada de luchar, se dio cuenta de lo indefensa que estaba una mujer y se apoyó en un hombre, la mayor parte de su vida en su director Vicente de Paúl. Este fue uno de los motivos por el que exigía que el Superior General de la Compañía fuera Vicente de Paúl, por el que pedía que las comunidades de Hijas de la Caridad consideraran a los superiores de los paúles como sus superiores, si residían en el mismo lugar, y por el que aceptaba que las Caridades tuvieran a un hombre como procurador, cosa que, por lo demás, exigían las leyes civiles.
El sentimiento de inferioridad femenina de la señorita Le Gras se puede probar comparando algunas frases de la santa con otras parecidas de la feminista Luisa Labé, o examinando el borrador de un proyecto de Hospital General que le encargaron las Damas de la Caridad.
Vicente de Paúl, sin embargo, se liberó de esta concepción antihumana. Ciertamente no se le puede atribuir las ideas modernas de la lucha feminista actual; ni se lo planteó. Menos aún se le puede reprochar ser un hombre del siglo XVII. Sería un enorme disparate anacrónico querer que tuviera la mentalidad del siglo XXI. Él seguía un doble principio: primero, los indigentes necesitan a las mujeres, y segundo, Dios también las necesita para una misión en favor de los pobres. Apoyado en estas motivaciones, incluyó a las mujeres en una dimensión de la vida social y las hizo protagonistas de sus actividades, considerándolas tan capacitadas o más que los hombres, para las acciones caritativo-sociales.
Benito Martínez
CEME 2020







