Luisa de Marillac, Pensamiento 071: Notas sobre las asambleas de la señoras

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luisa de Marillac .
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[i]E. 71 (A. 56)   Notas sobre [ii]las asambleas de la señoras 1. pp.776-778

207. Es de toda evidencia que en este siglo, la divina Providencia ha querido servirse del sexo femenino para hacer patente que era ella sola quien quería socorrer a los pueblos afligidos y otorgarles una poderosa ayuda para su salvación.

Nadie ignora que para establecer esta obra. Dios se ha servido de la Misión, a través de la dirección del señor Vicente, y que por este camino se ha extendido tanto el bien que se hace, que no se puede dudar de lo necesaria que es su continuación, para lo que han de darse a conocer las necesidades (de los pobres, precisamente) en estas asambleas de Señoras, que siempre parecen estar presididas por el espíritu de Dios.

El poder conferido por el Santo Padre a dicha Misión de establecer la Cofradía de la Caridad ha sido como la semilla de este fruto que ella ha producido y sigue produciendo todos los días, no sólo en Francia, sino puede decirse que en casi toda la tierra habitable.

¿No es verdad que a través de esa luz es como han conocido las Señoras de la Compañía las necesidades de las Provincias y que Dios les ha otorgado la gracia de poder socorrerlas tan caritativa y magníficamente que todo París ha quedado admirado y ha servido de ejemplo en todo el reino?.

Los medios de que estas caritativas Señoras se han valido para ordenar las distribuciones (de socorros) han sido, sin duda alguna, sus asambleas presididas por el señor Vicente, Superior de la Misión, que ha proporcionado, como todo el mundo sabe, sujetos fieles y caritativos para reconocer las verdaderas necesidades y socorrerlas con discernimiento, todo ello ha servido no sólo en lo material, sino también en lo espiritual, con lo que Dios se ve quizá ahora honrado en el cielo por multitud de almas cuyo numero sólo la presciencia divina conoce.

208. Siendo patentes estas verdades, ¿no resulta obvia la necesidad de que la Compañía de las Señoras de la Caridad del Hospital General continúe sus funciones? Sabido es que desde el nacimiento espiritual de este benemérito cuerpo, se ha podido apreciar, ciñéndonos sólo a la visita de los enfermos de este santo lugar, un bien muy grande para el lugar mismo y para las almas que en él han encontrado medios para su salvación; unos han muerto santamente preparados por las confesiones generales organizadas, otros, después de hecha esa confesión, han salido en estado de conversión admirable, y las mismas Señoras han entrado por el camino de la santificación que no es otro que el de una caridad perfecta, como la que han practicado, a menudo con peligro de su propia vida, habiéndose visto a señoras de muy alta alcurnia, como princesas y duquesas, sentadas horas enteras a la cabecera de los enfermos para instruirlos en las cosas necesarias para su salvación y ayudarlos a salir de los peligros en que se encontraban.

Si se ha anotado todo lo que las Señoras nombradas para este santo ejercicio, designadas con el título de las «catorce», cada una a su turno, han hecho, se verá con mayor claridad todavía, todo lo que aquí referimos.

209. Ahora bien, si todo esto que se ha hecho es no sólo útil sino necesario, ¿no es razonable que se haga lo posible porque continúe? Y si por voluntad de Dios pudiera darse una poderosa garantía de que tan pronto como se haga la paz, todo el mundo vivirá como buenos cristianos que ya no se ofenderá más a Dios y nadie tendrá necesidad de la ayuda dé los demás; en tal caso, la continuación de la Compañía que no puede subsistir sin el vigor que le comunican las Asambleas, no sería ya tan necesaria como lo ha sido mientras han existido las calamidades pasadas, para cada una de las cuales ha habido tantas Asambleas particulares, que podrían cesar también.

Pero ese refugio general de todas las patrias y naciones, la previsión de los males que pueden avecinarse tanto en Francia como en otras partes, que constituyen el objeto de estas santas asambleas, bien merecen que se continúen aun cuando de momento parezca no se hace en ellas gran cosa. Si una nube oculta un poco esa luz, la nube pasará y la claridad de nuevo descubierta favorecerá los frutos que Dios quiere dé su obra; para ello parece que las Señoras Superioras y demás «oficialas», si desean la continuación de estas asambleas, para gloria de Dios, harían una obra digna de su nobleza y agradable a la Caridad Eterna, buscando los medios para seguir comando con los consejos y dirección de la persona de la que Dios se ha valido mientras sea de su agrado conservarla en este mundo. Esto es lo que ha parecido fácil a quien pide humildemente perdón por su atrevimiento en dar este consejo y por atreverse también a decir que esta asamblea y los demás establecimientos de la Caridad pueden obtener de Dios firmeza en su fidelidad y perseverancia en el espíritu primitivo de la Misión. Vean si tal bien, es poca cosa.


[i]E. 71 Rc 5 A 56 Gobillon (ed. 1676) liv ll, ch. 1, p 62 64

[ii]1. De la Cofradía de la Caridad del Hospital General

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