17. Su Concepción y todas las gracias infusas que le fueron concedidas a causa de la elección que Dios hizo de ella por Madre suya, haciéndola Inmaculada en previsión de los méritos de la vida de su Hijo.
Su Natividad, su vida purísima dedicada al servicio del templo y su voto de virginidad, sus desposorios, su sumisión y dependencia, su confianza en la divina Providencia, su serenidad y el inagotable abismo de todas las virtudes de su hermosa alma durante su matrimonio, sostenida por la gran humildad que le ponía siempre ante la vista lo que Dios hacía en ella. Su gran desprendimiento y la dulce tranquilidad de su alma en medio de los padecimientos y muerte de su Hijo, su desasimiento de todas las cosas al permanecer en la tierra después de la Ascensión por el puro amor que tenÍa a Dios y por la salvación de las almas en la que trabajó el resto de sus días, en perfecta imitación del espÍritu de su Hijo; te ofrezco, oh Dios mío, toda la gloria que por siempre recibirás con el gozo que esta alma santísima tendrá de la plenitud de tu Divinidad, de lo que tú la has hecho capaz de modo extraordinario. ¡Bienaventurado ese corazón lleno de un amor que causó la muerte al cuerpo colmado de méritos por los sufrimientos interiores de su alma! ¡Gloriosa sea por siempre esa alma elegida entre miles de millones por la adhesión que prestó al designio de Dios y glorificado sea eternamente ese precioso cuerpo, unido a tan digna alma, por las muestras de amor que la Santísima Trinidad le prodigará por los siglos sin fin de toda la eternidad!







