LUISA de MARILLAC (IV): El Espíritu Santo en la vida y en la obra de Luisa de Marillac

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Perspectivas y fundamentos de la Compañía

Para la familia vicenciana Luisa de Marillac es quien ha for­mado y educado a las primeras hermanas y la que ha recibido bajo su protección a los niños abandonados. Es la santa que ha puesto la caridad en el primer plano, siguiendo en esto a su mentor espi­ritual, san Vicente de Paúl. Pero es mucho menos conocida la im­portancia que ha tenido para ella la veneración del Espíritu Santo. Sin embargo, si examinamos el proceso del caminar espiritual de Luisa, enseguida nos daremos cuenta de la importancia que tuvo en su vida el Espíritu Santo. Hasta el 4 de junio de 1623 Luisa de Marillac no había prestado una atención especial a la acción del Espíritu Santo. Pero ese 4 de junio, fiesta de Pentecostés, se pro­dujo un hecho decisivo. Lo sabemos muy bien, quedó marcado en la vida de Luisa con el nombre de

«Luz de Pentecostés». Aquella luz no era simplemente un conocimiento nuevo, una comprensión diferente de las verdades de las que ella había tenido dudas, sino que significó el comienzo de un camino completamente nuevo. Después de un largo y difícil período de incertidumbre, tuvo durante la misa de Pentecostés una certeza luminosa que dejó en ella la seguridad de que haría un día el voto de pobreza, castidad y obediencia. Supo también que tendría actividad a favor del prójimo en compañía de otras personas, en un lugar no de clausura, pues habría idas y venidas. También se le dio la seguridad de que tendría un nuevo guía espi­ritual. Ella descartó en un principio esa idea, pero luego la aceptó.

Esa aceptación fue el efecto primero de aquella iluminación recibida el día de Pentecostés. Todo ello supuso un giro en la vida de Luisa, y a este nuevo comienzo acompañó un Sí, una acepta­ción del camino indicado por Dios. Aceptó al nuevo director espi­ritual, que en un primer momento no le pareció que le conviniera, pues tenía la convicción íntima de que Dios no nos pide que cum­plamos su voluntad sin enviarnos su ayuda. Ahora bien, la ayuda de Dios significa también su amor y ese amor desea la felicidad del ser humano. Por otro lado, el amor de los seres humanos hacia Dios va unido a su deseo de obedecer a Dios. Es el único camino que tienen los seres humanos de ir al encuentro de Dios.

Luisa recordó unos años más tarde aquel hecho luminoso de Pentecostés del año 1623 en una carta a Vicente de Paúl: «Es verdad que tengo un afecto especial por la fiesta de Pentecostés y que este tiempo de preparación me es muy querido; […] y como en ese mismo día quiso Dios poner en mi corazón una ley que ya no ha salido de él, a pesar de todas mis maldades, mucho desea­ría, si se me lo permitiera, que en ese mismo día su bondad me hiciera conocer los medios de observar esa ley, según su santa voluntad».

En 1632, antes de la fundación de la Compañía, Luisa meditó sobre el desarrollo de su vida anterior con ocasión de un retiro que tuvo justo antes de Pentecostés. Habían pasado nueve años desde el suceso de Pentecostés de 1623. Había encontrado un nuevo guía espiritual en la persona de Vicente de Paúl, tal como se le había anunciado. Su esposo, Antoine Le Gras, había muerto. Luisa era libre para cumplir las otras promesas que se le habían hecho aquel día de Pentecostés. Se había puesto a disposición del señor Vicente en 1629, le ayudaba, era supervisora y directora de varias Cofradías de Caridad.

¿Era ese el camino indicado por el Espíritu de Pentecostés? Pidió en su oración ser capaz de discernir con mayor claridad el camino que debía seguir. No podemos menos de admirar su perseverancia durante tantos años, su confianza en la promesa de Dios, su esperanza inquebrantable en que se cumpliría lo prome­tido. Vemos en esa actitud el lazo estrecho entra la fe que confía y la total disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Esto podemos leer en un texto redactado hacia 1632: «Debo perseverar en la espera del Espíritu Santo aunque no conozca el tiempo de su venida; pero aceptando esta ignorancia y sin conocer tam­poco los caminos por los que Dios quiere que le sirva, me debo abandonar del todo a sus decisiones para ser enteramente suya, y para preparar mi alma debo renunciar voluntariamente a todo para seguirle».

Comprendemos por este escrito qué significó la influencia del Espíritu Santo para la futura cofundadora de la Compañía. Le ayudó:

  • a esperar con paciencia sin saber cuándo se cumpliría la promesa de Pentecostés;
  • a abandonarse enteramente en manos de Dios;
  • a mantenerse preparada para seguir el camino que Dios le indicara.

Luisa se esforzaba por dominar su impaciencia, pues le estaba pareciendo muy largo el tiempo de la espera. Pensaba entonces en los apóstoles y su espera serena del Espíritu Santo.

Los primeros pasos por el camino fueron sin duda guiados por el Espíritu Santo, pero no por ello tenemos que excluir la decisión libre de Luisa. En efecto, ella había observado el tra­bajo del señor Vicente con las Cofradías. De modo que poco a poco fue surgiendo en la mente y en las oraciones de Luisa la idea de visitar a los pobres. A la luz de la promesa de Pentecostés tomó la decisión de comunicar su pensar a Vicente de Paúl. Éste respondió entusiasmado, como si hubiera estado esperando esa decisión durante mucho tiempo. Podríamos ciertamente pregun­tarnos por qué no le había sugerido él mismo el que se dedicara a los pobres. Quería sin duda que la decisión viniera de ella misma. Comprendemos ahora que el espíritu de Dios precede a nuestras ideas y nuestro obrar, y que de eso modo orienta nuestras decisio­nes. Gracias a la fuerza del Espíritu Santo llegamos a conocer y a cumplir la voluntad de Dios. Recordemos el himno del Espíritu Santo: «Ilumina nuestros sentidos con tu luz, infunde tu amor en nuestros corazones, confirma con tu fuerza la debilidad de nues­tro cuerpo».

Luisa recibió de Vicente de Paúl un envío a misión en buena y debida forma. Ella marchó a Montmirail y comenzó su activi­dad como visitadora de las Cofradías de Caridad. Alrededor de un año más tarde se presentó una joven de familia campesina que se llamaba Margarita Naseau. El señor Vicente se sintió muy im­presionado por aquella señal de la divina providencia. Después de la muerte de Margarita Luisa fue descubriendo que Dios le iba a abrir otros caminos. Pero en este tiempo daba muestras de una gran impaciencia, pues esperaba distinguir con mayor claridad el camino que debía seguir. El señor Vicente intentaba calmar sus prisas. Esto le escribía en mayo de 1633: «En cuanto al asunto de su ocupación, no tengo aún las ideas claras delante de Dios, por una dificultad que me impide ver si es esa la voluntad de su divi­na Majestad. Le ruego, señorita, que le encomiende este asunto estos días, durante los cuales comunica con abundancia mayor las gracias del Espíritu Santo, y al Espíritu Santo mismo. Sigamos orando y manténgase alegre».

Vicente pensaba en este momento en lo legislado por el con­cilio de Trento, que había prohibido la fundación de órdenes nue­vas. Luisa había ya pensado sin duda en integrar en las Cofradías a las jóvenes que rodeaban a Margarita Naseau. Ella sabía, desde que recibió la luz de Pentecostés, que «pronunciaría votos, y que serviría al prójimo ayudada por otras personas»…

El itinerario emprendido por Luisa muestra a las claras su firmeza en querer seguir el camino indicado por el Espíritu. El señor Vicente dudaba, Luisa de Marillac se mantenía filme, y, en efecto, el Espíritu de Dios mostró el camino que conocemos. En noviembre de 1633 Luisa de Marillac acogía en su propia casa a cuatro o cinco jóvenes para prepararles a asistir a los pobres de las Cofradías. Vicente mismo se sintió sorprendido por el derrotero que tomó el asunto, de modo que con toda razón pudo decir algún tiempo después: «Hijas mías, es Dios quien os ha creado. Noso­tros no hubiéramos sido capaces de fundar nada».

Luisa de Marillac siente a partir de ese momento que está actuando según el plan de Dios.

Animada por la fuerza del Espíritu Santo, siguió fiune en sus convicciones y buscó con determinación el descifrar el plan de Dios. Veamos lo que dice en uno de sus textos: «Las almas ver­daderamente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener una gran confianza en que el Espíritu Santo, al venir a ellas y no en­contrar en ellas ninguna resistencia, les colocará en la disposición necesaria para cumplir su santísima voluntad, lo cual debe ser su único deseo. Y para estar en ese estado de no resistencia hay que ser como los apóstoles en el obedecer, en el confesar su impoten­cia y en el entero desapego de toda criatura. […] Y el Espíritu, descendiendo sobre las almas así dispuestas, el ardor de su amor consumiendo todo lo que impide el obrar divino, establecerá en ellas las leyes de la caridad santa, y les dará fuerzas para obrar por encima de la capacidad humana…».

El acento está puesto una vez más sobre el obrar del Espíritu Santo, sobre su poder para hacernos capaces de discernir la vo­luntad de Dios. La vida de santa Luisa nos proporciona la prueba de su constancia en perseguir su meta. La luz de Pentecostés no le dejó jamás en la oscuridad. Habitada por el Espíritu y segura de reconocer la voluntad de Dios, se resistió al señor Vicente. Le expuso sus objetivos y defendió su punto de vista con insistencia, aunque con buenas maneras. Hasta que encontraron el ritmo pre­ciso para poder actuar juntos.

No escasearon las dificultades; encontramos un ejemplo en la firma del contrato con las autoridades municipales de Angers. En 1639 Luisa acompañó a un grupo de hermanas al Hôtel-Dieu de Angers; el viaje duró catorce días. Por vez primera las hermanas se iban a encargar ellas solas de todo el hospital, en el que había doscientas camas. Luisa arregló todo el asunto con un talento magnífico de organizadora. Había redactado, junto con el señor Vicente, un reglamento para ese hospital. Ella pensaba que bastaría un simple acuerdo verbal para establecer la fundación. ¡Qué error! Los “padres de los pobres” exigieron un contrato escrito. Pero el caso es que la firma de Luisa no tenía valor legal, pues las hermanas estaban aún integradas en las Cofradías de Caridad, cuya legitimidad jurídica dependía de su fundador y presidente, el señor Vicente de Paúl. La Compañía de las Hijas de la Caridad no estaba aún reconocida, y por ello no constituía una persona ju­rídica. Desde Angers Luisa se dirigió dos veces al señor Vicente. Él le aconsejó que firmara como «directora de las Hijas de la Ca­ridad, siervas de los enfermos pobres en hospitales y parroquias, con aprobación del Superior General de la Congregación de los sacerdotes de la Misión, Director de las Hijas de la Caridad, que dependen de sus superiores de París. El único poder válido de establecimiento es el que se ha dado al Director y Superior de las Hijas de la Caridad, tal corno se hace en las otras diócesis».

Luisa firmó como decía el señor Vicente, pero enseguida se dio cuenta de que era necesario un verdadero acto de estable­cimiento de la nueva compañía. Escuchaba la voz interior, oída aquel famoso día de Pentecostés, que le decía que fundara una compañía estable. Luisa intentó en consecuencia trabajar por este asunto del reconocimiento oficial. Pero pronto se enteró con do­lor que no se había sido arreglado nada en el aspecto jurídico. Ha­bía que comprar una casa, pues la vivienda que ocupaban se ha­bía hecho demasiado pequeña. Vicente no parecía comprender la impaciencia de Luisa. Quitaba importancia a sus preocupaciones y la consolaba con estas palabras: «Desde que sabe que estoy en­fermo, le veo a usted algo preocupada por sentimientos humanos, y piensa que todo está perdido. ¡Oh, mujer de poca fe y de poca imitación del modo de comportarse y del ejemplo de Jesucristo! Este salvador del mundo deja en manos de su Padre las reglas y las decisiones en lo que se refiere a la Iglesia; y por un puñado de jóvenes que, como es bien sabido, su providencia ha inspirado y reunido ¡piensa usted que él nos va a fallar! Vamos, señorita, hu­millémonos delante de Dios, en el amor del cual soy su humilde servidor, V.D.».

Se compró por fin una casa. Pero Luisa no pudo firmar más que como persona privada y no en nombre de la Compañía. El se­ñor Vicente firmó el contrato y pagó, hasta que una vez aprobada la Compañía, pudo Luisa adquirir la propiedad de la casa.

Esos hechos cambian radicalmente la imagen que teníamos de santa Luisa. Luisa de Marillac conseguía en efecto imponer sus puntos de vista con seguridad y constancia, permaneciendo a la vez tranquila y respetuosa; sabía y admitía que alguien le guiaba.

Reconocimiento de la voluntad de Dios

Y comportándose así consiguió lo que pretendía en el caso de la elección de sor María Joly para la nueva fundación en Se­dán. Para conseguirlo hizo uso de su fuerza de convicción, como protectora que era de las hermanas y cuidadosa de su bienestar. Sor María Joly iba a ser enviada sola a Sedán. Se trataba de un verdadero envío a misión.

Sedán, situada en el este de Francia, había sido una ciudad protestante durante cien años. Habiéndose hecho católicos hacía poco tiempo el duque y la duquesa, la ciudad volvió al catoli­cismo. El señor Vicente envió allá algunos misioneros, y ahora se pedían hermanas. El señor Vicente tenía por lo visto una con­fianza inmensa en la solidez de carácter de las hermanas, Así que pensó que una hermana podría ir sola a trabajar en Sedán. Eso era ciertamente una gran prueba de confianza. Pero intervino Luisa. En una carta larga al señor Vicente (de 9 de febrero de 1641) le expuso los peligros de un tal viaje para una hermana sola. Podía caer enferma, encontrarse con malas compañías. ¿Y qué diría la gente? Que no había suficiente preocupación por las hermanas. No, aquello no era posible; sería demasiado imprudente y una prueba de falta de atención por las hermanas. Se tomó pues la decisión de enviar a dos hermanas. Pero el señor Vicente había ya previsto que la hermana señalada para acompañar a María ocupa­ría su lugar en la Cofradía de la Caridad Saint-Germain. Luisa dio las razones de su elección, intentó convencerle educadamente, y luego declaró que se atendría a su decisión como «hija obedien­te». Al señor Vicente le movía su entusiasmo de sacerdote para aquella nueva misión en Sedán. Pero no tuvo en cuenta la perso­nalidad de aquella mujer. Ciertamente, Luisa no se dejaba utilizar. Se sentía sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, segura de sus consejos, sumergida en su amor, amor que orienta a los seres hu­manos por el camino que lleva hacia Dios y hacia los otros seres humanos. El señor Vicente cedió; sin duda que extrajo en silencio buenas lecciones de casos parecidos.

Vicente de Paúl se encontraba por este tiempo sobrecargado de trabajo: los niños abandonados, los mendigos, los galeotes, los refugiados, las Cofradías, las necesidades de las hermanas y de los misioneros. Bajo la dirección de la señorita Le Gras las hermanas se convirtieron en mujeres admirables, y Vicente no podía menos de alabar a Luisa y admirar los frutos de su trabajo. Le decía él mismo: «Señorita, sus hijas hacen maravillas». Y Lui­sa respondía, mientras le pedía con amabilidad pero con fuerza que siguiera ayudándoles: «Señor, esas hijas son también hijas de usted».

Luisa sabía muy bien por qué canales repartía sus dones el Espíritu Santo: Vicente de Paúl era el garante espiritual del de­sarrollo de la joven Compañía. Él representaba los fundamentos sobre los que había que seguir construyéndola. Apenas si tenía tiempo Vicente para tener conferencias con las hermanas, y tuvo que excusarse en muchas ocasiones. Luisa se lo reprochaba edu­cadamente. ¿Y por qué? Hubiera sido capaz de ocuparse ella sola de la formación de las hermanas. ¡Pero eso sería olvidarse de la luz de Pentecostés! Gracias a la luz del Espíritu Santo había reco­nocido en Vicente de Paúl el nuevo guía espiritual que necesita­ba. Sabía también que «serviría al prójimo con la ayuda de otras personas». No había duda de que Vicente de Paúl estaba unido a esos hechos y a aquella promesa de Pentecostés. Las Cofradías eran obra de él. Margarita Naseau había sido la primera en entrar. Así pues, «esas hijas son también hijas de usted». Luisa siguió imperturbablemente y con toda confianza el camino trazado. No podía tener ella ninguna duda sobre eso.

Pero las exigencias de la vida diaria le devolvían a la realidad. Se sentía con frecuencia sobrecargada de trabajo. La formación de las hermanas no siempre iba bien del todo. Las exigencias de las Damas eran fuertes, inmenso el conjunto del trabajo.

Tuvo lugar entonces, en la víspera de Pentecostés de 1642, un suceso inesperado, un incidente que por poco no se convirtió en catástrofe. Cedió una viga de la sala de reuniones de la Casa Madre, que se había adquirido hacía exactamente seis meses, y se hundieron el techo y el suelo. Luisa acababa de salir de la sala, como se lo acababan de pedir las hermanas. No fue herida nin­guna de las hermanas, pero el susto fue grandísimo. El señor Vi­cente había pensado tener una conferencia aquella misma tarde en aquello sala, pero no pudo tenerla por causa del accidente. Cuando le informaron de la noticia se sintió como herido por un rayo. Pero fue capaz ver aquello como hombre de fe, y eso le me­tamorfoseó. Escribió a la señorita a la mañana siguiente: «Tiene usted en ese suceso un nuevo motivo para amar a Dios más que nunca, pues le ha protegido como a la niña de sus ojos, en un accidente en el que ustedes hubieran sido aplastadas por esas rui­nas, si Dios no hubiera parado el golpe con su providencia divina. Hemos dado gracia a Dios por todo ello; y pronto, con la ayuda de Dios, espero tener la dicha de verle aquí, si viene a vísperas, o en su casa; le envío estas líneas para saludarle y darle por adelantado los buenos días».

Podemos percibir en esta carta un cambio de tono, prueba de que la pequeña crisis que habían atravesado estaba ya superada.

Pero este suceso produjo algunas otras transformaciones. Los dos tendrían en lo sucesivo la certeza de que les llamaba la divina providencia, que les animaba a atenuar sus diferentes puntos de vista. Tenían la seguridad de que Dios deseaba el nacimiento de aquella Obra, que la protegería y la sostendría. Ambos compren­dieron que debían trabajar al unísono por el bien de los pobres y la gloria de Dios. Los dos se dieron cuenta de la suerte que tuvie­ron en aquel accidente y vieron en aquel suceso un signo del amor de Dios por la joven compañía. Por su parte, Luisa no pudo dejar de relacionar estos hechos sucedidos en Pentecostés con las pro­mesas recibidas igualmente un cierto día de Pentecostés: «servir a su prójimo con la ayuda de otras personas». Así escribía unos años más tarde: «El día y el tiempo en que nuestro buen Dios ha permitido que yo reconozca su divina providencia por el hecho tan notable de la caída del piso, me ha traído ante los ojos el gran cambio interior que tuve cuando su bondad me dio la iluminación acerca de las grandes inquietudes y dificultades que tenía».

Luisa buscó una relación entre la luz recibida en Pentecostés y el hundimiento del piso. Sus relaciones con Vicente de Paúl, igual que su trabajo con las hermanas de la joven Compañía, cam­biaron de nivel. Ella extrajo de aquel incidente algunas lecciones y algunas conclusiones personales. Véase lo que escribió: «He pensado que nuestra familia entera debería tener gran devoción a la fiesta de Pentecostés, y una dependencia total de la divina providencia, y esto de una manera muy especial…»

Para Luisa, esa manera muy especial consistía en dar a los misioneros del señor Vicente y a las Hijas de la Caridad una sóli­da estructura común. Para Luisa la Compañía debía depender del superior general de los miembros de la Misión, es decir, del señor Vicente y de sus sucesores. Pero no era fácil convencer al señor Vicente. ¿No se había expresado Dios con claridad cuando cedió la viga? Luisa reflexionó y comprendió tres años después del ac­cidente, que la joven Compañía reposaría sobre una estructura de escasa solidez y resistencia si no estuviera unida estrechamente a la Congregación de la Misión. La caída del piso ¿no era una señal de ello para el señor Vicente? Por la gracia del Espíritu de Pen­tecostés ella veía con claridad que, como lo decía ella misma, se había producido algo notable en relación al «establecimiento sóli­do de esta pequeña familia, y que eso debería ser una advertencia a nuestro muy honorable Padre para establecer la unión estrecha en la manera de vida que Dios quería que llevara esa comuni­dad, conforme a la de su instituto [la Congregación de la Misión], siendo los intereses comunes en aquella gracia de Dios [se refiere a la caída del piso], gracia más bien que accidente34». Añade Luisa que sabía en su «corazón que aquello era una gracia de Dios su­cedida por un fin que no conocemos, y que Dios pedía por aquel hecho algo a las unas y a los otros, y esperaba que su bondad se lo hiciera comprender a nuestro muy honorable Padre».

Se puede ver claramente por este escrito que Luisa no duda­ba del significado que había que atribuir a la iluminación por parte del Espíritu. Por sus oraciones al Espíritu dispensador de consejos y de sabiduría, pensaba convencer a su director espiritual Vicente de Paúl que adoptara una posición que antes no tenía. Luisa estaba del todo segura de su idea, y terminó por conseguir su fin gracias a una insistencia suave y constante.

Sorprende el ver hasta qué grado la caída del piso influyó en la oración y en la reflexión de Luisa, siempre guiada por la luz del Espíritu Santo y de la divina providencia. Piensa que la estabili­dad jurídica de la Compañía es el resultado de su actuar orientado por el Espíritu, hecho que dio origen a la existencia oficial de la Compañía.

Pero junto a esa estabilidad exterior la Compañía tenía que encontrar su cohesión interna. Y el hundimiento del piso simbo­lizaba las virtudes necesarias para su unidad. La primera de esas cualidades era la unión de todos los corazones. Luisa se sentía inspirada al pensar en la influencia del Espíritu Santo: «Me pa­rece que para ser fieles a Dios debemos tener una gran unión las unas con las otras, y que, como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, la vida que hemos asumido voluntariamente debe vivirse en esa gran unión de los corazones que nos impide enfadarnos por las acciones de las otras, y nos da un apoyo y dulzura cordial hacia nuestro prójimo; y para eso podrán servir nuestros coloquios familiares que nos hemos propuesto tener los viemes36».

Querríamos señalar que Luisa insistió hasta el fin de su vida en la unión de las hermanas. Basta recordar su Testamento Es­piritual: «Sed muy cuidadosas […] de vivir juntas con una gran unión y cordialidad, amándoos unas a otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor’».

En abril de 1643, un año después de la caída del techo, Vi­cente de Paúl tuvo una conferencia «acerca de la unión entre los miembros de la comunidad»». Él mismo vio en el hundimiento del piso la imagen de falta de unidad. Comparó la desunión y la discordia a una viga carcomida.

Junto a la unión como fruto del Espíritu, Luisa de Marillac subrayaba la importancia de otra virtud: «la dependencia total en la divina providencia, pues me parece que esa es una de las cosas más señaladas que Dios nos pide para hacer que la Compañía subsista. Podemos concluir de todo ello que Luisa estaba totalmen­te preparada e incondicionalmente dispuesta a buscar la voluntad de Dios en todo, a reconocerla y a cumplirla sin falta. Construirá su vida entera sobre esta disposición.

En los años que siguieron al hundimiento del techo Luisa re­forzó e interiorizó su devoción al Espíritu Santo. El texto que evoca la unidad de la Compañía nos revela también cómo obra­ba Dios en ella: «En cuanto a mí, he pensado que debo ser más fiel que nunca a Dios, tanto en cuanto a mi interior cuanto en el servicio que debo a los pobres, pero sobre todo en la instrucción y ayuda a nuestras hermanas».

Luisa quería dar más fuerza a su fidelidad a Dios, quería que fuese a la par con su amor por Él. Ese amor, que era un don del Espíritu y que intensificaba su fidelidad, no era otra cosa que su amor por Dios encarnado en el prójimo. Las próximas a Luisa eran las hermanas, y ella debía consagrarse a su «instrucción y ayuda». Se sentía colmada por la abundancia de las gracias en­viadas por Dios, y veía en ellas ante todo la acción del Espíritu Santo: «Unos días más tarde […] Dios me hacía conocer que las gracias que Él me daba no eran para mí sino por pertenecerle en la manera en que le pertenezco».

Cuando comparamos estos textos con los que escribió en los comienzos de su viudez, tiempo en el que anotaba todo lo que hacía cada día, podemos medir el camino recorrido durante los diez últimos años, o más bien, nos damos cuenta del camino que Él le había hecho recorrer. Todas las dudas por las que pasó en cuanto si era aquel el camino apropiado, todos los escrúpulos que había tenido en su obrar se volatilizaban gracias a una actitud de abandono total al actuar del Espíritu y gracias a un fuerte deseo de orientar a las hermanas a ella confiadas a abrirse a este Espíritu de amor.

Consolidación de la Compañía

La devoción de Luisa por el Espíritu Santo atravesó varias etapas. Podemos ver que su relación con el Espíritu Santo y su oración fueron de carácter muy personal hasta los años 1645­1646. Pero después se aprecia una evolución evidente y coheren­te: Luisa condujo a la Compañía hacia el Espíritu Santo, el Espí­ritu de Pentecostés, dispensador de dones. Luisa comprendía que la misión del Espíritu y la concesión de sus dones dependían de una condición. Sabía que debía aprender a vaciarse de sí misma, a fin de que su «alma, estando libre de los impedimentos que le po­drían servir de obstáculo, el Espíritu divino la llene con sus dones y la saque de sus decaimientos, y le haga obrar por su fuerza».

En consecuencia, va a subordinar su vida a la voluntad de Dios. Pero el desarrollo de aquella obra, la fundación y la for­mación de la Compañía, le crearon preocupaciones que ella no había esperado. Las hermanas estaban desunidas. Unas querían convertirse en religiosas, llevar una vida tranquila en un convento, otras, tal vez porque procedían de un medio social más modesto, estaban dispuestas a trabajar y a ganarse la vida. Luisa se sentía turbada. El señor Vicente tenía que encontrar un reglamento y te­ner una conferencia para disipar todas aquellas ideas. Y eso es lo que hizo. Pero en lugar de sermonearles, evocó el «espíritu de las campesinas». Son muy reveladoras las frases que introducen la conferencia. Luisa de Marillac escribió el texto con (sic) Vicente de Paúl: «todas las hermanas se pusieron de rodillas, y suplicaron al señor Vicente que pidiera perdón a Dios a favor de ellas por el mal uso que habían hecho de la gracia de su vocación y de todas las enseñanzas que habían tenido la felicidad de recibir de su caridad, y prometieron portarse mejor en el futuro. Este Padre caritativo, según su bondad, pidió también perdón a nuestro buen Dios y la gracias que necesitaban todas las hermanas».

Las hermanas sabían antes de la conferencia lo que les espe­raba, pues el asunto era serio. Por eso se sorprendieron tanto más por las palabras que oyeron.

El espíritu de las buenas campesinas. Vicente no les repren­dió; al contrario, les diseñó las características de la Compañía tal como debería ser. El problema se resolvió por sí mismo, pero en una dirección que le hizo sufrir a santa Luisa. Las que pertenecían a una clase social más elevada se marcharon de la Casa Madre. Pero Luisa había dedicado mucho tiempo y dinero a la formación de las heimanas, había dedicado a ello todas sus fuerzas y todo su amor, y ahora se marchaban. Luisa buscó la proximidad de la cruz. No quería poner obstáculos al Espíritu de Dios, solo quería cumplir la voluntad de Dios, ese debía ser su único deseo. Pidió permiso al señor Vicente para ir en

peregrinación a Chartres. Quería someter la obra de su vida a la voluntad de Dios. Habla de su peregrinación en una carta a Vi­cente de Paúl en la que le comunica sus convicciones. Su postura decidida no puede dejar de provocar nuestra admiración: «ofrecer a Dios los designios de su providencia sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad; ofrecerle enteramente la dicha Compañía y pedirle su destrucción antes de que la Compañía fuera establecida contra su santa voluntad44».

No, la Compañía no actuaba en contra de la voluntad de Dios, como se probaría en tiempos posteriores. El señor Vicente sentía lo mismo cuando afirmaba:

«Hijas mías, Dios os ha creado». Luisa tuvo una parte muy activa en el desarrollo y evolución de la Compañía, no se dejaba desviar de su camino, pues lo que le movía era el deseo de cono­cer y cumplir la voluntad de Dios. Con todas sus fuerzas animaba a las hermanas a poner todo su amor en la sumisión a la voluntad divina, pues la Compañía era don y fruto del Espíritu divino. ¿Fue siempre este deseo suyo coronado con el éxito? Esto es lo que escribe: «Una de las pérdidas más grandes que sufren las almas que no participan de la venida del Espíritu Santo es que los dones infundidos en el bautismo no producen su efecto, lo que nos hace ver la verdad de una advertencia de Nuestro Señor a las almas relajadas y perezosas, que no solamente no se les dará nada, sino que se les quitará aun lo que tienen. Lo cual por nuestra miseria nos pondrá en tal impotencia que la gracia no hará nada en nosotros. […] Y eso me ha hecho ver que todos los desórdenes de la vida se deben a no haberse entregado enteramente a Dios para recibir su Espíritu Santo; y si faltan esos dones, hay una gran di­ferencia en el obrar de las personas que están animadas por ellos y las que no lo están, cuyo obrar es terrenal e irrazonable».

En textos tales como este, se puede ver que Luisa atribuía una importancia extrema a la influencia de Espíritu Santo, que le regalaba con sus dones.

Sabía desde hacía mucho tiempo que el Espíritu Santo la guia­ba desde el comienzo, y que él la orientaba en lo que se califica como:

«Vocación a vivir en la imitación de Cristo». Los que son llamados a seguir a Cristo deben dar testimonio de Jesús, es decir, imitar lo que Jesús hizo en la tierra, practicar la caridad y dar su amor. Este amor que debemos a Dios y que le damos debe ser efec­tivo. Es pues un amor que se debe mostrar en acciones. El amor a Dios se debe hacer concreto en al amor al prójimo, que nos lleva a su vez a Dios. Recordemos lo que escribe Vicente el 30 de junio de 1659: «No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama».

Luisa de Marillac concluye de todo ello que los dones del Es­píritu Santo nos permiten conocer la voluntad de Dios. Cumplir la voluntad de Dios es obedecerle y amar a Jesús en la persona del pobre. Esa es toda nuestra misión.

Luisa de Marillac y Vicente de Paúl irán en adelante al mismo paso y al mismo ritmo hacia su propósito común: el servicio de los pobres. Podemos pues afirmar que Vicente de Paúl encontró a Dios consagrándose a los pobres, mientras que fue Dios quien condujo a Luisa hacia el servicio de los pobres. Al cruzarse descu­brieron ambos la llamada de la voluntad de Dios para la construc­ción de una obra común. Esa voluntad los introduce en el mundo de la pobreza, de la criminalidad (galeotes y niños abandonados), de la miseria social y espiritual. Hacía falta para vencer aquella inmensa miseria por un lado un ardor sobrehumano, extraído del conocimiento de la voluntad divina, y por otro una madurez total­mente humana, aspecto muy notable en nuestros dos fundadores.

Entre tanto, las dos comunidades, Congregación de la Misión e Hijas de la Caridad, habían conseguido, gracias a los esfuer­zos de sus fundadores, una cierta estabilidad exterior. Pero la construcción interior es un proceso largo, que parte de cero con el ingreso de nuevos miembros. En este tiempo Luisa de Marillac estaba segura de su camino, pues se apoyaba sobre el recuerdo de la luz de Pentecostés. El señor Vicente estableció fundamentos sólidos y duraderos gracias a las conferencias que les daba. Luisa, por su parte, se dedicaba a los detalles, a las tareas diarias, y no podemos menos que admirar el espíritu de sacrificio, el valor y el heroísmo de las primeras hermanas. Luisa de Marillac nunca dejó de irradiar y de transmitir el proyecto que fue el fundamento de su vida entera. Cuando Luisa pedía y deseaba el abandono total en Dios incluía también a las hermanas: «Si me siento tan dichosa de recibir el Espíritu Santo, oh, cuánto lo debo desear con todo mi corazón. ¡No más vida que para ir por este camino; ninguna otras satisfacción que la de amar y querer lo que a vos os agrada!».

Lo hemos comprendido claramente hace tiempo: cumplir la voluntad de Dios no es otra cosa que pertenecerle enteramen­te. Ese era el programa de la educación de las hermanas, a la vez sencillo y grandioso.

El desprendimiento de las cosas de este mundo, de los deseos terrenales, de los apegos, fuera del que debemos tener a Dios, se expresa por otro lado en una actitud de pobreza total. En su vida Luisa obedecía el consejo evangélico que se nos da en las bienaventuranzas: la pobreza de espíritu. Escribía: «No puedo enten­der que el reino de los cielos sea otra cosa que vos mismo. Pues bien: ¡vos pertenecéis a los que no tienen nada! En verdad, sois el único todo, y para teneros debo renunciar a todas las cosas47».

Naturalmente no se puede separar la evolución interior de Luisa, su caminar hacia la santidad, de sus actividades de cada día. Los dos mundos se interfieren y se complementan. Le vemos en continua actividad: dirigía, administraba, resolvía todo tipo de problemas, organizaba, mantenía correspondencia, pedía y daba consejos. Pero su obra principal era la dirección y la formación de sus hijas espirituales. De ese modo podía transmitir lo que había recibido en forma de luz.

La seguridad con la que inculcaba a sus hijas las sólidas vir­tudes cristianas, su finura de mujer pedagoga y maternal a un mismo tiempo, y finalmente el heroísmo natural que esperaba de sus hijas en relación a los pobres, reflejaban bien su propio ca­minar hacia Dios: «¿No queréis, mis queridas hermanas, seguir a ese Jesús tan digno de amor, aunque esté cargado de llagas y en la cruz? Creo que yo os he encomendado que lo hagáis tal como él nos lo ha propuesto; y que todas, llenas de amor y de valentía, le digáis con el apóstol santo Tomás: vayamos y muramos con él».

El amor que Luisa tenía a la cruz estaba animado por el Espíritu, y era como un fuego que debía inflamar también el co­razón de sus hijas. Deseaba renovar sin cesar la unión de su pro­pia cruz con la cruz y los sufrimientos de Jesús. Nunca se quedaba Luisa en la teoría. Daba explicaciones y reglas de comportamien­to claro, por ejemplo: «Acordaos siempre, mis queridas herma­nas, que ha sido la santa voluntad de Dios la que os ha puesto donde os encontráis, y que debéis trabajar para cumplirla, como haría un embajador de un rey; quiero decir, con una gran fideli­dad, practicando vuestras reglas y los consejos de los superiores [en este caso en el hospital de Montreuil] todo ello con dulzura de corazón y con humildad».

Luisa inculcaba a sus hijas que debían siempre cumplir la voluntad de Dios como enviadas de Dios, y que debían por ello seguir el camino de la perfección. Todas las hermanas, la comuni­dad entera, tenían que ponerse al servicio de esa voluntad. En la víspera del largo viaje, al final del cual iba a asumir la dirección del hospital de Nantes, dirigió una carta larga a las hermanas de la Casa Madre. Expresaba en ella el mismo deseo una vez más: «Os encomiendo, para que os conforméis en todo con la voluntad santa de Dios, el pacto que hemos hecho todas juntas de jamás tener nada que murmurar de la conducta de la divina providencia, y de abandonarnos a ella enteramente; tomemos, vosotras y yo, como ejercicio de la práctica de esa promesa que hemos renovado tantas veces, el proyecto de este viajes».

Las jóvenes de Luisa pusieron sus vidas en peligro muchas veces, las sacrificaron incluso cuidando a los enfermos y a los heridos de guerra. Luisa se daba cuenta ciertamente de lo mucho que esperaba de ellas. Pero, igual que el señor Vicente, también ella sabía estimularles y animarles; por eso podemos hoy admi­rar los frutos sorprendentes de aquella entrega. Sin embargo, en ocasiones excepcionales sucedía la rutina diaria. Y también había que saber manejarla bien, pues en ella se daba el combate perpe­tuo contra la miseria y la enfermedad. Luisa sabía estimularlas: «¿Está con buenos ánimos? ¿Hace como el buen pastor que pone en peligro su vida por el bien y la conservación de las ovejas que se le han confiado? Así lo creo, pues aunque no siempre te­nemos ocasión de poner en peligro nuestras vidas, no dejarnos de tener ocasiones en que tenemos que poner en peligro nuestras voluntades, para acomodarnos a la de nuestro prójimo, para rom­per nuestros hábitos e inclinaciones, para servir de ejemplo a las hermanas, para vencer nuestras pasiones, para no excitar las de otras personas. Mi querida hermana, por eso estamos obligadas a obrar, para mantener la cordialidad, para practicar la ayuda mu­tua, para estar en unión estrecha con la caridad verdadera de Jesús crucificado, caridad que pido a Dios nos concedas». Luisa insiste también en este caso en la unidad de las hermanas como fruto del Espíritu Santo.

La veneración de Jesús crucificado conduce a Luisa a honrar a la madre Jesucristo: María cumplió la voluntad de Dios al aceptar la encarnación de Jesús. Aceptó su voluntad también al pie de la cruz. En aquel momento se convirtió en madre de todos. Luisa inició a sus hijas en el misterio de la maternidad de María. Expresó incluso una tesis audaz para la época al afirmar que la aceptación de la maternidad por parte de María era testimonio de que la Inmaculada Concepción era un acto de justificación.

Luisa reconocía la unión profunda entre «la Inmaculada Concepción», «la esposa del Espíritu Santo» y el misterio de la Trinidad y la Encarnación de Jesús.

A petición de Luisa, Vicente de Paúl consagró la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1658. En nombre de las hermanas, Luisa leyó el acta que había redactado ella misma. María, la Inmaculada Concep­ción, era declarada en ella única madre de la Compañía. Este acto era ratificado todos los años. Y de ese modo entró en la historia de la Inmaculada Concepción, que, pasando por el regalo de la Medalla Milagrosa en 1830, encontró su apogeo en la definición solemne del dogma y en la respuesta de la Virgen en Lourdes:

«Yo soy la Inmaculada Concepción».

Luisa orientaba a sus hermanas en el misterio de su vocación con sencillez y con energía; tenían en efecto que servir a Jesu­cristo en la persona de los pobres, y encontrar a Jesús en ellos. Las hermanas no se pertenecían a ellas mismas; pertenecían a los pobres y a los enfermos, que eran sus dueños visibles. Luisa no olvidaba nunca en sus cartas el recordar a las hermanas el funda­mento de su vocación. Ella misma daba ejemplo continuamente a las hermanas con ocasión de sus numerosas visitas a las Cofra­días, y también por su manera de comportarse con las hermanas que tenía que formar. Todas se encontraban en el frente del tra­bajo de caridad, con frecuencia lejos de París. Luisa les apoyaba y les animaba en su voluntad de entrega a los demás. Escribe: «Le encargo que diga a todas las hermanas que les saludo, y les ruego que todas la mañanas se levanten con nuevos ánimos para servir a Dios y a los pobres». Escribía en otra carta: «Llevad con ellos sus penas, haced lo posible por darles alguna ayuda, y permaneced en paz. Tal vez estéis también vosotras pasando ne­cesidad. Sea eso vuestro consuelo, pues si tuvierais abundancia a vuestros corazones les daría pena usarla al ver sufrir tanto a nues­tros (amos) y señores»». Más tarde les dirigió una advertencia: «Le suplico que me envíe siempre noticias, y me diga sobre todo si mientras trabajan en el servicio exterior, su interior su ocupa por amor de Nuestro Señor en estar vigilantes sobre ellas mismas para dominar y controlar las pasiones, rehusando a los sentidos lo que pudiera ofender a Dios. Sin eso, sabe usted bien que las acciones exteriores, aunque sean por el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios, ni merecernos recompensa, pues no están unidas a las de Nuestro Señor, que siempre obraba con la vista puesta en Dios, su Padre».

Hacia la unión con Dios

¡Tantas veces pidió a Dios en sus oraciones: «¡Para poseeros, quiero renunciar a todas las cosas!». Todo lo que se oponía al amor puro debía ser eliminado. Solía decir con frecuencia que ella había sido colmada con las gracias de Dios. Pero también sabía por el señor Vicente que no había recibido todos esos dones para sí misma. Ella quería no ser otra cosa que un instrumento, una vara de mimbre en las manos del cestero. En los escritos más tardíos de Luisa descubrimos una vida verdaderamente mística. «Me ha parecido que Dios quería venir a mí como a un lugar que es suyo, y que por eso yo no podía rehusarle la entrada, lo que me hubiera sido imposible de todos modos, pues ya puse de una vez por todas en sus manos la propiedad de mi libre albedrío».

Luisa vivió esta unión con el Espíritu de Dios sin dejar de afrontar las vicisitudes de la vida y dificultades de todas clases. Cuando estaba con los pobres sabía que estaba unida a la pobreza de Jesús. Luisa era consciente de que Dios la dirigía hacia los pobres. Su conciencia cristiana del deber le pedía que les soco­rriera. Y ella veía esta carga como una vocación que aceptaba de todo corazón y a la que dedicaba su alma entera, su voluntad, sus capacidades y su vida.

La santidad de Luisa me parece que reside fundamentalmente en el despojamiento de sí misma que practica para seguir la vo­luntad de Dios, en el asentimiento a la cruz y en su aceptación. Se expresa también por la unión de su ser con el amor divino, por el don total de su libre albedrío, para no ser más que un instrumento en las manos de Dios. La caridad que practicaba, su amor por los desheredados es como la encarnación del amor que tenía a Dios.

Ella lo dijo a sus hermanas con insistencia. Escuchemos una vez más sus palabras y veámoslas como si quisiera ella compar­tir su santidad con nosotros: «Mis queridas hermanas, a las que quiero enteramente santas para trabajar con utilidad en la obra de Dios, pues no basta ir y dar, sino que hace falta un corazón bien purificado de todo interés, y nunca dejar de trabajar en la mortificación general de todos sus sentidos y pasiones, y para ello debemos tener continuamente ante nuestros ojos a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación hemos sido llamadas, no solamente como cristianas, sino además por haber sido escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres».

«Tened un corazón grande que no encuentre nada difícil por el amor santo de Dios, en quien soy, y en su Hijo crucificado, mis hermanas queridas, vuestra humilde hermana y sirviente».

«Él (el señor Vicente) nos dijo también

que debíamos ir corriendo

a las necesidades espirituales de nuestro prójimo

como se corre a un incendio».

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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