Luisa de Marillac formadora de los laicos (VI)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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4.3. EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES Y DIRECCIÓN ESPIRITUAL

Una faceta de formación realizada por Luisa de Marillac es la dirección de Ejercicios Espirituales a algunas Damas de la Cari­dad. La correspondencia nos deja entrever que esta experiencia comenzó en agosto de 1641. Así lo expresa ella misma en carta a san Vicente: «El Señor Párroco de San Germán de Auxerre ha mandado a preguntarme si podría venir una señora a hacer aquí los Ejercicios Espirituales; no sé si su marido piensa hacerlo en casa de Vds. Por lo que me han dicho son personas que han teni­do grandes aflicciones, pero no sé su nombre. Le he dicho que mañana le daría contestación después de habérselo comunicado a Vd».

Para entonces era sabido en las parroquias de París que la Seño­rita Le Gras era una mujer muy espiritual que dirigía los Ejercicios de sus Hermanas, tal como se advierte en la posdata de la carta citada anteriormente. San Vicente le contesta el mismo día y en el mismo papel que ella ha escrito: «Creo que no hay ningún incon­veniente en que reciba Vd. a esa dama, después de que le haya indicado su nombre y su condición. No sé quién es su marido».

Así inició santa Luisa esta nueva misión en agosto de 1641. En mayo de 1642 es la señora Humiéres quien pide y es admiti­da a hacer los Ejercicios Espirituales en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad bajo la dirección de santa Luisa. Al termi­nar ella pide a san Vicente para la confesión a otro Padre desig­nado por él. El mismo hecho se repite en julio de 1647. En este caso son dos señoras las dirigidas por Luisa. En junio de 1656 es la señora Guergret de la Caridad de San Salvador la que rea­liza los Ejercicios con la Señorita Le Gras y en marzo de 1659 es la señora Baronesa de Mirepoy quien al terminarlos expresó su decisión de participar en la Asamblea General de las Damas de la Caridad de París.

Sobre el fruto de los Ejercicios conservamos una carta escri­ta por santa Luisa a una Señora que los ha realizado con ella. No podemos precisar la fecha. Pero su lectura nos da a entender la profundidad de vida espiritual a la que Luisa quiere conducir a su dirigida: «Aquí tiene el ejercicio de que le he hablado y que me parece muy adecuado para usted, según el conocimiento que su bondad ha querido darme de su alma. Viva, pues, así, siendo toda de Dios, querida señora, por esa unión suave y amorosa de su voluntad con la de Dios, en todas las cosas. Esta práctica comprende en su santa sencillez todos los medios para llegar a la sólida perfección que Dios quiere de usted, según me lo pare­ce. Tenga siempre, querida señora, en gran aprecio la humildad y la mansedumbre cordial, y trate con toda sencillez y familiari­dad inocente, con Nuestro Señor, en sus oraciones, y cuando durante el día eleve su espíritu hacia Él, que es la divina dulzu­ra, no tenga en cuenta si siente o no gusto en ello o consuelo. Dios lo único que quiere de nosotros es nuestro corazón; no ha puesto en nuestro poder más que el puro acto de la voluntad y es lo que mira, junto con la acción que de él procede. Haga las menos reflexiones que le sea posible y viva con una santa alegría al servicio de nuestro soberano Dueño y Señor.

Aquí tiene, pues, señora, sencillamente como Nuestro Señor me lo inspira, lo que su humildad ha pedido a mi pobreza. Supli­co a su infinita bondad haga llegar a su amada alma a la más alta perfección en que su Amor la quiere. Le ruego, señora, me encomiende a su divina Misericordia y crea que he hecho ya lo que deseaba usted de mi y que no la olvidaré nunca en mis pobres oraciones, como tampoco a su señor marido y demás per­sonas que le son queridas. Dios sea bendito».

El texto anterior nos revela a una Luisa de Marillac auténtica directora de conciencia. Aconseja, acompaña, orienta sobre la forma de ir a Dios que busca una señora casada a la que conoce y ha tratado de cerca… No lo hace espontáneamente sino a peti­ción de la dirigida. A la vez que proyecta su experiencia espiri­tual, ha dirigido su oración al Espíritu Santo para que la ilumine con su Luz y pueda discernir lo que debe decir: «Aquí tiene, pues, señora, sencillamente como Nuestro Señor me lo inspira, lo que su humildad ha pedido a mi pobreza». No se conforma con la simple comunicación de su experiencia espiritual. Propo­ne a su dirigida metas altas en el camino de la santidad: llegar a la plenitud de la caridad: «Suplico a su infinita bondad haga lle­gar a su amada alma a la más alta perfección en que su Amor la quiere». Y para terminar pide el auxilio de la oración: «Le ruego, señora, me encomiende a su divina Misericordia y crea que he hecho ya lo que deseaba usted de mi y que no la olvidaré nunca en mis pobres oraciones».

¿Había hecho esta señora Ejercicios Espirituales bajo la dirección de Luisa de Marillac?… Es muy probable que la con­testación sea positiva. El contenido de la carta parece sugerirlo. Es normal que en el ambiente de los Ejercicios surja la petición del acompañamiento posterior. Y Luisa tenía experiencia de ello, tanto con las Hermanas como con las señoras de las cofradías. Sea de ello lo que fuere, lo importante es que Luisa, guiada por el Espíritu de Dios, anima orienta y dirige a otras personas segla­res por los caminos de la santidad cristiana.

  1. INTERROGANTES Y RETOS PARA LA FAMILIA VICENCIANA HOY

Hemos vuelto la mirada a Luisa de Marillac como formadora de los laicos para aprender de ella a responder a los retos que nos plantea la Iglesia de nuestro tiempo hoy. Ya el Concilio Vaticano II nos invitaba a tener presente lo que se hizo en los orígenes del cristianismo. La mayoría de los seguidores de Jesús converti­dos al cristianismo eran laicos. La inmensa mayoría de los már­tires de los primeros siglos del cristianismo eran laicos. Los diá­conos y diaconisas de la caridad de los orígenes de la Iglesia eran laicos formados por los apóstoles y sus seguidores. El monacato y la vida consagrada no aparecen como tales hasta finales del siglo III y comienzos del siglo IV.

5.1. DESDE LA FIDELIDAD A LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO

Los primeros cristianos catequistas y servidores de la caridad eran laicos. Los primeros mártires de la Iglesia también fueron laicos. Las cartas de Pablo y el libro de los Hechos de los após­toles nos hablan claramente del compromiso cristiano del matri­monio Prisca y Aquila. Pablo nos recuerda que todas las comu­nidades de gentiles estaban en deuda con este matrimonio (Rom 16,4). Sabemos de ellos que fueron expulsados de Roma duran­te la persecución de Claudio, vivieron exiliados en Corinto, tra­bajaban como tejedores de tiendas (la misma ocupación que tuvo Pablo), hospedaron a Pablo, recibiéndolo en su casa… Sabemos también que fueron sus compañeros de misión en Éfeso y fueron, por cierto, los fundadores de la iglesia en esa ciudad, arriesgaron sus vidas por la seguridad de Pablo, hospedaron a la Iglesia local en su propia casa (un hogar iglesia) y fueron catequistas del gran misionero Apolo. Pablo y Lucas consideraban a este matrimonio como excepcionales misioneros.

El papel de los laicos no se terminó, ciertamente, con el Nuevo Testamento. Hombres y mujeres laicos han tenido una influencia muy importante en muchos de los grandes movimien­tos espirituales de la historia de la Iglesia. En los siglos tercero y cuarto, la mayoría de los padres y madres del desierto fueron lai­cos. En la tradición mística de los siglos XII y XIII, muchas mujeres laicas, como Juliana de Norwich81, jugaron un papel fundamental. Y, como todos recordamos, en tiempo de san Vicente, Madame Acarie, madre de seis hijos, fue una de las per­sonas más buscadas como guía espiritual de aquella época.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que desde los orígenes del cristianismo, todos estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia. «La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para glo­ria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el inundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, diri­gida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apos­tolado. Como en la complexión de un cuerpo vivo ningún miem­bro se comporta de una forma meramente pasiva, sino que parti­cipa también en la actividad y en la vida del cuerpo, así en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, «todo el cuerpo crece según la operación propia, de cada uno de sus miembros».

5.2. DESDE LA FIDELIDAD AL MAGISTERIO DEL CONCILIO VATICANO II

El decreto Apostolicam Actuositatem del Vaticano II se ha lla­mado y con razón la Carta Magna del apostolado seglar. En él se recogen las enseñanzas de los Papas y Obispos de los cuaren­ta años precedentes al Concilio, durante los cuales se fue organi­zando y desarrollando el apostolado seglar en la Iglesia bajo múltiples formas. El Concilio dejó claro también la necesidad de llevar a todos los bautizados, jerarquía y pueblo de Dios, la idea y convicción de que el apostolado seglar es un deber que dima­na del bautismo y de la misma profesión de fe cristiana.

Los seis capítulos del decreto presentan los temas más nece­sarios e importantes a tener presentes en la formación de los lai­cos hoy:

  1. Apostolado y espiritualidad de los seglares. Se destaca la necesidad de una espiritualidad fuerte nutrida de la oración personal y la participación en la Liturgia de la Iglesia y expre­sada en el ejercicio habitual de la fe, la esperanza y la cari­dad. Los cristianos laicos deben mirar a María como modelo de vida espiritual y apostolado.
  2. Los fines del apostolado seglar son: contribuir a la restau­ración del orden temporal en conformidad con el mensaje de Cristo, bajo el distintivo de la justicia y la caridad. Y eso desde la cultura, la economía, la política, las artes y todas las demás realidades temporales, combatiendo la idolatría de las cosas temporales.

III. Los variados campos del apostolado seglar: la familia, los jóvenes, el ambiente social con todas sus realidades y variantes tan complejas hoy, tanto en el orden nacional como en el internacional.

  1. Las diversas formas del apostolado seglar tanto a nivel individual a través del testimonio personal como en el modo asociado o en comunidad. Se percibe claramente el interés del Concilio por las formas de apostolado asociado y en equi­po. Es importante tener presente la llamada que se hace en el n° 19 de decreto a evitar toda dispersión de esfuerzos y las posibles interferencias, guardando la debida sumisión a la autoridad eclesiástica.
  2. Orden que se ha de observar en el apostolado seglar: Se insiste, en primer lugar, en la coordinación de las variadas formas de apostolado, el aprecio recíproco y el evitar las emulaciones perniciosas… Se añade la relación con la Jerar­quía, la dedicación del clero a la animación espiritual como consiliarios, el respeto y estima de religiosos y consagrados, la participación en los Consejos parroquiales y diocesanos de Pastoral familiar, juvenil, caritativa y social, así como la cola­boración con los cristianos no católicos. Se pide la creación de un Consejo de laicos a nivel internacional que impulse el apostolado de los laicos.

83 El origen del Pontificio Consejo para los Laicos se remonta a ésta del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos en Apostolicam Actuositatem, n. 26. Su nacimiento oficial fue sancionado por Pablo VI el 6 de enero de 1967 con el motu propio Catholicatn Christi Ecclesiam. A diez años de su nacimiento, el 10 de diciembre de 1976, otro motu propio, Apostolatus Peragendi, del mismo Pablo VI reformaba el Consejo, contándolo entre los dicasterios permanentes de la Curia romana.

  1. La formación para el apostolado: Se pide una formación especial para que el seglar pueda realizar las debidas tareas apostólicas. Me extenderé más en este punto por ser el tema específico de esta conferencia. Esta formación requiere cier­ta formación humana, íntegra, acomodada al ingenio y a las cualidades de cada uno. Porque el seglar, conociendo bien el mundo contemporáneo, debe ser un miembro acomodado a la sociedad de su tiempo y a la cultura de su condición. «Ante todo, el seglar ha de aprender a cumplir la misión de Cristo y de la Iglesia, viviendo de la fe en el misterio divino de la creación y de la redención movido por el Espíritu Santo, que vivifica al Pueblo de Dios, que impulsa a todos los hombres a amar a Dios Padre, al mundo y a los hombres por Él. Esta formación debe considerarse como fundamento y condición de todo apostolado fructuoso». A lo largo del capítulo VI se insiste en la necesidad de proporcionar a los laicos formación bíblica, moral y social, conforme al magisterio de la Iglesia, especialmente en aquellos puntos doctrinales puestos en tela de juicio.

Con relación a la formación para el apostolado de la Caridad que es lo que a nosotros nos compete más directamente como vicencianos, se pide lo siguiente: «Puesto que las obras de cari­dad y de misericordia ofrecen un testimonio magnífico de vida cristiana, la formación apostólica debe conducir también a practicarlas, para que los fieles aprendan desde niños a compa­decerse de los hermanos y a ayudarlos generosamente cuando lo necesiten.

Y en lo que se refiere a quienes deben formar a los laicos el apostolado, se cita en primer lugar la familia cristiana, la comu­nidad parroquial y las Escuelas. De ellas se dice: «Es deber tam­bién de las escuelas, colegios y otras instituciones dedicadas a la educación, el fomentar en los niños los sentimientos católicos y la acción apostólica. Si falta esta formación porque los jóve­nes no asisten a esas escuelas o por otra causa, razón de más para que la procuren los padres, los pastores de almas y las aso­ciaciones apostólicas. Pero los maestros y educadores, que por su vocación y oficio ejercen una forma extraordinaria del apos­tolado seglar, han de estar formados en la doctrina necesaria y en la pedagogía para poder comunicar eficazmente esta educación». Aquí tenemos uno de los retos más actuales y con más necesidad de respuesta hoy.

Esto no excluye la oferta de formación continua en el interior de nuestras asociaciones: «Los equipos y asociaciones seglares, ya busquen el apostolado, ya otros fines sobrenaturales, deben fomentar cuidadosa y asiduamente, según su fin y carácter, la formación para el apostolado. Ellas constituyen muchas veces el camino ordinario de la formación conveniente para el apostola­do, pues en ellas se da una formación doctrinal espiritual y prác­tica. Sus miembros revisan, en pequeños equipos con los socios y amigos, los métodos y los frutos de su esfuerzo apostólico y examinan a la luz del Evangelio su método de vida diaria».

Como Hijas de la Iglesia hemos de dar respuesta a esta urgen­cia y llamada, tan repetida por los últimos pontífices: Juan Pablo II y Benedicto XVI. Necesitamos formarnos para formar y voluntad decidida de realizar esta tarea a la que santa Luisa dedi­có tiempo y energías físicas y espirituales.

Mª Ángeles Infante

CEME 2010

 

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