Luisa de Marillac formadora de los laicos (V)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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4.1. A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN

¿Qué hacía en las Caridades y qué decía Luisa de Marillac a los miembros de la Asociación para infundir la fuerza del Espí­ritu que las arrastraba a la práctica de la caridad? No nos lo dice expresamente, pero podemos intuirlo a través de las notas de su diario espiritual. Conservamos unas notas espirituales de estos años, hacia 1632, sobre la «Conformidad con la Voluntad divi­na». En ellas leemos lo siguiente: «Renuncio al amor propio con todo mi corazón y escojo tu santa y divina Voluntad por única guía de mi vida… ¡Oh Santísima Voluntad de mi Dios! ¡Cuán razonable es que sea cumplida enteramente! Eres el alimento del Hijo de Dios en la tierra y lo que sostiene mi alma… Podré lle­gar a conocerla a través de la vida de tu amado Hijo en la tie­rra, con la que deseo configurar la mía».

Insiste en las mismas disposiciones y resoluciones en los Ejercicios Espirituales de 1632: «He resuelto decididamente seguirle… Me he sentido fuertemente impulsada en mi interior a ponerme de grado en santa indiferencia para estar mejor dis­puesta a recibir la llamada de Dios y cumplir su santísima Voluntad». Está claro que vive y presenta el servicio de la Caridad como una llamada de Dios y una forma de ser fiel a la voluntad de Dios, como lo fue Jesucristo. Vivir como Jesucristo, seguirle y configurarse con Él es una consecuencia inmediata de la fideli­dad al Bautismo. Ser como Jesucristo, vivir como Él, servir a los pobres como Él lo hacía es cumplir la Voluntad de Dios. Esta espiritualidad es la que guía su vida y la que irradia y propone a partir de 1632. Además así lo recoge el Reglamento de la Cari­dad escrito por ella, seguramente por iniciativa y bajo la supervi­sión de san Vicente: «Quedará instituida en la iglesia parro­quial, en la capilla del Santísimo Sacramento, lugar de unión, para honrar a Nuestro Señor Jesús, su Patrón y a su santa Madre y para asistir a los pobres enfermos de dicha Parroquia».

El patrón con el que hay que conformarse en el ejercicio de la caridad y el modelo a contemplar es Jesucristo. Él es el manantial y la fuente de la Caridad. Este es el eje de la espiritua­lidad de las mujeres, casadas, viudas o solteras que integran la cofradía de la Caridad. Por eso el Reglamento exige la práctica asidua de la oración, la vida sacramental y la caridad mutua, por­que Jesucristo así lo vivió con sus discípulos. El mismo san Vicente le aconseja cultivar esta disposición espiritual: «Lea el libro del Amor de Dios, especialmente donde trata de la Volun­tad de Dios y de la indiferencia«.

Luisa proyecta esta espiritualidad en sus escritos, conferen­cias y reflexiones. San Vicente confía totalmente en ella… Así en su segunda visita a la Caridad de Montmirail el 22 de octubre de 1630, le escribe lo siguiente: «Desea Vd. saber si tiene que hablar a la Caridad personalmente. Así me gustaría que lo hiciese; pero no sé si será fácil y oportuno. Eso les haría bien… Hable Vd. con la Señorita Champliu (presidenta) y haga lo que Nuestro Señor le inspire».

Sólo cuatro días más tarde le llegan noticias a Vicente del bien que hace la presencia y la palabra espiritual de su dirigida y solicitan las socias más tiempo para la formación. Él se apresura a escribirle el día 29 de octubre: «Puesto que ya está curada, continúe ahí, si le place, hasta que haya hecho el mismo fruto que en otras partes hizo«.

¿De dónde brota el fruto espiritual que va derramando por donde pasa?… Sin duda de la savia interior que nutre el árbol de su vida, savia que riega y alimenta su espíritu y su misión; rega­lo y don del Espíritu Santo, tal como ella nos lo cuenta en el informe o memoria de la visita a las Caridades de Asniéres y Saint Cloud: «Y a lo largo de todo el viaje, me parecía obrar sin ninguna intervención de mi misma con gran consuelo de que Dios quisiese ayudase a mi prójimo a conocerle».

Se trata de una espiritualidad encarnada en la vida que la empuja al servicio a los más pobres, a alentar, motivar y corregir a las asociadas, a controlar cuentas y fondos de la asociación, rectificar errores y poner en orden aquello que funciona mal. Esta fuerza interior de su vida espiritual la lleva a asumir y acep­tar con paz las incomprensiones y dificultades que encuentra en la misión. Así en Villepreux el párroco se molestó mucho porque había reunido a las señoras de la Cofradía y a algunas jóvenes sin su consentimiento. Éste escribió a san Vicente quejándose de Luisa. Ella acepta las correcciones que la hizo su director y continuó la misión encontrando mucho gusto en trabajar por la salvación de las almas. Precisamente en esta visita, su tarea fun­damental es alentar la revitalización de la vida espiritual de las asociadas: oración y vida sacramental. Esta Caridad llevaba ya 12 años de existencia; es una de las primeras fundadas por Vicente de Paúl y con el paso del tiempo se habían enfriado en el fervor. La visita de Luisa fue ocasión de renovación y puesta a punto.

San Vicente valora y alienta su misión, pero a la vez trata de purificar su espiritualidad y misión de adherencias que pueden no ser compatibles con el espíritu evangélico que debe animar el servicio de los pobres. Por eso le da una consigna infalible que ella seguirá fielmente: «Dios es amor y quiere que vayamos a Él por amor». Es la espiritualidad que nos transmite el Evangelio de san Juan, el más leído y meditado por Luisa de Marillac. Vicente lo sabe y sintoniza con sus intereses y deseos espirituales, haciéndole entrar de lleno en la esencia misma del Evangelio: la caridad.

Formar a las Damas para el servicio y la caridad será la constante de su vida. Así el sábado anterior al domingo de Ramos, 8 de abril de 1656, sabiendo que se va a celebrar la Asamblea general de las Damas de la Caridad, presidida por san Vicente de Paúl, le previene en estos términos: «Me han dicho que se celebra hoy la asamblea general de las damas. ¿No cree usted conveniente, mi venerado padre, hablarles del bien espiritual que se podría hacer visitando a los pobres presos cuando van nuestras hermanas a llevarles la comida, que es una hora bastante oportuna para que puedan luego volver a sus casas, sin que sufran sus faenas domésticas? El servicio es a las diez«.

4.2. EN EL ENCUENTRO PERSONAL Y REUNIONES

A partir de septiembre de 1639 la fama de Luisa como maestra espiritual empieza a difundirse por París y es requerida por algunas señoras de la nobleza como consejera espiritual. Este es el caso de Genoveva de Attichy, esposa de Scipión d’Acquaviva, duque de Atri en la diócesis de Soissons, no lejos de Beauvais, cuyas Caridades fueron visitadas por Luisa. Esta señora, prima de Luisa, recurre a san Vicente para conseguir la entrevista con ella. Estaba pasando por una situación difícil y necesitaba ser escuchada y animada. Vicente anima a Luisa a que acepte esta nueva misión de formación: «No es sin objeto alguno el ir a ver una persona de la calidad de la que se lo ruega y que necesita quizá de su consejo para resolverse a alguna cosa de mucho pro­vecho… Vaya, pues, Señorita y vaya en nombre de Nuestro Señor Jesucristo y con su bendición. Y si se presenta la ocasión de hacer algo con los niños de aquel lugar (Soissons), hágalo con precaución. Mucho es lo que en esa diócesis se necesita«.

Nos encontramos aquí con un nuevo envío a esta misión: con­sejera espiritual. San Vicente la envía con la misma fórmula empleada para la visita a las Caridades: «Vaya, pues, Señorita, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo» y a la vez le pide un servicio: hacer lo que pueda por los niños. El tema era delicado. La hija de Genoveva de Attichy, Mademoiselle d’Atri, había des­encadenado una polémica tremenda en París, con gran disgusto de la familia, ya que se la atribuían poderes diabólicos. Luisa acoge la propuesta de Vicente de Paúl y acepta la nueva misión guiada y confiada en la acción del Espíritu Santo.

Esta misión de consejera personal de las señoras de la Cari­dad la había iniciado ya en 1630. Estando en Beauvais visitando las dieciocho Caridades de aquella diócesis con más de 300 mujeres asociadas, Luisa había compartido ya la tarea de forma­ción de las señoras con la supervisión y la misión de consejera. Era el 7 de diciembre de 1630 cuando san Vicente en una larga carta le contesta a varios asuntos. En uno de los puntos recono­ce esta misión de consejera: «¡Quiera Dios que la buena Señora de la Croix pueda hacer lo que Vd. le aconseja!… Eso le valdría una buena religión.

Su fama de consejera espiritual y mujer llena de Dios iba cre­ciendo de día en día. Así en los inicios de 1631, la señorita Tranchot de Beauvais viaja a París, donde san Vicente está poniendo en marcha la Caridad en San Benito. Él escribe a su dirigida en estos términos: «Estarnos a punto de poner la Caridad en San Benito… Sé que hablará Vd. en la asamblea de esta parroquia. La Señorita Tranchot habla maravillas de ahí. Piense si será conveniente que se moleste en ir a ver a esa buena señorita para estabilizar su espíritu, para que ella pueda robustecer a las demás. Si ya la ha visto otras veces, esto servirá fácilmente de pretexto para verla. No será necesario hablar de ello, ni de que yo soy (el intermediario)»‘.

Luisa con sus consejos es capaz de tranquilizar el espíritu de las personas que reciben y acogen sus orientaciones, por eso Vicente le pide que asuma esta misión. En junio de 1632 la Cari­dad de Villeuve—Saint Georges pasaba por una situación crítica: sólo quedaban nueve asociadas. San Vicente la envía para que con sus consejos y capacidad de convicción restaure su vitalidad y funcionamiento… Hace que la acompañe la señora Goussault y la señorita Pollalion. Él la anima desde París: «Yo estaba segu­ro de que encontraría muchas y muy grandes dificultades en el restablecimiento de la Caridad, y aún más de las que me comu­nica; mas ¡bendito sea Dios porque hay muchos motivos para esperar que quedará restablecidal… En cuanto a las dificultades que me indica, me parece bien que las resuelva como dice”.

Ella con sus consejos personales, su capacidad de escucha, trato y prudencia, fue capaz, con sus acompañantes, de reorgani­zar la Caridad en poco tiempo, menos de un mes. Así el 10 de julio de 1632, la escribe san Vicente: «Bendito sea Dios, Señori­ta, de que siga bien en medio de tanto trabajo y por haber ben­decido Él su tarea».

El secreto de su tacto, prudencia y capacidad de consejo lo dice ella misma en los Ejercicios Espirituales preparatorios a la fiesta de Pentecostés de 1632: «El motivo del recogimiento de los apóstoles era principalmente el amor que tenían a su Maes­tro; ese mismo amor ha de ser el único motivo de la dependen­cia (del Espíritu Santo) en el que por su santa gracia quiero per­severar toda mi vida».

Esa dependencia del Espíritu Santo la hace sentir sus dones y sus frutos, y en medio de sus debilidades y limitaciones es capaz de aconsejar, alentar y animar. Es el Espíritu de Dios que actúa en ella y por ella. A partir de 1633 toda su atención se centra en las Hijas de la Caridad y la atención a las Señoras queda más en segundo plano, al menos en la correspondencia con su director.

Mª Ángeles Infante

CEME 2010

 

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