Luisa de Marillac formadora de los laicos (III)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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2.2. FORMADORA DE JÓVENES ALDEANAS: ¿ENSAYO O MISIÓN CONFIADA?

La correspondencia de Luisa de Marillac con su director nos revela una nueva faceta de la señorita Le Gras. Llama la atención

las informaciones detalladas que da a su director sobre las jóve­nes aldeanas que se forman con ella y eso, sucede entre 1627 y 1629, dos años antes de iniciar sus visitas a las caridades.

En su carta del 5 de junio de 1627 ofrece a Vicente este sucin­to informe: «Permítame, Padre mío, importunarle una vez más por una joven de 28 años, que quieren traer de Borgoña para entregármela. Es tenida por virtuosa, según me comunican; pero antes que ella, la buena chica ciega de Vertus me había dicho que otra que estaba con ella de 22 años, podría quizás venir para acá. A ésta la dirigen los padres del Oratorio hace cuatro años y es enteramente aldeana. No estoy segura de que quiera venir, pero sí me ha mostrado algún deseo. Le suplico, humilde­mente me diga qué es lo que debo hacer en este asunto«.

El informe plantea algunos interrogantes. En él se habla de tres jóvenes: una de 28 años procedente de Borgoña con la que Luisa no ha tenido ningún contacto, pero hay personas interesa­das en entregársela para formarla, probablemente para que pueda trabajar corno sirvienta de las Cofradías de la Caridad, pagada por la Tesorera de las mismas. Pero ¿debe ella asumir esta misión de la formación?… Quiere saber el parecer de su director, razón por la que pregunta qué debe hacer. Las otras dos muchachas proceden de Versus. Luisa las conoce y ha hablado con ellas: una es ciega y la otra vidente, ambas son virtuosas y se dirigen con los Padres del Oratorio fundados por Pedro Bérulle. La vidente ha mostrado deseos de ingresar en el círculo espiritual y caritati­vo de Luisa.

¿Qué contesta el Señor Vicente?… No lo sabemos. Ella teme que se hayan perdido las cartas siguientes y nosotros también. Pero el tema y la misión de Luisa como formadora de las jóve­nes sirvientas de la Caridad continúa. Luisa deja claro que su hijo está interno como alumno pensionista en el Colegio-Semi­nario de San Nicolás de Chardonet, pero sin intención alguna de ser sacerdote, hecho que la preocupa y pide consejo a San Vicen­te. La fecha de su carta es del 13 de enero de 1628. Apenas reci­be la misiva, el Señor Vicente que se encuentra en Joigny, la con­testa sólo cuatro días después. Primero la tranquiliza sobre la decisión de su hijo y enseguida le hace un encargo: acoger, reci­bir y formar a dos jóvenes necesitadas de Joigny: «Hemos creci­do conveniente que salgan de aquí. Se las enviaremos dentro de unos días, rogándole que las dirija a una persona honrada que les recomiende y busque acomodo, si es que conoce Vd. a algu­na dama honrada que tuviera de ellas necesidad».

Vicente de Paúl con hechos responde a Luisa de Marillac que ve con buenos ojos el que pueda acoger y formar muchachas para buscarles acomodo; es decir, trabajo, ocupación y sentido a su vida. En este caso, la finalidad no es el servicio de los pobres de las Caridades. Y la Señorita les buscó acomodo, una como sir­vienta en casa de la Señorita Isabel du Fay y la otra como emple­ada de la Cofradía de la Caridad de Joigny.

En febrero de 1628 Vicente escribe a Luisa agradeciendo que haya acogido en su casa a otra joven de Joigny. Su servicio y misión de formación ha surgido providencialmente, al hilo de los acontecimientos. Ella no lo ha buscado. Son las jóvenes quienes la buscan a ella. Luisa y Vicente ven en ello expresión de la voluntad de Dios. Y en este sentido se expresa el director:

«Señorita, consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiera. Pues es su gusto que nos conservemos en la alegría de su santo amor.

La alegría es condición indispensable para ofrecer una buena formación a las muchachas de las aldeas que buscan ocupación y sentido de la vida. Luisa es el árbol bueno que empieza a dar frutos para el Reino de Dios. Así se lo valora Vicente en carta del 30 de julio de 1628. En evangelio de la Misa era sobre el texto evangélico del árbol bueno y el árbol malo (Mt 7, 17-20). Él le dice: «Me imagino que las palabras de este día le habrán impre­sionado profundamente. ¡Tan apremiantes resultan para el cora­zón que ama con un amor perfecto! ¡Oh qué árbol habrá pare­cido hoy Vd. a los ojos de Dios, por haber producido semejante fruto!… Que pueda ser siempre un hermoso árbol de vida que produzca frutos de amor!«.

2.3. EL FRUTO DE LA FORMACIÓN SE EXTIENDE

Luisa experimenta como bendición de Dios su implicación en la formación de señoritas de la burguesía como miembros de las Cofradías de la Caridad y su experiencia formativa con las muchachas de las aldeas para sirvientas de la Caridad. Animada por su director decide hacer Ejercicios Espirituales y ver, a la luz de Dios, cómo puede dar respuesta al sentimiento que bulle en su corazón de expandir esta misión. Vicente le alienta en estos tér­minos: «Si, por fin, mi querida Señorita, me parece muy bien. ¿Y cómo no, si ha sido Nuestro Señor el que le ha dado ese santo sentimiento?… Comulgue, pues, mañana y prepárese para la revisión que se propone, y después de ello comience los santos Ejercicios que se ha impuesto… Deseo ardientemente saber cómo le han ido las cosas, pero quiero mortificarme por el amor de Dios, que es lo único que deseo llene su corazón».

Después de los Ejercicios Espirituales, a finales de 1628, toma la resolución de ofrecerse incondicionalmente al servicio de Dios en las Cofradías de la Caridad donde la formación cris­tiana y la enseñanza del catecismo es una urgencia de primer orden. Así lo expresa ella en el sexto día de Ejercicios: «Debo recordar que no he de andar buscando ternuras ni consuelos espirituales para que me inviten al servicio de Dios, sino más bien que me he ofrecido y acepto en él todas las insensibilidades y privaciones de consuelos con entero desasimiento.

Esta decisión de ofrenda incondicional se la hace llegar a Vicente de Paúl, que en principio guarda silencio y la acoge con agrado, aunque tarde en contestar a su dirigida debido al trabajo de las misiones. No obstante busca tiempo para explicar su silen­cio: «No tiene razón, mi querida hija, al pensar que yo no había aceptado con agrado la propuesta de la Señorita, porque no he pensado nunca en ello. Y no lo he pensado porque estoy seguro de que Vd. quiere y no quiere lo mismo que Dios quiere o no quiere, y que no está jamás en disposición de querer y no querer más que lo que nosotros le digamos que nos parece que Dios quiere o no quiere. Reconozca, pues, su culpa en este pensa­miento y nunca le vuelva a dar entrada en adelante. Procure vivir contenta en medio de sus motivos de descontento y honre siempre el no hacer y el estado desconocido del Hijo de Dios.

Allí está su centro y lo que Dios espera de Vd. para el presente y para el porvenir y por siempre. Si su divina Majestad no le hace conocen de una forma inequívoca que Él quiere otra cosa de Vd., no piense, ni ocupe su espíritu en otra cosa. Déjelo de mi cuenta; yo pensaré por los dos«.

¿Tenía cierto miedo el director de que su dirigida hubiese tomado la decisión buscando cierta popularidad, notoriedad o protagonismo, y por eso le pide que honre el estado desconocido del Hijo de Dios?… Puede ser, ya que la vanidad y la precipita­ción eran defectos reconocidos y confesados por Luisa de Marillac. Por eso Vicente se toma un tiempo para discernir la volun­tad de Dios sobre el ofrecimiento incondicional de la Señorita. Pocas semanas después, a finales de 1628, la anima a confiar en la Providencia en medio de la espera: «Dios, hija mía, tiene grandes tesoros o metas en su santa Providencia. ¡Y cómo hon­ran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella!«.

En la misma línea de espera confiada y de aceptar la voluntad de Dios la escribe seis cartas casi seguidas entre febrero y mayo de 1629. Él reconoce las cualidades de Luisa como formadora de las jóvenes de las aldeas, pero quiere tener clara que esa misión es la misión que Dios espera de ella.

Entretanto Luisa se prepara espiritualmente meditando la Palabra de Dios y socorriendo a los pobres de su entorno, en compañía de las señoritas Isabel du Fay, Lamy y Guerin, todas miembros de las Caridades cercanas a París, y presidida por ella.

  1. LA FORMADORA ENVIADA A LA MISIÓN (1629)

Vicente de Paúl continuaba con su trabajo misionero en los años del noviciado de Luisa (1626-1629). En mayo de 1629 se encontraba cerca de París, en Montmirail, requerido por el reverendo Padre Felipe Manuel de Gondy que había ingresa­do en los oratorianos. Desde el palacio de la familia

dirige a Luisa su carta de envío misionero. Era el 6 de mayo de 1629. Antes le había escrito otra con los detalles para lle­gar a Montmirail.

3.1. LA FORMADORA VIAJERA E ITINERANTE

Es la hora de la misión. Ya ha llegado. Su espera se ve colma­da de gozo por la realidad del deseo. Las idas y venidas de la ins­piración de 1623 iban a dar comienzo. La divina Providencia había establecido el momento oportuno y había preparado el corazón y el espíritu de la misionera. Vicente estaba ya conven­cido de que esta era la hora de Dios para Luisa de Marillac. Por eso sin preámbulos de tipo afectivo o diplomático se dirige al asunto como algo importante y sagrado: «Le envío las cartas y la memoria que serán menester para su viaje. Vaya, pues, Seño­rita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su som­bra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y el frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas«.

El texto inspirado en el Itinerario de los clérigos es una ver­dadera carta de envío misionero. Seguidamente el director le da algunas orientaciones espirituales para el viaje: «Comulgará el día de la partida, para honrar la caridad de Nuestro Señor y los viajes que Él hizo con este mismo fin y la misma caridad, así como las penas, contradicciones, cansancios y trabajos que sufrió, a fin de que Él quiera bendecir su viaje, darle su espíritu y la gracia de obrar con ese mismo espíritu y de soportar las penas de la forma que Él soportó las suyas».

Siguen algunas precisiones prácticas sobre la duración de cada visita: dos días parece suficiente, pero le da libertad para que pueda quedarse más tiempo si lo juzga necesario, más en este caso, debe escribirle comunicando las causas de prolonga­ción de su estancia. ¡Todo estaba reglamentado y previsto!… En 1629 estaban funcionando más de 30 Cofradías de la Caridad por los pueblos de Francia. Desde 1625 las misiones desarrolladas por Vicente de Paúl y sus compañeros terminaban siempre con el establecimiento de la Cofradía de la Caridad. Era uno de los fru­tos de la Misión. Su crecimiento obligó a Vicente a plantearse el problema de una organización central que las coordinase entre si y velase por el buen espíritu en cada una de ellas.

En algunas se habían introducido abusos, otras experimenta­ban dificultades de funcionamiento, acá y allá se había debilita­do el fervor primitivo y en casi todas se hacía sentir la necesidad de instrucciones para hacer frente a las dificultades imprevistas. En definitiva, la necesidad de instrucción y formación era apremiante. Esta era la misión de Luisa de Marillac como visita­dora de las Caridades. La divina Providencia se había manifesta­do y ella, disponible, se pone en camino.

Hasta este momento había estado en la retaguardia, encarga­da de la intendencia y de la formación de Señoras y muchachas vinculadas a las Caridades. Ahora pasaba a la vanguardia de la Caridad. Enseguida su actividad fue intensa, el campo de misión era grande y abierto al viento del Espíritu… Así en 1629 visitó las Caridades de Montmirail y Asniéres. La preocupación duran­te el viaje, en esta última, fue la de ayudar al prójimo a conocer a Dios, encontrando en ello gran consuelo38. Es la formadora que transmite con deleite sus conocimientos, criterios y conviccio­nes. Y, a la vez, es la mística que experimenta tan dentro de sí a Dios, que en plena actividad misionera experimenta la gracia del desposorio espiritual: «Salí el día de Santa Agueda, 5 de febrero de 1630, para ir a Saint Cloud. En la Sagrada Comunión me pareció que Nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirle como al esposo de mi alma, y aun, que esto me era ya una forma de desposorios, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordinaria, y tuve el pensa­miento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunidad de sus bienes«.

En 1630 visita las de Saint Cloud, Villepreux, Villiers-le-Bal, vuelve de nuevo a Montmirail y Beauvais. Entretanto se habían fundado, por iniciativa de Luisa, las primeras Caridades de París en las parroquias de San Nicolás de Chardonet y San Salvador cuyos primeros pasos inicia a finales de 1629… ¿Por qué las primeras Caridades de París se debieran, sin duda, a la iniciati­va de Luisa de Marillac? La respuesta es clara. Vicente se había comprometido a no misionar en las ciudades. La Cofradía de la Caridad se erigía como fruto de una Misión. Ambas circunstan­cias impedían que Vicente pudiera ser el promotor de las Cari­dades de París, ¿quién sino Luisa motivó y convenció al párro­co de San Nicolás y San Salvador? Ella les conocía y sabía cómo abordarles… Ella será también la encargada de formar a las Señoras de la nobleza o de la burguesía que integraban las respectivas Caridades. Las conocía porque había sido feligresa de ambas parroquias. De San Salvador cuando vivía en la calle Cours-au-Vilain» y de San Nicolás, mientras vivió en la calle Foxes Saint Víctor. Ella era la Presidenta de la Cofradía de San Nicolás.

En 1631 Luisa visita las Caridades de Monrueil-sous-Bois, Montmirail por tercera vez, Le Mesnil, Bergéres, Loisy, Sou-libres, Sannois, Francoville y Herblay. Nada la detiene. Los via­jes eran incómodos, se ve obligada a utilizar diligencias destar­taladas, hospedajes en posadas no siempre seguras, en pueblos y villas medio abandonados, pero no tiene miedo. Siente y experi­menta la fortaleza del Espíritu y gran consuelo interior. Tiene la seguridad de estar cumpliendo la voluntad de Dios y esa seguri­dad es fuente de serenidad y coraje. Con aire teresiano y celo misionero recorre los caminos de Francia, acompañada de Isabel du Fay o de una criada. Y después de cada visita redacta el infor­me y memoria que entrega a Vicente de Paúl. Gracias a estos informes y a las cartas que conservamos de ambos podernos reconstruir su actividad formadora y misionera en las Cofradías de la Caridad.

Mª Ángeles Infante

CEME 2010

 

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