Luisa de Marillac formadora de los laicos (II)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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1.2. LA FORMACIÓN CRISTIANA DE LOS LAICOS

Hay que distinguir el ámbito urbano del ámbito campesino o rural. En el ambiente urbano había muchos sacerdotes y conven­tos religiosos, universidades católicas y Seminarios que ofrecían posibilidades de formación cristiana muy completa. Santa Luisa de Marillac se interesó mucho por proporcionar a su hijo Miguel Antonio esta formación, por eso le obligó a acudir al seminario organizado por Adrian Bourdoise en la parroquia de san Nicolás de Chardontet, a pesar de que su hijo no ofrecía indicios claros de formación sacerdotal. Algo semejante ha ocurrido en nuestra historia en tiempos pasados.

Pero a pesar de que en las ciudades había personas y medios para adquirir una buena formación, se beneficiaban muy pocos de ella; sólo las personas de la burguesía o la nobleza. Los pobres no tenían tiempo, ni medios para poder acceder a la cultura bási­ca y a una educación cristiana sólida.

En los pueblos apenas había medios para la formación. Care­cían de maestros y Escuelas, había pocos sacerdotes y mal for­mados. Recordemos cómo san Vicente se encontró con algunos que apenas sabían la fórmula de la absolución para confesar a los fieles’. En los campos la ignorancia religiosa y cultural era enorme. La urgencia de la formación fue una de las primeras necesidades percibida por Luisa de Marillac en su visita a las Caridades y lo mismo le ocurrió a Margarita Naseau, la prime­ra Hija de la Caridad.

 

1.3. RETOS PLANTEADOS POR LA REFORMA PROTESTANTE

Una de las ideas y convicciones de Lutero para expandir la reforma protestante fue la creación de Escuelas y la formación cristiana de catequistas y líderes para hacer llegar la reforma al pueblo sencillo. A través de estos cauces la iglesia protestante fue ganando terreno y difundiéndose por toda Europa a partir del siglo XVI. La difusión del Catecismo de Lutero fue bastante rápida gracias a la formación protestante de catequistas, pastores y maestros.

Así la reforma protestante fue calando en Francia, aunque con más lentitud que en otros países gracias al edicto de Nantes de 1598. Según los términos del edicto, a los hugonotes se les garantizó libertad de conciencia en toda Francia, se les permitió construir iglesias y celebrar servicios religiosos en ciertos pue­blos y en los suburbios de las ciudades (excepto en las ciudades episcopales y arzobispales, en las residencias reales y en un radio de cinco millas alrededor de París). Los nobles hugonotes podí­an celebrar servicios religiosos en sus casas, se les garantizaban los derechos civiles y el derecho a desempeñar cargos públicos, se permitió que cuatro universidades o escuelas (en Montauban, Montpellier, Sedan y Saumur) fueran hugonotes, se estableció un juzgado especial, formado por diez católicos y seis protestantes, llamado Chambre de l’Edit (Cámara del Edicto), para la protec­ción de los hugonotes en el Parlamento de París; también se esta­blecieron cámaras auxiliares en los parlamentos provinciales. A los pastores hugonotes les pagaba el gobierno, como a los sacer­dotes católicos. Como garantía de protección, se les concedieron cien plazas fuertes (places de súreté) durante ocho años.

No obstante el cardenal Richelieu, revocó las cláusulas políti­cas del Edicto en 1629 y durante el reinado de Luis XIV se reanu­daron las persecuciones a los hugonotes, en particular después de 1681. Con la revocación del Edicto, cientos de miles de hugono­tes salieron de Francia y se refugiaron en los países protestantes.

Estos hechos determinaron el lento avance de las doctrinas pro­testantes en Francia con relación a otros países de Europa. Había terminado la «Guerra de los treinta años» entre católicos y pro­testantes, pero fue notorio el hecho de que algunos católicos se hicieran hugonotes y herejes, abjurando de la religión católica, por falta de formación y convicciones sólidas.

El hecho no dejó indiferente a Vicente de Paúl ni a Luisa de Marillac. Conocedores de la situación, decidieron acogerla como una llamada urgente que requería respuesta inmediata. Y así lo hicieron, sobre todo Luisa de Marillac, a partir de 1629 con la creación de las Escuelas de la Caridad dependientes de las Cofradías que iba visitando. Ella se dio cuenta de la labor que realizaban los protestantes para formar a las muchachas de las aldeas cuando entraban en ellas y urgió a las Señoras de la Cari­dad a dar una respuesta desde las Cofradías, formando maestras y creando Escuelas. Y junto a Luisa de Marillac, el Espíritu Santo hizo surgir otras personas que también se empeñaron en la misión docente como forma privilegiada de evangelización.

El Espíritu Santo, que guía siempre la vida de la Iglesia, había manifestado en el Concilio de Trento un camino de renovación de la vida cristiana de los laicos: las cofradías y las escuelas parroquiales. En el periodo postconciliar a Trento, el Papa Cle­mente VIII (1582-1605) ofrece la normativa concreta para la erección de las cofradías parroquiales: Debían tener finalidad claramente piadosa o caritativa, estar sometidas a la autoridad de los obispos, poseer un Reglamento o Estatutos bien definidos, si tenían exenciones y privilegios debían ser conocidos pública­mente, el rector debía ser el Párroco u otro sacerdote delegado por él y, por fin, el régimen de gobierno debía constar con preci­sión en el Reglamento. Este es el marco de referencia en el que san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac van a desarrollar su tarea caritativa. En este ambiente de crecimiento y difusión de las cofradías de la caridad desarrollará Luisa su misión de formadora de los laicos, bajo la sabia guía de Vicente de Paúl. Como en los orígenes del cristianismo, ella va a desarrollar el trabajo de la diaconía de la caridad, como alternativa a la Reforma protes­tante que había escindido y roto la unidad de la Iglesia universal.

  1. LA PREPARACIÓN DE LUISA PARA LA FORMACIÓN (1626-1629)

Todos los miembros de la familia vicenciana conocemos la excelente formación recibida por Luisa de Marillac en Poissy. Era esmerada en todos los aspectos: humanístico, cultural, social y religioso. No obstante, a partir de su situación de viudedad, ella se prepara de forma personal y particular. Su correspondencia con Vicente de Paúl durante estos tres años nos pone de mani­fiesto cómo fue esta preparación… Ella, guiada por su director, esperó a que la divina Providencia fuera manifestándose y haciéndole conocer la voluntad de Dios.

2.1. EL ENCUENTRO CON ISABEL DU FAY Y OTRAS DAMAS

A lo largo de tres años, tras la muerte de su marido, Luisa se plantea la búsqueda del plan de Dios sobre su vida. Ella tiene presente la inspiración recibida y no se borran de su mente y de su corazón las idas y venidas que había visto en la experiencia espiritual de la Luz de Pentecostés del 4 de junio del año 1623.

Su director espiritual es el misionero itinerante Vicente de Paúl… Con él se dirige también la Srta. Isabel du Fay, mujer pia­dosa y caritativa de la parroquia de San Nicolás de Chardonet a la que pertenecía Luisa de Marillac y amiga suya. La Srta. Du Fay tenía un hermano sacerdote, Antonio Hennequin, Señor de Vincy y fiel amigo de Vicente de Paúl, llegando incluso a ser admitido en la Congregación de la Misión años después. Además su tío Renato Hennequin estaba casado con María de Marillac, tía de Luisa. El parentesco las vinculaba de alguna manera, la pertenencia a la parroquia de San Nicolás y la dependencia del mismo director espiritual. Estas circunstancias hicieron florecer una fuerte y sana amistad entre Isabel du Fay y Luisa de Marillac. El grado de intimidad de esta amistad se percibe en la correspondencia que ambas tienen con Vicente de Paúl. Así en la primera carta que el director escribe a Isabel du Fay en octubre de 1626, se le escapa esta expresión: «¡Dios mío, qué diferentes son las hijas de su director; la una llena de respeto ante las pro­hibiciones de la Iglesia, y la otra llena de confianza en el asun­to de Poissy! En fin, Nuestro Señor es igualmente honrado en las dos, por lo que veo en vuestra Comunidad, a cuya madre (Juana-Luisa de Gondy) envío mis saludos».

Como se desprende del texto ambas hacen comunidad, ambas están preocupadas por el cambio de priora en Poissy y por las dificultades planteadas en el relevo, pero con diferentes puntos de vista. Esta preocupación era normal, ya que Poissy era el cír­culo de espiritualidad frecuentado por ambas. Las cartas que se cruzan entre 1626 y 1629 director y dirigidas ponen de relieve los siguientes hechos:

Isabel du Fay y Luisa de Marillac mantienen una amis­tad firme que las lleva a ayudarse mutuamente en su vida espiritual, a buscar la voluntad de Dios, a realizar labo­res a favor de los pobres, como confeccionar camisas y a vivir abiertas y obedientes a las orientaciones de su director.

Este período es una etapa de formación fuerte para ambas: leen el evangelio juntas y lo comentan, practican la Lectio divina, frecuentan los mimos círculos de espiritualidad y realizan idénticas lecturas de libros espirituales».

Ambas se preocupan mucho por las ausencias de París del señor Vicente y sus largos viajes misioneros. Le escriben con frecuencia comunicándole la situación espiritual de ambas en una sola carta. Así la carta que escriben a su director el 5 de junio de 1627 le dan cuenta de la situación de angustia que sufre la Srta. du Fay y poco después le informa sobre su enfermedad. También Vicente contesta a las dos en una sola carta.

En octubre de 1627 es el propio san Vicente quien propone a Luisa abrir el círculo de sus amistades. Pera esta fecha Vicente se encontraba en las aldeas de Poitou y Cévennes. Percibe las necesidades de las pobres gentes del campo y su falta de forma­ción y piensa incorporar a ambas a la misión, pero la Srta. du Fay se había ofrecido a Luisa sin haber concretado y discernido nada con Vicente de Paúl. Él expresa así su parecer:

«Gracias por la noticia del ofrecimiento de la buena Srta. du Fay; le ruego que la conserve hasta que haya oportunidad, a no ser que a ella le parezca bien reservarla y destinarla para ir a ganar a esas pobres almas para Dios en estas aldeas de Poibou y Cévennes. Mas si ella no lo quiere así y desea que sea aplicada a esas pobres gentes de ahí, me hará Vd. el favor de comunicármelo y de enviar dos o tres camisas a la Señorita Lamv en Gentilly para la Caridad de aquella localidad».

A través del texto vemos que Vicente confiere a Luisa la res­ponsabilidad de ayudar a discernir la decisión de la Srta. du Fay, y a la vez la pone en contacto con la Señorita Lamy, Catalina Vigor» esposa de Antonio Lamy, auditor del Tribunal de cuen­tas de París y presidente de la Cofradía de Gentilly. Ambos esposos, bienhechores de la obra vicenciana, fundaron una Casa misión en 1634. El contacto de Luisa de Marillac con Catalina Vigor abría el círculo de sus amistades y ensanchaba su acción caritativa.

Unas semanas después se incorpora al círculo de Luisa de Marillac la Señorita Guerin, esposa de Gilles Guérin, consejero del rey e interventor del Tribunal de Cuentas. También pertene­cía a la parroquia de San Nicolás de Chardonet. En este caso, la Señorita Guérin se ofrece espontáneamente a Luisa de Marillac para participar en el círculo de espiritualidad y caridad creado por ella en su parroquia. Su liderazgo espiritual y caritativo va en aumento… Vicente de Paúl lo aprueba y reconoce y, a su vez, lo emplea en favor de los pobres. En una carta escrita, probable­mente en el otoño de 1627, Vicente le confía la administración de los donativos porque sabe que las señoras se fían de ella y de su administración veraz y efectiva: «Y sobre el dinero de la cari­dad de la Señorita du Fay, apruebo de buena gana el uso que Vd. desea hacer del mismo, y me parece bien la resolución que esas buenas Señoritas han tomado de ponerlo todo en común«.

Luisa está creando en París un movimiento caritativo a modo de retaguardia de las misiones que desarrollaban Vicente de Paúl y sus compañeros por pueblos y aldeas. Ella no es sólo la recau­dadora y administradora de los donativos; es también la formadora y animadora espiritual del grupo del que más tarde surgirían las Cofradías de la Caridad de París.

Mª Ángeles Infante

CEME 2010

 

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