(hacia octubre de 1652)1
Mis queridas Hermanas:2
Suplico a la bondad de Dios siga concediéndoles sus santas gracias, especialmente la del amor a su vocación, que ustedes reconocerán por la exactitud a sus reglas, en la medida en que el ejercicio con los pobres enfermos se lo permita. Por encima de todo, queridas Hermanas, sean puntuales en retirarse a las nueve, para poder levantarse a las cuatro: así podrán encontrar tiempo para todo. Y si han adquirido alguna costumbre que dé libertad a las personas de fuera, aunque sea con motivo de los enfermos, desháganse poco a poco de ella y acostumbren a los pobres enfermos a venir a la hora para que les atiendan en sus necesidades. Creo que esto será lo único que les cueste a ustedes, porque tratándose de otras visitas, estoy segura de que no toleran ustedes nada que las pueda desviar y sobre todo que no reciben visitas de hombres, de cualquier condición que sean, a menos de ser algo muy importante, que en pocas palabras quede terminado. Esto es lo que nos ha recomendado nuestro muy Honorable Padre en nuestras últimas conferencias, y ha llegado hasta decirnos que aún a él mismo no deberíamos recibirlo en ninguna parroquia, ni tampoco aquí, a donde no viene más que en caso de enfermedad, si es necesario, y para las conferencias. Vean ustedes, pues, qué habrá que hacer con otras personas. Creo que también recordarán, queridas Hermanas, que ustedes no deben hacer visitas más que a los pobres y sólo a los enfermos; que no deben comer nunca fuera de casa y que no han de comunicar nada de lo que entre ustedes ocurra, si no es a su Director lo que sea necesario. Si sus dolencias hacen que necesiten a veces tomar un poco de vino, tengan cuidado de que no sea con frecuencia ni mucha cantidad y sólo por reconocida necesidad.
La mansedumbre, la cordialidad, la tolerancia han de ser el ejercicio propio de las Hijas de la Caridad, del mismo modo que la humildad, la sencillez, el amor a la humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta caridad, son su espíritu. Esto es, queridas Hermanas, lo que había pensado decirles como un resumen de nuestros reglamentos, en espera de que la divina Providencia permita que puedan ustedes tenerlos completos. ¡Qué consuelo me proporcionan cuando me dan extensamente noticias suyas! Ahora, me gustaría que me dijeran de una vez todo su comportamiento en relación con lo que acabo de pedirles. ¿Aman su género de vida?¿lo juzgan más excelente para ustedes que todos los monasterios y religiones, puesto que Dios las ha llamado a él; se consideran unidas mutuamente por un secreto designio de la divina Providencia para su santificación; sostiene el fuerte al débil, alternativamente, pero con cordialidad y afabilidad? ¿Recuerdan ustedes con frecuencia la afirmación que nos hizo Nuestro Muy Honorable Padre en una conferencia, de que teníamos un claustro lo mismo que las religiosas, y que a las almas fieles a Dios les era tan difícil salir de él como a aquéllas del suyo, aunque no se trate de piedra sino de la santa obediencia que ha de ser la regla de nuestros deseos y acciones? Suplico a Nuestro Señor, cuyo ejemplo ha sido el que nos ha encerrado en ese claustro santo, que nos conceda la gracia de no desviarnos nunca de él.
Nuestras Hermanas, las últimamente venidas, han llegado felizmente a buen puerto, gracias a Dios, y están bien de salud. Ha cansado un poco a Sor Francisca, pero ya pasó; les ruego den noticias de ellas a sus familias, y a nosotros de éstas, y díganme también qué hay de las cuarenta libras de que ya les he hablado. Sor Juana, a quien pertenecen, ha visto en París al hombre que entregó dicha cantidad, quien le ha asegurado había sido recibida. Les ruego hagan que dicho hombre hable con el señor Du Chesne,3 Si es que está todavía en Richelieu, y salúdenle de mi parte con todo el respeto que le debo, asegurándole que le he escrito dos o tres veces. Saludo también respetuosamente al señor Cuissot4 y a los demás señores. Todas nuestras Hermanas las saludan en el amor de Jesús Crucificado, en el que soy, queridas Hermanas, su muy humilde…
P.D. He entregado sus cartas para hacerlas llegar a Beauvais. Los padres de Sor Carlota se encuentran bien, a Dios gracias, y se encomiendan a sus oraciones, especialmente su madre.
- C. 420 Rc 3 lt 317. Carta autógrafa.
- Carlota Royer y Francisca Carcireux (ver C. 251 n. 1 y 2).
- El señor Du Chesne (ver C. 165), estaba a punto de salir hacia la región de Bretaña para visitar las casas.
- Señor Cuissot: entró en la Congregación de la Misión en 1637, con 30 años de edad. Fue Superior en Cahors a partir de 1647; en julio de 1651, estuvo en París para tomar parte en la asamblea general. Regresó a Cahors en enero de 1653.







