Luisa de Marillac, Carta 0257: A Sor Ana Hardemont

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Hija de la Caridad Sierva de los Pobres Enfermos

Montreuil

Hoy, 29 de agosto (1648)

Mi querida Hermana:

Tiene sobrados motivos para quejarse del mucho tiempo que hace que no le escribo, ya sabe usted cuáles son los impedimentos ordinarios y éstos, en vez de disminuir, van en aumento. Siento mucho que lleven tanto tiempo esperando un buen sacerdote; crea usted que hacemos todo lo que podemos. Me contraría el defecto que han encontrado en su sartén y que no me haya usted entendido bien. Nunca pensé en darle quejas de las Hermanas que nos ha mandado porque, gracias a Dios, tienen todas buena voluntad y sus pequeños defectos proceden de su falta de práctica, eso no tiene importancia; lo que quise recordarle fueron sus necesidades y que como lleva mucho tiempo el capacitarlas, es conveniente que traigan sus vestidos y ropa blanca para el primer año.

Anita1 es muy agradable; pero no tenía usted que haber mandado a su madre, ya se lo habíamos dicho. Temo que esto la perjudique en el futuro y aún no sé qué podrá hacer. Ya estaba yo aquí, en Liancourt, cuando llegó; nuestras Hermanas se encargaron de buscarle alojamiento y harán cuanto puedan por encontrarle una buena colocación. Le ruego, querida Hermana, que nos dé con frecuencia noticias suyas y de nuestras queridas Hermanas a las que deseo sean santas para poder trabajar útilmente en la obra de Dios, porque no basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación general de todos los sentidos y pasiones, y para ello, queridas Hermanas, tenemos que tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación estamos llamadas no sólo como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres; sin esto, queridas Hermanas, las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer de todo el mundo, y si llegaran a desconocer las gracias de Dios y a ser infieles a ellas, creo que la divina justicia no las castigaría nunca lo bastante severamente en la eternidad. Roguemos a su bondad unas por otras para que su misericordia derrame en nosotras sus bendiciones de gracias y de luz, para que así podamos glorificarle eternamente. Soy en su santo Amor, queridas Hermanas, su obediente y muy humilde hermana y servidora.

P.D. Le ruego que salude humildemente a la señora Mounille,2 nuestra buena madre, y a todas esas queridas Hermanas.3 Les recomiendo a ustedes encarecidamente que les tengan respeto y afecto, de otro modo cometerían una gran falta; lo que no debe impedirles ser muy exactas en observar sus reglamentos y no hacer nada contrario a los mismos, esto es a ustedes tres,4 queridas Hermanas, a quienes se lo digo y las abrazo a todas con gran afecto.

  1. Ana Varon (ver C. 258 n. 3).
  2. Señorita Mounille, señora de la Caridad de Montreuil-sur-Mer.
  3. Las jóvenes que estaban en el hospital antes de ir las Hermanas y que continuaban allí.
  4. Las otras dos Hermanas eran María Lullen y María Gallois; esta última regresó a París en julio de 1649.

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