Hija de la Caridad, al servicio de los Pobres enfermos
Chars
París, a 28 de noviembre de 1647
Muy querida Hermana:
¡Bendito sea Dios por la buena armonía y santa paz que reina entre ustedes! Así es como hay que vivir para ser cristianas. Con mayor razón debemos hacerlo así para ser Hijas de la Caridad. No nos dice usted el número de sus alumnas y si asisten a enfermos de fuera del hospital y cuántos. Está bien informar a la señora Marquesa de O,1 pero creía haberle advertido que, como hacemos con todas las demás, deben enviársenos aquí todas las cartas que escriban. Están ustedes muy ufanas, queridas Hermanas, con sus zuecos; ya nos tendrán al corriente de quién es la que los cuida mejor y a la que van a durar más. Aquí tienen unos calzones (bragas) ya cortados, pero tendrán que hacérselos ustedes, porque estamos tan agobiadas de trabajo, que sería difícil encontrar a ninguna aquí con tiempo disponible para otra cosa fuera de los oficios. Nuestra Hermanita Sor Juana, de Saint Méen, ha fallecido, y después de ella mi pobrecita Sor Salomé2 con la que hemos perdido mucho; tenemos también muy grave a Sor Micaela, y a muchas más en casa y en la ciudad; de tal suerte que más que nunca necesitamos que nuestro buen Dios nos envíe a otras. A ver si logran ustedes dar envidia a alguna joven de ese pueblo para que se decida a seguirnos. Sor Juana3 de Richelieu es una de las enfermas, pero, gracias a Dios, no de gravedad. Rueguen a su bondad que provea a nuestras necesidades y créanme en su santísimo amor, queridas Hermanas, su muy humilde hermana y afectísima servidora.







