(1647)
¡Por amor de Dios, Hermana! Practique una gran afabilidad con los pobres y con todo el mundo, y trate de contentar tanto de palabra como con hechos; esto le será fácil si conserva en usted una gran estima hacia su prójimo; a los ricos, porque están por encima de usted; a los pobres, porque son sus amos.
En cuanto a los animales que tienen, si es cierto que les roban el tiempo que han de emplear con los enfermos o con las colegialas, habrá que quitarlos; pero no tomen a nadie para ayudarles en su quehacer. Déjeme que le diga, Hermana, que hay que echar mano a todo, sin pensar que no están ustedes ahí más que de paso. Aun cuando no tuviéramos que estar en un lugar más que ocho días, tendríamos que trabajar allí como si hubiera de ser para toda la vida. Pero tienen que tener tan buena armonía entre ustedes, que cada una esté contenta con lo que hace la otra; y no decir: Esto o aquello me toca a mí; sino las dos echar mano a todo.
Le ruego, querida Hermana, que sea muy puntual en dar la instrucción tanto sobre el Catecismo como sobre las buenas costumbres u otras advertencias; pero no diga: voy a hacer el Catecismo, o vengan al Catecismo. No nos corresponde a nosotras ni hablar ni enseñar de tal suerte, sino decir: Vamos a hacer la lectura. Y con el libro en la mano, pueden dar alguna explicación familiar, nunca cosas elevadas. Bien sabe usted que puede una equivocarse y sería de gran importancia si tienen muchas alumnas y enfermos o mucha asistencia de muchachas mayores para la lectura los días de fiesta.







