(1646)
El jueves 26 de julio, Dios nos hizo la merced de salir de París para ir a acompañar a nuestras queridas Hermanas Sor Isabel,1 Sor Claudia,2 Sor Margarita Noret, Sor Catalina Bagard, Sor Petrita de Sedan, Sor Antonia3 de Montreuil y Sor Turgis para dejarla en Richelieu; las otras seis para ir a servir a los pobres enfermos del Hospital de Nantes, en Bretaña. Después de que los señores Padres Administradores y algunos principales de dicha ciudad hubieron pedido al señor Vicente, nuestro muy Honorable Padre, Hermanas para tal menester, al haber tenido conocimiento del servicio que prestan en el hospital de Angers, y de que hubieron solicitado se les comunicaran los artículos que se convienen y el acta de establecimiento de nuestras Hermanas y haber manifestado que querían acordar las mismas cosas.
Eramos nueve las que tomamos la diligencia de Orléans, a saber: las seis de Nantes, la de Richelieu y Sor Francisca Noret y yo para acompañarlas.
Nuestro Muy Honorable Padre nos hizo la caridad de darnos una conferencia sobre el particular el lunes anterior, al final de la cual nombró a dichas Hermanas; y el miércoles siguiente fui a recibir sus órdenes para el viaje y tuve la suerte de recibir su santa bendición; y habiéndole dicho el fundado temor que tenía a cometer muchas faltas durante ese viaje, su caridad me mandó que escribiera nuestro comportamiento y circunstancias que se presentaran durante el mismo.
Teniendo presentes sus santas instrucciones y prácticas, no me he forjado otra mira ni intención que la de la santísima Voluntad de Dios y la observancia de nuestras reglas. Tomamos, pues, todas la diligencia de Orléans y nos manutuvimos muy alegres sin que, por gracia de Dios, faltáramos a las observancias, excepto que en las horas de oración y de silencio nos dejábamos vencer por el sueño, de lo que a veces echábamos la culpa al calor.
A la vista de las aldeas y ciudades, alguna se encargaba de recordarnos que saludáramos a los Angeles custodios, con el deseo de que redoblaran sus cuidados por las almas de aquellos lugares para ayudarlas a glorificar a Dios eternamente; y cuando pasábamos delante de las iglesias, hacíamos un acto de adoración al Santísimo Sacramento y saludábamos también a los santos patronos.
Cuando llegábamos a los lugares en que teníamos que comer o pernoctar algunas de las hermanas iban a la iglesia a dar gracias a Dios por su asistencia y pedirle nos la continuara así como su santa bendición para que cumpliéramos su santísima voluntad. Si había en el lugar un hospital, las mismas Hermanas iban a visitarlo, o si no, a algún enfermo del mismo lugar, y lo hacían en nombre de la Compañía, para no interrumpir el ofrecimiento de nuestros servicios y deberes hacia Dios en la persona de los pobres. Cuando se presentaba la ocasión, decíamos alguna palabra, ya de los principales puntos de la Fe que es necesario saber para salvarse, ya alguna advertencia acerca de las buenas costumbres, pero todo ello brevemente. Cuando no era posible, íbamos por la mañana a la iglesia, antes de marchar, para hacer esos mismos actos.
Desde Orléans fuimos a pernoctar a Meung, porque estando bajas las aguas del río estuvimos cerca de cinco días por los caminos de Meung; pernoctamos en la Cour-sur Loire y al día siguiente en Montlouis, y nos detuvimos en el puerto de Ablevoie, donde se quedó nuestra Hermana para dirigirse a Richelieu.
Dios nos hizo la gracia de que aunque todas hubiésemos deseado mucho detenernos en Tours para visitar los lugares de devoción y también a los parientes y amigos de las Hermanas de la región, no permanecimos allí más que unas seis o siete horas. ¡El sea bendito por siempre, como por todas las gracias que su bondad nos ha concedido durante todo nuestro viaje hasta ahora!
Continuamos el viaje de la misma manera hasta Saumur, a donde llegamos hacia las 3 ó 4 de la tarde, y nos encontramos con la procesión de las parroquias, así como a la señora (nombre en blanco), con quien estuvimos hablando después de haber adorado a Dios y saludando a la Santísima Virgen. Aquella misma tarde recibimos 257 libras de dicha señora para la ejecución testamentaria de nuestra difunta Sor Ana de Moisson,4 y después de haber hecho nuestras devociones en la iglesia de Nuestra Señora,5 continuamos el viaje con toda felicidad, a Dios gracias, y tuvimos el honor, en Pont-de-Cé6 de que nos echaran de la posada, a donde habíamos llegado muy tarde; fue porque no quisimos que mataran unos pollos, para evitar el peligro de que los sirvieran el viernes, y además porque estábamos muy cansadas. Pero al salir de tan querido lugar, nos encontramos con la mujer de un cirujano, de buena posición, que nos recibió bondadosamente.
Proseguimos nuestro viaje por agua hasta Angers, a causa de nuestros bultos.
Llegamos a Angers el viernes, a la posada más próxima al hospital. Después de haber comido, mandamos a preguntar a los señores Padres Administradores si les agradaría que nos alojáramos en el hospital.
Uno de ellos se tomó la molestia de venir a buscarnos y acompañarnos. Allí, después de haber adorado al Santísimo Sacramento, fuimos a saludar a nuestros queridos Amos y después a todas nuestras Hermanas que tuvieron un gran consuelo de ver a toda nuestra Compañía. Nos quedamos allí hasta el lunes, y cuando ya estábamos para marchar, los señores que esperaban que yo les hablase de las cuatro Hermanas que habían pedido, creo que con el intento de ahorrarse los gastos del viaje, nos preguntaron por ellas dándonos a entender que eran nuestras Hermanas las que las pedían y que a ellos les era indiferente. Yo me mostré tan indiferente como ellos y me marché diciéndoles que si las deseaban, haríamos lo posible para enviárselas.
Volvimos a tomar el camino del agua para ir a Nantes, y no nos detuvimos en ningún lugar sino en Ingrandes, en donde el señor Abad de Vaux me había rogado que viera a algunas señoras de la Caridad, lo que así hicimos, y encontramos allá gran celo en el servicio de los pobres, aumentado por el fervor de la buena señorita María Gonain,7 que es muy querida y estimada en toda la región. Su afecto hacia nosotras había hecho que aquellas buenas señoras nos tuvieran preparada una comida y nos apremiaban a que la tomáramos; pero Dios nos hizo la gracia de no probar nada de nada. La mayoría de aquellas señoras y señoritas fueron a acompañarnos hasta el barco, y entre ellas la buena Hermana Gonain que, sospechando que no teníamos nada que comer, porque habíamos llegado demasiado tarde para hacerlo en la posada, o más bien porque la divina Providencia lo dispuso así, nos trajo lo que nos habían preparado, y prefirió aceptar que se lo pagáramos antes que dejarnos sin nada. Pagamos, pues, lo que nos trajo y nos vino muy bien para todo el día.
Tuvimos que pernoctar otras dos veces, antes de llegar a Nantes, porque las aguas iban muy bajas, y llegamos por fin a Nantes el jueves, a las 2 ó 3 de la tarde.
Todas las familias de Nantes esperaban con impaciencia la llegada de las Hermanas, y un día o dos antes, algunos eclesiásticos y señoras se habían adelantado por el camino, pensando que ya debían llegar; por fin, encargaron a un hombre que saliera desde bastante lejos a nuestro encuentro, el miércoles, en que llegamos, y nos costó trabajo deshacernos de él para poder ir a la iglesia de las Ursulinas, que era la más próxima, para adorar a Dios y darnos de nuevo a El para cumplir su santa voluntad. Enseguida, varias de aquellas señoras vinieron para acompañarnos a Belestre, que es una casa propiedad de la señorita des Rocherss,8 lugar donde la mayoría de las religiones establecidas en Nantes han hecho su primera parada. Parte de nuestras Hermanas se quedaron en el barco, a causa de los bultos esperando saber lo que querían hacer con nosotras.
Desde allí, escribí a uno de los señores Padres, enviándole la carta que el señor Vicente, nuestro Muy Honorable Padre, me había entregado anunciando nuestro envío, y enseguida se tomó la molestia de venir a vernos, así como varias de las señoras principales de la ciudad.
Nos llevaron al Hospital y mandaron una carroza a nuestras Hermanas, que no sabían cómo librarse del gentío porque aquello parecía un festejo, al que todos, grandes y pequeños, querían asistir.
Nos habían preparado (a Luísa de Marillac) una habitación particular, cercana a la de nuestras Hermanas, pero la rehusé y rogué que permitieran no tuviera otro retiro que el de nuestras Hermanas, lo que su bondad me concedió.
El mismo día en que llegamos, todos los señores Padres nos dieron todo poder en el Hospital, tanto para la atención a los enfermos como para cuidar de que los servidores cumpliesen con su deber, y dijeron a nuestras Hermanas que si alguno no les diera satisfacción o se negara a obedecerlas, lo despedirían. Inmediatamente se quitó a las sirvientas el cargo de todo para dárselo a las Hermanas.
Había un buen eclesiástico, que era capellán de la casa, y no se hacía nada sin orden suya. Los señores habían resuelto quitarlo cuando las Hermanas estuviesen bien establecidas; en su lugar se puso el confesor de las religiosas de Santa María.
Resultaba que, o bien porque la costumbre del lugar fuera la de no hacer sangrías ni administrar purgas, o porque los empleados recibían muy poco sueldo, tanto por su trabajo como por las drogas, los enfermos no estaban bien cuidados. Cuando nos dimos cuenta de ello rogamos a los señores tuvieran a bien permitir a nuestras Hermanas qué suplieran con sencillos remedios aquella gran necesidad; lo que hizo tomar a dichos señores la resolución de que, con el tiempo, las Hermanas se encargaran de hacer todos los remedios y mandaron, para ello, preparar una botica al final de la sala, así como una despensa, que hasta entonces no había.
Dios nos concedió la gracia de que, a pesar de todos los poderes que los señores nos habían dado, no emprendimos nunca nada sin comunicárselo y obtener su consentimiento. Todas las señoras de la ciudad, que son muchas y de alta posición, se tomaron la molestia de venir a vernos, y aun las que estaban en el campo, cercanas a Nantes, vinieron exprofeso, tan grande era el deseo que tenían de ver nuestro establecimiento.
Cantidad de superiores de las religiones reformadas vinieron también; y varios de los conventos de religiosas que no podían salir, obligaron a algunas señoras a que nos llevaran allá, lo que hicieron, llevando conmigo a nuestras Hermanas, unas después de otras, porque las religiosas querían verlas, así como su vestido.
Desde el día siguiente, nuestras Hermanas se pusieron a trabajar, con gran celo y cariño, limpiando y ordenando la sala de mujeres, que se hallaba en muy mal estado; y en pocos días se pudo advertir tal cambio, que la gente gustaba de venir, siendo así que antes apenas lo hacían.
A la hora de dar la comida a los pobres, había tal afluencia de gente, que casi no podíamos acercarnos a las mesas y a las camas de los enfermos.
Se nos dio amplia libertad para pedir lo que quisiéramos para mejor atención de los enfermos; lo que hicimos, sin pedir nada superfluo ni de puro capricho, pensando que, como pobres, era bastante con tener lo necesario y la limpieza, sin buscar nuestra satisfacción ni alabanzas por tener cosas bonitas pero no necesarias, sabiendo, además, que los señores Padres de los Hospitales gustan del ahorro y economía, aunque, a Dios gracias, no escatiman lo que es necesario.
Cierto número de señoras de la ciudad habían tomado la costumbre hacía unos meses de ir a visitar a los enfermos, a causa de la gran necesidad que tenían de alimento, porque en el hospital no quedaba nada desde la cena de la tarde hasta la comida del día siguiente; ni desde la comida hasta la cena; de tal manera que aquellas señoras llevaban caldos, huevos y otras cosas, lo que dejaron de hacer a nuestra llegada. Habiéndolo sabido, les propusimos que continuaran su visita, necesaria, pero de otra forma. Les dijimos que podían dispensarse de venir por las mañanas, hora que podía ser poco adecuada para ellas, a causa de sus obligaciones de familia, y también de traer caldos recién hechos, puesto que los había siempre en el hospital, dispuestos para los enfermos, así como huevos. Pero que, en cambio, harían una gran caridad viniendo a las dos, después de comer, trayendo algunos dulces, confitura y alguna cosa por el estilo, como hacen las señoras en el Gran Hospital de París; esto es de gran alivio a los enfermos y tocante a ellas, sería una acción muy agradable a Dios, con la que podían ganar mucho, y hasta servir de consuelo a las Hermanas que se estimularían con su ejemplo y recibirían con respeto las advertencias que les hicieran el honor y la caridad de sugerirles.
Dichas damas resolvieron continuar sus visitas en esta forma y algunas llegaban hasta tomarse la molestia de venir antes a preguntar qué deberían traer.
En el hospital no hay otros empleados sino dos o tres criados para ayudar a servir a los hombres, ir a buscar agua y otros servicios de (palabra dejada en blanco), de tal manera que es necesario que nuestras Hermanas sean cocineras y despenseras para servir el pan y el vino a los enfermos; porque por lo que se refiere a las provisiones, los señores Padres se encargan ellos de dar la orden y señalar el día. Hay un hombre casado que reside en la ciudad y que se encargaba de traer todas las provisiones, hasta las verduras del puchero; y su mujer venía dos veces al día a la hora de las comidas a repartir la carne. De continuar así, esto hubiera causado varias dificultades, además de que era contrario a nuestros artículos. Por eso, pedimos a los señores Padres Administradores que nuestras Hermanas estuvieran solas para el servicio a los pobres, lo que prometieron hacer cuando el tiempo de aquéllos hubiera cumplido, pero a condición de que las Hermanas se encargaran de esas compras menudas. Así se lo concedimos, dada la gran facilidad que hay para ello en este lugar. Me asaltó el temor de que el tiempo en el que todavía dicha mujer tenía que ejercer esa función llegara a convertirse en costumbre, sobre todo por el deseo que ella, y también otras personas, tenían de que tal cambio no se efectuara por estimar que era un honor y una ventaja para los habitantes de Nantes. Por eso pensé que, antes de marcharme, tenía que quedar enteramente resuelta la cosa, que me parecía de gran importancia para nuestras Hermanas, cuyas acciones hubieran estado en todo momento a la vista y referidas acaso de manera completamente distinta a Como eran. Todo ello me hizo pedir a aquellos señores que se hiciera mención de este cambio en nuestra Acta de Establecimiento, con el fin de que antes de mi partida pudiera ver si alguien quedaba descontento. Accedieron a ello.
Olvidaba decir que unos días después de nuestra llegada, el señor de Joncheres9 me aconsejó que escribiese al señor Vicario General de Monseñor el Obispo de Nantes, ambos ausentes, lo hice por saber que dicho Obispo había firmado con los señores de la ciudad la aceptación de nuestro establecimiento, en la forma en que nuestros artículos y nuestro reglamento les había sido propuesto, y escribí a dicho señor Vicario en los mismos términos que no nos obligan a ninguna dependencia, y tan pronto regresó no dejó de informarse, como si ignorase cuanto había sucedido. Me hubiera visto en un gran apuro, si no fuera porque, al mismo tiempo, la Providencia nos envió al señor de Joncheres, sin el cual nos hubiéramos visto en gran dificultad. Le hizo observar que estábamos aprobadas por Monseñor, y enseguida manifestó estar dispuesto a servirnos en lo que se presentara.
La dificultad de la mujer del administrador de que he hablado antes, retrasó un poco la expedición del acta de nuestro establecimiento, puesto que deseábamos que constara en ella, ya que era muy necesario y para ello se requería el consentimiento del señor Alcalde, quien lo dio con facilidad. Esto me obligó a tomarme el honor, antes de marchar, de ir a verlo a su casa para darle las gracias por todas las bondades que había tenido con nosotras y la ayuda que nos había prestado.
Fuimos también a despedirnos del señor Vicario General por el mismo motivo, y a encomendarle la protección de nuestras Hermanas cerca del señor Obispo de Nantes, asegurándole nuestro respeto y sumisión.
Al reflexionar en la forma en que se ha llevado a cabo este establecimiento, tengo muchos motivos para decir, con toda verdad, que ha sido la divina Providencia la que ha intervenido sola, no teniendo yo ningún conocimiento, al ir allí, de lo que iba a tener que hacer, y puedo decir que veía lo que había que decidir a medida que se iba presentando, y que en las ocasiones en que me hubiera podido ver más apurada, la misma Providencia disponía que encontrara, sin haberlo previsto, aquellas personas que podían ayudarme. Creo que se debía a lo que mi insuficiencia necesitaba, porque no suelo obrar nunca así, estando descuidada, y me parece que no hacía más que lo que me dictaban hacer, sin saber yo cómo. ¡Que Dios sea por siempre bendito! Creo que sin esta asistencia hubiera cometido más faltas de las que he cometido, aunque reconozco haber sido muchas.
Tres o cuatro días después de la firma del Acta, lo que se hizo el (dejado en blanco), nos dispusimos a regresar; todas nuestras Hermanas nos manifestaron su gran deseo de obrar bien y renovaron esa resolución antes de mi marcha, de suerte que me quedé muy consolada. Salimos con intención de volver a pasar por Angers. Los tres señores Padres no se separaron de nosotras desde las 7 de la mañana hasta las 10 en que nos dejaron en el barco; con ellos estuvieron también tres o cuatro señoras de las más celosas en servir a los Pobres; entre ellas, la señorita de la Carisiere y la señorita de la Pinsonniere. Olvidaba decir que el señor de Joncheres tuvo la bondad de venir a las 6 de la mañana a celebrar la santa Misa en el Hospital. ¡Dios sea bendito por todas las gracias que nos ha concedido durante este viaje! Si en él ha recibido gloria, ha sido por El mismo; y si algún mal ha ocurrido en cualquier ocasión, reconozco ante Dios ser yo la causa por mis infidelidades a su amor y servicio y por mis grandes pecados de los que pido perdón a su bondad.
Estuvimos cuatro días navegando, desde Nantes a Angers, y aunque hubiéramos querido observar tan puntualmente como a la venida nuestras horas, no pudimos hacerlo, en parte por nuestra cobardía y en parte porque nos lo impedía la distracción de las personas que iban con nosotras, ya que, ahora, no teníamos más que nuestros dos asientos10 en el barco.
Tuvimos gran necesidad de una especial asistencia de Dios para librarnos del miedo a un naufragio, por haber entre nosotras personas muy aprensivas y que el viento y el agua nos eran contrarios, lo que nos proporcionó tres o cuatro ocasiones de gran pavor; pero Dios nos preservó por su bondad. Por esto nos determinó a tomar, en Angers, la carroza, con gran disgusto por el gasto.
Nos fuimos derechas al Hospital de Angers adonde llegamos el viernes por la mañana.11 Los señores Padres nos volvieron a hablar de las Hermanas, y convinimos en enviarles las cuatro que deseaban, a condición de que mandaran hacer un pilón para lavar la ropa y un pozo en el lavadero para tener agua con comodidad. Y porque estos señores temían que las Hermanas se cansaran de hacer la colada, con lo que aquel gasto resultaría inútil, quisieron que les prometiese que el regreso de las Hermanas se haría por cuenta nuestra. Me pareció razonable en parte, por lo que concedí que si la necesidad de llamar a esas cuatro enviadas provenía de parte de las Hermanas, en tal caso, correríamos con el gasto; pero que si la culpa provenía de parte de ellos, correría por su cuenta; a lo que accedieron gustosos. Al día siguiente, por la mañana, salimos para regresar a París, y durante este tiempo Dios nos concedió iguales bendiciones como las que su bondad nos había dispensado en todo el viaje ¡Gloria a El por siempre! Así sea.
- Sor Isabel Martín, Hermana Sirviente, ver C. 27
- Claudia Carré (ver C. 561, n. 5).
- Antonia Larcher (ver C. 202, n. 5).
- Ana de Moisson, fallecida en junio de 1645 (ver C. 129).
- Nuestra Señora de Ardilliers, en Saumur, conocido lugar de peregrinación
- Ponts de Cé, departamento de Maine- et Loire, a 7 kms. al S.E. de Angers; varios islotes del Loira están comunicados entre si por puentes. Los primitivos, destruidos con el tiempo, fueron reconstruidos en 1849; cuentan con 109 arcos.
- María Gonain (ver C. 134, n. 2).
- Señorita des Rochers señora de Nantes.
- Señor de Joncheres sacerdote que iba a ser el confesor de las Hermanas
- Luisa de Marillac regresaba a París con Francisca Noret, su compañera de viaje.
- El viernes 14 de septiembre de 1646







