(Nantes)
Hoy 28 de agosto (1646)
Señor:
Ya casi nada teníamos que hacer aquí, pero no sé cómo meter prisa a estos señores que me han retenido todavía esta semana. Tenemos la gran dificultad de una costumbre que existe en esta ciudad y es la de tener un «proveedor» que anticipa de su dinero el abastacimiento del hospital; su mujer, por otra parte, tenía la costumbre de venir a hacer la distribución de las raciones de los enfermos, y sigue viniendo a hacer esa distribución como le parece, lo que está en contra de los artículos de nuestro reglamento.
Expuse esta dificultad a los Padres, que me han concedido cuanto les he pedido; pero temo que esto nos sujete y retrase más de lo que yo pensaba, porque preveo no pocos inconvenientes para la tranquilidad y unión de nuestras Hermanas, ya que esta mujer no está contenta de cómo se organizan y quiere llegar a una inteligencia ya con una ya con otra; por eso me parece que no debo dejarlas antes de verlas libres de semejante obstáculo. Si pudiéramos conseguirlo en esta semana, espero poder marchar el lunes; pero como no es seguro le suplico, señor, me diga qué hago, porque esta mujer y su marido terminan su compromiso dentro de tres o cuatro meses, y los señores proponen suprimir tal cargo, por varios otros inconvenientes; pregunto, pues, si fiada de esta esperanza debo dejarlas, aunque temo que los desórdenes, quejas y deficiencias en el servicio a los pobres durante ese tiempo, pongan en los ánimos la impresión de que todo ello proviene de las Hermanas. Si me hace usted el honor de escribirme, le ruego humildemente, señor, que dirija la carta a Santa María, por temor de que caiga en otras manos si se da el caso de que las dificultades se obvien con facilidad y pueda marchar el día que le he indicado.
Es cierto que el señor Abad de Vaux me ha avisado de la enfermedad y recaída de nuestra buena Sor María Marta,1 de Angers, pero no he vuelto a tener noticias desde la semana pasada; aun cuando Dios hubiera dispuesto de ella, creo, señor, no sería necesario enviar enseguida a otra; tanto más cuanto que las Hermanas me habían expuesto la necesidad de las cuatro que vienen pidiendo desde hace tiempo. Los señores Padres de los Pobres, por su parte, e independientemente, me las han pedido también viéndome a punto de salir de Angers sin haberles hablado de ello, y me han prometido cuanto me ha parecido necesario pedirles para su acomodo; yo les he prometido que hablaría de ello con usted tan pronto como regresara, y les he dado casi la seguridad de que se las enviaríamos lo más pronto posible, como también hay que hacerlo a este hospital de Nantes, donde son necesarias otras dos; de tal forma, señor, que serán siete las que tengamos que pedir a la divina Providencia2 ¡Dios sea eternamente glorificado por las bendiciones que otorga a nuestra pequeña Compañía, que espero ver siempre aumentar ya que la caridad de usted tanto se afana por su perfección, y no sé cómo expresar el consuelo que experimenta mi corazón, habiéndome dado Dios a entender que yo no soy necesaria y muy poco útil.
Me hago cargo del dolor de los señores de Liancourt, y mucho me temo que la forma en que su hijo ha muerto sea continua causa de aflicción para esa pobre madre. Abrigaba la esperanza de que la enfermedad del huésped del señor Vacherot3 le serviría de algo, pero por lo que me dicen, anda por ahí paseando y hasta duerme fuera de casa; me ha escrito demostrando nuevo resentimiento por haber estado recluido; pero a mi pobre entender, ha puesto, y la sigue teniendo una barrera a su corazón para impedir que entre en él el conocimiento del estado en que se halla su alma. Veo todo este mal, pero con bastante tranquilidad y me parece no tener ya nada con él, si bien conservo un gran deseo de su salvación; suplico humildemente a su caridad pida esa salvación a nuestro buen Dios por los méritos de su Hijo; creo que es asunto de su omnipotencia. Mi salud es un poco mejor que cuando tuve el honor de escribirle la última vez; conoce usted todas mis necesidades, aunque no todas mis infidelidades que me tienen sin casi ningún ejercicio de devoción, en continuo trato con el mundo o preocupándome de mi salud. Soy una lástima, pero verdaderamente soy también, y Dios quiera que no sea para gran confusión mía, señor, su muy humilde y agradecida hija v servidora.
- María Marta Trumeau (ver C. 72, n. 4).
- Sin duda porque a este párrafo le falta un poco de lógica, el Padre Castañares traduce: «Aun cuando Dios no dispusiera de ella, creo que sería necesario enviar otra allá a pesar de haberme expuesto aquellas Hermanas la necesidad que tienen de las cuatro que tanto tiempo ha están pidiendo También los Padres… etc.». La presente traducción responde literalmente al original (Nota de la traductora). traductor).
- Su hijo, Miguel Le Gras.







